Antonio Ramón Peña es doctor en Historia, gran conocedor de la Cataluña moderna y contemporánea. En esta entrevista nos matiza la famosa expresión de una guerra entre hermanos, que sirvió para blanquear los crímenes del Frente Popular primero y para demonizar al franquismo después.

¿Por qué se habla hoy tanto de la guerra civil de 1936?

Como ya he señalado en diversos artículos en este mismo medio, la finalidad del presente gobierno es liquidar el régimen de 1978 e instaurar una república. Mejor dicho reinstaurar el régimen del Frente Popular de 1936. El proceso lo inició el partido socialista ya en 1982. Lo primero que hizo el PSOE cuando tomó TVE con José María Calviño, fue poner en marcha una “super producción” sobre la guerra civil bajo un sencillo parámetro: qué malos eran los (denominados) franquistas y que buenos los (denominados) republicanos.

Desde entonces hasta aquí todo ha sido una continua apología del Frente Popular y la guerra civil en TV, en el cine y el resto de las artes, en los currículum escolares y universitarios, en la política. Bien es cierto que hay un momento clave en el que todo se acelera: el gobierno de Zapatero.

Es decir, que desde el principio la izquierda se planteo destruir el naciente régimen de 1978.

Efectivamente. La izquierda y el nacionalismo nunca quisieron la supuesta reforma de 1978, siempre estuvieron con la ruptura total. Lo que ocurre es que no podían hacerlo a lo bestia, de golpe. Entendieron que debía hacerse paso a paso durante dos o tres generaciones hasta que ya no quedase recuerdo alguno de sus pasadas atrocidades, ni de Franco y que las nuevas generaciones tuviesen asumido los códigos mentales independentistas y de la izquierda en todo orden de cosas (morales, económicas, culturales).

Cuáles son los códigos hoy tan prodigados y que permiten -sin que la supuesta derecha se oponga- leyes como la de Memoria Histórica.

Hay principalmente dos sobre los que se elabora todo el discurso actualmente imperante.

El primero, se puso en funcionamiento a finales de la década de 1970 y predominó durante la década de 1980. Fue el de que era una guerra entre hermanos donde en los dos bandos había de todo. Es decir, si somos hermanos y todos cometieron atrocidades qué mejor que olvidar todo esto o pasar página y mirar hacia un supuesto futuro prometedor de paz, libertad y justicia para todos: el régimen de 1978.

Con el paso del tiempo hemos visto que este régimen de 1978: no es/ha sido (porque ya casi está destruido) de paz (ha sido de permanente de agitación y guerra con muchos muertos, familias y bienes destruidos). No ha sido un tiempo de libertad y democracia (desde luego no en Cataluña ni en Vascongadas). Ha sido el tiempo más corrupto desde 1931, alcanzando a las más altas instancias y jerarquías del Estado. Y desde luego la injusticia impera por doquier.

El segundo código ya venía funcionando en la década de 1990 pero se puso plenamente en circulación con el gobierno de Zapatero. La guerra civil pasó a ser pregonada, estudiada y enseñada como una guerra entre los defensores de las libertades, de la democracia, de la justicia, del bien y del progreso (el Frente Popular); y unos muy malos que querían acabar con todo esto. Consecuencia: el régimen de 1978 es una reforma del “malévolo” franquismo por lo cual hay que volver a la “maravillosa” república. El régimen de 1978 y la monarquía son herederos de aquel nefasto régimen, luego hay que acabar con la monarquía y con el propio régimen del 78. Y en esto es en lo que estamos hoy.

La autodenominada derecha “compró” la idea de guerra entre hermanos y hoy de nuevo ha comprado una idea muy simple: buenos (frente popular) malos (los franquistas). Por eso esta llamada derecha ha apoyado y financiado –tanto en la oposición como desde el gobierno- la ley de memoria histórica. Y cuando, ahora, ven las consecuencias y se llega a la recta final; algunos de esos supuestos derechistas se llevan las manos a la cabeza. Pues hay que señalarlos con el dedo porque ellos han sido parte de todo esto y lo han hecho posible.

La jerarquía de la Iglesia ha hecho lo mismo que la supuesta derecha política. Lleva más de 40 años comprando el mensaje izquierdista sobre la guerra civil, callando y hasta ocultando los miles de asesinatos de católicos, mártires que murieron por Dios y por España, y murieron perdonando. Si es que ni se atreven a llamarlos mártires de la guerra civil sustituyéndolo por “mártires del siglo XX”. La connivencia de la Iglesia Católica en España para con el discurso histórico de la izquierda es nauseabunda y esta jerarquía también es, por ello, responsable de la situación actual. Han colaborado en todo esto por acción y omisión durante más de 40 años, haciendo posible el estado actual de las cosas.

Hoy en día todavía hay quienes siguen bajo el primer código: “guerra entre hermanos”. ¿Fue una guerra entre hermanos?

Pues sí y no.

Sí en cuanto utilizamos esta expresión para designar a las muchas familias que quedaron divididas por el simple hecho de que la guerra les cogió en zonas diferentes. Muchísimas familias tuvieron que vivir en la zona republicana y sus miembros en no pocas ocasiones fueron llevados al frente. Estas familias tuvieron que aprender a aparentar ser adictos a aquel régimen criminal pero deseando y rezando por la victoria del ejército nacional.

Hubo muchos españoles atrapados en la zona del Frente Popular que hicieron resistencia de diversa índole: unos optaron por la resistencia pasiva, desempeñando ineficazmente su trabajo por ejemplo. Otros sembraron la desmoralización en las colas de adquisición de alimentos, por ejemplo. Otros actuaron directamente escondiendo a sacerdotes y católicos, facilitando documentación a los escondidos y perseguidos y organizando su huida. Y los más audaces se prepararon militarmente para cuando las tropas nacionales estuviesen cerca o entrasen en las ciudades y colaborar, así, militarmente con ellas desde el interior.

Pero no fue una guerra entre hermanos si consideramos que todas las fuerzas del Frente Popular -digo bien, todas- pretendieron destruir España desde el minuto uno de la proclamación de la República.

Los gobiernos y sus partidos, los cabecillas civiles y militares hasta las cuadrillas de matones no se consideraron españoles. Querían destruir España y a los españoles. Para el propio Azaña la Segunda República debía ser una vasta “empresa de demoliciones” que a sangre y fuego arrasase España para volver a edificar ¿el qué? ni él mismo lo sabía. Sólo quería destruir por destruir. Y vaya si destruyó, él y sus conmilitones.

De hecho se les conoció como los sin Dios y sin Patria

Sus “dioses” eran Marx, Lenin, Trotski, Stalin y su patria una supuesta “hermandad obrera” mundial -“trabajadores del mundo, uníos”- ésta era la consigna. Y consideraban a las naciones como enemigos a destruir.

Desde el minuto uno de proclamar la República el gobierno provisional y los que siguieron se dedicaron a destruir toda estimación por España y todos los valores morales y religiosos de los españoles (que eran católicos en casi su totalidad). Quemaron iglesias, bibliotecas, museos, monumentos y mataron. Mataron desde el minuto uno y ya no dejaron de matar, querían exterminar a todo un sector social identificado con el cristianismo e imponer el terror con el fin de acobardar, acallar a la población y ganar adeptos soliviantando odios.

Por todo esto es por lo que decimos que aquella guerra fue una Cruzada comparable a la guerra permanente contra el islam, hasta que con los Reyes Católicos se consiguió la expulsión o sumisión (moriscos) de los mahometanos.

Por lo tanto, no deberíamos volver a hablar de guerra entre hermanos ni de las dos Españas sino de España y la anti-España.

Hoy estamos en lo mismo: acobardar y acallar, soliviantar odios e imponer el terror (¿acaso no nos están intentando aterrorizar todos los días machacándonos con la falsa pandemia?).