Hay un libro muy interesante, merecedor no solamente de lectura, sino de estudio, titulado Las Casas visto de costado.

Titula así el libro el autor, D. Enrique Díaz Araujo, porque: Los mitos no se pueden mirar de frente. Y razón le sobra al autor, que de tanto encumbrar los enemigos de España al dicho fraile, lo convirtieron en mito, en axioma intocable de la ortodoxia antiespañola.

De nuestro personaje señalaron sus vecinos Pánfilo de Narváez y Antonio Velázquez, procuradores de Cuba en 1516: Este clérigo es una persona liviana, de poca autoridad y crédito. Habla de lo que no sabe ni vio. Que piensa conseguir prelacía y mandato por la murmuración en que se pone.

Otro coetáneo, Rodrigo Contreras, señaló: El dicho Fray Bartolomé de las Casas es hombre muy desasosegado y perjudicial y que todos más sermones que predica son después de haber habido algún enojo o pasión…

En un memorial de los vecinos de Guatemala dirigido al rey en 1543, se dice: Engáñase el padre religioso Las Casa, Dios se lo perdone. Un fraile no letrado, no santo, vanaglorioso, apasionado, inquieto y no falto de envidia.

Sois un bellaco, mal hombre, mal fraile, mal obispo, desvergonzado y mereceríais ser castigado, estas palabras se las dirige Alonso de Maldonado, presidente de la Audiencia de los Confines de Guatemala en 1545.

…lo que procura por los naturales, no es tanto por el amor de los indios, cuanto por aborrecimiento de los españoles; del licenciado Juan Rogel, oidor de la Audiencia de los Confines de Guatemala.

De las voces más autorizadas para explicar la personalidad y hechos de Las Casas, es sin duda Fray Toribio de Benavente, conocido también como Motolinía: Yo me maravillo de ver cómo Vuestra Majestad y los de vuestros Consejos han podido sufrir tanto tiempo a un hombre tan pesado, inquieto e importunador y bullicioso y pleitista en hábito de religión tan desasosegado, tan mal criado y tan injuriador y perjudicial y tan sin reposo. Yo conozco al de Las Casas desde hace quince años.

Estaba por aquellos tiempos prohibido cargar a los indios como acémilas, pero él los cargaba y maltrataba; así lo cuenta Fray Toribio: Él acá a penas tuvo cosa de religión… porque todos sus negocios han sido con algunos desasosegados, para que le digan cosas que escriba conforme a su apasionado espíritu contra los españoles, mostrándonos que ama mucho a los indios y que él sólo los quiere defender y favorecer más que nadie. En lo cual acá muy poco se ocupó, si no fue cargándolos y fatigándolos. Vino el de Las Casas, siendo fraile simple y aportó a la ciudad de Tlaxcala, traía tras de sí cargados 27 ó 37 indios… Yo entonces le dije al de Las Casas: ¿cómo, padre, todos vuestros celos y amor que decís que tenéis a los indios, se acaba en traerlos cargados y andar escribiendo vidas de españoles y fatigados a los indios, que solo vuestra caridad traéis cargados más indios que treinta frailes? Y pues ni un indio no bautizáis ni doctrináis; bien sería que pagaseis a cuantos traéis cargados y fatigados…

Y continúa Fray Toribio: Cuando vino Obispo de Chiapas… le prestaron dineros para pagar deudas que de España traía y a los muy pocos días los excomulgó. Un escritor dijo de él, que repartía excomuniones como pan caliente.

Después que el de Las Casa allí (en Chiapas) entró por obispo, quedó destruida en lo temporal y en lo espiritual, que todo lo enconó y ruego a Dios que no se diga de él que dejó las almas en las manos de los lobos y huyó… la tal renuncia más se llama apostasía… no sabemos si delante de Dios estará muy seguro el tal obispo…

Vuestra Majestad le debía mandar encerrar en un monasterio, para que no sea causa de mayores males…

También dice (Las Casa) que todo cuanto los españoles tienen, cosa ninguna hay que no fuese robada. Y en esto injuria… y el de Las Casas los deshonra por escrito y en carta impresa. ¿Pues cómo así se ha de infamar por un atrevido una nación española, que mañana lo leerán los indios y las otras naciones?

Innecesario sería poner en este ensayito la cantidad de acusaciones que sus contemporáneos hicieron contra el personaje, hasta Bernal Díaz del Castillo lo señala, pero estos son algunos de los adjetivos con los que lo clasificaban sus compañeros: mentiroso, calumniador, envidioso, ignorante, (como Pedro Sánchez, se atribuía títulos que no tenía), dañino, maltratador de indios, mentecato, imprudente, bellaco, avaro, hipócrita, colérico… Para qué continuar, todo un personaje. Más benévolo fue D. Ramón Menéndez Pidal, que le tildó de paranoico.

Pasó por la vida haciendo daño, causando muertes de inocentes, trastocando el orden hasta límites inverosímiles, excomulgando enemigos personales, jamás aprendió lenguas indígenas, como hacían los demás frailes para poder evangelizar y educar con más claridad, no bautizaba, no evangelizaba.

Su obra (escrita y de hecho), hija del odio más cerril, descarnado e irracional hacia sus hermanos y su patria, es una enfermiza y delirante hipérbole. Las Casas fue el primer gran traidor a España con tan funestas consecuencias, y, además, con el apoyo y beneplácito de la ingenuidad extraordinaria de un rey y su Consejo, que favoreció la publicación de sus patrañas, mientras prohibía publicar e imprimir la obra de su opositor Juan Ginés de Sepúlveda.

Entre otras hipérboles sandias, está el número de los muertos por los conquistadores, cifras que en algunos casos superaban la de la población total. ¡Unos genios de la maldad y la muerte debieron ser nuestros antepasados, que fueron capaces de asesinar más nativos de los que había! “Yo vide”, decía cínicamente Las Casas en sus escritos, que dado su carácter eclesiástico, era como jurar, dar fe categórica de algo; aseguraba que un español mataba con su lanza mil indios por hora, es decir, ¡tres indios por segundo!

Dice Menéndez Pidal: se le hace Apóstol de las Indias y no predicó a los indios; se le equiparaba a San Pablo y además de no evangelizar se pasó su vida pisoteando la caridad paulina… no trabajó práctica y directamente en la instrucción del indio, ni en mejorar las condiciones de vida…

Necio en su sinrazón egotista y su odio, despreciando experiencias anteriores por él bien conocidas, envió a Cumaná, a una muerte segura, a evangelizar sin protección militar, a unos sus hermanos predicadores, donde se comieron los indios sus santas carnes; mientras, él se mantenía siempre escondido en la seguridad de su monasterio, sin aprender lenguas de indígenas, sin evangelizar, sin trabajar en favor de los indios o en favor de sus compatriotas, y ordenaba a otros lo que él no estaba dispuesto a hacer.

Las Casa terminó de verter su odio radical y su vesania en su tétrico y falaz testamento. Dice certeramente D. Ramón Menéndez Pidal: Nació a la luz de la fama matando la fama de su patria, como el viborezno que al nacer desgarra las entrañas de su madre. Buen regalo para los enemigos de España.