El orador y político griego, nacido el año 340 antes de Cristo, pronunciaba un sesudo discurso ante las autoridades y el pueblo. Al percatarse que la gente se dormía cambió de táctica y comenzó a contar este cuento:

“En pleno verano un muchacho alquiló un burro para ir desde Atenas a la ciudad de Megara: al mediodía, el sol caía de plano, y para resguardarse de sus rayos solares se puso debajo del asno para aprovechar su sombra. El dueño del animal le dijo que aquello no se podía hacer. Quiso el muchacho saber el porqué, y el propietario del orejudo animal le dijo: ‘porque no está en el contrato: yo te he alquilado el burro para que vayas encima de él, no para que te pongas debajo’. Discutieron, y el joven aseguró que cuando alquiló el jumento alquilaba también su sombra. Que no -decía el dueño-; que sí -decía el muchacho-“.

“Pronto todo el auditorio había tomado también partido por uno u otro. Entonces Demóstenes pidió silencio, y dijo: ‘Ya veo que os interesa más una cosa tan tonta como ésta que lo que os estaba diciendo acerca de nuestro país: sois más burros que el animal de mi cuento’. Y bajándose del podio del que les hablaba, se metió los papeles en el bolsillo, y se fue malhumorado. Su auditorio seguía discutiendo acerca de los detalles del cuento”.

Si lo piensan bien, este cuento se repite, inducido, aún hoy en día.

“El mismo Demóstenes fue víctima de un hurto, y dijo el ladronzuelo que le había quitado el manto: ‘Ya veo que era tuyo, maestro, pero debéis perdonarme, pues de haberlo sabido antes no te lo habría robado’. A lo que respondió el filósofo: ‘muestras amistad hacia mí, y te lo agradezco. Es probable que ignoraras que la prenda era mía, pero ¿a que estabas seguro de que no era tuya?”.

El político y orador Demócares, sobrino de Demóstenes, fue enviado entre otros comisionados como embajador a Macedonia. Tenían el cometido de entrevistarse con Filipo II, que no era persona de carácter fácil, ni lo era su trato, ya que tenía fama de hombre intemperante y violento, que disfrutaba humillando a quien se le ponía por delante. Como la embajada no hubiera discurrido por donde Demócares quisiera, cuando el rey se despidió de él, le dijo: ‘Bueno, ¿cómo podría seros útil?’. Y el sobrino de Demóstenes, que era un exaltado patriota, contestó: ‘Sólo se me ocurre un modo de hacerlo, Señor’, quiso el rey saber de qué se trataba, y comentó sin pestañear el joven fogoso: ‘Ahorcándoos, Majestad’. Cuantos lo oyeron montaron en cólera y pidieron a Filipo que castigara al atrevido enviado, pero éste dijo: ‘No vale la pena; dejemos ir en paz a este payaso para que sus compañeros digan en Atenas que quien se insolenta de esa manera es siempre inferior a quien pudiendo castigarle no lo hace’.

Queda claro que el perdón puede ser una forma de desprecio.

El filósofo Calístenes, sobrino de Aristóteles, nacido en Olinto hacia el año 360 antes de Cristo, comentó ante Alejandro Magno una falta que el todopoderoso monarca consideró muy grave: no arrodillarse ante él, por lo que a pesar de que había luchado junto a él y le había dado sabios consejos, le condenó a muerte. Tras haber dado órdenes de que le torturaran, lo encerró en una gran jaula de hierro. Uno de los generales del rey de Macedonia, Lisímaco, que era de la misma edad que el amigo caído en desgracia, le visitaba todos los días. Ante estas muestras de amistad, el filósofo le dijo: ‘No es conveniente que vengas a verme tan a menudo, porque puedes atraer sobre ti las iras de Alejandro’; a lo que respondió: ‘No dejaré por ello de venir a verte todas las tardes, porque si ven que las personas virtuosas dejan de interesarse por tu suerte, todos creerán que eres culpable’.