“¡Rusia es culpable! Culpable de nuestra guerra civil. Culpable del asesinato de José Antonio. Culpable del asesinato de tantos camaradas y de tantos soldados que cayeron en la guerra provocada por la agresión del comunismo ruso. La destrucción del comunismo es condición necesaria  para la supervivencia de una Europa libre y civilizada”.

Así se manifestó, vehementemente, un 24 de junio de 1941,  desde el balcón de la Secretaría General del Movimiento, situada en el número 44 de la madrileña calle de Alcalá, el ministro Ramón Serrano Suñer, ante una juventud enfervorizada que había recorrido, en espontánea manifestación, las principales calles de la capital de España.

Dos días antes el Ejército Alemán cruzaba la frontera rusa y abría un frente de 1.000 kilómetros entre los mares Báltico y Negro. Hitler acababa de declarar la guerra a la Unión Soviética de Stalin.

Se iniciaba así aquella aventura romántica y heroica que se llamó la División Azul. Se abrieron los primeros banderines de enganche para enviar una división de voluntarios a luchar contra el comunismo en los frentes de la lejana estepa rusa. Miles de muchachos idealistas, pugnaron por ocupar una de las 18.000 plazas con las que se iba a dotar la unidad. Allí se dieron cita estudiantes, obreros, campesinos, catedráticos, militares, altos cargos del Estado y la Falange, que al no tener plaza de oficial se alistaron como simples soldados rasos.

Al frente de la División iría el General, Agustín Muñoz Grandes. El 13 de julio partieron desde la estación del ferrocarril de Madrid, en una histórica jornada donde miles y miles de personas acudieron a dar a los valientes su más cariñosa despedida. Las imágenes que todavía se conservan, son fieles testigos de aquella impresionante manifestación de júbilo y Patriotismo.

1941 General Agustín Muñoz Grandes.

A su llegada a Alemania, tomará el nombre de división 250. Desde el 12 de octubre de 1941, festividad de la Virgen del Pilar, Patrona de la Hispanidad, en que toma contacto por primera vez con el frente ruso, hasta su regreso en 1943, asombrará a propios y extraños por su valor, arrojo y bizarría. Los nombres del Lago Ilmen, río Wolchow,  Possad, Nilitkino, Lago Ladoga, y Krasny Bor, serán ya para siempre páginas admirables de nuestra historia militar.  Con condiciones climatológicas extremas, hasta 52 grados bajo cero tuvieron que soportan nuestros compatriotas, su leyenda se agrandó más en el tiempo.  Contaba el recordado divisionario y gran deportivista, el coruñés Ramón Chousa que “en aquellas condiciones con un frío aterrador ibas a dar un relevo a una garita y te encontrabas al compañero  completamente congelado”. “Los alemanes y los soviéticos no podían entender nuestro comportamiento, nuestro desprecio a la muerte, nuestro valor.”

La defectuosa uniformidad de los divisionarios españoles molestaba profundamente a  los alemanes. Encima del uniforme de la Wehrmacht, los españoles se colocaban la camisa azul de la Falange Española. Adolfo Hitler llegó a decir de la Unidad Española: “Los españoles son una pandilla de golfos. Andan siempre con las manos en los bolsillos. Miran el fusil como un instrumento que no debe limpiarse bajo ningún pretexto. Pero los españoles nunca han cedido un palmo de terreno. Uno no se puede imaginar individuos más valientes. Difícilmente se resguardan. Se burlan de la muerte. En cualquier caso, sé que nuestros hombres se alegran de  tener a los españoles como vecinos en su sector. Son extraordinariamente bravos, duros antes las privaciones, pero salvajemente indisciplinados”. Por su parte  el general Jürgens, general de artillería, comandante General del XXXVIII Cuerpo de Ejército de la Wehrmacht, apuntaría en su libro “la División de Voluntarios Españoles”: “Si en el frente os encontráis a un soldado mal afeitado, sucio, con las botas rotas y el uniforme desabrochado, cuadraos ante él, es un héroe, un español”.

Gracias a su generosa participación en tierras rusas, España se mantuvo neutral en  aquel inmenso y terrorífico conflicto bélico que fue la II guerra Mundial. Desgraciadamente poco se lo agradecieron. Pero algún día, cuando pasen odios, rencores y sectarias leyes de memoria, y los malvados enemigos que aborrecen a España y su historia–desgraciadamente contados entre la izquierda y extrema izquierda española- sean borrados del panorama,  la División Azul será situada en  un lugar de  preeminencia, en la gran historia de nuestra Nación, por méritos propios, conforme a su abnegado y generoso esfuerzo en pos de los intereses de España y los españoles.

  1. Salida desde Madrid de la División Azul.

El épico balance de la División Azul, se cifró en más de 5.000 caídos, -el primer muerto fue el hijo del alcalde de Madrid, Alberto Alcocer-, cientos de desaparecidos, mil quinientos congelados, nueve mil quinientos heridos y un nutrido grupo de prisioneros que  pasaron más de once años, en los Gulags soviéticos. La pesadilla de aquellos honrados y heroicos españoles finalizó con la llegada a Barcelona, el 2 de abril de 1954, del vapor “Semiramis” que traía de vuelta a España a 286 repatriados, que habían sufrido los rigores de un durísimo cautiverio. El barco, con bandera de la Cruz Roja, proveniente de Odesa, atracó a las 17, 30 horas de la tarde en un puerto de Barcelona repleto de público hasta los topes. La recepción oficial la encabezó el ministro Secretario General del Movimiento, Raimundo Fernández Cuesta, acompañado del ministro de Ejército, General Agustín Muñoz Grandes, primer jefe de la División Azul que les dio una apoteósica y emocionante bienvenida.

Entre los repatriados, que volvían a España por la puerta grande, estaba el famoso Capitán Teodoro Palacios Cueto, a quien Torcuato Luca de Tena, convirtió en protagonista de su excelsa novela “Embajador en el infierno”. Aquel irreductible capitán, que soportó al frente de sus disciplinados hombres todo un rosario de penurias, maltratos, aislamientos, varias huelgas de hambres, dos penas de muerte, conmutadas por 25 años de gulag y una gravísima enfermedad. Todo ello no mermó un ápice su patriotismo, su abnegación, compañerismo, sacrificio y  gran espíritu militar. “El último caballero sin tacha y sin miedo” como le titularon los prisioneros de otras nacionalidades, fue el jefe moral de nuestros soldados en  aquellos terribles campos de concentración.  Su amor a España y su heroica conducta  las puso a prueba en la batalla de Krasni Bor librada el 10 de febrero de 1943 donde cuatro mil soldados españoles contuvieron una gran ofensiva soviética de más cuarenta y cuatro mil hombres.

El capitán Teodoro Palacios junto al alférez Castillo, a su derecha y el Teniente Rosaleny a su izquierda.

De resultas de la batalla  murieron 2253 españoles, haciéndole al enemigo más de once mil bajas. Una de las acciones particulares de aquella batalla, le valieron al capitán Palacios la Gran Cruz Laureada de San Fernando, que el Caudillo Francisco Franco prendió sobre su pecho un siete de julio de 1968, en el paseo de Pereda de Santander con motivo de los actos de la II Semana Naval. La Cruz Laureada, realizada por la joyería Presmanes de la bella ciudad cántabra, fue pagada por suscripción popular de sus paisanos cántabros ya que Palacios era natural de Potes.

Numerosos  coruñeses participaron en aquella audaz, arriesgada, generosa y todavía mal entendida   aventura. El día 15 de julio de 1941 fueron despedidos en la estación del ferrocarril por una ingente multitud. A la una de la madrugada los andenes se hallaban completamente atestados de una fervorosa marea humana de coruñeses que quería despedir con todos los honores a los decididos voluntarios. Con presencia de las primeras autoridades, Capitán General, Luis Solans Labedan; Gobernador civil, Muñoz de Aguilar: alcalde accidental, Diego Delicado y jefe provincial José María Daporta, a los acordes del himno Nacional, el tren abandonó el andén principal de la estación coruñesa a las dos de la madrugada. Los expedicionarios agitaron sus boinas rojas mientras la banda del regimiento de Infantería hacía sonar alegres marchas militares.

En el convoy viajaban como soldados voluntarios mis recordados y buenos amigos Carlos Vallo Taibo, José María Barcala Marcos e Ignacio Padín Panizo. Cuantas anécdotas y pormenores de  aquella peligrosa y quijotesca aventura con sus gloriosas acciones bélicas me contaron en aquellas inolvidables tertulias de la cafetería Hyltom de la calle de Fernando Macías. Otro recordado  amigo y camarada divisionario fue Arturo López Bello, a la sazón cuñado de Carlos Vallo al estar casado con su hermana Olga, que durante muchos años hasta su jubilación fue una de las taquilleras del famoso cine Riazor. También se enrolaron desde La Coruña, entre otros, el teniente Alfonso Ozores Marquina, compañero de mi padre en la liberación de Oviedo con las columnas gallegas en octubre de 1936 y hermano del caballeroso Fernando, valeroso capitán artillero también divisionario azul y de Jorge, marqués de San Martín de Hombreiro.

Jesús Pastur, coronel del Ejército y padre de una conocida saga de coruñeses y durante años presidente de la hermandad coruñesa de la División Azul; el notable tenista Enrique Armony  Guimaraens. Luis Mariñas Gallego, tío del teniente general Gerardo Mariñas y que llegó a ser General Gobernador Militar de La Coruña; Bernardo Munch, de origen alemán, que fue destinado al cuartel general de Muñoz Grandes como interprete; el también intérprete Pepe Kessler Aramburu, miembro de la conocida familia coruñesa que regentó el ultramarinos Casa Kessler en la calle Real. Mariano Sanz de Goya y Fernández Ladreda, que además de concejal del ayuntamiento de La Coruña fue un notable pintor.

  1. El general alemán Cochenhausen toma sobre su sable desenvainado, juramento de fidelidad al general Muñoz Grandes General jefe de la División Azul.

El indómito teniente de artillería, vieja guardia de la Falange, José Luis Gómez-Díez Miranda, emparentado con la también familia coruñesa Catoira, que encontró heroica muerte al pie de su batería en la acción de Krasni-Bor.  El capitán médico Rafael Ojea Rabassa muerto valerosamente en campaña; el capitán Camilo Pintos Castro, afamado oculista y padre de mi entrañable amigo coronel de artillería del mismo nombre Camilo Pintos Vilariño; el coronel Luis Villarreal Miranda, que fue durante años, antes de su ascenso, ayudante de varios Capitanes Generales de Galicia; el comandante de la Fábrica de Armas, Ignacio Baeza Torrecilla; teniente de artillería Alberto Lasheras; el médico Ramón Vilumara; el capitán artillero y profesor de matemáticas Eulogio de Vicente Fonseca; el médico José Luis Cereijo; el comandante Buenaventura Osset; capitán Carlos Ros España; teniente Antonio de Andrés; el incombustible Ramón Chousa Penas, seguidor impenitente del Real club Deportivo y acomodador durante años del cine Equitativa, que se alistó con quince años de edad;  teniente José María Lisarrague; Avelino Méndez Núñez conserje de la primitiva Falange y vendedor del periódico Arriba; Santiago Piñeyro Caramés, casado con Carmencita Pueyo, Condesa de Val y padre de mis queridos convecinos de la calle de Fernando Macías los Piñeyro Pueyo; el capitán de artillería José Luis Piñeyro Caramés, hermano del anterior; el querido artillero Diego Vela Cuervo, muy vinculado al mundo del deporte; el capitán de la Maestranza de artillería Carlos Paz Losada; el teniente Esteban Martínez Gil, que finalizó su carrera militar con el mismo grado que su hermano el general Sisenando. Aquel distinguido caballero que fue presidente del club de Golf de la Coriña, el general Luis Quiroga De Abarca. Otro señalado divisionario fue Rodrigo Peñalosa Esteban-Infantes, fundador de la fábrica coruñesa de Begano Coca-Cola, muerto en tristes y terroristas circunstancias en el incendio del Hotel Corona de Aragón, en Zaragoza perpetrado por ETA

  1. Soldados de la División Azul portan la bandera de España por las gélidas tierras soviéticas.

El ferrolano miembro de una distinguida familia con ramas coruñesas, Guillermo Quintana Laccaci, medalla Militar individual lograda en los combates de Leningrado. Transcurrido el tiempo llegaría a ser Capitán General de Madrid y tendría una decisiva actuación en los sucesos del 23-F. Por cierto con la llegada de la democracia se quitaría de la manga  de su uniforme el parche con el escudo de la División Azul. En 1984 sería asesinado por un comando de Eta cuando paseaba por una calle de Madrid.

El también ferrolano José Gabeiras Montero, uno de aquellos Generales conocidos como los “del Palmar de Troya” que se saltaron a compañeros mejor situados y con más méritos, gracias al capricho y “milagrosa “voluntad del vicepresidente del Gobierno, Manuel Gutiérrez Mellado que haría a Gabeiras, General Jefe del Estado Mayor del Ejército;

Otros notables coruñeses enrolados en la División Azul fueron el recordado Manolo Fraga Ferrant, alma mater del atletismo coruñés; el dentista Aurelio Vendrell; Pío González Dopeso, hermano del inolvidable Pepe; el coreógrafo José Manuel Rey de Viana, creador del ballet Gallego; Julio Fraga; Manuel Rodríguez Pardo; el sargento Buján Fernández; Carlos Martín Luna, que fue delegado del plan de desarrollo en La Coruña. José María Pérez Roca, padrino de mí querido amigo y cámara  José María Permuy y hermano de Carlos Pérez Roca, destacado pedagogo y fundador del colegio Liceo la Paz.

José Luis “Pelucho” Bermúdez de Castro, tan ligado al Frente de Juventudes de La Coruña y que al firmar su alistamiento contaba diecisiete años de edad. Cheche García Abella; Roberto Bermúdez de Castro Carnicero, un niño de dieciséis años cuando salió de La Coruña hacia el frente ruso. El Alférez Alfredo Mengotti Osende, condecorado con la Cruz de Hierro; Alberto Berea, nieto del popular alcalde de La Coruña de finales de los años ochenta del siglo XIX, Canuto Berea; Arturo Herrero; Manuel López Torrente; Carlos García; Pancho De la Reguera, que había sido superviviente del Crucero Baleares. El tío del apreciado  coronel de infantería Manolo Vilameá, Antonio Sánchez Pascuala, que fue dado por muerto en las operaciones del río Volchow y que tras aquellas operaciones regresó a La Coruña y  realizo un gran labor en Radio Coruña. Alfredo Bermúdez de Castro, que llegaría al grado de coronel y se casaría con la  pintora Maruja Olavide.

El capitán De la Iglesia Cobián, muerto heroicamente en la ofensiva soviética de Krasny-Bor; Ignacio García Pardo; teniente coronel Ignacio Nandín; alférez de infantería Antonio Montero de la Sierra; su hermano Emilio; teniente José Luis López Orive; el subteniente armero Don Ángel; el sargento Alonso, vecino de la Ciudad Vieja; Pepe Sánchez “Macana” que  luchó valerosamente en  el lago Ilmen y se fue a vivir a Brasil; Luis Morgade; alférez Fuentes Otero; Rey Ferreiro, primo hermano de mi recordado amigo Pepe Rey Zas, que también fue distinguido con la Cruz de Hierro. Pablo Campos Manrubia, durante muchos años funcionario de Radio Nacional de España; Martínez Romero, que alcanzó la Cruz de Hierro por la acción del lago Ilmen. El falangista de la primera hora José Luis Freire

Coruñeses divisionarios.

Manolo Sánchez Candamio, que llegó a ser presidente del Real club Deportivo; Enrique Mosquera Dans, que pasado el tiempo ocupó el cargo de Jefe Superior de Policía de Barcelona; Manuel Nieto Rioboo, hermano del gran amigo Santiago; el médico Luciano Portela; Martín Naya Neira, falangista de la vieja guardia; Eduardo Lago Rivera, muy ligado al hostal La Provinciana; Luis Medal profesor de matemáticas del colegio del Ángel; Javier González-Moro Cervigón; Manuel Mariño Albor; el capitán Timoteo Temprano de la Prieta; José Alonso Izquierdo, que ocuparía el cargo de Jefe de la Policía Municipal de La Coruña; Ramón Soto Fernández; alférez de ingenieros Ignacio Arroyo; subteniente Vidal Baquerizo; Manuel Taracido; Ángel Cabado;  teniente Zaera. Mi recordado pediatra Manuel Gómez Pedreira; Óscar Rey Brea, auxiliar de meteorología y para muchos el primer ufólogo español; el doctor Hermida; Raimundo Riestra del Moral; Antonio Salvadores; Pepe Sánchez; Benito Baladrón: Guillermo Fernández Obanza; Vasco Iglesias, tío del que fuera concejal, Pedro Vasco Pardavila.

Jesús María Fernández Medrano, padre de mi entrañable amigo y vecino coruñés el coronel de Infantería Lorenzo Fernández-Navarro de Los Paños, que llegó a  ocupar el cargo de Comandante Militar de la plaza de La Coruña y fue fulminantemente cesado por la maldita ley de la memoria histórica al negarse el ilustre militar a verter críticas contra el régimen nacido de la Cruzada Española de 1936-1939 bajo el victorioso mando del Caudillo Francisco Franco.

Santiago Amado Lóriga

El padre de otro fraternal amigo y vecino coruñés el coronel de Infantería Carlos Suero Sierra; Luis Espiñeira que recitaba poesías en el frente; José María Ozores; el  sargento Dequitd;  Juan Pérez Arias; el oftalmólogo José Domínguez; Jesús Juncosa; Ramón Blanco, funcionario del sindicato vertical; el sadense Pepiño González, cariñosamente apodado “bufón”; Martínez Pubull; Alfonso Merkel Serrano, durante largos años funcionario de Radio Nacional de España en La Coruña; el aparejador Corrochano, distinguido con la Cruz de Hierro por su valeroso comportamiento en los combates del río Wolchow.

Manolo Malingre, tío de mí admirado amigo Antonio Malingre Mariño. El padre de Antonio también se alistó, pero su progenitor  se negó en redondo a dejar ir a los dos hermanos a aquella incierta y peligrosísima aventura. En el banderín de enganche, dio de baja a los dos muchachos, pero Manolo escapándose de su casa  se alistó en Burgos,  pudiendo salvar así el duro escollo de la negativa paterna. José Otero de Arce, que ganó la medalla Militar individual; Raúl Goicoa, que murió combatiendo como un jabato, con solo dieciocho años. En el frente de Leningrado encontró la muerte, Emilio Veloy, hijo del Capitán Veloy de la Guardia Civil. Una evocación para Raúl Meléndrez Cebrián que se alistó, falseando la edad, con solo catorce años. Y muchos más que quedan en el olvido y que mi mente y memoria  desgraciadamente no puede recordar.

Como no podía ser de otra manera, un recuerdo también para una serie de ilustres militares de nuestro ejército que combatieron en la gélida estepa soviética al comunismo internacional con arrojo, bizarría y derrochando valor a raudales. Entre ellos el teniente general Emilio Esteban Infantes, segundo jefe de la División Azul, que sustituyó en el mando al general  Muñoz Grandes. El coronel Antonio García Navarro jefe de la Legión Azul, que alcanzaría el grado de teniente general. El pontevedrés Prudencio Pedrosa Sobral, paracaidista de excepción, héroe de Sidi Ifni y que terminó su carrera militar siendo Capitán General de Valladolid; el orensano de Carballino tan ligado a Puentedeume, general Víctor Lago Román, ejemplar militar y persona, asesinado por Eta cuando mandaba la División Acorazada  Brunete. 

El Teniente General Jesús González del Yerro, que finalizó su larga carrera militar como Capitán general de Canarias y que lucía en su guerrera la medalla militar individual; el también Teniente General, medalla militar individual, José Luis Aramburu Topete, que llegó a ser director general de la Guardia Civil; el que fue capitán general de Galicia, medalla militar individual, Carlos Rubio López Guijarro. Ángel Ramírez de Cartagena y Marcaida, al igual que el anterior Teniente General y medalla militar individual y que ostentó también el mando de la Capitanía General de Galicia.  Ricardo Arozamena Girón, que también alcanzó el empleo de Teniente General; coronel Sagrado Marchena, medalla militar individual en la guerra española 1936-39;  Teniente general Antonio Ibáñez Friere, condecorado también con la medalla militar individual y que fue ministro del interior con un gobierno de UCD.

Los recordados y queridos tenientes generales Carlos Fernández Vallespín, capitán general de Galicia y presidente de honor de la Comisión de las Hogueras de San Juan y Tomás García Rebull, condecorado también por su valor y méritos con la medalla militar individual y  padre de bueno de Fernando, profesor de la escuela coruñesa de aparejadores. Jaime Milans del Bosch y Ussia medalla militar individual, ejemplar caballero, defensor del Alcázar de Toledo y uno de los condenados por ser fiel al mando en el 23-F.

1943 Soldados Españoles de la División Azul en la batalla de Krasni Bor.

La lista de ilustres militares que combatieron en Rusia es enorme. Sirvan de ejemplo entre otros los siguientes: Álvaro Lacalle Leloup, que ostentaría la jefatura del Estado Mayor del Ejército; Ángel Campano López, primer alférez provisional que llegó a Teniente General; Balcazar y Rubio de la Torre; Julio Salvador y Díaz Benjumea y Mariano Cuadra Medina, ambos  ministros del Aire;  Morillo Galcerán; Luis Polanco Mejorada; Martínez y Vara del Rey; Manuel Esquivias Franco; Luis Caruana; Elícegui Prieto; Vega Rodríguez; Miguel Rodrigo; Juan José Orozco Massieu, Laureado de San Fernando en la guerra española 36-39; Mendibil Oliver; Gavilán Ponce de León; Casalduero Martí, Barañano Martínez, Pimentel Zayas, Luis Zanón Aldalur, Vierna Trápaga, Emilio Villaescusa Quilis, secuestrado por los GRAPO en 1977; Sáenz  de Tejada y Fernández de Bobadilla, jefe del Estado mayor del Ejército, Soteras Casamayor, Allende-Salazar, Serra Algarra, Laureado de San Fernando: Virgili Quintanilla, superviviente del Castillo de Olite; Saavedra Palmeyro, Luis Álvarez, Pedro Merry Gordon, Martínez Esparza, Bañuls Navarro, Bellod Gómez, Alfonso Armada Comyn, marqués de Santa Cruz de Ribadulla, condenado por su participación en los sucesos del 23-F.

Otros que alcanzaron la gloria al ostentar sobre su pecho la  medalla militar individual fueron Fernando Reinlein Calzada; el bravo capitán Oroquieta, que al igual que los coruñeses Alfonso Ciudad Murcia, Manuel Nodal, Vicente García Martínez, Jesús Pérez Sánchez,  Eugenio García López, José García Gómez, el betanceiro Vicente Calvo, Ramón Santamaría y Guillermo Sierra,  regresaron a la Patria a bordo del Semíramis en abril de 1954,  después de sufrir un penoso cautiverio durante años en los terribles campos de trabajo soviéticos. Y muchos más que omitimos porque se escapan a la filosofía de este trabajo

Merece una mención especial el coruñés, Mariano Gómez de Zamalloa, el héroe del Pingarrón, Laureado de San Fernando, por mantener, -después de recibir diecisiete heridas y negarse a ser evacuado-, la posición del Pingarrón, en la batalla del Jarama, en la Guerra de liberación española. Con igual espíritu de sacrificio y servicio, luchó contra el comunismo internacional, en aquellos lejanos parajes. 

Otro destacado coruñés fue Santiago Amado Lóriga, medalla militar individual y último general de la División azul.

Hemos dejado para el final al  cabo nacido en la calle de Orillamar  Antonio Ponte Anido que logró la Laureada de San Fernando, a título póstumo, después de lanzarse con una mina entre sus manos, contra un carro de combate T-34 ruso que amenazaba las posiciones españolas. Su intrépida acción salvó de una muerte segura, a muchos de sus compañeros.

Fernando Vadillo divisionario y excelente y recordado comentarista de boxeo escribió en uno de sus magníficos libros dedicados a cantar la gesta de la División Azul, titulado este “Y lucharon en Krasny Bor” lo siguiente: “Los españoles replican al fuego  a los gritos de ¡Arriba España!  Pero la superioridad numérica del adversario es abrumadora y caen segados por las balas. El cabo Ponte Anido tiene los ojos puestos en el T-34. Vislumbra el centelleo del cañón abriendo fuego contra la masa de españoles y, de pronto, el corazón deja de golpearle en el tórax y se siente sumido en una fría serenidad. Varias ideas cruzan su cerebro como balas trazadoras. Quizá deba obedecer la orden de su capitán, alejarse por entre las isbas de la izquierda e intentar cubrir la distancia que separa del puesto del comandante Alfredo Bellod Gómez, jefe del Grupo de Zapadores de Asalto 250, para decirle: “Mi comandante, el capitán Aramburu Topete me manda llevar un médico a la posición. Hay muchos heridos graves...”

“Pero él también está herido, le han alojado hace un rato una bala en el cuerpo y duda poder escurrirse con la necesaria rapidez por las calles infestadas de adversarios. Los ve. El cabo de enlaces los ve deambular sus sombras espectrales por entre las isbas calcinadas. Medita un instante y llega a la conclusión de que deberá optar por una de ambas soluciones: quedarse donde está y aguardar a que se despeje la situación, o intentar destruir el T-34, con lo que acaso logre salvar la vida de algunos de aquellos camaradas en apuros. Y de los heridos que tal vez continúan alojados en el edificio del hospital, hacia donde parece querer dirigirse ahora el carro de combate.”

“Descarta la primera posibilidad, y haciendo acopio de aire en sus pulmones, se levanta y corre en línea recta. En ese momento el carro se ha detenido y gira su torreta con indecisión. Las ráfagas de pistola ametralladora y las granadas de mano que le lanzan los españoles emiten un sonido de campana al rebotar en las planchas de acero. El enlace se detiene en plena galopada, se le doblan las rodillas y cae de bruces en la nieve alcanzado por un rafagazo. Oye sus alaridos. Oye el chirriar del T-34... “Madre, de ésta no salgo...” Le escribió días atrás.  Tardará en llegarle la carta. Luego recibirá el oficio dándole cuenta de la muerte de su hijo en acto de servicio. Sus compañeros de cuartel del Regimiento de Zapadores nº 4 de Lugo, le echarán de menos...

”Crispadas las mandíbulas por el dolor, extrae con manos ansiosas la mina T del macuto, se acoda en la nieve con esfuerzo, se arrodilla, se incorpora, da unos pasos tambaleantes y se arroja de bruces junto a una de las cadenas del carro.

Le llegan unos gritos confusos: -¡Eh, muchacho, lárgate de ahí...! Le cuesta respirar, se siente débil, pero trata de sobreponerse. El sudor le resbala por la frente, ancha y despejada, y se le cristaliza en las mejillas. Sus ojos, grandes y soñadores, atisban desde el suelo la oruga que gira y chirría a medio metro de distancia de su rostro. Le anima la idea de que la dotación del carro no pueda verle.

  1. Cabo Laureado del San Fernando el coruñés Antonio Ponte Anido.

La mina magnética le pesa entre las manos. Inquieto, temeroso de que le flaqueen las fuerzas en el último instante, deposita la carga entre la oruga y la rueda de tracción, introduce el detonador en el mango, tira del cordel y retrocede penosamente, centímetro a centímetro, dejando en la nieve una huella de sangre oscura. Sabe que solo dispone de cinco segundos para ponerse a salvo, pero no puede moverse con la velocidad precisa. Comprende que no podrá salvarse. ¿O acaso...? “¡Ay, madre ayúdame...!” De pronto se alza una llamarada deslumbrante y sus oídos parecen estallarse al estruendo de la explosión.
-“¡Muchacho...!”  Alguien corre hacia él.
-Ha muerto...
El cabo de enlaces Antonio Ponte Anido, Toñín, ha muerto a las tres y cuarto de la tarde”.

El joven falangista coruñés había muerto pero quedaba su ofrenda generosa y heroica. Su acción salvó de una muerte segura a todos sus compañeros la mayor parte heridos situados en la “isba” que hacía las veces de hospital de campaña cuando el imponente carro de combate ruso se fue directo hacia las posiciones españolas. Antonio no lo dudo y se inmoló por Dios y por la Patria. Veintitrés años más tarde, un 25 de octubre de 1966, el ayuntamiento de La Coruña presidido por el alcalde Demetrio Salorio Suárez reconoció los méritos contraídos  por Antonio y honró al cabo Ponte Anido dándole su  nombre a una calle perpendicular a la de Orillamar donde había venido al mundo un  8 de octubre de 1920, el valeroso conciudadano.

En 1942 la División Azul inició su regreso a España. Precisamente el sábado 20 de junio de ese año comenzaron a llegar a La Coruña los primeros voluntarios que volvían del frente ruso. Pasaban algo más de quince minutos del mediodía cuando arribó a la vía principal de la estación de ferrocarril de La Coruña el expreso proveniente de Madrid donde venían los voluntarios de la División Azul. En el andén, lleno de gente,  esperaban las primeras autoridades a cuyo frente se hallaban el gobernador civil, Emilio de Aspe Vaamonde; Gobernador Militar, General Pueyo; el alcalde de la ciudad, José Crespo y López Mora, acompañado de su corporación; presidente de la Diputación Sr. Romay; jefes y oficiales del Ejército, Guardia Civil y Policía Armada, así como el Jefe provincial de Falange, Diego Salas Pombo, el secretario provincial de Falange Sr. Trillo, miembros del movimiento, organización juvenil y sección femenina a la ordenes de la Jefa provincial, Lolita Martínez Romero. A las diez de la noche del mismo día llegaría otro convoy en el que regresaron a nuestra ciudad más voluntarios de la División Azul.

Al día siguiente en el Palacio Municipal el alcalde Crespo y López- Mora rindió homenaje en nombre de la ciudad  a  los bravos soldados. Antes de iniciarse la recepción, con una plaza de María Pita completamente llena de gente, los Divisionarios  se acercaron hasta la Iglesia de San Jorge y ante la lápida de la fachada de la Iglesia que perpetuaba la memoria del Fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, el sargento de la División, Dequidt, colocó las cinco rosas símbolo legendario de la Falange Española, mientras los demás voluntarios entonaban el Cara al Sol.

Ya en el salón de sesiones, el alcalde dio la bienvenida a los divisionarios y se sintió orgulloso como coruñés de recibir a tan bravos conciudadanos que lucharon con espíritu heroico y españolismo contra el comunismo internacional en las gélidas y lejanas tierras de Rusia.

Un voluntario de la División Azul pidió al Alcalde que se celebrase en cualquier Iglesia de la ciudad una Misa en sufragio por el eterno descanso de los que lucharon en la División Azul y cayeron de forma heroica en Rusia con el nombre de Dios y España en sus labios. El Alcalde Crespo aceptó encantado la sugerencia.

Seguidamente hizo uso de la palabra, Diego Salas Pombo, Jefe Provincial de la Falange coruñesa que entre otras cosas dijo:

“Vuestra misión no ha finalizado. Habéis llevado a cabo, notables páginas de heroísmo. Vuestra unidad, la gloriosa División Azul, ha sido distinguida con innumerables condecoraciones. Soportasteis con ejemplaridad las condiciones adversas del cruel invierno ruso. Pero todo eso no basta. En España hay mucha labor por realizar; hay muchas cosas por hacer para que el lema por el que nos levantamos aquel julio de 1936 “Por la Patria, el pan y la justicia sea una completa realidad. De vosotros espero y reclamo una ayuda decidida”.

 “Ahora tendréis que encararos con otras tareas en la vida pero que también son de lucha contra el enemigo, un enemigo astuto y emboscado incluso en nuestras propias filas. De vuestro españolismo y lealtad, así como de vuestra hermandad y ejecutoria de la camisa azul no dudo y espero que seáis los mejores y que habréis de saber atraer a los que sin pertenecer a la Falange no dudaron en encuadrarse en las filas de la División Azul cuando vieron peligrar nuestra civilización. Arriba España”.

Las palabras de Salas Pombo fueron contestadas con una cerrada ovación. Con el canto del Cara al Sol, finalizó le recepción ofrecida por el Ayuntamiento a los divisionarios coruñeses.

A la semana siguiente los voluntarios coruñeses de la División Azul, organizaron una marcha a pie hasta la catedral de Compostela para cumplir una promesa realizada al Santo Adalid Patrón de las Españas, Señor Santiago, cuando se encontraban en el duro campo de batalla de la estepa soviética.

El Teniente Jaime Galiana Garmilla, alférez Rubio Moscoso, capitán Salvador Masip Biendicho, capitán Manuel Ruiz de Huidobro y Alzulema, Cabo Generoso Ramos Vázquez,  natural de La Guardia (Pontevedra), José Pérez Castro, que se hizo fuerte de forma valerosamente en la posición de Possad, la cual defendió con arrojo y valor sin límites hasta la muerte, después de apoderarse de una ametralladora, varios lanzallamas, bombas de mano, hacer prisioneros  a nueve soldados soviéticos y matar a varias decenas, son junto a nuestro convecino Antonio Ponte Anido y Teodoro Palacios “el embajador en el infierno” los ocho gloriosos  Laureados de San Fernando de la división azul. Cincuenta y tres medallas militares individuales y dos colectivas componen la lista gloriosa de condecoraciones  logradas por la División Azul.

“Con mi canción la gloria va, por los caminos de adiós, que en Rusia están los camaradas de mi División. Cielo azul a la estepa desde España, llevaré, se fundirá la gloria al avanzar, mi capitán. Vuelvan por mí el martillo al taller, la hoz al trigal. Brillen al sol las flechas en el haz para ti, que mi vuelta alborozada has de esperar entre el clamor del clarín inmortal. En la distancia queda gozo del hogar con aires de campanas, vuelo de la paz. Resuenan los tambores, Europa rompe albores, aligerando nubes con nuestro caminar. Con humo de combate yo retornaré con cantos y paisajes que de allí traeré.  Avanzando voy, para un cielo sombrío llevaremos el sol. Avanzando voy para un cielo vacío llevamos a Dios”.

  1. El Alcalde de La Coruña Demetrio Salorio, acompañado del Jefe de Relaciones públicas del Ayuntamiento, Ramón García Barros, inaugura el rótulo de la calle dedicada al cabo laureado Antonio Ponte Anido.

Es el himno, obra de Agustín de Foxá y del maestro Juan Tellería, el mismo que compuso la música del Cara al Sol, que aquellos dieciocho mil guerreros españoles, llevaron allende de nuestras fronteras. Aun hoy en día el pueblo ruso, que conoció el comportamiento caballeroso, solidario, elegante y fraterno de nuestros soldados, se encamina hasta las tumbas de los españoles que allí permanecen, para depositar su homenaje de recuerdo, por medio de sencillos y anónimos ramos de flores.  ¡Honor y Gloria los bravos soldados de la División Azul!