Hoy, 24 de octubre de este nefasto 2020, se cumple un año de una gran infamia. La profanación de la sepultura de Francisco Franco.

Y es muy posible que esta nueva versión de las diez plagas de Egipto, que son el Covid-19 -con sus efectos colaterales- sea el castigo del cielo a tal infamia. Alguien puede alegar que la pandemia no solamente está afectando a España, que es mundial, pero es lo cierto que España es el país donde con más virulencia está afectando. Y también que la canallada cometida es de ámbito planetario, y por ello nada tendría de extraño que la Justicia Divina esté haciendo pagar, a la humanidad toda, el pecado cometido por una nación que antaño expandió por el Orbe la doctrina cristiana.  Es más, pudiera ser que como en el castigo de las diez plagas, la pandemia del Covid-19 no desaparezca de la faz de la tierra hasta que los restos mortales del Caudillo regresen al Valle de los Caídos.

La exhumación de los restos de Francisco Franco fue una profanación stricto sensu. Efectivamente, no solamente se hizo sin el consentimiento de sus familiares, sino violentando de forma expresa su deseo. Y a mayor abundamiento, se les impidió que la nueva inhumación fuera en el lugar por ellos elegido. Y a todo ello debe añadirse que el infame Gobierno que cometió la felonía, mantiene secuestrados los restos mortales de quien fuera Jefe el Estado.

Por eso tal canallada pasará a los anales de la peor historia de España, como una más de otras señaladas ignominias: el “tributo de las cien doncellas”, las cartas de Fernando VII felicitando a Napoleón por sus victorias sobre los ejércitos españoles y la deserción de un rey abandonando la nave ante el inminente naufragio, antes que las mujeres y los niños.

Así lo ha descrito certeramente Jaime Alonso:

Consumada la felonía a la historia, la vileza con un héroe muerto, la inquina con el mejor estadista que tuvo España desde los Reyes Católicos, la legalización de una profanación física y sacra, y el consentimiento tácito de quienes le debemos todo, pues él y su generación no sólo murió para salvarnos del comunismo, sino que combatió, en la paz, para alejarnos definitivamente de la pobreza, la incultura, la división social y la corrupción política. Por ello, los acontecimientos del 24 de octubre de 2019, pasarán a los anales de la peor historia de España como el día en que un “gobierno en funciones”, “profanó, valiéndose de unos jueces prevaricadores, la tumba de un héroe, un sabio, un santo y un estadista, sin que ninguna institución moviera un dedo para denunciarlo o impedirlo”.

Por ello tal vergüenza ha pasado a ser, para oprobio del pueblo español antaño viril, uno de los episodios más ignominiosos de su historia. Y esta vergüenza, este auténtico baldón nacional, sólo podrá lavarse cuando los restos mortales del general Franco vuelvan, de grado o por fuerza, a su enterramiento en el Valle de los Caídos. De no ser así España habrá dejado de ser España. Y los españoles habrán trocado su glorioso pasado por la miseria de un pueblo cobarde si consienten que esta afrenta quede sin reparación.

Ya se dijo en su día -cuando a modo de “globo sonda” los medios de comunicación comenzaron a hablar de la exhumación de Franco- que tal infamia podría ser “casus belli”  pero lamentablemente se produjo la infamia sin que el pueblo español se alzara en un nuevo DOS DE MAYO. Y sin que surgieran en el Ejército cuadros de mando como los capitanes Daoiz, Velarde y el teniente Ruiz. Tampoco hubo un alcalde de Móstoles. Pero debemos confiar en que ello no sea debido a que el pueblo español haya perdido definitivamente el honor, sino que lo ha olvidado tras cuarenta y cuatro años sin referentes.

Como ya se ha dicho, la historia de España recoge junto a gestas heroicas, algunas infamias que luego el pueblo español tuvo que lavar en sangre. Entre ellas el ya citado “tributo de las cien doncellas”, la venta de España a Napoleón por sus propios reyes, el fusilamiento y posterior demolición del monumento al Sagrado Corazón en el Cerro de los Ángeles… y la profanación de la sepultura del Caudillo.

Y esta última infamia no sólo alcanza a los enemigos de España y de su gloriosa historia que la han cometido, sino también, en igual o mayor medida, a la cobarde pasividad de quienes todo se lo deben a Franco. Dice el viejo refrán que “es de ser bien nacidos el ser agradecidos”. Por ello en esa relación de malnacidos -instituciones o personas que las encarnan- debemos incluir a todas las que por acción u omisión han sido responsables de la profanación.

Y en el ánimo de todos está que esas instituciones son LA IGLESIA CATÓLICA, LOS EJÉRCITOS DE ESPAÑA Y LA CORONA.

Aunque por razón del tiempo disponible, para que esto pueda aparecer el día de la infamia, sólo se haga ahora referencia a la Iglesia Católica, que debe a Franco y a su Cruzada el no haber desaparecido. Y que luego en la paz fue el jefe de un Estado que implementó la Doctrina Social de la Iglesia y cuya legislación estuvo inspirada siempre por esos valores supremos. En su vida personal, fue también un modelo de hijo devoto de esa Iglesia que ha consentido y facilitado la profanación de su sepultura. Su mensaje póstumo comienza con estas palabras:

“Al llegar para mí la hora de rendir la vida ante el Altísimo y comparecer ante su inapelable Juicio, pido a Dios que me acoja benigno a Su presencia, pues quise vivir y morir como católico. En el nombre de Cristo me honro, y ha sido mi voluntad constante el ser hijo fiel de la Iglesia, en cuyo seno voy a morir”

¿Recordando estas palabras no se les caería la cara de vergüenza a la “Jerarquía” eclesiástica? Resulta evidente que no fue así, porque hace tiempo que la han perdido. Pero consignemos sus nombres, por lo menos para que los católicos españoles sepan que quienes los “pastorean” cuando llega el caso, están dispuestos a entregarlos a lobos y chacales. Los responsables de esta infamia fueron:

El Cardenal Arzobispo de Madrid EMMO., RVDMO. y COBDSMO. D. Carlos Osoro Sierra.

El Arzobispo D. Ricardo Blázquez Sierra, presidente de la Conferencia Episcopal Española

El secretario del Estado Vaticano, Prieto Parolín

Y por supuesto el gran responsable, que en una organización jerarquizada como es la Iglesia Católica, es su cabeza visible: El Papa Francisco.

Nada tiene de extraño, pues ya lo advirtió el Papa Pablo VI el 20 de junio de 1972 a la vista de los efectos que empezaba a tener el Concilio Vaticano II: “El humo de Satanás ha penetrado en la Iglesia”. Lo que no deja de ser un lamento tardío de quien le había abierto de par en par las puertas. Así las cosas, el Espíritu Santo quiso enmendar la “infernal fumata” que se infiltraba por las grietas de la Iglesia y puso en la Silla de San Pedro a Joseph Ratzinger, el Papa Benedicto XVI, que por conocer bien de donde procedía ese humo satánico, se propuso ir sellando las grietas. Y en ese empeño se hallaba, cuando el 28 de febrero del 2013, mediante un golpe de Estado Vaticano -nunca satisfactoriamente explicado al igual que el del 23 de febrero de 1981 en España- okupó la silla de San Pedro Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco, que acaba de publicar la encíclica “Fratelli Tutti”, un canto a la fraternidad universal… Pero no a la que debe unir a todos los hombres, como hijos de Dios y herederos de su Gloria, sino a la que preconizan las diferentes “obediencias” y “franquicias” del NOM.

Judas vendió al Justo por treinta monedas de plata. Y dos mil años después sus epígonos han repetido la infamia entregando los restos de otro Justo a un nuevo Sanedrín ideológico. A cambio de la revisión del IBI y de las inmatriculaciones de los bienes de la Iglesia. En febrero del 2019 la vicepresidente Carmen Calvo se desplazó al Vaticano con el fin de pactar con el cardenal Pietro “Pangolini” la promesa vaticana de la “no injerencia” de la Iglesia en la exhumación de Franco. Es decir, en la violación del recinto sagrado de la Basílica del Valle de los Caídos y de la profanación de los restos mortales de un ferviente católico, adalid en la defensa de la Fe, allí enterrado. De nada servía que en 1953 el Papa Pio XII hubiera distinguido a Franco con la máxima distinción pontificia, la Suprema Orden de Cristo, por los singularísimos servicios prestados a la Iglesia ni que tal distinción siga vigente. Este cambio resulta ciertamente inaudito y pone de manifiesto que la Curia de Roma ha cambiado sus ropas talares por el mandil. Y las llaves de San Pedro por la escuadra y el compás.

Según parece, el día 24, cuando se cumplirá el primer año de la ignominiosa profanación de la sepultura de Franco, el Papa Francisco va a recibir en audiencia a Pedro Sánchez. A la infamia se quiere añadir ahora la mofa y el escarnio. Es sabido que la diplomacia vaticana “hila muy fino”, así pues no puede pensarse en que sea una simple coincidencia. Por el contrario, pone de manifiesto que se trata de respaldar la felonía cometida. Y puede incluso que tenga por objeto poner de manifiesto la voluntad de seguir apoyando al Gobierno iconoclasta y cainita en su proyecto de expulsar a la comunidad benedictina del Valle de los Caídos. Paso previo a profanar la Basílica.  Que eso, y no otra cosa, será el convertir el Sacro Complejo en un parque temático, según el deseo de los mortales enemigos de España y de la Iglesia. Ante esto es secundario el que se derribe o se mantenga la Cruz. La pretensión de convertir el Valle de los Caídos en un “Centro de Interpretación del Franquismo” es algo así como pretender “resignificar” alguna de nuestras catedrales transformándolas en “meubles”

La profanación de recintos sagrados, y de sepulturas, es una obsesión de la izquierda y fue practicada con dedicación visceral por los ancestros del actual Frente Popular que actualmente okupa el Gobierno. Pero lo que era inédito, es que tales aberraciones recibieran las “bendiciones apostólicas” de la Santa Sede. Ello pone en evidencia que el humo de Satanás, no es que ha penetrado en la Iglesia, sino que ya sale, en negros torbellinos, por todas sus ventanas. Expandiendo la pestilencia por todo el Orbe.

En tales circunstancias, solamente la heroica resistencia del prior de la Abadía del Valle de los Caídos, Santiago Cantera, sirvió de contrapunto a la bochornosa actitud de la jerarquía eclesiástica. Dios y la historia de España se lo agradecerán.

Finalmente, recordar que nada más okupar el poder Pedro Sánchez, tuvo una entrevista “discreta” con George Soros en la cual este le recordó que el precio de su apoyo para llegar a la Moncloa era la exhumación de Franco. ¿Esta nueva entrevista del Papa Francisco con Pedro Sánchez cierra acuerdos trilaterales? A ver si es que al final resulta que no sólo Pedro Sánchez tiene una hipoteca contraída con Soros, sino que también la tiene el Papa Francisco.

Finalmente conviene no olvidar la advertencia con que se concluye “La profanación del Valle de los Caídos y otros casus belli”

Las canalladas históricas no siempre tienen consecuencias inmediatas. A veces son diferidas o con retardo. Como suele suceder con las más devastadoras cargas explosivas. Pero nunca dejan de tenerlas.

Sólo pues resta decir Amén.

EPÍLOGO:

El día 24 de octubre, de aquí en adelante, mientras exista España -y aún cuando España dejara de existir- deberá ser recordado por los españoles como EL DÍA DE LA GRAN INFAMIA y así conmemorarlo año tras año por los siglos de los siglos. Para que la vergüenza y el oprobio se transmitan de generación en generación.

Por ello tal día será el de la vergüenza nacional. Y puesto que la felonía tuvo lugar bajo un determinado régimen político, ese día 24 de octubre las banderas que se exhiban en ventanas y balcones habrán de ponerse invertidas. Permaneciendo en tal posición veinticuatro horas como testimonio imperecedero de LA GRAN INFAMIA cometida.

Y esta tradición deberá mantenerse hasta que los restos mortales del Caudillo regresen al Valle de los Caídos.

Y con ello el pueblo español recupere el honor perdido.

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