Hay episodios de nuestra historia patria reciente que, de manera intencionada, parece que se quieren ocultar al conocimiento general. Esa insana y perversa obsesión de la izquierda de esconder todo aquello que pueda perjudicar su imagen, plasmada ahora en esa ley de la mal llamada memoria histórica que tan solo persigue los hechos cometidos por uno de los bandos contendientes en la guerra civil, saliendo el otro indemne pese a ser el único responsable de lo sucedido en aquella confrontación al haberla provocado por su matonismo, sectarismo y odio, es un subterfugio habitual del que se ha servido tradicionalmente la izquierda para lavar su cara mucho más sucia de lo que pretenden mostrarnos.  

Sin embargo, más allá del ámbito temporal afectado por esa perversa ley, hay episodios que, debido a la filiación política del autor o autores -comunistas, socialistas, anarquistas, etc.-, también se pretenden ocultar o, cuando menos, pasar de puntillas sobre ellos, evitando así que, esa falsa y fingida superioridad moral que se atribuye la izquierda y que no tiene, quede en entredicho.

Uno de estos hechos, que provocó una gran alarma y preocupación en la sociedad española de la época, aun cuando el criminal autor no logró su objetivo, fue el atentado sufrido por el Rey D. Alfonso XIII en la mañana del 13 de abril de 1913 en la Capital de España.

Mañana de primavera en aquel Madrid de 1913, domingo 13 de abril. En el cielo, el sol brilla y augura una brillante jornada festiva. Día de fiesta en la Capital de España. El Paseo de la Castellana va a ser testigo, un año más, como otras avenidas y plazas de distintas ciudades españolas, de la Jura de Bandera de los Reclutas de aquel reemplazo, todos tocados con el llamado gorrillo de “panadero”. Las calles están abarrotadas de público que vitorea el paso de las Tropas y espera la llegada del Rey.

Junto a la vistosidad que a estos actos le imprime la Guardia Real, los Húsares, los Cazadores o los Lanceros, con sus uniformes de color, sus colbacs y sus relucientes cascos de alpaca, este año hay que añadir la presencia de Fuerzas Regulares Indígenas de infantería y caballería venidas del Protectorado marroquí con su uniformidad de color arena, sus alquiceles blancos y sus tarbuch rojos.

Reclutas de los Regimientos de Infantería de Línea del Rey, León, Saboya, Wad Ras, Asturias y Covadonga; de Cazadores de Madrid, Barbastro, Figueras, Arapiles, Navas y Llerena; Regimientos de Caballería Lanceros de la Reina, Lanceros del Príncipe, Húsares de Princesa, Húsares de Pavía y Cazadores de María Cristina;  2º, 4º y 5º Regimientos de Artillería y 10º Montado; Regimiento de Telégrafos; Regimiento de Ingenieros; 2º Regimiento de Zapadores Minadores; Regimiento de Ferrocarriles; Centro Electrotécnico; Regimiento de Telégrafos; Brigada de Estado Mayor; Regulares Indígenas; Columna de Desembarco del Crucero Carlos V; Comandancia de Intendencia y Tropas de Sanidad Militar. Academias de Infantería, Caballería, Artillería, Ingenieros e Intendencia y fuerzas de la Guardia Civil, van a prestar el solemne juramento a la Bandera ante las Banderas y Estandartes de sus respectivos Cuerpos. 

Tras la Misa y la toma de juramento a los Reclutas ante la enseña del Regimiento de Infantería de Línea del Rey nº 1, en representación del resto de Banderas y Estandartes, comienza la jura. Un acto brillante, cargado de sentimiento patriótico especialmente en momentos tan delicados como los que estaba viviendo España tras haber asumido su función protectora en Marruecos y donde, en cualquier momento, los jurandos podrían tener que, dando cumplimiento al juramento prestado, dar la vida por la Patria.

El anarquista, trasladado por Agentes del Cuerpo de Vigilancia tras su detención

Concluido el acto formal de juramento se inicia el brillante desfile en el que participan, además de las unidades ya referidas, fuerzas de Infantería de Marina y marinería del Crucero Carlos V. La muchedumbre ovaciona el paso de los nuevos Soldados mientras el aire madrileño se llena con los sones de las airosas marchas militares. Los efectivos del Cuerpo de Seguridad dispuestos en el itinerario tienen que emplearse a fondo para contener la gran riada humana.

El acto ha finalizado. Pasa de la una de la tarde. El Rey, a caballo, escoltado por los Coraceros de la Guardia Real, entra en la Cibeles y se dirige a la calle de Alcalá. Fuerzas del Cuerpo de Seguridad de infantería y caballería prestan servicio de cordón y recorrido evitando que el público, que vitorea al monarca, rebase los límites establecidos.

De repente, a la altura del nº 48 en la desembocadura de la calle del Turco –de triste recuerdo-, de entre la muchedumbre se adelanta un joven rubio, vestido correctamente, que abre fuego dos veces consecutivas sobre el Rey al que no logra alcanzar.

Rápidamente dos Guardias de Seguridad se abalanzan sobre el regicida para desarmarlo, pese a todo logra hacer un tercer disparo que hiere al Agente de Vigilancia Rafael Guijarro Cuenca, de la Ronda del Rey, que daba escolta al monarca. Entre tanto el Guardia nº 91, Gumersindo Núñez de la Rosa, del Distrito de Centro, junto al Teniente Esteban Mohíno Toribio y el también Guardia con nº 19, Vicente Canaleda, ambos pertenecientes a la primera Compañía de Seguridad, logran la neutralización y detención del asesino, ocupándole un revolver Puppy-Velodog.

Hubo escenas de pánico entre el público huyendo alguno del lugar, mientras otros rodeaban al autor del criminal atentado y a los Guardias que lo tenían retenido, haciéndose necesaria la presencia de más efectivos del Cuerpo de Seguridad que trasladaron al individuo al interior de un portal para evitar su linchamiento.

El detenido de filiación anarquista, autor del atentado, fue identificado como Rafael Sancho Alegre, barcelonés, de 26 años.

Además de los efectivos mencionados, en la detención de este individuo participaron varios Agentes de Vigilancia y dos Soldados de la Guarnición de Madrid. En este sentido señalar que de resultas del gran tumulto formado sufrió una distensión en un pie el Guardia nº 76, Miguel Gil.

 

El Rey con los Regulares en el Campamento de Carabanchel en 1913

Posteriormente, a las tres de la tarde, escoltado por una pareja de Seguridad y por efectivos de Caballería del Cuerpo fue trasladado el anarquista, en un vehículo, a la Dirección General de Seguridad teniendo la caballería que disolver al público concentrado que pretendía lincharlo.

En aquella ocasión la Policía fue efusivamente felicitada, tanto por las Autoridades como por la opinión pública, debido a la rapidez de su intervención, evitando que se consumase el regicidio; incluso el Guardia Canaleda, autor material de la detención del anarquista, fue paseado a hombres por la muchedumbre que se manifestó hasta las puertas del Palacio de Oriente, aclamando a D. Alfonso XIII.

Con relación al posible conocimiento que tenía la Policía de los planes anarquistas para atentar contra el Rey, hay que señalar que, al parecer, tal posibilidad llevaba días comentándose en los mentideros de la Capital lo que alertó al Cuerpo de Vigilancia que intensificó los controles sobre individuos de la referida filiación que se encontraban en Madrid; incluso, tuvo conocimiento de que algunos peligrosos anarquistas residentes en Francia, donde estaban siendo vigilados, habían desaparecido, perdiéndose su pista lo que activó todas las alarmas.   

En cuanto al autor de atentado, una vez detenido, fue identificado como Rafael Sancho Alegre, un barcelonés, de veintiséis años, de filiación anarquista, de profesión carpintero, que llevaba dos meses en la Capital de España trabajando en su oficio y se hallaba alojado en una pensión del inmueble nº 7 de la calle General Pardiñas.

De estatura mediana, complexión ágil y fuerte y cabello rubio, este individuo aseguró en la declaración realizada ante el personal del Cuerpo de Vigilancia que el motivo de su presencia en Madrid era, precisamente, atentar con el Rey el día de la Jura de Bandera, salvo que se le presentase una oportunidad anterior, y con ello vengar la muerte de Ferrer Guardia, fusilado como responsable de los graves sucesos acaecidos en Barcelona durante la llamada “Semana Trágica” (1909).

Estas manifestaciones indican claramente la premeditación del atentado y su posible planificación para lo que, a buen seguro, contó con la necesaria colaboración de elementos del anarquismo madrileño, algunos de los cuales, en especial los integrantes del grupo “sin patria”, fueron detenidos e interrogados.

También se pudo determinar que el detenido contaba con antecedentes en Francia por su actividad delictiva, cuya policía procedió a su detención y expulsión del país.

A preguntas de los investigadores, Sancho Alegre manifestó en su declaración que el arma, un revólver de pequeño calibre, lo había adquirido por 15 pts., en una casa de la calle de Atocha.

De lo que no existe duda es de que el Cuerpo de Vigilancia tenía constancia de la presencia de este individuo en Madrid, conociendo su actividad laboral y la pensión en la que se alojaba, hasta al punto de haber visitado a la patrona del hospedaje para interesarse por él. Todo ello, hace suponer que se encontraba sujeto a una discreta vigilancia sobre sus movimientos que, pese a todo, no debieron alertar a los policías.

Rafael Sancho Alegre, fue juzgado y condenado a muerte, conmutándole el Rey la pena capital por la de cadena perpetua.

Poco después del atentado, en un gesto de gratitud, el Rey ofreció al Guardia Canaleda un premio especial de 500 pesetas, siendo también premiado económicamente por el Director General de Seguridad.

Junto a este Guardia fueron premiados los Agentes de Vigilancia Rafael Guijarro Cuenca, herido en el atentado, y Francisco Fernández Prados que marchaba a la derecha del Rey.

 

La Caballería del Cuerpo de Seguridad, al galope, escoltando el vehículo en el que fue trasladado el anarquista

Posiblemente este atentado constituya una de las páginas más desconocidas de nuestra historia patria y especialmente de la historia particular de la Policía Española, pese a tratarse de un servicio brillante que realizaron efectivos de los Cuerpos de Seguridad y Vigilancia, impidiendo con su decisiva actuación y merced al establecimiento de un correcto dispositivo de seguridad, el asesinato de S.M. el Rey D. Alfonso XIII en aquella jornada de la Jura de Bandera.