Quienes durante la Transacción[1] vaticinaban que su consecuencia y fruto (la Constitución de 1978) haría peligrar la unidad de España, eran de inmediato calificados  -descalificados- como retrógrados, agoreros, involucionistas, franquistas y a partir del 23F, además, golpistas. Fue tanta la persecución mediática, que hoy aquellos profetas guardan silencio, si atreverse a decir: ya lo advertimos.

Son por el contrario los “padres” “artífices” y “motores” de la Transición, quienes tratan de parar la desmembración de España apelando a la defensa de la Constitución sabedores de que en el caso de consumarse la ruptura de la Nación, la historia y el pueblo español los hará responsables del desastre. Y en esa defensa numantina se aferran a la Constitución de 1978… que es el origen del problema. Esta realidad incuestionable está expuesta en el trabajo “Ni contigo ni sin ti, mis males tienen remedio” (AQUÍ) donde además se insertan los enlaces de otros artículos en los que también se incide en el origen del problema.

Nadie duda de que a la muerte de Franco, el Régimen debía evolucionar. Y aunque esto se expone en detalle en los artículos a los que se hace referencia, no está de más hacer ahora un somero análisis. En primer lugar La Transacción no fue la sustitución de una dictadura por una democracia, sino el cambio de un régimen de autoridad o autoritario -basado en la democracia orgánica que fundamentaba la Constitución de 1966- por una democracia inorgánica, liberal o partitocracia, donde la representación de la voluntad popular descansa en el artificio de los partidos políticos, en lugar de hacerlo en las organizaciones sociales básicas: Familia, Municipio y Sindicato.

Tal como narra Pilar Urbano en su libro La Gran Desmemoria, el mismo Franco era consciente de esa necesaria evolución del Régimen tras su muerte. Hasta el punto de poner en contacto al Príncipe Juan Carlos con Adolfo Suárez, sugiriéndole que conociera a un joven listo y muy audaz que estaba de gobernador en Segovia. Asombrado sin duda el Caudillo por la audacia de aquel joven Gobernador Civil (pags. 189 y 190) Lo que no tuvo en cuenta el Caudillo es que esa audacia, unida a una ambición sin límites, endiosado narcisismo y ausencia total de moralidad, sería una mezcla explosiva al unirse con la estulticia dinástica.

La evolución del Régimen era necesaria. Franco lo sabía y contaba con ello. De hecho su trayectoria había sido una permanente evolución al compás de los tiempos siendo capaz de adaptarse a situaciones muy complicadas y cambiantes. Como había sucedido cuando al finalizar la Segunda Guerra Mundial se alzaron con la victoria los enemigos de la España Nacional: el Comunismo y el Internacionalismo; franquicias ambas del mismo poder global.

La inmensa mayoría del pueblo español, que conformaba lo que se llamó “franquismo sociológico” quería una Reforma. Los enemigos de España y del Régimen de Franco querían la ruptura. Se sometió pues a votación una “Ley para la Reforma Política” y el plebiscito puso en evidencia que la gran mayoría del pueblo español quería una reforma, no la ruptura que exigía la izquierda. Y esta reforma, que no ruptura, excluía de forma expresa un proceso constituyente. Así pues, mediante una ley que facultaba para reformar el Régimen, tuvo lugar la ruptura que exigían los enemigos de España, del Régimen de Franco y de la propia Corona. En lo que constituye una de las mayores estafas políticas que ha sufrido pueblo alguno.

Finalmente decir que tal ruptura fue posible, no tanto por la acción de socialistas, comunistas y separatistas -todos ellos en exigua minoría durante la Transacción– sino por decisión y voluntad personalísima de S.M. el Rey Juan Carlos I. Faltando a su solemne juramento (AQUÍ y AQUÍ) y con la esperanza de hacerse perdonar el origen de su Jefatura  y de esta manera comprar a los enemigos de España y de La Corona.

Fernández Miranda

El artífice, el ideólogo, de la transición-transacción-traición fue Torcuato Fernández Miranda… pero porque el Rey así se lo había pedido. Por ello con el título del libro LO QUE EL REY ME HA PEDIDO su autor pretende, al mismo tiempo, reivindicar la autoría de un proceso -sin duda una obra maestra de maquiavelismo- del que se estaba incensando a Adolfo Suárez. Y al mismo tiempo eludir su responsabilidad histórica, diciendo que lo había hecho él… pero porque el Rey se lo había pedido. Esta caución era debida a que su inteligencia superior le hizo comprender, el primero de todos, cuáles serían las consecuencias de haber demolido, desde sus cimientos, el Régimen de Franco. Por ello, cual nuevo Judas, lloró amargamente en su voluntario exilio londinense. Y aunque no llegara a suicidarse como su epígono bíblico, murió pronto de amargura y pena, muy posiblemente también de remordimiento. Escribiendo el libro Lo que el Rey me ha pedido con el encargo a sus hijos que no lo publicaran hasta su muerte, tratando sin duda de descargar su responsabilidad ante la Historia. Y haciéndola recaer solamente sobre S.M. el Rey Juan Carlos I. A quien sin duda le corresponde.

¿Por qué tal empeño del recién coronado Rey, en demoler la obra de Franco a la que había jurado solemnemente fidelidad? Porque lo cierto es que había jurado fidelidad a Los Principios del Movimiento Nacional y Leyes Fundamentales del Reino tres veces: en su jura de bandera como Caballero Cadete en la AGM, al ser nombrado sucesor a título de Rey, y finalmente al ser coronado. Juramento pues al que también faltó por tres veces, número de resonancias bíblicas.

José Ignacio Escobar y Kirkpatrick

Para entenderlo es muy útil leer el testamento político de José Ignacio Escobar y Kirkpatrick, marqués de Valdeiglesias, conspicuo monárquico que visitaba asiduamente a D. Juan en Estoril y que siempre pretendió compaginar su acendrada lealtad a la Corona con la lealtad a Franco convencido de que este la había salvado. De sus numerosas entrevistas sacó las conclusiones que consigna en lo que puede considerarse una confesión de una doble lealtad -a Franco y a la Corona- que la ingratitud de de las reales personas hizo finalmente imposible. Veamos alguna de sus afirmaciones.

A la vista de la actuación posterior, tanto del Conde de Barcelona como de su hijo, tengo fuertes dudas de que haber logrado en aquellos tiempos los restauradores nuestro propósito (se refiere a sus intentos de que Franco restaurara la monarquía al finalizar la guerra) no hubiéramos hecho sino adelantar la catástrofe que se cierne actualmente sobre España. Cierto que el resentimiento engendrado, tanto en el Rey como en su padre, por los largos años de haber tenido que permanecer alejados del poder soportando el mando de Franco y pensando que lo que para ellos constituía un derecho propio, personalísimo, solo podrían alcanzarlo a través de la voluntad de Franco, ha agudizado su deseo de borrar de un plumazo cuarenta años de historia.

Él por su parte (D. Juan) enarbolaba un solo argumento a favor de su tesis del obligado y pronto traspaso de poderes de Franco a su persona. El de su legitimidad histórica. Ni la República, ni la guerra habían significado nada para él. Lo que no hubiera podido reclamar ni de Alcalá Zamora ni de Azaña se lo exigía imperiosamente a Franco. Este, a sus ojos, era un mero usurpador del puesto que a él le correspondía por derecho propio. “Yo soy Rey porque sí, y Franco no puede nada contra ese hecho”. Muchas veces me repitió esta frase.

Cuando al fin se formalizó la candidatura de Juan Carlos me pasé a ella (…) ni por un momento se me ocurrió pensar en que la política de Juan Carlos pudiera ser la misma que la de su padre, corregida y aumentada (…) y en definitiva no había por qué pensar que Juan Carlos fuera a ser más fiel a Franco que a su padre, ese reproche, digo, lo acepto plenamente como dirigido a mí. Ni por un momento se me pasó por la cabeza la idea de que la única diferencia entre Juan Carlos y su padre pudiera ser la de que el hijo fuera mucho más cínico y estuviera dispuesto a jurar todo lo jurable con la idea preconcebida de faltar a su juramento tan pronto le fuera posible. 

Porque el hecho es que se jugó a fondo la carta de Juan Carlos sin la menor garantía de cual pudiera ser su modo de pensar y desafiando las probabilidades de que fuera el mismo que su padre. Y a esta tremenda ligereza se sumó otro error psicológico no menos grave: no haberse parado a meditar, ni por un momento, en el resentimiento que podría estar incubándose en Juan Carlos precisamente por el hecho de debérselo todo a Franco.

Es preciso haberse dado cuenta del reconcomio, la irritación y el rencor interno de don Juan y su hijo al estar rumiando durante cuarenta años que lo que consideraban un derecho exclusivamente suyo, lo iban a poder ejercer por obra y gracia de Franco.

Alfonso XIII proscrito

Sirvan estas pinceladas para poner de manifiesto que la destrucción del Régimen del 18 de julio fue obra, y a propio intento, de la monarquía instaurada por Franco. Pretendiendo así dejar sentado que era una monarquía “restaurada” recogiendo su propia legitimidad dinástica. Por ello el empeño en hacer desaparecer todo vestigio del régimen de Franco. Y se hace preciso decir que, con independencia de la amoralidad que supone tal premisa -de ser bien nacidos, es ser agradecidos- tal hecho pone en evidencia la estulticia de olvidar que en el decreto del Gobierno Provisional de la República de fecha 26 de noviembre de 1931, firmado por D. Manuel Azaña, se declaraba al Rey reo de “alta traición” privándolo de paz jurídica y autorizando a cualquier ciudadano español para aprehender su persona si penetrase en territorio nacional. Y también se le declaraba degradado de todas sus dignidades, derechos y títulos que no podrá ostentar legalmente fuera de España, de los cuales el pueblo español, por boca de sus representantes elegidos para votar las nuevas normas del Estado español, le declara decaído, sin que pueda reivindicarlos jamás para él ni para sus sucesores.  

Franco anula la proscripción de Alfonso XIII

Decreto anulado, precisamente, por el régimen de Franco y que al ser barrido por la nueva monarquía recupera toda su vigencia. Algo que reclaman quienes postulan, no una nueva república, sino la “restauración” de la segunda, proclamada fraudulentamente el 14 de abril de 1931.

Acorde con el título de este trabajo, la Transición que debió hacerse y no se hizo, analizaremos los problemas que teóricamente quisieron solucionarse. Y que en lugar de ello se agravaron, imposibilitando además su remedio. En definitiva; la Transición que pudo haberse hecho y no se hizo. 

DESCENTRALIZACIÓN:

La descentralización es oportuna para acercar la administración a los administrados. Y para ello sirven las Diputaciones Provinciales, que suponen una descentralización administrativa pero no la política que ha supuesto el nefasto “Estado de las Taifomanías” donde el centralismo borbónico ha sido sustituido por un centralismo autonómico, reminiscencia del feudalismo, felizmente eliminado por los Reyes Católicos con la creación de la España moderna. Y aunque sea una digresión, es necesario no pasar por alto un hecho esencial: La organización política de los Reyes Católicos fue desmontada en 1700 con la llegada de la nueva dinastía. La llegada de los Borbones a España supuso una centralización copiada de Francia, un país mucho más homogéneo. La gran diversidad geográfica y cultural de España había sido vertebrada mediante la unión de los Reinos bajo una sola Corona, dando lugar al primer estado moderno cuya superioridad política, entre otros factores, hizo posible el descubrimiento e integración del Nuevo Mundo configurando una nueva e inmensa Nación caso único en la historia de los pueblos. Con la llegada de la nueva dinastía y su centralista transformación política, los “virreinatos” se convirtieron en “colonias” a semejanza de lo que fueron los territorios de ultramar para otros países.

Reinos Taifas

Y lo que habían sido nuevos reinos allende los mares, gobernados por los virreyes  -que como su propio nombre indica no eran otra cosa que los ejecutores, en su nombre y potestad, del poder real- pasaron a ser “colonias”. Esta centralización -podríamos decir que contranatura de la tradición hispana- reflejo de la impuesta en la España peninsular,  fue una de las causas de la Guerra de Sucesión y de conflictos internos posteriores que se pusieron de manifiesto en la guerras carlistas. Y a los que con total desconocimiento de la historia de España ha querido poner solución el “Estado Autonómico”. Cabría también decirse que a este problema político, creado con la llegada de los Borbones, se sumó un problema social, por la transformación de los “hidalgos” en “cortesanos”.

Comunidades autónomas

Este completo desconocimiento de la historia de España, junto al deseo de borrar toda la obra de Franco cuya síntesis era resucitar Una España Grande y Libre inspirada en los Reyes Católicos, dio lugar al dislate el “Estado Autonómico” consagrado en la Constitución de 1978. La “descentralización” debió sustentarse en las Diputaciones, que suponen descentralización administrativa. Mientras que las Autonomías son descentralización política, lo cual es introducir una bomba en la santabárbara del sistema. Cuando ahora algunos abogan por la supresión de las Diputaciones, alegando que es una administración redundante, o no saben lo que dicen… o saben muy bien porque lo dicen. Precisamente debe hacerse lo contrario, potenciar las Diputaciones dependiendo del poder central, como única forma de “embridar” el desmadre autonómico. Y la mejor forma de hacerlo es que el Estado detraiga una parte importante de los presupuestos autonómicos para asignárselo a las Diputaciones Provinciales. Y puesto que las Autonomías disputan permanentemente parcelas de poder político y económico al Estado, este debe responderles con su misma medicina. Promoviendo que cada Diputación Provincial exija de su Gobierno Autonómico esa descentralización y esos recursos económicos que acapara para sí la taifa autonómica. Esto no es un invento nuevo… ya lo hicieron los Reyes Católicos con los señores feudales. Solamente potenciando las Diputaciones Provinciales, al tiempo que se recorta el poder de las Autonomías, será posible solucionar el “problema territorial” generado por la Constitución de 1978 sin necesidad de reformarla o derogarla…. O de tener que llegar a la drástica solución del Rey Ramiro II el Monje con su Campana de Huesca.

PARTIDOS POLÍTICOS

Acorde con los pactos secretos de la Transacción, cuyo objetivo era la demolición desde sus cimientos de la obra de Franco, se intoxicó a la población española diciendo que la legalización de todos los partidos políticos era conditio sine qua non para ser admitidos en Europa. De difundir este sofisma se encargó una tenaz campaña en todos los medios de comunicación social, ya en manos -por infiltración y por financiación- de las fuerzas oscuras de la rosa y el mandil siendo la punta de vanguardia de esa intoxicación El PAIS y CAMBIO 16 con la importante subvención de la socialdemocracia alemana, en manos desde el final de la GM II, de esas “fuerzas oscuras”.

Si no hubiera sido porque tal afirmación formaba parte de la táctica para alcanzar el objetivo, el nuevo sistema político surgido con la Constitución de 1978 hubiera tenido fácil el rebatirlo, diciendo simplemente que el Partido Socialista y el Partido Comunista serían legalizados en España cuando en la democrática Alemania se legalizara el Partido Nacional Socialista y el Partido Comunista. Aduciendo que en España permanecerían fuera de la ley el PSOE y el PC y los demás partidos que conformaron el Frente Popular, por idénticas razones: su responsabilidad en los crímenes cometidos y sus acciones encaminadas a cercenar la democracia. Algo que habían hecho el PSOE y el PC, tanto durante la Monarquía como durante la República. Pero en cualquier caso, si se hubiera optado por su legalización, debería habérseles exigido, como paso previo para el perdón de sus crímenes, además del acatamiento de la Constitución dar fe de su arrepentimiento. Lo que como enseñaba el catecismo implicaba: dolor de los pecados, propósito de enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia. Y en el caso que nos ocupa debió haber sido -aplicándolo a los partidos políticos que conformaron el Frente Popular e hicieron inviable la Segunda República- lo siguiente:

Dolor de los pecados: Arrepentimiento sincero por haber provocado, primero con el “pucherazo” de febrero del 36 y luego con los crímenes del proceso revolucionario iniciado, el haber hecho imprescindible el Alzamiento Nacional. Alzamiento legal y moralmente justificado -como lo es un homicidio en el ámbito individual- cuando se trata de legítima defensa para salvar la vida.

Propósito de enmienda: Demostrando con hechos la firme voluntad de no volver a destruir el sistema político que generosamente los admitía en su seno reconociendo sus responsabilidades en el enfrentamiento fratricida.

Decir los pecados al confesor: Esto es, confesarse ante la historia, admitiendo públicamente sus yerros y difundiendo ellos mismos la documentación que prueba su responsabilidad en el conflicto. Poniendo para ello a disposición de los historiadores la numerosa documentación que guardan en sus archivos donde se acredita sobradamente sus culpas.

Y finalmente cumplir la penitencia: Cargando con su más que merecido “san benito” sin buscar excusas torticeras, contribuyendo a la reconciliación nacional y entonando el mea culpa.

A esta confesión, para obtener el perdón y sustentar la reconciliación nacional, no debería ser ajena la “derecha” reconociendo y admitiendo (dolor de los pecados, propósito de enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia) su responsabilidad histórica en la situación de injusticia social que había propiciado el caldo de cultivo para la revolución. Decía el pensador tradicionalista Vázquez de Mella: “La derecha española ha sido tradicionalmente egoísta y cobarde; proclamando un Dios en el que no creen, y una patria a la que no aman, solamente ha buscado mantener sus privilegios”

Durísimas palabras a las que no les falta razón. Precisamente la Segunda República, al menos en teoría, trató de solucionar este problema de injusticia social en beneficio de las clases más desfavorecidas. Pero el sectarismo y la incompetencia de sus dirigentes, no solamente no redimió de su miseria al proletariado, sino que agravó su penosa situación al permitir la anarquía. De esta forma, amplias capas de la población pasaron de la necesidad al hambre. Y para quienes pasaban hambre junto a sus familias, era muy duro oír que quienes no la pasaban les dijera: ¡¡¡vais a comer república!!! o el tener que escuchar algo todavía más indignante: ¿Qué pide el pueblo? ¡¡¡Pan y justicia!!! ¿Qué le daremos? ¡¡¡Pólvora y plomo!!!

En estas circunstancias la guerra civil estaba servida. Lo triste de este asunto es que se llegó a la explosiva situación social que desembocó en la guerra, por un sistema político incapaz de conjugar justicia social y orden. Algo que consiguió el Régimen de Franco y que ahora se ha dilapidado volviendo a la situación que condujo al conflicto. Resulta muy triste ver ahora que tanto ese proletariado que Franco redimió de la miseria, como esa “derecha” egoísta y cobarde que tan duramente calificara Vázquez de Mella, coincidan en denostar a Franco y a su Régimen. ¿Será que los responsables de esta desfeita, del nuevo desastre político y económico que se cierne sobre España, necesitan a Franco como chivo expiatorio para ocultar sus responsabilidades?

BANDERAS

Al problema de las banderas, que tantas víctimas produjo entre la Guardia Civil al recibir órdenes de retirar las ikurriñas, pudo haberse dado fácil solución mediante una “Ley de Enseñas y Distintivos” que estableciera la Enseña Nacional como única Bandera, sin perjuicio de autorizar y regular el empleo de otras enseñas autonómicas, provinciales, municipales etc. Lo que hubiera supuesto legalizar las enseñas de carácter histórico que podrían exhibirse libremente como representación de regiones, municipios o incluso de entidades culturales con raigambre histórica. Pero de esta forma, aunque con libertad para utilizarlas, quedarían desprovistas de su significado político de “bandera” como representación de una soberanía que la Constitución reserva, exclusivamente, al conjunto del pueblo español.

Así pues, lo que ahora son “banderas autonómicas” hubieran podido exhibirse libremente, y ser perfectamente legales, pero quedando desprovistas del significado de soberanía territorial o autonómica. No obstante la Constitución en su artículo 4, se preocupa de reconocer las banderas y enseñas de las Comunidades Autónomas. Ello forma parte de la misma estafa política que supone establecer en el artículo 2 que la Constitución se fundamente en la indisoluble unidad de la Nación Española, patria común e indivisible de todos los españoles al tiempo que reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran. Como ya se dijo en uno de los artículos -cuyo enlace se inserta en este trabajo- esta dolosa inserción en el texto constitucional es el huevo de la serpiente que está a punto de eclosionar.

Y aún se puede añadir, para demostrar el dolo manifiesto de los “padres de la Constitución” que en el mismo artículo 4 se define la bandera por sus colores, pero obviando el escudo. No fue un olvido, se trataba de dejar otra brecha abierta para, en cuanto fuera posible, eliminar un escudo que proclamaba la voluntad de que España fuera Nación: Una, Grande Libre. Esta voluntad de dejar una puerta abierta, para más adelante poder suprimir el escudo -que ahora además es perseguido- es otra muestra de la estafa de unos tahúres. Pues si el pueblo español hubiera sabido todas las “cartas marcadas” con las que se estaba estafando su buena fe al votar la Ley para la Reforma Política hubiera votado NO a la Constitución e incluso a la Monarquía. Porque como ya se ha dicho en otras ocasiones, la Transacción -y su fruto, la Constitución de 1978- fue una partida de naipes entre “tahúres del Mississippi” en la que unos se sentaron a la mesa faltando a lo que habían jurado y otros con el designio de faltar a los que iban a jurar. Y de aquellos polvos estos lodos.

LENGUA

La misma estafa en el artículo 3 de la Constitución que en el 4. La única lengua oficial de España debió ser el español. Como en otros países son el inglés, francés, alemán, italiano etc. El idioma, la lengua, tiene una doble función; elemento de relación entre las personas que componen la nación y como elemento cultural. En EE.UU. sin duda se hablarán infinidad de lenguas, pero el idioma oficial es el inglés (no el americano) La Constitución debería haber establecido que el idioma oficial era el Español, con independencia de reconocer la riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España como patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección. Favoreciendo para ello el estudio y fomento de las tres lenguas regionales. Apoyando el Estado la creación literaria y la producción audiovisual en ellas mediante las oportunas subvenciones. Pues a un gallego, por ejemplo, le resulta mucho más evocador leer o escuchar “a miña nai” que “mi madre”. Pero la tutela del Estado a las diferentes lenguas debió circunscribirse exclusivamente al ámbito cultural. Y por supuesto al familiar. La docencia exclusivamente en español. Con independencia del estudio voluntario de una o varias lenguas regionales, de la Comunidad donde se habita o de cualquier otra. Igual libertad que se tiene para la elección de lenguas extranjeras dentro de los programas de estudio.

ENSEÑANZA

Esta ha sido la bomba de relojería en la santabárbara del sistema. La Constitución no permitió que hubiera “ejércitos autonómicos” (alguna autonomía ya está pensando en tenerlo) pues en el caso de haberlos, pronto la Península Ibérica se convertiría en el trasunto de la Península Balcánica, con sus sangrientos contenciosos territoriales. O se retrocedería a los enfrentamientos, tanto entre los Reinos Cristianos, como entre las Taifas. Pero en una democracia los contenciosos no se dirimen -o no deberían dirimirse- con las armas, sino por la fuerza de los votos. Por ello al haberse entregado la enseñanza a las Comunidades Autónomas se ha sentado la base de una disgregación territorial. Y el problema se agrava por la inoperancia de la alta Inspección del Estado que no fiscaliza los programas de enseñanza, especialmente en el ámbito de la historia. Con ello se sientan las bases para que en dos o tres generaciones, mediante elecciones democráticas tenga lugar la desaparición de España. Barrenada su unidad por unos planes de enseñanza que sistemáticamente tergiversan la historia, presentando a unos territorios como víctimas de los otros. Esta división está fomentada, tanto por los intereses creados de una casta política autonómica insolidaria y egoísta, como por fuerzas ajenas a la Nación Española, que ven en su debilidad el río revuelto en que esperan una abundante pesca. Sin olvidar también la larga mano de las “fuerzas oscuras” cuyo objetivo secular ha sido la destrucción de España. Y que aún lame sus heridas por la derrota en la guerra de 1936 a1939… y en la paz de 1939 a 1975

RECUPERACIÓN DE COMPETENCIAS

A lo hasta aquí expuesto habría que sumar la sanidad, la justicia, la financiación, el orden público… y en definitiva la necesidad de que el Estado recupere competencias que nunca debió entregar. Empezando para ello por exigir el cumplimiento del espíritu y la letra del artículo 149 la Carta Magna vulnerado progresivamente y de forma impune, desde que entró en vigor.

La Constitución no solamente demolió el Régimen surgido el 18 de julio, sino que dejó las puertas abiertas para proceder más adelante a la remoción de sus cimientos, de forma que fuera imposible el reedificarlo. Pero la historia enseña que cuando el Pueblo Español comprendió que había sido engañado por Napoleón se alzó en armas para recuperar su independencia. Y cuando comprenda que a partir de 1975 ha sido objeto de una estafa política, de un engaño tan artero como el que supuso la entrada del francés, comprenderá el sentido de los versos de la Oda al Dos de Mayo de Bernardo López García.

EPÍLOGO

Finalizaremos dando respuesta a tres interrogantes.

¿Quién es el responsable, ante el pueblo español y ante la historia, del desastre de 1978 muy superior al Desastre de 1898?

No hay duda de que la respuesta es S.M. Juan Carlos I. Pues recibió una España próspera, una España Grande y Libre que cual ave fénix había resurgido de sus cenizas gracias a la doble victoria de Franco. Victoria en la guerra, seguida de la victoria en la paz. Al Crear un régimen político de justicia social, basado en la democracia orgánica. La verdadera democracia. Y esta inmensa herencia ha sido dilapidada, precisamente, por quien había jurado solemnemente fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y Leyes Fundamentales del Reino. Y aún debería añadirse que esas cenizas en las que se había convertido la antaño nación en la que no se ponía el sol a la que Franco había hecho resurgir, era responsabilidad de la dinastía borbónica.

Porque en efecto, había sido a causa de tal dinastía, el que España hubiera pasado en algo más de dos siglos de ser el imperio donde no se ponía el sol a una triste nación sumida en la oscuridad de una noche sin fin, tras un ocaso bisecular. Doliente agonía en la que había ido perdiendo, no sólo territorios, sino incluso la fe en su propia existencia como nación. Y este resurgir de sus cenizas lo había buscado -y encontrado- el Régimen de Franco volviendo los ojos a la España Imperial, herencia de los Reyes Católicos. Nada pues tiene por ello de extraño, que el escudo de su bandera proclamara la voluntad de que el nuevo Estado superase el negro periodo iniciado con la llegada de la dinastía borbónica.

A raíz del Concilio Vaticano II “el humo de Satanás penetró en la iglesia” (SS Pablo VI dixit) y a pesar de que Franco había librado a la Iglesia de su exterminio en España, se convirtió, junto a la Corona, en los dos principales enemigos del Régimen en una inaudita muestra de traición e ingratitud.

Pero S.M. Juan Carlos I, en lo que parece ser una maldición bíblica para España, siguiendo los aciagos pasos de pretéritos miembros de su dinastía, la ha llevado de ser la octava potencia en el concierto internacional, a la triste realidad en la que se encuentra en los albores del S. XXI. Un concepto discutible y discutido, una nación de naciones. Es decir, una milonga… o una boñiga rebozada en partitocracia, a la que unos políticos sin escrúpulos, cual escarabajos peloteros, la hacen rodar por el camino de la historia.

La segunda pregunta es; ¿tiene solución la España Constitucional?

La respuesta es que puede tenerla. Por lo menos antes de que se consume la ruptura o desmembración de alguno de los territorios que la conforman. Pues en el caso de que se llegase a la secesión de alguno de ellos, España habría dejado de existir. Pero desde luego la solución es ciertamente muy difícil, dada la extensión del cáncer autonómico y las metástasis que ha expandido a todos los órganos de la Nación. La posible solución debe pasar, forzosamente, por admitir cual es el origen del problema. La gran dificultad estriba si ningún género de duda, en que se debe solucionarse el problema apelando a la Constitución de 1978… que se precisamente el origen del problema que se pretende solucionar. Lo cual es  misión imposible. La auténtica cuadratura del círculo.

Porque los enemigos de España proclaman que la España Constitucional alumbrada en 1978 es un proyecto agotado y que por ello debe irse a una nueva o segunda “Transición”. Es decir, a una nueva trampa saducea, como la que supuso proponer una reforma del Régimen de Franco cuando la voluntad era imponer su ruptura. Ahora, con la nueva propuesta, no tratan de sanar el cuerpo de la Nación, sino de aplicarle la eutanasia.

Se ha comenzado exponiendo la Transición que debió hacerse y no se hizo. Y aunque alguien pueda pensar que es absurdo lamentarlo ahora, no lo es. Debe tenerse en cuenta que si los enemigos de España para alcanzar su último objetivo, logran iniciar una “reforma” de la Constitución de 1978, será el momento oportuno para solucionar el problema embridando el “Estado de la Taifomanías”. Y logrando de esta forma que lo iniciado por los enemigos de España -el nuevo Frente Popular hoy como ayer conjunción rojo-separatista- en la ofensiva final para alcanzar su victoria tenga el efecto boomerang. Y se les convierta, como tantas veces ha sucedido a lo largo de la historia militar, en el paso en falso que los conduzca a la derrota. En el caso que nos ocupa lo que ellos llaman “recentralización”

Estas consideraciones sobre la transición que debió hacerse y no se hizo, deberán ser las líneas de acción con las que acometer la difícil tarea de sacar a España de la UCI antes de que sus enemigos -internos y externos- le apliquen la eutanasia. Para ello es preciso que el pueblo español sea consciente del peligro que se cierne sobre él, como lo fue el dos de mayo de 1808 y el 18 de julio de 1936. Aunque esta vez la salvación de España sería deseable que se pudiera alcanzar sin derramamiento de sangre.

Y para ello es imprescindible una labor didáctica, logrando que el pueblo español comprenda que se encuentra en una encrucijada histórica. En el ser o no ser. Y esa labor didáctica deberá alcanzar también a S.M Felipe VI, para que no deserte como hicieron sus antepasados en 1808 y en abril de 1931 siendo capaz de arreglar el desaguisado cometido por su padre… siguiendo los consejos del abuelo.

Finalmente cabe plantear una tercera duda.

El Rey Emérito y el Conde de Godó

¿S.M. Juan Carlos I, el hoy Rey Emérito, es consciente de su responsabilidad? Parece dudoso que lo sea, pues la historia demuestra la incapacidad de los Borbones, tanto para reconocer sus yerros como para enmendarlos. ¿Será consciente S.M. que recibió una España en bonanza, Unida, Grande y Libre y se la ha dejado a su hijo en medio de la tempestad y apunto de naufragio? Que está repitiendo la historia de su abuelo, o de su tatarabuelo, con el detrás de mí, el diluvio. No es posible saberlo, aunque hay constancia de que en algún caso si ha lamentado sus decisiones (más allá del lo siento, no volverá a suceder) pues con sus propias palabras ha dicho; De lo que más me arrepiento es de haber hecho Grande de España al Conde de Godó… ¡¡¡Vaya traidor!!!  ¡¡¡Menudo hijoputa!!!

Esta confidencia la ha hecho pública -imitando la voz del Monarca con sorprendente fidelidad- Jiménez Losantos en el programa Las Mañanas de Federico de Es Radio el pasado día 8 de junio a las 07:20h. Y no debemos olvidar que el periodista y locutor, por haber sido en un tiempo acompañante y panegirista de D. Juan Carlos, con toda probabilidad se lo ha escuchado decir personalmente. Y así parece sugerirlo la ya apuntada perfecta imitación que le hizo. Del mismo tenor, en igual emisora y dentro del espacio la república de los tontos, el 8 de julio a las 07:50 volvió a incidir en ello, pues refiriéndose de nuevo al Conde de Godó, -e imitando también la voz de S.M.- dijo: ¡¡¡Es un traidor!!! ¡¡¡Nadie me ha jodido tanto!!!     

Y aunque sea una digresión cabe preguntarse si el Conde de Godó, a la vista de su apoyo a la secesión de Cataluña ha tenido la dignidad de renunciar a la Grandeza de España que le otorgó S.M. Como hizo Sabino Fernández Campo con el título de “Conde de Latores” enterado sin duda de la “coñas” que el Rey se traía con sus entonces colegas Mario Conde y De la Rosa, a cuenta del título nobiliario que había concedido al fiel Secretario General de su Real Casa  y del juego de palabras que sobre el título hacía: Conde; delatores.

Y como algún lector puede no entender donde está la “gracieta” es preciso aclarar que Latores es el pueblo asturiano de donde era oriundo Sabino Fernández Campo (en realidad el pueblo natal de su padre) y por ello el Rey le daba tal nombre al título nobiliario concedido. En cuanto a “delatores” era una velada referencia a los intentos de Sabino para “sujetar” al Monarca en sus devaneos. Algo que se veía obligado a hacer, tanto en beneficio de la Real Persona, como de la Institución.

Pero volvamos a lo dicho por Su Majestad el Rey en relación con el Conde de Godó.

Al hilo de la confidencia de Jiménez Losantos surge una duda. Si se le pudiera preguntar a Franco, si se arrepentía de haber nombrado sucesor a la Jefatura del Estado a título de Rey a D. Juan Carlos de Borbón y Borbón, a la vista de cómo ha demolido la ingente obra que le legó y de la situación en que se encuentra ahora España, ¿respondería Franco en iguales términos que S.M. por haber nombrado Grande de España al Conde de Godó? Pregunta retórica, porque es sabido que no es posible preguntar a  los muertos. Ni que estos respondan. Así pues tendrá que ser el lector quien imagine la respuesta.

Puede no obstante hacerse la conjetura de que Franco, aunque mucho más templado y discreto que el lenguaraz Borbón, tal vez hubiera respondido en igual forma. Pero de lo que sí puede estarse seguro es de que los exabruptos, de haberlos pronunciado, no sería tanto por la frustración de ver que el sucesor a título de Rey ha demolido su ingente obra personal, sino por el hecho de que haya malogrado, haciendo estéril, el sacrificio de tantos héroes y mártires. Todo para comprar, al precio de su sangre, su permanencia en el Trono. Permanencia que ahora ve en peligro para su hijo -además de estar también en peligro la unidad de España- porque El traidor no es menester, siendo la traición pasada.

Dibujo original de José Lui Díez Jiménez

El teniente general Gutiérrez Mellado, un icono para la izquierda -de pasado tan incógnito como su posible discreta obediencia– dijo que el futuro de la democracia pasaba por el respeto a la figura de Franco. Y estas palabras, si tenemos en cuenta la profanación de su sepulcro, la promulgación de la infame Ley 52/2007 y su prevista ampliación con la “Ley de la Memoria Democrática” deben ser objeto de meditación. Porque los enemigos de Franco, que también lo son de España -y del Rey- han tardado 46 años en profanar su inmarcesible figura histórica. Por ello tal vez hagan falta otros tantos para devolverle los honores que se le deben.

Y para ver de nuevo ondear la bandera con el águila de San Juan proclamando la voluntad de que España vuelva a ser Una, Grande y Libre.

Es posible que yo no llegue a verlo. Pero mientras Dios me conserve la vida, lucharé por ello. Mientras me dejen, con la pluma. Y cuando me lo impidan, poniendo mi espada al servicio de quien alce la bandera de una España que juré defender hasta derramar la última gota de mi sangre.

Que Dios me ayude en el empeño. Y que si no llego a verlo, lo vean mis hijos y mis nietos.

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[1] Se utiliza el término “Transacción” porque la esencia de la transformación política acaecida a la muerte de Franco, fue la venta de la España Una Grande y Libre a sus enemigos a cambio de que no cuestionaran la Corona