La Ciudad de Olot ha dado importantes figuras del Carlismo catalán. Baste sólo recordar a los hermanos Joaquín y Mariano Vayreda, a los hermanos Luis y Joaquín de Bolós y Sarriera. El segundo escribió dos importantes obras dedicadas a la tercera guerra carlista. Hoy no nos vamos a referir a ellos, sino a una importante familia que, a pesar de tener la casa solariega en el centro de esta ciudad, para muchos carlistas ha quedado olvidada. El motivo de este olvido se debe al paso de los años y a la carencia de una representación parlamentaria. Son personajes que, en el fondo se consideran carlistas, pero, que no encuentran ese lugar o que no se les ha hecho vivir el Carlismo actual. En Olot aún existe la casa solariega de los de Solá-Morales y, sus descendientes, aunque lejos de los actos oficialmente carlistas, han crecido dentro de la ortodoxia. 

 

En este artículo vamos a hablar de la familia de Solá-Morales de Olot. El primer miembro destacado de esta saga de carlistas es Ignacio de Solá-Morales y Julián, que fue segundo comandante del Batallón de voluntarios Realistas de Olot. Su hijo, José de Solá-Morales fue ayudante de Alfonso Carlos de Borbón.

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La casa de Solá-Morales fue un hogar de solera para la Legitimidad en sus diversas casonas. Prueba de ello es la trayectoria del más destacado miembro de esta familia Joaquín de Solá-Morales y Mir. Nacido en Olot, el 15 de marzo de 1865, a los diez años, junto con su primo Ramón Mir de Ventós, se presentó al Jefe de los requetés que estaba alojado en Can Closells, en Batet de la Serra, para solicitar, ambos, su admisión en la unidad, cosa que no fue aceptada por causa de la edad.

 

En la casa de los Solá-Morales se alojó el general Francisco Savalls y Alfonso Carlos de Borbón juró los fueros de Cataluña en nombre de Carlos VII. El acto lo llevó a cabo el general Rafael Tristany, comandante general del ejército carlista en Cataluña, el cual los leyó en voz alta. Para la ocasión se decoró la fachada de la casa, situada en el Firal de Olot, con dos retratos de Carlos VII y Doña Margarita, pintados por el artista Josep Berga i Boix.

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Para conocer la infancia, durante la III Guerra Carlista, de este prócer carlista, transcribimos unos fragmentos de sus memorias:

 

En los albores de mi vida tronaba ya el cañón en toda España y desde pequeño tuve que sentir las molestias y también los vibrantes entusiasmos de la guerra, pues se habían desencadenado la civil carlista del 72, en la que tomando parte, como era natural y siguiendo la tradición de la casa, mi querido padre (q.s.g.h.) tuvimos que seguir toda la familia sus vicisitudes, sus altos y bajos, sus derrotas y sus laureados triunfos.

 

Recuerdo vagamente la sombra de tristeza que en los inicios del movimiento invadió nuestra casa pairal de Batet, al recibir mi santa madre la noticia del apresamiento de su esposo y la alegría que volvió a reinar en ella al saber pocos días después su liberación. Recuerdo los entusiasmos del Somatén de Cataluña que se había agregado a la causa carlista, desparramando en nuestra casa del Closells (de Batet), a donde nos habíamos trasladado y de cuyas ventanas contemplábamos el arrojo de un puñado de requetés que descendiendo rápidamente del Oratorio, tenían a raya a los cipayos de Olot, que al mando de tristemente célebre Deu, probaron por tres veces consecutivas de escalar la montaña, sin que pudieran pasar del término de can Pericot (término municipal Olot-Batet).

 

Esto unido a las visitas que nos hacía mi padre, vestido ya con el flamante traje de Ayudante del Príncipe Alfonso, de cuyo Estado Mayor formaba parte, Príncipe que andaba ya por estas tierras y que había venido en compañía de su intrépida mujer doña Nieves de Braganza, para hacerse cargo y tomar la dirección del ejército de Cataluña en la guerra, Príncipe cuya presencia hacía vibrar las fibras carlistas, hasta el punto de que mi hermana mayor Faustina, que las tenía muy tensas, no se daba punto de reposo para lograr verles, aplaudirles y festejarles.

 

Recuerdo nuestras huidas de Olot, huidas de mujeres y niños, pues los hombres estaban ya enrolados en las filas, nuestras huidas de Olot, cuando se oía ya el tiroteo de la tropa en los arrabales del Carmen; recuerdo la ansiedad de nuestra madre que venía a llamarnos, a mis hermanitas y a mí, ayudada de la mayor, Faustina, muchas veces en pleno invierno y a las altas horas de la noche, y a vestirnos, todos tiritando de frío, meternos en una mal cartucho y dirigirnos ora a Santa Pau, ora a Sant Privat, ora a Vianya, esperando allí que los carlistas reconquistaran la plaza, para dirigirnos otra vez a Olot y gozar allí los delirios del triunfo al son de trompetas y atabales, contemplando las espléndidas paradas que convertían el Ferial en un campo de amapolas y en lluvia de oro, que tal parecía agitadas al viento las borlas que pendían de las boinas rojas, y escuchar con infantil entusiasmo la serenata que bajo los balcones de nuestra casa festejaba el general Savalls, huésped en ella.

 

No quiero pasar por alto una de estas huidas, no precisamente por su duración, sino por haberla hecho doblemente dolorosa un luctuoso suceso.

 

Estábamos ya reunidos en Camprodón, habitando la casa conocida por Can Caláis, propiedad de los señores Noguer de Segaró, cuyo dueño nos la había cedido generosamente, estábamos pues reunidas las familias Vayreda, Mir-Subirás y Solá, cuando la muerte llamó a sus puertas, llevándosenos a la que fue mi madrina y apreciada tía, doña Concepción Vayreda, casada con el hermano de mi madre, don Ramón, hombre buenísimo, tan bueno en la paz como valiente en la guerra. Acudieron presurosos al recibir la triste noticia, mi padre, mi tío y los Vayreda, que estaban en las filas, y llorosos se hallaban en la cámara mortuoria cuando llegó un confidente notificándoles que los cipayos de Olot subían la cuesta del Capsacosta en su busca, pues el nefasto Deu, al saber el fallecimiento de mi tía sintió cruzar por su mente la diabólica idea de que era ocasión propicia para cogerlos en la ratonera y realizar un copo que fuera sonado, y más sonado aún si lo coronaba, como era su intención, con el dolor y que contemplé con infantil impresión de pavor: mi tío abrazado al cadáver de su esposa no quería separarse de él, prefiriendo morir antes que abandonarla, hasta el punto que mi padre y los Vayreda tuvieron que arrancarle de allí a viva fuerza y a rastras materialmente, arrastrándole, se lo llevaron a nuestra masía de Juliá de Molló, desde donde, si convenía, pudiesen traspasar la frontera. Con pena vimos pasar al poco rato la pléyade funesta de cipayos que se dirigían también hacia Molló, persiguiéndoles, y con más pena aún vimos su retorno trayendo ya prisioneros a los asistentes, previniendo que al poco contemplaríamos la llegada de nuestros deudos maniatados como criminales, sino habían sido fusilados en uno de los cerros de la alta montaña; lo que no fue a. D. g., pues los amos, más previsores y menos perezosos que los criados, habían salido pocos minutos antes acompañados de la esposa del colono del manso Juliá que les llevó a una casa más próxima de la frontera, desde donde al clarear la aurora fue a buscarles un garrido mozo, hijo de Casa Costa, de las Crosas, de Prats de Molló, en donde nuestros apreciados deudos tuvieron allí generosa acogida”.

 

Después de la Tercera Guerra Carlista la casa solariega de Solá-Morales continuó prestando valiosos servicios a la Causa, manteniendo correspondencia constante con los reyes en el destierro, prestando siempre culto a la legitimidad de origen y de ejercicio.

 

Joaquín de Solá-Morales se casó con Rosario de Roselló y Donato. Tuvieron seis hijos. De su descendencia debemos destacar al historiador Josep María de Solá-Morales y de Rosselló, el diplomático Francisco Javier de Solá-Morales y de Rosselló y los arquitectos Manuel de Solá-Morales y de Rosselló y Manuel y Ignasi de Solá-Morales i Rubió.

 

Joaquín de Solá-Morales ocupó el escaño de la Diputación Provincial de Gerona en 1907. Representó al Tradicionalismo, por la circunscripción de Olot-Puigcerdá, durante las legislaturas de 1907-1910, 1915-1918 y 1919-1922. En la legislatura 1911-1914 cedió su puesto a su correligionario Luis de Bolós y Sarriera. Durante estos años fue Jefe Provincial del Tradicionalismo en Gerona.

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En 1910 formó parte de la comisión organizadora del Mitin Católico del distrito de Olot. En esta comisión también estaba su primo, Ignacio de Ventós y Mir; Eduardo de Balle y de Rubinat, marqués de Vallgornera; el escritor Josep María de Garganta y el pintor Joaquim Vayreda. Aquel acto fue una respuesta a los hechos ocurridos durante la Semana Trágica de 1909 para protestar contra el gobierno. El mitin tuvo lugar el 21 de julio de 1910 en la plaza de toros, que se llenó hasta la bandera. Entre los oradores, cabe destacar todos los diputados a Cortes y senadores que las fuerzas carlistas tenían en aquella época.

 

Entre otros cargos fue elegido, en 1911, vocal de la Caja de Pensiones para la Vejez y de Ahorros y presidente del Sindicato Agrícola por la demarcación de Olot. En 1919 alcanzó la presidencia del Orfeó Popular Olotí. También se interesó por las artes y practicó la pintura al óleo y la música clásica.

 

De Olot se trasladó a Barcelona, residiendo en la Avenida de la República Argentina. En Barcelona asistió a todos los actos que organizaba la Comunión Tradicionalista y concurrió a las funciones benéficas de los Viernes Blancos que se organizaban para atender a las necesidades de los carlistas pobres. Fue miembro de la Junta Regional Carlista de Cataluña.

 

Tuvo amistad con el rey Don Jaime y con Don Alfonso Carlos. Mantuvo estrecha relación con las figuras emblemáticas del Carlismo como el marqués de Cerralbo, el conde de Doña Marina, el Duque de Solferino, Juan Vázquez de Mella, Manuel de Bofarull Romañá, Miquel Junyent, el marqués de Villores, Bartolomé Trías, entre otros. Pertenecía al Cuerpo de la Nobleza de Cataluña y, desde 1952, era Caballero del Real Estamento Militar de Gerona.

 

Durante la guerra civil vivió en Batet de la Serra. Sus casas de Olot y Barcelona fueron saqueadas. Joaquín de Solá-Morales falleció en Barcelona el 12 de marzo de 1961.