El fin último del movimiento político sionista es el establecimiento de un gobierno mundial, con la paulatina desaparición de los Estados nacionales.

Si nos fijamos en la composición de los dirigentes e integrantes de todos los grandes monopolios, y de todas las organizaciones y entidades mundialistas, puede verificarse que el predominio sionista es una constante, al igual que en la ONU, donde dicha influencia es igualmente importante.

La primera tentativa de establecer un gobierno mundial fue la Sociedad de Naciones, cuyo primer Secretario General fue el sionista Huysmans, pero este intento fracasó porque a dicha entidad le faltaba lo esencial en cualquier gobierno, que es una fuerza coercitiva.

Más adelante, en 1939, un periodista llamado Clarence K. Streit, publicó un libro titulado “Union now” (“Ahora unión”), que abogaba por una unión mundial a la que se llegaría gradualmente, mediante uniones regionales, una especie de unión federal de todas las naciones en una amalgama de una unión mundial de los Estados. El mismo periodista escribió en 1941 el libro “Union now with Britain”, que abogaba por una primera unión entre el Imperio británico y los EEUU. El libro fue acogido por una campaña de elogios. El mismo Clarence K. Streit y el que sería más tarde Director del Presupuesto con Eisenhower, Melvyn Ryder, fundaron la “Federal Union Incorporated”, una entidad que abogaba abiertamente por la ciudadanía mundial, y por la creación de una moneda internacional. Diversas personalidades se aliaron a la “Federal Union Incorporated”: el Ministro del Interior con Roosevelt, Harold L. Ickes; el que sería Secretario de Estado con Eisenhower, John Foster Dulles; y el Juez del Tribunal Supremo, Owen J. Roberts, entre otros más.

Paralelamente, otra entidad mundialista llamada “World Fellowship”, presionaba al Congreso de los EEUU para que impusiera como finalidad de guerra no solo la lucha contra la Alemania nacionalsocialista, sino también la creación, al final de la guerra, de una “Organización de Naciones Unidas”. El director ejecutivo de “World Fellowship” era otro sionista llamado Willard Uphaus.

Por otro lado, otra organización similar, la “United World Federalists” (“Unión de Federalistas Mundialistas”) fundada por el sindicalista Norman Cousins y por el banquero multimillonario y sionista James P. Warburg, abogaba por idénticos fines, y también con un notable apoyo publicitario. Será el mencionado banquero James P. Warburg el que dirá el 17 de febrero de 1950 ante el Senado de los EEUU, lo siguiente: “Se quiera o no se quiera, tendremos un gobierno mundial. Sólo se trata de saber si ese gobierno mundial será instaurado por medio de la fuerza o con consentimiento”.

El 1 de enero de 1942, en plena guerra, los delegados de 26 naciones en guerra contra Alemania se reunieron en Washington, donde firmaron la “Declaración de las Naciones Unidas”, confirmando los principios de la Carta del Atlántico. Al año siguiente, el 30 de octubre de 1943, se dio a conocer la Declaración en Moscú, por la que el Reino Unido, la Unión Soviética y los EEUU preconizaban la urgente creación de una organización internacional que agrupara, en la postguerra, a los Estados pacíficos. Y al final de la guerra, en 1945, se fundó oficialmente la Organización de las Naciones Unidas. Esta organización enfatizó su pacifismo a través de la gran prensa y los monopolios internacionales de información. Pero pocos de dieron en cuenta entonces de que la Carta de las Naciones Unidas tendía realmente a crear una unión social, económica, cultural, política, y militar de todos sus Estados miembros. Evidentemente, la ONU no es aún un gobierno mundial, pero no cabe duda de que es el punto de partida y el marco adecuado para ello. Todas las tentativas, oficiales o no, de unión o de federación hechas hasta el advenimiento de la ONU, patrocinadas directa o indirectamente por ella, se dirigen a ese objetivo. Y así, como ya se ha dicho antes, el 17 de febrero de 1950, en el Senado de los EEUU, el banquero James P. Warburg, de la Kuhn, Loeb & Co., hijo de uno de los financiadores de la revolución soviética de 1917, se vanaglorió en decir: “Se quiera o no se quiera, tendremos un gobierno mundial. Solo se trata de saber si ese gobierno mundial será instaurado por medio de la fuerza o por consentimiento”.

El 25 de abril de 1945 tuvo lugar en San Francisco la primera Asamblea General de Naciones Unidas, cuyo primer Secretario General fue Alger Hiss, convicto de espionaje a favor de la URSS entonces. En dicha reunión fue aprobada la Carta de las Naciones Unidas, que es el reglamento de la organización mundial. La ONU fue formada para suceder a la Sociedad de Naciones adaptándola a una futura comunidad internacional.

Otro de los fundadores de la ONU fue el sionista Harry Dexter White (Weiss ), que fue Subsecretario del Tesoro de los EEUU, y uno de los miembros principales de la Delegación norteamericana en la ONU y de los redactores de la Carta de la ONU. Otro de ellos, llamado Pasvolski, fue el encargado de explicarle al Senado de los EEUU el contenido de esa Carta constitucional a base de un “lenguaje filosófico”, con una jerga de logia destinada a confundir al cándido auditorio. El sucesor de Alger Hiss como Secretario General de la ONU fue el noruego Trygve Lie, un exagente de la Komintern, según afirma Leon Trotsky en su libro “Stalin y sus crímenes”, y un masón de alto grado. A Lie le sucedió Dag Hammarksjoeld, otro hermano de alta graduación, que además estaba ligado con la Alta Finanza y el trust mundial del cobre, lo que no le impedía a la vez ser un marxista como su antecesor en el cargo. El sucesor fue U. Thant, y tras éste fue Kurt Waldheim, que fue antes militante socialista en Austria, y al que posteriormente se le recordó su participación en el gobierno NS en Austria, algo que se saca a relucir cuando el afectado dice o algo que no gusta a los onusinos.

En la redacción de los reglamentos internos de las diversas comisiones y subcomisiones intervinieron personajes sionistas y sus “compañeros de viaje”. Así, por ejemplo, en la Subcomisión de Información y Prensa, coincidieron el intelectual progre y Rector de la Universidad de Chicago Robert M. Hutchins; el sionista Profesor Zechariah Chaffee, y su correligionario yugoslavo Lev Sychrava.

El reglamento interno de esa subcomisión fue redactado oficialmente por Eleanor Roosevelt, pero realmente por William T. Stone, un antiguo miembro de la redacción del periódico “Amerasia”, órgano oficial de una entidad del mismo nombre que trabajó para la China roja de 1945 a 1948. Algo parecido al motivo que se ha dado para que ahora EEUU abandone la OMS, a la que se acusa de ser prochina.

Por otro lado, veintiuno de los noventa y seis miembros de la Comisión preparatoria que redactó los estatutos de la UNESCO, la organización económica, científica y cultural de la ONU, eran marxistas de diversas tendencias. Nada tiene de extraño, por tanto, que la UNESCO haya patrocinado la publicación de innumerables libros, publicaciones y folletos tendenciosos y objetivamente marxistas, de lo que hoy se denominaría como “marxismo cultural”, aunque éste no sea un marxismo ortodoxo.

El “Jewish Chronicle” reconoció que “las más importantes organizaciones judías, tales como el B´nai B´rith,el Congreso Mundial Judío, y el Consejo Consultivo de Organizaciones Judías intervinieron activamente en la redacción de la “Declaración de los derechos del hombre”, presentando a los delegados de la ONU, no una colección de opiniones y puntos de vista, sino una serie detallada de argumentos que sirvieron de punto de partida para su trabajo”  (“The Jewish Chronicle”, Londres, 17-6-1955).

La influencia del sionismo en la ONU y en sus diversas dependencias ha sido, y es, grandísima y desproporcionada con relación a la importancia numérica y al peso específico del llamado “pueblo elegido”. Al menos, dos tercios de los puestos clave de las Naciones Unidas estaban en 1945-46, ocupados por miembros de dicho pueblo, y después esa proporción se ha mantenido.

Desde que el comunismo ya no existe, hoy la ONU se apoya en dos patas: el sionismo y el capitalismo. La ONU fue creada con dinero procedente de los EEUU. El gobierno norteamericano, entonces presidido por Truman, le adelantó la cantidad de 65 millones de dólares, de aquel entonces, sin interés, reembolsables en 1982. John David Rockefeller Jr. adquirió por 8.500.000 dólares los terrenos sobre los que se construyó el rascacielos onusino en Manhattan, y se los regaló a la organización. El Ayuntamiento de Nueva York contribuyó financieramente a la construcción y al entretenimiento del palacio de cristal de la ONU.

La Banca Rothschild de Paris, por su parte, contribuyó a la financiación de las instalaciones y dependencias de la UNESCO en Paris. Todo ello nos da una idea de en qué se apoyó desde su creación la organización mundial y mundialista.

En el momento actual, en la era del capitalismo global y del mercado global, se ha dejado caer la idea en los mass media de que las crisis globales exigen soluciones globales, por lo que sería hora de una Constitución mundial…. Solo que las propuestas de un gobierno mundial, además de impopulares, son irrealizables. Por eso no se puede plantear la opción de un solo gobierno mundial porque además de ser algo impopular, es imposible de realizar. Y no creo sinceramente que nadie vaya a conseguir en los próximos cien años que los 330 millones de estadounidenses, los 1400 millones de chinos, los 1300 millones de hindúes, y los mil y pico millones de musulmanes acepten un gobierno mundial.

El mundo es demasiado diverso, afortunadamente. Además, un gobierno global no podrá consistir nunca en la cesión de poder público en favor del poder privado sino en la constitución de un poder público de alcance global, por definición de gobierno. Y un gobierno mundial así además de ser impopular es irrealizable. La constitución de un gobierno mundial y la disolución del poder público en el poder privado me parecen incompatibles.

Sea como sea, la cuestión hoy es pensar cómo hacer frente a la élite usurera mundialista, internacionalista y globalizadora que opera libremente sobre el tablero de la historia.