“Eres, oh España, la más hermosa de todas las tierras que se extienden del Occidente a la India; tierra bendita y siempre feliz en tus príncipes, madre de muchos pueblos. Eres con pleno derecho la reina de todas las provincias, pues de ti reciben luz el Oriente y el Occidente. Tú, honra y prez de todo el Orbe; tú, la porción más ilustre del globo. En tu suelo campea alegre y florece con exuberancia la fecundidad gloriosa del pueblo godo.”

Juan Pablo Perabá & Javier Martínez-Pinna

En fechas recientes vio la luz un nuevo proyecto: Laus Hispaniae, revista de historia de España (https://laushispaniae.es) con el que se pretende dar respuesta a la imperiosa necesidad de conocer el inmenso legado de los que no precedieron y la ingente aportación que España, como nación, ha hecho a nuestra civilización. Para ello, la revista tuvo la fortuna de contar con autores de reconocidísimo prestigio como Miguel Ángel López de la Asunción, Pedro Fernández Barbadillo, José Crespo Francés o Alberto G. Ibáñez y de otros mucho con los que el lector podrá recordar las grandes batallas de nuestra historia, las gestas de la Armada, la biografía de los españoles más ilustres, así como combatir esa leyenda negra y la visión tan negativa de la historia patria que amenaza la idea e, incluso, la propia supervivencia de España como nación. El nombre de esta revista, Laus Hispaniae, hace referencia a un personaje fundamental de nuestro pasado, san Isidoro de Sevilla, una figura universal en la que se combinan dos trayectorias vitales: la del teólogo fundador de escuela y la del gran intelectual, erudito y recopilador de conocimientos de la antigüedad clásica.

Isidoro fue el último de los hijos de una familia originaria de Cartagena que se vio obligada a huir hacia la ciudad de Híspalis como consecuencia de la invasión bizantina del sureste peninsular en el siglo VI d.C. Poco después de su nacimiento se produce el primer hecho dramático en su vida: la prematura muerte de su padre, tras la cual quedó al cuidado de Leandro, obispo de la sede hispalense desde el año 579. En vista de los resultados, hemos de suponer que su hermano mayor se esmeró en su cometido ya que, siendo solo un niño, Isidoro, un estudiante capaz y entusiasta, empezó a destacar por su conocimiento de los libros sagrados y de distintas lenguas: latín, griego y hebreo. Su afán de conocimientos no decayó cuando alcanzó la edad adulta; sabemos que durante años logró reunir en su biblioteca un amplio y variado repertorio de libros de autores grecorromanos, convirtiéndola en una especie de precursora de lo que después serán los grandes centros monacales de la Edad Media, donde una buena parte del saber antiguo logró sobrevivir al paso del tiempo para resurgir, con más fuerza, en el Renacimiento. Isidoro también anticipó lo que durante siglos se convirtió en una constante para los intelectuales de la Cristiandad: el análisis y la comprensión de los textos escritos para comprender su esencia y poder transmitir el conocimiento que se encerraba en su interior.

El año 600 es clave para la vida de Isidoro, ya que sucede a su hermano Leandro en la cátedra episcopal de la sede sevillana, un cargo que ostentará hasta la fecha de su muerte, acontecida en el 636. Desde este puesto de enorme responsabilidad, Isidoro impulsó el proceso de conversión de los visigodos para erradicar las últimas huellas del arrianismo en el interior del reino y, de esta forma, contribuir a aumentar la cohesión y el bienestar social de sus habitantes. Igualmente, san Isidoro trató de aprovechar su situación para impulsar la cultura y el saber en un mundo que empezaba ya a ver de lejos los grandes logros de un pasado cada vez más distante. En el 633 presidió el IV Concilio de Toledo, en el que se alentó a todos los obispos a establecer seminarios y escuelas catedralicias para instruirse en el conocimiento del griego y el hebreo, mientras que, por otra parte, se animó al estudio del Derecho y Medicina. Otra de las grandes preocupaciones del obispo fue la consolidación de la unificación litúrgica; con tal objetivo estableció el rito hispano o mozárabe, que estará en vigor en la España cristiana hasta la imposición del rito romano en el siglo XI, como consecuencia de la cada vez mayor influencia francesa sobre los reinos peninsulares. En el Concilio, Isidoro también dio muestras de una enorme visión política al anticipar la teoría del origen divino del poder regio. Consideraba a la Iglesia libre e independiente, pero sometida al poder del rey, puesto que “Dios concedió preeminencia a los príncipes para el gobierno de los pueblos”.

Por encima de otras consideraciones, debemos destacar su enorme producción literaria. Durante su vida, este prolífico e infatigable escritor compuso numerosos trabajos. Dando muestras de una enorme creatividad, Isidoro escribió libros sobre historia, astronomía y geografía, además de textos de temática religiosa y eclesiástica. Su obra más conocida e influyente son las Etimologías, en las que se resume la esencia de su producción literaria y queda patente una clara vocación pedagógica, visible sobre todo en su afán por formar al clero, considerado por él como una antorcha que debía iluminar con su luz a un mundo sumido en la oscuridad y en el analfabetismo. Afortunadamente, el sabio hispano-visigodo tuvo la suerte de poder recurrir a una gran cantidad de obras que conservaba en su extensa biblioteca, especialmente las de Marco Terencio Varrón, cuyo saber logró sobrevivir al paso del tiempo gracias precisamente a San Isidoro, al que los historiadores actuales consideran como uno de los máximos responsables de la supervivencia de una buena parte de la cultura grecolatina, no solo en la España visigoda, sino en el resto de Europa.

Además de sus Etimologías destacamos en su abigarrada producción literaria su Hispana, una colección de cánones conciliares y epístolas episcopales, cuyo contenido y universalidad de planteamientos la convierten en una obra de gran relevancia por la influencia que tuvo en siglos posteriores. En De fide catholica contra Iudaeos, escrita poco antes de su muerte, se muestra partidario, en un tiempo en el que era habitual la violencia contra los judíos, de promover la conversión mediante la palabra y no por la fuerza. Otra de las obras que realiza con la idea de potenciar la formación del clero son las Sentencias, escritas entre los años 612 y 615 (en el momento de máximo apogeo intelectual y pastoral) y que, con el tiempo, se convertirá en su trabajo más leído durante la Edad Media. Por encima de todas queremos resaltar la Historia de regibus Gothorum, Vandalorum et Suevorum, en la que desarrolla un tema que después retomará alguno de los miembros más destacados en la historia de la literatura española como Francisco de Quevedo; nos referimos al Laus Hispaniae, un elogio de las tierras y riquezas hispanas: «Eres, pues, Oh, España, rica de hombres y de piedras preciosas y púrpura, abundante en gobernadores y hombres de Estado; tan opulenta en la educación de los príncipes, como bienhadada en producirlos. Con razón puso en ti los ojos Roma, la cabeza del orbe; y aunque el valor romano vencedor, se desposó contigo, al fin el floreciente pueblo de los godos, después de haberte alcanzado, te arrebató y te armó, y goza de ti lleno de felicidad entre las regias ínfulas y en medio de abundantes riquezas».

Esta última obra es de una gran importancia, pues representa un cambio sustancial en la concepción de la historia de Hispania, antigua provincia romana entendida ahora como una unidad política e histórica separada de la universalidad del Imperio; es decir, una entidad nacional provista ya de unidad política y religiosa. El pueblo godo es, según la mirada de nuestro autor, el que ha logrado proporcionar a Hispania la grandeza que le es propia, constituyéndola como sujeto histórico diferenciado de cara al futuro, y desligándola de la idea de Roma eterna que intentaba representar el imperio bizantino. De hecho, esta idea es precursora de lo que a partir de ese momento sería común a toda la historiografía hispana.

San Isidoro falleció en el 636 y su cuerpo recibió sepultura en una pequeña ermita situada en las afueras de la ciudad de Sevilla. Allí permaneció muchos años hasta que el rey leonés Fernando I consiguió trasladar sus restos hasta la basílica de San Isidoro de León en 1063, con el fin de que no descansasen en tierras sometidas al control musulmán. Muchos siglos después de su fallecimiento, en 1598, Isidoro fue canonizado y, ya en 1722, el papa Inocencio XIII lo declaró, merecidamente, doctor de la Iglesia.

A pesar del pensamiento que por desgracia se pretende extender en nuestros días de que España, como nación, es prácticamente un invento de reciente creación, la obra de Isidoro de Sevilla nos demuestra que, al menos, podemos intuir la aparición de la idea de España (o Hispania) entendida como sujeto político e histórico hace nada menos que trece siglos. Por ello, entendemos que es nuestra obligación moral la defensa y la puesta en valor de este inmenso legado del que somos depositarios y por este motivo os presentamos Laus Hispaniae, la nueva revista para los que amamos la historia de España (https://laushispaniae.es).