Nuestra memoria histórica

Las ambiciones de los separatistas vascos con la Curia Romana fue un sueño constante para concordar con la Santa Sede. Un mito alimentado entre el pueblo y que arrastró a muchas conciencias timoratas, utilizando a religiosos vascos destinados en Roma, quienes preparaban un ambiente de opinión favorable al nuevo Estado vasco. Pese a los esfuerzos dedicados no lograron alcanzar los éxitos esperados.

El primer día del año 1942, Aguirre escribía una carta a Roma, de la que destacamos algunos párrafos: “Mi querido amigo y compatriota. Le envío documentos de interés excepcional para nuestro pueblo que, juntamente con las noticias que en esta carta van, serán de su agrado. En primer lugar, la disolución de la Compañía de Jesús ha causado malísima impresión. Procedía una actitud de dignidad y de protesta íntima, haciendo saber al mundo que el pueblo protesta de semejante disposición del Gobierno español… Como quedamos aquí, usted puede mover a todos esos periodistas extranjeros con los que se relaciona usted en el Centro de Propaganda… que debe aprovecharse para dar a conocer lo que es, lo que quiere ser y el camino que lleva a fin de conseguirla… Los dos documentos que estimo serán interesantes para la Prensa extranjera, a fin de que su conocimiento llegue a todos los rincones del mundo y que se sepa que hay un pueblo sujeto al Estado español y que es distinto completamente de España y que protesta de las vejaciones contra la libertad, contra la democracia y contra el sentido humano más elemental que de un tiempo a esta parte viene prodigándose por el Estado español”.

Y continua su carta diciendo que la expulsión de la Compañía de Jesús ha causado una malísima impresión y les felicita por la táctica seguida, para añadir: “Las izquierdas y los tradicionalistas, únicos que miran y miraban mal el Estatuto, que esperamos conseguir en breve, siguiendo las orientaciones del Nacionalismo vasco, hoy en día único controlador de la vida del país”.

Estas intenciones descubren el acendrado amor a la Santa Sede, el catolicismo singular de los vascos que envía mensajes al Papa en euskera, aprovechándose de los servicios informativos de Propaganda Fide para extender por el mundo el afán político de un conjunto de vascos.

Pero en realidad, ni sentían amor por la Compañía de Jesús ni por la Santa Sede. Mal iban las cosas en Roma para los separatistas, a juzgar por las cartas que el P. Hipólito de Larracoechea escribía el 23 de febrero de 1935 a Aguirre: “Muy complacido recibí y leí su grata del 4 del corriente, en que me informa del interés con que vienen acompañándose de la pronta y debida preparación del viaje de los representantes de Euskadi a Roma. Se puede decir que nuestro pleito, si no es desconocido, es conocido erróneamente. Parece que todos están conspirando contra nosotros, al menos si son españoles”.

El viaje aquel se realizó. En la mente de los organizadores, no había ni asomo de reverencia y amor a la Santa Sede: los fines eran políticos y aún de ingerencia en las cosas de la Iglesia. Querían conseguir del Papa un trato especial para las Vascongadas y que se nombraran obispos y cargos eclesiásticos a su gusto y antojo, con una sola finalidad: tener en sus manos los cargos eclesiásticos. De como debió ir a los vascos puros su viaje, nos lo cuenta la carta del inspector de Aguirre, Alberto de Onaindía y Zuluaga, canónigo de Valladolid, carta escrita en Zumárraga el 3 de febrero de 1938, dirigida a Bilbao y a José-Antonio Aguirre: “Me encuentro en Zumárraga, en casa de nuestros buenos amigos los Linazasoros… Las cosas de Roma las conozco un poco por haber convivido con ellos cuatro años, pero lo sucedido a ustedes no me lo hubiera supuesto jamás… Es tan grave que vale la pena guardar ante todo una reserva absoluta, sin permitir que lleguen las noticias al conocimiento del pueblo, que se escandalizaría y con razón, a tantas desatenciones del Monseñor de Secretaría. Este año de 1936 es año de visita ad limina para los obispos españoles y por este motivo pasarán por allí los de Oviedo, el cardenal de Tarragona, etc. … Ellos podían hacer mucho por la causa. Lo importante ahora es guardar la absoluta reserva, y no puede Dios permitir fracase una causa en la que se ha procedido con esa alza de miras… Sobre todo, conviene informar al Sr. Nuncio y al obispo diocesano sobre el particular. Pues está bien el callarse, pero no pasar por tonto. Que sepan esos señores que se ha sentido mucho el que hayan dado oídos a informes cedistas y debatistas. Creo que todo seguirá ahí con el calor y entusiasmo de los días íntimos. ¡Aurrerá!”.

Como se ve, no ceden en su empeño. Les interesa más intrigar que obedecer como buenos hijos y esperar complicar a la Jerarquía española. Estos parecen ser los buenos católicos.

Apariencias y hechos

También recurrieron al Nuncio en Madrid, Mgr. Tedeschini, para suplicar que fuera un vasco el que ocupara la Sede de Pamplona. Leamos la carta de José Horn, diputado nacionalista a Cortes en el Parlamento español. Bilbao, 17 de agosto de 1935: “Según las noticias de la Prensa, está a punto de quedar vacante la Sede Episcopal de Pamplona… Por los elementos vascos que en aquella Diócesis, principalmente por el idioma, tienen mucha extensión y merecen tanta consideración de la Fe, la enseñanza del catecismo, predicación y confesión en el idioma nativo de una tercera parte, por lo menos, de la total población que ha de regir el nuevo Prelado”.

Prosigue la carta con el desarrollo de este otro razonamiento: “Nosotros entregamos plena, absoluta y filialmente la humilde súplica, sólo a título de católicos fieles elevamo , al mayor criterio de V.E., para atraer su superior atención sobre el caso, que por otra parte, le es perfectamente conocido, y únicamente imploramos que la designación recaiga , dentro de los supremos miramientos  de S.S., en persona eminente que, a sus cualidades de bondad y cultura, agregue la que estimamos muy interesante para la salvación de las almas y la conservación de las buenas costumbres, de que conozca el idioma citado y hasta pueda expresarse en él para su necesaria comunicación con todos sus diocesanos”.

A primera vista, la carta expresa un legítimo y sano deseo. Así sería si los documentos no expresaran lo contrario; todo iba precedido de una serie de cartas y reuniones con la pretensión de vigilar la Nunciatura, de no admitir un obispo maketo. Ese pretendido catolicismo de los separatistas vascos, tiene brotes tan explosivos como los del piísimo Sr. Irujo, ministro de Justicia en el Gobierno de Madrid-Valencia-Barcelona.

En esta carta a José Antonio Aguirre desde Estella, el 5 de mayo de 1932, le dice, entre otras cosas: “Los párrocos tradicionalistas de aquí siguen haciendo el pollino de un modo despiadado. El obispo es un andaluz fulero”, refiriéndose a Mgr. Muniz, que con sus párrocos dieron ejemplo en los días aciagos como los de la persecución de la República.

Pero como no interesaba la Fe, sino la política, los separatistas ponían de manifiesto su rebeldía contra aquellos sacerdotes.

El mismo Sr. Irujo, en esta misma carta, escribe: “¿No hay medio de visitar a los dos obispos, haciendo que su orientación sea una cariñosa mirada hacia el Estatuto?” Esa era se verdad: la política, ante todo, aunque implique despreciar o halagar a la Jerarquía eclesiástica.