El antídoto que me busqué anoche para olvidarme de las atrocidades que está cometiendo este Gobierno contra España

 

En este confinamiento que vivo, mitad obligado, mitad voluntario, y como tantas horas me paso leyendo o pensando, o escribiendo que, a veces ya no sé qué hacer y entonces me entretengo leyendo cosas que me distraigan y me alejen de los malos pensamientos que rondan mi mente en cuanto abro la televisión o la radio y empiezo a ver o escuchar las tropelías de estos Ministros y de este Gobierno que nos están llevando al desastre.

Y es entonces cuando me busco un antídoto. El mío, casi siempre, es abrir el Baúl de mis recuerdos y sacar historias o pasajes de mi vida y el otro es abrir algunas de mis obras pasadas y releer algunas de las páginas que he ido dejando en el camino.

Anoche, lo confieso, me lo pasé bomba releyendo una de las leyendas cordobesas que me impresionaron desde la primera vez que la leí: La leyenda de Zahra y Zulima, la amante y la mujer del califa Abderramán III. Pero, para que ustedes se lo pasen bien un rato, al menos ese es mi deseo, les reproduzco lo que hace muchos años, muchos ya, escribí.

Sobre la amante Zahra:

Rebuscando en el baúl de mis recuerdos me he topado hoy con una leyenda referida a Medina Azahara (Madinat Al- Zahra) que hace muchos años incluí en uno de mis libros. Ya sé que sobre o en torno a Medina Azahara hay muchas leyendas, pero yo les aseguro que ninguna como esta que hoy reproduzco. De entrada la leyenda comenzaba con una descripción de cómo era Al-Zahra (en castellano «flor»)... «Una mujer de gentil presencia, bien proporcionada, cutis suave de terciopelo, manos perfectas de estatua clásica; ojos brujos, misteriosos, que allá en lo hondo de las pupilas mezclaban por extraño maleficio un brillo retador de lascivia con una expresión de sencilla ingenuidad; boca fresca y sensual con el broche luminoso de una sonrisa manteniendo siempre a flor de labio el sentido de una enloquecedora promesa; pies diminutos, como nardos, enriquecidos por la seda y las joyas de sus babuchas; silueta arrogante y estilizada, que dejaba adivinar bajo el vuelo de la liviana seda de sus vestidos el prodigio perfecto de sus curvas»; y las palabras que Abderramán III le dice sobre la ciudad que quiere construir para ella: «Tendrás el palacio, gacela. Tendrás más aún: toda una ciudad que surgirá de la tierra, como por arte de magia, opulenta, sugestiva, cautivadora... En el libro gigante que escriben los siglos se irán anotando palabras en su alabanza que no lograrán nunca describir con exactitud todas las magnitudes de sus méritos incalculables». Pero lo mejor de la leyenda es el final, cuando Abderramán se está despidiendo de la vida. Porque entonces manda venir hasta la ciudad donde ya vive con su gran amor a Zulima, su esposa legítima que se había quedado casi abandonada en el Palacio Califal. Al parecer, cuando Zulima entró en la habitación donde se moría el califa y se hincó de rodillas a un lado de la cama vio casi en la penumbra que al otro lado estaba Zahra, la amante. Cuando el moribundo se percató de que ya estaban allí sus dos mujeres cogió las manos de ambas, las unió y se las llevó al corazón, abrió los ojos por última vez y expiró. Luego la leyenda da dos versiones de lo que sucedió tras la muerte  del sultán. Unos dicen que Zulima, la sultana, perdonó a Zahra y le permitió que siguiera viviendo en la ciudad que el Califa había construido para ella y que allí, casi en soledad, porque se había deshecho de toda la servidumbre, murió ya de vieja. Sin embargo, la otra leyenda dice que Zahra desapareció cuando un atardecer subía por el Monte de la Novia hacia la Sierra, montando a Al-Jur, el caballo preferido de Abderramán. Según esta versión Zahra y Al-Jur se perdieron aquella noche y nunca más se supo de ellos.

 

Al-jur, el caballo del califa

Pero, íntimamente unido a la leyenda de Zahra va la historia del caballo Al-jur, el preferido de Abderramán III y lo que fue de él, de Zahra y de Zulima, la califa postergada que supo resistir la adversidad y el desamor de su esposo amado y encontrar la paz con el perdón de su rival y en un tiempo su verdugo. Lean:

 

La historia de Abd al-Raman III es una historia a caballo entre la tragedia, la leyenda y el romanticismo. Porque trágica fue su vida desde los primeros días (no hay que olvidar que su padre murió degollado cuando él apenas contaba con tres semanas y que más tarde tuvo que condenar a muerte a uno de sus hijos) y legendaria toda su actuación política (desde el comienzo de su reinado en octubre de 912 hasta el otro octubre de 961, cuando su espíritu huyó al encuentro de las huríes del profeta)... que le hizo proclamarse califa, amir al-muminin o «príncipe de los creyentes» y al-Nasir li-din Allah o «el que combate victoriosamente por la religión de Alá». El hecho cierto es que inevitablemente el Califato de Córdoba irá siempre unido a su nombre y a su biografía.

Y, sin embargo, pocos conocen la leyenda de al-Zhara y al-Jur... es decir, la historia del gran amor de su vida y el cuento de las mil y una noches de un caballo que «silenciosamente» se fue una noche en pos del alma de su dueño.

Al-Zhara (en castellano «flor») fue la gran pasión de Abd al-Rahman III y según la leyenda «una mujer de gentil presencia, bien proporcionada, cutis suave de terciopelo, manos perfectas de estatua clásica; ojos brujos, misteriosos, que allá en lo hondo de las pupilas mezclaban por extraño maleficio un brillo retador de lascivia con una expresión de sencilla ingenuidad; boca fresca y sensual con el broche luminoso de una sonrisa manteniendo siempre a flor de labio el sentido de una enloquecedora promesa; pies diminutos, como nardos, enriquecidos por la seda y las joyas de sus babuchas; silueta arrogante y estilizada, que dejaba adivinar bajo el vuelo de la liviana seda de sus vestidos el prodigio perfecto de sus curvas...». Aquella por la que Abderramán mandó construir Madinat al-Zhara (Medina Azahara) para deslumbrar a la Córdoba de las mil mezquitas...

 

«Tendrás el palacio, gacela. Tendrás más aún: toda una ciudad que surgirá de la tierra, como por arte de magia, opulenta, sugestiva, cautivadora... En el libro gigante que escriben los siglos, en el que cada hoja es un día y cada año un capítulo, se irán anotando palabras en su alabanza que no lograrán nunca describir con exactitud todas las magnitudes de sus méritos incalculables...»

 

Aquella concubina que un día montó a una yegua fina, airosa y reposada para seguir al califa, que caracoleaba sobre un brioso corcel negro, hasta el «Monte de la Novia» de la sierra de Córdoba... y durante muchos años fue la verdadera «sultana» del imperio cordobés.

Dice la leyenda que al final, cuando ya el gran Abderramán se despedía de la vida, Zhara, la amante, y Zulima, la madre de su heredero, se encontraron frente a frente y que el califa tomó las manos de ambas y las unió sobre su pecho en un último acto de concordia y amor. Después murió.

Pero aquel día de la muerte de Abd al-Rahman III al-Nasir (15 de octubre del año 961) sucedió algo que los historiadores, siempre recelosos ante la fantasía popular, se han resistido a recoger. Se trata de la leyenda de al-Jur, el caballo predilecto del califa, un animal de origen egipcio aunque recriado en las yeguadas cordobesas del Alcázar real (según las mejores fuentes históricas Abderramán mandó construir junto al Guadalquivir unas enormes cuadras que podían albergar hasta 2.000 caballos).

Porque aquel día -tan triste para el Califato- al-Jur fue el protagonista de la jornada... Por la mañana porque sobre al-Jur llegó el jinete que venía a anunciar la muerte del califa...

 

«¿Qué urgente mensaje trae ese jinete que al rápido galopar de su corcel camina, con ansiedad en la cara que contrae la angustia, hasta el Alcázar cordobés? Llega de Madinat al-Zhara, suspensa la respiración, el acicate enrojecido por la sangre del bruto que se desliza humeando por los hijares, aborrascada la barba crespa, velados de lágrimas los ojos, los dedos negros y fuertes crispados como garfios... ¡El califa se muere!»

 

... Por la noche porque al-Jur («el silencioso») no puede resistir la muerte de su dueño y («silenciosamente») se pierde para siempre en las sombras de la noche. ¿Para siempre? Según otra leyenda tras la muerte de Abderramán, y estando ya en el poder Al-Hakán II, el hijo de la sultana Zulima, Zhara quedó como «señora» de Medina Azahara durante unos años más, aunque trastornada y «loca de amor» ...

Zhara -dice un texto legendario- despidió a servidoras y esclavas (más de cinco mil) y se quedó sola en aquella inmensidad de su palacio y vagaba por las amplias galerías y se presentaba como un fantasma en los espaciosos salones y, por las tardes, cuando las sombras comienzan a adueñarse del mundo y en lo alto se encienden las estrellas y el misterio se envuelve en la oscuridad, con los blancos vestidos de su luto eterno, porque blanco era el luto del Califato, se la veía descender al jardín y contemplar el florido templete de sus confidencias y mirarse en el estanque de su gusto y elegir las más bellas rosas en los olorosos macizos que destacaban con su verdor las armónicas proporciones de su encantadora silueta... o galopar sobre el «silencioso» (de blanco ella y negro azabache el corcel) por los senderos del «Monte de la Novia» (Chaval al-arus) como solía hacer en vida del amado Abd al-Rahman al-Nasir.

Bien. Leyenda o fantasía ésta es la historia de al-Jur el silencioso... aquel caballo que con al-Tanchiyyur el tangerino llenó la vida principesca del más famoso califa de Córdoba. Aquel califa que perdió en el «foso» de Simancas, y ante Ramiro II de León, la gran batalla de su vida y el que no dudó en crucificar a trescientos oficiales de su caballería por cobardes ante el enemigo mientras dos heraldos pregonaban a los cuatro vientos estas patéticas palabras:

 

«¡Este es el castigo reservado a los que traicionan al Islam, venden a su pueblo y siembren el miedo en las filas de los combatientes en la Guerra Santa!»