Tomás Bertrán i Soler fue un personaje confuso, ambiguo y misterioso, aunque también se pude decir que fue un personaje inteligente, perspicaz, esperanzado, emprendedor y que siempre navegó a dos aguas. Nació en Barcelona en el año 1791. Se desconoce la fecha de su muerte, aunque debió ser posterior al año 1859. Era de familia burguesa. En uno de sus viajes a Londres se convirtió al protestantismo. Hacia el año 1835 estaba considerado como uno de los dirigentes del partido liberal, teniendo como compañeros más directos a Pascual Mádoz y Ramón Xauradó. En esos años era propietario del semanario El Regenerador. En él publicaban artículos un amplio sector de políticos liberales. Además era francmasón. Su pensamiento político puede sintetizarse con cinco palabras: libertad, tolerancia, igualdad, instrucción y justicia. Bertrán i Soler tomó ideas políticas de: Montesquieu; con referencia a la teoría de los tres poderes; Rousseau, con referencia a la idea del pacto social; Pufendorf, con referencia a la teoría del derecho natural; y Constant, con referencia a las aplicaciones prácticas del liberalismo.

Tuvo un ataque de rauxa y decidió fundar la Diputación catalana. El proyecto de Bertrán i Soler era complejo, pues deseaba reunir la pluralidad de fuerzas políticas catalanas en un único programa político. Es decir, no anhelaba utilizar el programa de ningún partido, pero sí quería que todos se sintieran identificados con él. Para llevar a cabo este proyecto, publicó cinco objetivos de concordancia entre liberales, republicanos y carlistas. La Diputación catalana tenía cinco objetivos claros y concisos:

 

  • Cataluña fue un estado medieval. Como escribió en Proclama de la Diputación General de Catalunya, dado a conocer el 24 de noviembre de 1848: Libres nuestros mayores y conducidos al campo por nuestros condes o por otros adalides que su autoridad representaban, supieron conservar con heroico esfuerzo los derechos adquiridos y aumentar el número de sus fueros comparándolos con sangre catalana.

 

  • Cataluña es una nación. En la misma Proclama escribe: Aquel carácter nacional que, en época anterior, constituía nuestra fuerza, y nos hizo terribles en la paz y en la guerra por la fuerza que ejercíamos en Europa y en América y en todos los estados que baña el Mediterráneo.

 

  • El carácter de los catalanes es diferente al del resto de los del estado español: Industriosos, activos y laboriosos, nuestra laboriosidad es un crimen para el pueblo dominador.

 

  • Es un hecho la opresión económica y política: se nos oprime y se nos insulta, al paso que figuremos los primeros en la escala de los deberes y somos los que más contribuimos con tributos pecuniarios y de sangre al sostenimiento del estado.

 

  • La inmortalidad de la monarquía hace necesaria una reforma: ¿Consentiréis, catalanes, que continúe esta humilde sumisión bajo el pesado yugo de una corte inmoral y corrompida, que no puede ostentar otros derechos que la usurpación y la rapiña, ni más glorias que la prostitución y el engaño?

 

Si bien, en la práctica, la Diputación catalana significaría la unión de todas las bases políticas catalanas, en la praxis no ocurrió así. Bertrán i Soler estableció una Diputación ilegal en el año 1848. Nunca fue reconocida por ningún partido político y tampoco fue ratificada por el Estado central. Asimismo, se autoproclamó presidente de esa Diputación, sin pedir el consenso de los otros partidos que deseaba subyugar bajo el epígrafe catalanista. Desde un primer momento la Diputación de Bertrán i Soler estaba destinada al fracaso. No ya sólo porque era imposible unir a liberales, republicanos y carlistas, sino porque era inviable al no tener la aprobación del Estado español. Así y todo, no desfalleció en su intento de darle estructura física y política.

Para Bertrán i Soler hubiera sido fácil haber llevado a su terreno a los liberales y a los republicanos. Estaban más cercanos a su ideal político. También reconocían a Isabel II como reina de España. Hasta ahí todo era perfecto. El problema estribaba en los carlistas. Si bien Bertrán i Soler no era anti carlista, en el sentido estricto de la palabra, lo que no deseaba es reconocer la autoridad del conde de Montemolín. ¿Por qué? Para liberales y republicanos era claro que el conde de Montemolín era pretendiente a la corona de España, pero no rey. Sí Bertrán i Soler reconocía implícitamente a Montemolín, significaba que asumía los postulados carlistas y, por derivada, liberales y republicanos le hubieran dado la espalda. Por eso no se trató directamente con ellos, por miedo a firmar un compromiso que impidiera acercar a los otros dos grupos políticos.

El Estado Mayor carlista nunca confió en Bertrán i Soler. Además opinaban que la pretensión de restituir los fueros no era más que agua de borrajas. La reivindicación de Bertrán i Soler era que, a través de los fueros, se pudieran unir los carlistas y los liberales. Para él los fueros habían sido la característica esencial del estado catalán durante la Edad Media. Si liberales y carlistas deseaban restablecer este derecho que le era propio a Cataluña, era lógico que se unieran pues, a pesar de otros postulados que les separaban, en éste estaban de acuerdo.

Las expectativas de Bertrán i Soler quedaron en nada no sólo por la dificultad de unir carlistas y liberales, sino porque fue encarcelado el mismo día que el conde de Montemolín y el Infante Fernando eran detenidos en Francia. La Diputación catalana o la idea de una independencia del territorio catalán finalizó el mismo día que la guerra de los Matiners quedó herida de muerte. Bertrán i Soler fue detenido en Osseja, cerca de la frontera. Ha quedado demostrado que su detención se produjo como consecuencia de la traición de Enrique de Borbón, duque de Sevilla y de un platero llamado Soler i Soler, personaje subordinado al duque.

Bertrán i Soler deseaba -a través de Enrique de Borbón- la reconciliación de todos los príncipes de la Casa de Borbón y su adscripción a la política liberal, implantada en España en 1833. Esto era impensable. El conde de Montemolín nunca hubiera aceptado una renuncia tan costosa pues, no nos olvidemos que muchos se levantaron en armas, en la primera guerra, para defender unos principios contrarios a los postulados liberales. En segundo lugar, considera irracionales los principios por los cuales estaban luchando los carlistas. Irracionales desde un punto de vista liberal. Por lo tanto, su intención al aproximarse al conde de Montemolín era personal. Esto es, para llevar a buen término sus propósitos sobre la creación de una Diputación catalana. Todo lo demás era una falacia. Esta táctica de Bertrán i Soler nunca fue bien vista por el conde de Montemolín y por su Estado Mayor.

Un error de Bertrán i Soler fue pensar que el Carlismo surgió como movimiento para recuperar los fueros presuntamente perdidos en 1714. O no se paró a pensar como habían surgido o les tenía poca consideración. De lo contrario no hubiera afirmado que su proyecto consistía en “moralizar a los carlistas y hacer que Cabrera empezase la reconciliación de los catalanes proclamando las instituciones y las libertades de Aragón”. Para Bertrán i Soler moralizar a los carlistas consistía en hacerlos liberales. Un error. El Carlismo siempre se distinguió por su lucha contra el liberalismo y la masonería.