Varios miembros de la tripulación llevan el nombre de José. Los hay en la cámara de oficiales y entre los contramaestres, y muchos Pepes en la marinería. El día tiene algo de extraordinario: serenatas por la noche y mañanas, con el permiso del tiempo. La primera parte del festejo se desarrolló a despecho de la lluvia y el viento, que se dejaron sentir. Una pandilla se disfrazó de ratas y despertó a los Pepes cantando cosas como estas:

Josés y Pepes,

a manos llenas,

muchas botellas

nos han de dar;

jamón y dulces,

vinos distintos,

blancos y negros,

lo mismo da.

 

Si mal estuvo la noche, víspera de San José, el día fue peor; tan negro, lluvioso y frío, aquel domingo no pudo celebrarse la misa. Tres días después el tiempo mejoró y los Pepes ofrecieron a la tripulación algunas latas de conservas, para premiar los juegos y cucañas de la tarde.

La nota cómica fue la aparición en cubierta de dos guardias civiles que sorprendieron a todos, sobre todo, cuando el capitán de ganado estropeaba la cucaña del cilindro, cayéndose con todo el aparato, momento que aprovecharon los disfrazados para intervenir en el barullo, llevándose preso al capitán, que era un “viva la virgen”.

Terminadas las celebraciones comenzó a mejorar el tiempo; malo para llegar a puerto, con viento de proa y calma un día y otro, sin saber cuándo podrían fondear en Adelaida, y para que no faltara nada, pudieron admirar hasta una aurora austral en la noche del 15 de marzo.

Así registró el acontecimiento la guardia de 8 a 12: “Al principiar la guardia se vio una aurora austral, formada por rayos luminosos convergentes en el polo magnético, ocupando una extensión en el horizonte de un cuadrante, unos 16º de altura. En la aguja no se apreció perturbación alguna. Desfogaron varios chubascos en poca agua, produciendo recalmones; al rendir, quedó visible la aurora austral. Posición latitud E 45-8 y longitud E 101-1. José Miranda”.

El oficial de guardia de 12 a 4 horas anotó lo que sigue en el cuaderno de bitácora: “A las 12,25 se vio un gran resplandor de luz de un color violáceo que, partiendo del zénit, iluminó el horizonte por todo el primer cuadrante, durante dos segundos. Desfogaron continuos chubascos, encapillándose a bordo varios golpes de mar; al rendir, agrandó y calmó el viento. Lat. S 44-39 y long. E 110-44. José Núñez”.

Aquella contemplación trajo la calma y vientos de popa. Cuando iban 40 singladuras y seguía soplando un viento que impedía arribar a la Isla de los Kanguros. Por eso organizaron unas jornadas de pesca y caza.

En alta mar los peces son grandes o microscópicos. El Índico que recorre un buque de vela no aleja a los peces porque no produce ruidos molestos para ellos. No sucede así en el Atlántico, donde a N o S, enganchábamos hermosos atunes; hubo días que pescaron hasta 14 bonitos, de unas 3 libras de media; a baja velocidad no hay quien pesque un bonito.

El Índico tendrá poca pesca, pero de pájaros anda sobrado. Del Cabo de Buena Esperanza hasta puerto Adelaida, no falta la compañía de los albatros, conocidos como los “carneros del Cabo”, que vuelan siempre con elegancia; este pájaro tiene hasta tres metros de extremo a extremo de las alas; es el auténtico rey del océano tempestuoso. Los marineros piensan que los albatros que les sobrevuelan son siempre los mismos y que dan escolta al barco.

Algo más pequeños y oscuros que los albatros, vuelan también las “gallinas del Cabo”, que se posan a la popa de los barcos para recoger todo lo que se arroja al agua; y también las “golondrinas de mar”, que nunca descansan en el agua; y cerca de Australia hay una especie de pequeños albatros.

La tripulación deseaba viento fresco que les permitiera avistar Cabo Borda: verlo, atracar y perderlo fue cosa de momentos, porque el tiempo era entonces oscuro y los chubascos arreciaban con desesperada fuerza. Era preciso meterse a lo largo del Golfo de San Vicente, cuyas costas requieren conocerlas bien.

En la historia de las guerras marítimas es posible que no haya una página más enlutada que la sostenida entre ingleses y españoles frente al Cabo de San Vicente. Allí Gervis probó la supremacía de sus veteranas dotaciones; allí Nelson probó el golpe de audacia que le distinguió y allí el Almirante conoció también la derrota.

Los ingleses han respetado muy poco el derecho adquirido por los descubridores de tierras o mares de los españoles, portugueses, holandeses y franceses, que llevan hoy nombres ingleses, como si su descubrimiento se debiera a Cook.

Navegando por el Golfo de San Vicente a las doce de la noche, allí, como Dios quiso, dejó caer el ancla del Nautilus, a la vista de un faro o luz que debía corresponder a la entrada del río Adelaida.

Nunca desearon tanto un práctico como en aquella noche. Aquí hacen lo mismo que sus colegas de Cádiz: cuando hace mal tiempo, suponen que ningún barco va a aproximarse a la costa, y se quedan a dormir tranquilos en la mar.

Amaneció el primero de abril y se encontraron fondeados frente a una costa completamente baja, limitada por pequeñas colinas. Los tripulantes del Nautilus carecían en ese momento del menor entusiasmo por la arribada a puerto, tras una larga travesía por un océano muy poco pacífico.

El comandante no hacía otra cosa que mirar la costa S, un punto señalado en la carta como Glencelg, donde habían estado a punto de embarrancar la noche anterior ¡Jamás olvidaría aquel nombre!

La derrota Cape Town a puerto Adelaida, del 10 de febrero al 1 de abril de 1893 había llegado a buen puerto y con mucha, mucha suerte.