Alfredo Kindelán Duany nació en Santiago de Cuba el 13 de marzo de 1879. Es uno de los fundadores de la aviación española y monárquico convencido. Quería una restauración monárquica y no una dictadura. A pesar de las diferencias con Francisco Franco, lo apreciaba.

Al proclamarse la República presentó la dimisión de su cargo y solicitó y obtuvo el pase a la reserva, trasladándose a Francia y posteriormente a Suiza, donde trabajó para la empresa Saurer, fabricante de motores de aviación. En 1934 fue nombrado representante en España. Esto le permitió colaborar con el alto mando español. Nombrado jefe de los Servicios de Aviación y miembro del Consejo Superior del Ejército, organizó el transporte por aire a la Península de las tropas de Marruecos, y al estallar el alzamiento militar de 1936 pasó a formar parte de la Junta de Defensa Nacional, interviniendo en la elección del general Franco como Generalísimo. En mayo de 1937 fue ascendido a general de división y durante el resto de la guerra fue general jefe de las Fuerzas del Aire, cesando en este cargo en agosto de 1939 y siendo nombrado comandante general de Baleares.

El primer enfrentamiento con Francisco Franco se produjo en noviembre de 1936. Ramón Franco regresó a España y fue nombrado, por su hermano, jefe de la base de Palma de Mallorca. Kindelán escribió a Franco y, entre otras cosas, le dijo que “la medida ha caído mal entre los aviadores, quienes muestran unánime deseo que su hermano no sirva en Aviación, a lo menos en mandos activos. Los matices son varios: desde los que se conforman con que trabaje en asuntos aéreos fuera de España, hasta los que solicitan sea fusilado; pero unos y otros tienen el denominador común de rechazar, por ahora, la convivencia, alegando que es masón, que ha sido comunista, que preparó hace pocos años una matanza, durante la noche, de todos los jefes y oficiales de la base de Sevilla y, sobre todo, que por su semilla, por sus predicaciones de indisciplina, han tenido que ser fusilados jefes, oficiales y clases de Aviación”.

Terminada la guerra el ministerio del Aire fue para el general Juan Yagüe y no para Kindelán. Este solicitó audiencia y, sin tapujos, le comentó a Franco que “yo espero que usted no haya pensado en imponerme la humillación, que no merezco ni tolero, de servir a las órdenes de un general que era teniente coronel cuando yo era divisionario, y del que usted me ha manifestado varias veces el concepto que le merece…Sigue usted contando con mi amistad y respeto; pero como me siento herido, no volveré a cruzar la puerta de este despacho”. Franco lo desterró a las Baleares.

Kindelán continuó su campaña a favor de la monarquía y en contra del régimen establecido por Franco. En 1941, durante una sesión del Consejo Superior del Ejército, asistieron los generales Varela, Orgaz, Saliquet, Ponte, Dávila, Aranda y Kindelán. Este pidió la palabra y, entre otras cosas, dijo:

Pero con ser todo ello lamentable y nada grato, como es endémico –a lo mejor yo estoy habituado a considerarlo así desde que tuve veinte años- no me preocupa tanto como dos síntomas que creo notar desde hace poco tiempo, y que acentúan, a mi juicio, la gravedad del momento. Me refiero a la pérdida de prestigio por desgaste de la figura del Jefe del Estado, de su persona, mi general; y, menos avanzada, la del Ejército. Ello constituye para todos los patriotas españoles honda preocupación, ya que el Jefe del Estado y el Ejército constituyen las únicas reservas vitales del régimen, descartado ya de serlo, por su excesivo desgaste, el partido único.

Creo posible remediar los daños todavía: el del Ejército, con simples medidas de Gobierno y, especialmente, con un retorno de los militares a sus actividades profesionales. El del Jefe del Estado, más acentuado, con una rectificación de puntos de doctrina y modos; probablemente, con un cambio obligado de personas; y, desde luego, con separación de los cargos de Jefe de Gobierno y de Jefe del Estado. Para ello es preciso, ante todo, que usted llegue a convencerse de que se ha seguido una ruta equivocada y de que ha llegado el momento de rectificar decisivamente. El dar ocasión a esta recapitulación es, quizás, el principal objeto de lo que acabo de decir”.

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En 1942 es nombrado Capitán General de Cataluña. El 10 de marzo de 1942, con motivo de la fiesta de los Mártires de la Tradición, la Comunión Tradicionalista de Barcelona conmemoró el primer aniversario de la inauguración del Mausoleo construido en el cementerio de Montcada y Reixach. El Correo Catalán publicó la siguiente nota:

Solemnísimo fue el acto religioso celebrado anteayer en el Cementerio de Moncada. Allí se congregaron familiares y amigos de veintiún carlistas, que durante la campaña 1936-1939, ofrendaron su vida en aquel lugar, en aras de la Santa Causa.

En una lápida donde aparecen los nombres de los veintiún mártires, para conmemorar su sacrificio, figura esta afirmación: “Mientras vivan no os olvidarán vuestros familiares y antiguos correligionarios”.

Su Excelencia el Capitán general de la IV Región, Don Alfredo Kindelán, acompañado de su ayudante, el coronel López de Ayala, asistió al religioso acto.

El celebrante al terminar el Santo Sacrificio dirigió unas breves palabras a los asistentes, evocando la memoria de aquellos en cuya intención había ofrecido la Misa. Agradeció con emocionadas palabras la asistencia de S.E. el Capitán general al acto, al cual -dijo- reiteramos nuestra adhesión, respecto y agradecimiento. Terminada la Misa, el clero entonó un responso por los mártires de la Santa Causa allí sacrificados por la horda.

Un luchador de la Juventud Carlista de Pamplona y que fue miembro destacado de la A.E.T. dirigió unas breves palabras a los requetés de los tercios que han luchado en la pasada guerra y evocó, emocionado, al antiguo carlismo navarro y tuvo palabras de sincero elogio a la lealtad y el valor de los requetés de Cataluña.

La Comunión Tradicionalista publicó un folleto clandestino, donde se amplía la noticia publicada anteriormente:

Desde las ocho de la mañana empezaron a salir de la Plaza de Cataluña los trenes de la compañía de los FF.CC. del Norte, llenos de carlistas. Acabado de llegar a Moncada el primer tren, empezaron a formar los requetés en la carretera y en la explanada que hay ante el cementerio y de allí se distribuyeron en grupos formando el cuerpo de guardia de la puerta y del interior del camposanto y los grupos de vigilancia que se repartieron por el pueblo, estaciones, carretera y alrededores del cementerio.

A las 10 y 10,30 llegaron los últimos trenes de Barcelona, y era tal la concurrencia que tuvieron que salir de la ciudad sin haber podido dar cabida al numeroso gentío que esperaba utilizarlos.

Durante el Santo Sacrificio de la Misa se rezó el Rosario, se leyó un acto de consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús, y se imploró la intercesión de la Virgen Santísima y de San Jaime, patrón de nuestra Patria.

El Delegado de la Comunión Carlista de Cataluña [Mauricio de Sivatte y de Bobadilla] acompañaba a S.E. el Capitán General [Alfredo Kindelán] en la presidencia del acto. Terminada la Santa Misa, ambos pasaron revista a los requetés y a su sección de enlaces ciclistas que, en formación, aguardaban en la explanada que hay a la entrada del camposanto de Moncada.

Acto seguido se cantó el “Oriamendi” y se dieron los vivas reglamentarios a Cristo Rey, a España y al Rey. Vitoreándose también a D. Manuel Fal Conde, al Ejército y a S.E. el Capitán General.

Con entusiasmo indescriptible fueron despedidos el General Kindelán y el Delegado regional del Carlismo. La mayoría de los asistentes regresó a Barcelona mientras varios grupos marcharon hacia Montealegre (lugar cercano a San Fausto), a renovar una vieja costumbre del Requeté y revivir el recuerdo de los carlistas que en el siglo pasado fueron asesinados allí por fuerzas del gobierno masónico-liberal.

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Durante el acto el Capitán General Alfredo Kindelán pronunció las siguientes palabras:

Después de tres años, hay que confesar con tristeza que este inmenso caudal de energías y de posibilidades (de adhesión a Franco y a su Gobierno) ha desaparecido. Y en todas partes se nota un ambiente de decepción, de apartamiento, de pasividad, que sería arriesgado desconocer o creer borrado por unos aplausos y unos desfiles espectaculares.

Creemos en su virtud, que es indispensable preparar la restauración de la Monarquía. La Providencia misma ha querido marcar este camino, señalando de modo indudable a la persona que ha de ocupar el trono y eliminando las discusiones y pugnas en cuanto a la legitimidad, que fueron una de las causas principales de las guerras civiles del siglo XIX. Hoy la Monarquía puede ser, en España, un instrumento de suprema reconciliación, que restaure la unidad moral del país y restañe las heridas de la guerra. Como se deduce de lo que dejamos expuesto, creemos que el impulso final debe venir del Generalísimo Franco”.

Al día siguiente fue cesado como Capitán General de la IV Región Militar, no solamente por haber asistido al acto de Montcada i Reixach, sino por las palabras que pronunció. La amistad que tenía con Mauricio de Sivatte fue clave para que aceptara la incitación. Sus declaraciones forman parte de su manera de pensar. Mauricio de Sivatte siempre tuvo muy claro que el Carlismo debía mantener una estrecha relación con el ejército. Para él era fundamental que no se olvidaran de la participación de los requetés durante la guerra civil. Mauricio de Sivatte jugaba con una ventaja. Debido a su status social, le era más fácil mantener esta relación que, por ejemplo, otro miembro del carlismo catalán. El nombre de Sivatte imponía respeto dentro del Ejército. Además, era conocedor que varios responsables del ejército habían presionado a Franco para la elección de Juan de Borbón o su descendencia, al ser más partidarios de éste que de Javier de Borbón-Parma. La presión era lógica en el contexto histórico que se produjo. Toda la jerarquía del Ejército había estado al mando de Alfonso XIII y era más normal que estuvieran a favor de esta rama dinástica que de una desconocida para ellos. La misión de Sivatte era doble: recordarles la participación del requeté durante la Cruzada y convencerles que el Carlismo, de ser elegido Javier de Borbón-Parma, no traería ningún mal a España.

En 1944, después del desembarco aliado en Normandía, Kindelán volvió a hablar a favor de la monarquía. Cuando Juan de Borbón publicó el manifiesto de Lausana lo culpabilizaron de ser el cabecilla del mismo. Al respecto explica Ricardo de la Cierva que “el 7 de enero de 1946 don Juan escribe al general Kindelán para explicarle que ha decidido viajar a Portugal según propuesta que le hace Franco por medio de José María Oriol, y una vez oído el consejo de los embajadores de los Estados Unidos y Gran Bretaña, sobre la necesidad de ceder algo en las formas ante Franco, ya que ‘en el momento presente el general Franco era dueño absoluto de la situación interior’. Por tanto, don Juan va a Portugal ‘sin otro compromiso que una vez allí organizar la entrevista con el general Franco’, en la que debe quedar claro que la Monarquía no será jamás el remate del Régimen; porque Franco debería percatarse ‘del inmenso servicio que prestaría a España abandonando voluntariamente el poder’. Los dos altos personajes pensaban, pues, en su entrevista desde ángulos diametralmente opuestos; quizás por eso la entrevista no se realizó entonces, aunque Carrero aduzca unas razones circunstanciales -las filtraciones- para su cancelación”. Se pensó en encarcelarlo, sin embargo, debido a su edad lo desterraron a las Islas Canarias.

Fue nombrado jefe de la Escuela Superior de Guerra en 1944. En 1946 es nombrado presidente del Consejo Privado de Juan de Borbón. El 1 octubre de 1961 Franco le otorgó el título nobiliario de marqués de Kindelán y la Medalla Aérea. El marquesado lo aceptó con la expresa aprobación de Juan de Borbón. El título se le concedió por “los méritos contraídos por el Teniente General del Ejército, don Alfredo Kindelán y Duany, que tuvo la responsabilidad directa del mando superior de las Fuerzas del Aire que mantuvieron victoriosamente en los cielos de España su dominio durante toda la campaña, vengo en expresarle el reconocimiento de la Nación por los servicios prestados a la Cruzada Nacional”.

Perteneció a la Real Academia de la Historia, desde 1945, como miembro numerario. Fue un destacado escritor y habitual colaborador en la prensa, y en 1956 recibió el nombramiento de doctor honoris causa por la Universidad de Dublín. Poseyó las grandes cruces españolas de San Hermenegildo, al Mérito Militar (dos) y al Mérito Naval con distintivo blanco, y las extranjeras del Águila (Alemania), de San Mauricio y San Lázaro (Italia), de la Corona (Italia) y de San Benito de Avis (Portugal). Murió en Madrid el 14 de diciembre de 1962, pensando “que Dios, que dio a Franco muchas cualidades, le negó el sentido político”.

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