Siete es el número necesario para realizar ciertos trabajos de construcción. Siete fueron los designados para construir una nueva columna. En secreto, se reunieron en un taller: una pequeña habitación de escasa luz, lúgubre. Allí construyeron la columna sobre la que se debía levantar un nuevo templo.

Los operarios y sus trabajos secretos son repugnantes. En aquellos años todos deberían haberse opuesto a los siete secretistas y su trabajo. Pero detrás de aquellos siete operarios había maestros demasiados poderosos y demasiado agazapados dentro y fuera de nuestra tierra. La columna fue construida y el templo fue levantado. Muchos de los que intentaron combatirles, de una u otra forma; fueron silenciados, fueron anulados.

Suprimida toda resistencia y oposición, su poder no hizo más que aumentar hasta que, hoy; todo lo dominan, todo lo vigilan, todo se somete a ellos. En la oscuridad conjuran, se infiltran, subvierten, corrompen, intimidan, causan terror. En la oscuridad tejen sus telas de araña, extienden sus tentáculos y nos hacen la guerra de forma híbrida.

A tal nivel de control han llegado que se permiten jugar con nosotros de forma perversa, despiadada, bestial (tal como es el Ser Maldito, desde el origen, al que sirven y del cual ellos mismos son simples lacayos).

Pueden hacer lo que quieran con nosotros porque saben que no tenemos elementos mentales ni culturales para hacerles frente. No tenemos ni la voluntad, ni la fortaleza ni la templanza para oponernos de forma organizada y eficaz. Pero ¿realmente carecemos de tales mecanismos? ¿Acaso no existe ningún remanente fiel capaz de alzarse honorable delante de los secretistas? Pudiera parecer que no, no lo hay, que ya no hay hombres de honor, que todos ellos han sucumbido a los trabajos secretistas. Pareciere que no existe el remanente fiel.

En nuestra santa tierra martirial los secretistas llevan cuarenta y seis años ganando todas las batallas, pero saben que la guerra la tienen perdida. Porque como decía en otro artículo: Dios nunca abandona a sus fieles y la Virgen María jamás abandona a nuestra Patria.