Hoy, 7 de enero de 2021, la Legión rememora otro centenario, el de la muerte del cabo Baltasar Queija de la Vega, primera baja legionaria en el combate de Zoco de Arbáa y, con su adiós, génesis de esa mística asociación del coqueteo de los "legías" con su sempiterna novia, la Muerte, paciente compañera que te da toda una vida de ventaja para, al final, ganarte la partida.
 
Nuestro primer héroe legionario había nacido un 21 de mayo de 1902 en la onubense población de Minas de Riotinto y, tras un desencuentro amoroso con su novia, como tantos otros entre los que hemos llegado a las puertas del Tercio, a cualquier banderín de enganche o Bandera de la Legión, decidió embarcarse rumbo a África hasta, posteriormente, enrolarse en la II Bandera tres semanas después de que los primeros legionarios hubiesen comenzado a conformar la I Bandera el 20 de septiembre de 1920.
 
El 9 de octubre de aquel año, el cabo quedó filiado con sus escasos 18 años y toda una previsible aventura, no exenta de riesgo y peligros, por delante. Las nuevas amistades en la sexta compañía de la II Bandera también iban a añadir un plus de emociones fuertes debido a su turbio pasado en prisión.
 
Como decía, la nueva etapa vital ponía a su disposición el dudoso entretenimiento y camaradería que un par de centenares de antiguos convictos de la Cárcel de Barcelona podía ofrecer a la bisoñez e ingenuidad de unos recién llegados a servir y, si era preciso, morir por la Patria.
 
La atractiva campaña de marketing del reclamo fundacional del general Millán-Astray no tenía parangón en lo referente a sueldo, ropa, heroicidad, vida o muerte. Su madera y carácter de liderazgo, tampoco. Para eso, el Credo Legionario y sus espíritus se tornaron en efectivos y convincentes estiletes de los nuevos servidores de la Patria.
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Y aquellos presos, la mayoría por su participación años atrás en las revueltas anarquistas de la Ciudad Condal, bien que lo sabían. Su condición humana se debatía entre la elección de vida en la Legión o, con un futuro más que incierto, decadencia o muerte en la prisión.
 
Para los críticos contemporáneos, comisionados de "expertos" de la Ley de Memoria Histórica (ahora disfrazada de "Democrática"), y, ¿por qué no?, su ignorancia, un poco de verdad histórica nunca viene mal, como la oferta del héroe de Filipinas y Marruecos y las opciones de supervivencia que su nueva unidad proponía a miles de quintos condenados a una muerte segura ante las evasivas o negativas de otros miles de señoritos pudientes a la hora de defender su nación. Éstos, haciendo uso de su posición social, negociaban y trapicheaban con quien hiciese falta para escaquearse de la obligatoria conscripción y la caja de reclutas. 
 
África, en ese primer tercio del siglo XX, no era un lugar muy atractivo para aquellas generaciones de jóvenes españoles que habían iniciado el siglo en cuestión. Por desgracia, para muchos de ellos sería su tumba.
 
Esta noche, justo 100 años después, recordamos aquellos arrestos del cabo Queija de la Vega al dar el paso al frente y alistarse en la Legión, no muy diferentes a los que, arrogante, tuvo con Millán-Astray: "Ojalá que la primera bala perdida sea para mí, mi teniente coronel."
 
Y así fue. El certero proyectil de un tirador cabileño hizo realidad aquella poética premonición que tanto había impresionado al entonces teniente coronel, alma máter del Tercio. 
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El cabo, al mando de su escuadra, realizaba un servicio de aguada en las inmediaciones del Zoco el Arbáa de Beni-Hassan y, en la retirada hacia el campamento, fue herido de gravedad. Luego, acosado por los asaltantes, recibió múltiples heridas que, a pesar de su crudeza, le aferraron con mayor fuerza a su arma ante el empuje del enemigo. 
 
La reacción de sus hombres no se hizo esperar y, tras el preceptivo fuego de respuesta, acudieron al socorro del cabo Queija al que, junto a su fusil, le hallaron unos versos que, sin duda, acababa de recitar a su nueva novia, la Muerte: "Somos los extranjeros legionarios, el Tercio de hombres voluntarios, que por España vienen a luchar."