La fotografía que ilustra estos comentarios me fue remitida, en su día, por mi buen amigo y compañero, el Comisario Pral. Iñigo Echauri Osinaga, y en ella aparecen varios Jefes y Oficiales del Cuerpo de Seguridad, entre los que se encuentra un Comandante, Caballero de la Orden Militar de San Fernando, máxima condecoración otorgada en España por una acción militar en campaña.

De inmediato comenzó la investigación para intentar determinar de quien podía tratarse ya que hasta ese momento no tenía constancia de la presencia de un Caballero Laureado de San Fernando en las filas del Cuerpo de Seguridad, excepción hecha del Teniente Perfecto Rey Castiñeira de quien ya he hablado en ocasión anterior y que la recibió en fechas posteriores.

Finalmente, logré identificarlo y conocer un poco de su trayectoria personal y de los méritos que en su día contrajo para hacerse acreedor a tan alta distinción.

El comandante de la Escala de Reserva de Infantería, Juan Martínez Cortés, que aparece en la foto, nace en Badajoz el 19 de enero de 1876, ingresando como Soldado voluntario en el Batallón de Cazadores de Tarifa nº 5, de guarnición en Badajoz y perteneciente a la Brigada de Cazadores con Cuartel General en Córdoba, el 27 de mayo de 1893, marchando con su Unidad a Melilla aquel mismo año para participar en la campaña que pasó a la historia como “la guerra de Margallo”.

De vuelta a la península, en 1894, el Batallón pasa de guarnición a Jerez de la Frontera, ascendiendo a Cabo ese mismo año.

Durante los años siguientes participa en la campaña de Cuba donde logra cinco Cruces Rojas. La primera en la acción del potrero Galope el 16 de marzo de 1896; la segunda en los combates de la trocha de Maziel a Majana en 1897. Otra pensionada por los servicios prestados entre el 26 de abril y el 9 de mayo en la trocha de Júcaro a San Fernando; la cuarta por los combates de Chillantes y Echandiano el 21 de mayo de 1898 y la quinta por los combates del 5 de junio siguiente en los potreros del Carmen, San Pedro, la Serrana, Liscoetea y Corazón de María. 

En 1897 asciende a Sargento y en 1899 queda excedente hasta el año siguiente en que es destinado al Regimiento Córdoba nº 10, “el Sacrificado”, de guarnición en Granada. 

Posteriormente pasa destinado al Regimiento Granada nº 34 con sede en Sevilla y el 27 de junio de 1910 asciende a Segundo Teniente de la Escala de Reserva Retribuida, reconociéndole más tarde antigüedad de 9 de septiembre anterior, pasando destinado al Regimiento de Infantería San Fernando nº 11 de guarnición en Lugo con el que marcha nuevamente para Melilla donde toma parte en la campaña del Kert.

Es en el contexto de esta campaña, concretamente en el combate de Ishafen, el 12 de septiembre de 1911, donde se hace acreedor al ingreso en la Orden de San Fernando. Posteriormente destaca nuevamente, dentro de esta misma campaña, en la ocupación de Taurit y Talusit donde el 20 de septiembre de ese mismo año gana la Cruz de María Cristina, volviendo a brillar su arrojo y valor en el combate de Gammar el 12 de mayo de 1912. 

En 1912 asciende al empleo de Primer Teniente, reconociéndole antigüedad del 2 de noviembre anterior y pasa nuevamente destinado al Regimiento Granada nº 34.

Con fecha 30 de abril de 1914 asciende al empleo de Capitán siendo destinado al 2º Batallón de Reserva Montoro nº 24 y posteriormente al Regimiento de Infantería Mahón nº 63.

El 15 de febrero de 1919, con el empleo de Capitán, solicita plaza que se le concede en el Cuerpo de Seguridad siendo destinado a la plantilla de Barcelona donde, con fecha de 9 de diciembre de 1926, asciende al empleo de Comandante manteniendo su destino en el mismo Cuerpo y su vacante en la ciudad condal.

Finalmente, en 1930, asciende a Teniente Coronel y ahí le perdemos la pista lo que nos hace suponer que con este empleo pasa a situación de retirado.

El contexto histórico de la acción donde el entonces Segundo Teniente Juan Martínez Cortés se hizo acreedor a la Cruz Laureada de San Fernando hay que situarlo en la denominada campaña del Kert que se registra, en esta zona del Protectorado, entre 1911 y 1912.

El estado general de las cosas en el Marruecos de 1911 era caótico. En mayo de ese año se producen, en las ciudades de Fez y Mequinés, una serie de revueltas antieuropeas que sumen al Sultanato en un estado de desorden y descomposición general y sirven de pretexto a Francia para hacer efectiva la ocupación de la parte del Protectorado, especialmente las plazas más importantes, asignado tras la Conferencia de Algeciras de 1906. 

Por su parte el Gobierno de España, del que es Presidente José Canalejas y Ministro de la Guerra el General Luque, en junio de ese mismo año, ordena la ocupación por fuerzas de Infantería de Marina de la ciudad de Larache, enclave atlántico, y la cercana de Alcazarquivir -hecho este al que ya nos hemos referido en un artículo anterior-, en tanto que Alemania, que no estaba dispuesta a perder la posibilidad de ocupar una parte del territorio marroquí para defender sus intereses mineros y comerciales, envía un cañonero al puerto de Agadir. Esta demostración de fuerza germana trajo como consecuencia la firma de un nuevo tratado entre alemanes y franceses, logrando que Alemania abandone sus pretensiones sobre Marruecos a cambio de la cesión de determinados territorios en el Africa ecuatorial francesa.

Por lo que se refiere a la zona de Melilla, concluida la campaña de 1909 y ensanchados los límites exteriores de la ciudad, lo que permite alejar el peligro de sus murallas, comienza una nueva fase de la interminable guerra marroquí esta vez convertida en una paz aparente, caracterizada por escaramuzas y enfrentamientos a escala más limitada y con la aparición del fenómeno de la guerrilla que, conocedora perfectamente del terreno, hostiga a columnas y convoyes.

El 16 de noviembre de 1910 España firma en Paris, con el Ministro de Negocios Extranjeros marroquí, un tratado por el que Marruecos reconoce la acción pacificadora de España en los alrededores de Melilla.

Así las cosas, en agosto de 1911, la kábilas del Rif parecen detectar que se aproxima el tiempo del Protectorado, circunstancia indeseable si tenemos en cuenta que en esas tribus latía un fuerte sentimiento de independencia hasta el punto de que, para evitar la sumisión al Sultán, años atrás habían aceptado el mando del Rogui, Bu Hamara, pretendiente al trono de Marruecos, sin embargo, su efímero gobierno concluye cuando el Majzen envía tropas a la zona que lo apresan, trasladándolo a Fez donde lo ejecutan.

Las kábilas de Beni Urriaguel, Tensaman y Beni Said, las más belicosas -las mismas que en 1921 teñirán con sangre española el suelo marroquí-, y en general todas las del Rif comienzan a organizarse y ponen en pie de guerra a varios miles de harkeños. En la península, la oposición clama por abandonar Marruecos lo que hace dudar al Gobierno a la hora de tomar la decisión del inicio de las hostilidades al poner, incompresiblemente, en tela de juicio la capacidad operativa del enemigo.

En este estado las cosas, el 24 de agosto de 1911, un destacamento de la Brigada Topográfica que está realizando un levantamiento para cartografiar la zona, es atacado en las orillas del río Kert, causando la muerte a un Cabo y tres Soldados que aparecen decapitados y cuyas cabezas, pinchadas en lanzas, son paseadas por las kábilas del Rif para alentarlas a la lucha contra nosotros. Pese a todo, este hecho no es tenido en cuenta por el Gobierno de Madrid que le resta importancia al contrario que el Capitán General de Melilla, el General García Aldave, y su Jefe de Estado Mayor, el General Larrea, que dimensionan realmente la gravedad del problema, valorando la posibilidad de un incremento de las hostilidades.

A la vista de estos sucesos, dos días después, el 26 de agosto, García Aldave organiza una operación de castigo con tres columnas que logran sus objetivos con pleno éxito en la jornada del 29, prácticamente sin bajas propias. La operación concluye con la petición de perdón por parte de algunos jefes de poblado.

Sin embargo, nuevamente el 2 de septiembre, una de las posiciones avanzadas que protegen la línea exterior de Melilla es atacada causando algunas bajas en nuestras tropas. Esta línea de defensa, formada por varias posiciones discontinuas, tiene una que es considerada clave en todo el dispositivo desde el punto de vista tanto estratégico como táctico, la que domina el río Kerte desde su orilla derecha.

Esta posición había sido abandonada el 31 de agosto y es recuperada el 7 de septiembre, siendo precisamente aquí, en el frente de Ishafen, donde, el 12 de septiembre, el enemigo lanza un ataque con gran cantidad de efectivos y un brío extraordinario. 

Una Compañía del Regimiento de Infantería Africa nº 68 se lanza al ataque brillando en esta acción de manera extraordinaria, haciendo que el enemigo desista de sus intenciones y se retire.

Pese a todo, el enemigo, tenaz y brioso, vuelve a la carga y esta vez lo hace por el frente oeste defendido por el Teniente Martínez Cortés con su 1ª Sección de la 6ª Compañía del 2º Batallón del Regimiento de Infantería San Fernando nº 11.

Guarnecidos tras los parapetos de lajas de piedra y sacos terreros aguantan la acometida, cada vez más intensa, de un enemigo mucho más numeroso El mando estima imprescindible que una Sección salga para aliviar la presión y desalojar al enemigo de sus posiciones. El Capitán de su Compañía confía la acción al Segundo Teniente Martínez Cortés y a la Sección a sus órdenes.

El campo está batido por el fuego enemigo que procede de un barranco próximo donde este se haya a cubierto. Hay que salir y cargar con las bayonetas caladas. Tras mirar a los hombres de su Sección les conmina: “vamos a cargar a la bayoneta. Hay que llegar al barranco como sea. La sexta del segundo nunca ha retrocedido. El que llegue el primero tiene un mes de permiso”.

A la carrera, despreciando el peligro, alcanzan el barranco, el enemigo sorprendido se defiende. Se entabla una lucha cuerpo a cuerpo. El Segundo Teniente Martínez Cortés ha sido el primero en llegar. Un beniurraguel, alto y fornido, le hace frente. El Oficial le propina un fuerte golpe con el sable que hace que caiga al suelo, pero no pierde el conocimiento y trata de hacer fuego con su fusil contra Martínez Cortés que le clava el sable en el pecho.

El enemigo sorprendido por la ferocidad de los de San Fernando no tienen tiempo a reaccionar. El Teniente Martínez los persigue a la cabeza de sus hombres barranco abajo generalizándose el enfrentamiento cuerpo a cuerpo y la harka huye. El triunfo está asegurado y la misión cumplida. Si en la carga Martínez Cortés fue el primero, en la retirada a la posición es el último tras sus hombres. Todos son efusivamente felicitados.

En el parte de bajas del día siguiente se recogen tres muertos en nuestras filas y treinta en las de los rifeños. Martínez Cortés es propuesto para la Laureada de San Fernando.

Comienza así el largo juicio contradictorio para dirimir si la acción llevada a cabo por este Oficial es merecedora de tan alta condecoración al hallarse su valeroso gesto contenido en alguno de los supuestos que la Ley marca para su concesión.

Tienen que pasar dos años hasta que el Diario Oficial del Ministerio de la Guerra nº 47 de 28 de febrero de 1913 recoja, en su primera página, lo siguiente: 

“Visto el expediente de juicio contradictorio instruido para esclarecer si el segundo teniente de Infantería (E.R.) D. Juan Martínez Cortés, con destino en el regimiento Infantería de San Fernando núm. 11, se hizo acreedor a la cruz de San Fernando por su comportamiento en el combate sostenido en el valle del Kert el día 12 de septiembre de 1911; resultando que en la madrugada del 12 de septiembre de 1911 fue hostilizada la posición de Ishafen por numerosos grupos moros, disponiéndose la salida de algunas fuerzas para castigar al enemigo, verificándolo el Segundo Teniente Martínez Cortés al mando de una Sección que entró en fuego, y dándose cuenta de las condiciones desventajosas en que se encontraba por hallarse su tropa al descubierto, ordenó armar el cuchillo y cargar, marchando él al frente y siendo el primero en descender al barranco donde aquél se hallaba emboscado, entablándose la lucha cuerpo a cuerpo, matando por lo menos a un adversario y consiguiendo con su valor y arrojo desalojar y dispersar al enemigo; resultando que estas circunstancias son las que se exigen en el caso 9º del artículo 27 de la Ley de 18 de mayo de 1862 para que el hecho deba ser considerado como heroico, el Rey (q.D.g), de acuerdo con lo informado por el Consejo Supremo de Guerra y Marina, por resolución de 26 del actual, ha tenido a bien conceder al segundo teniente de Infantería (Escala de Reserva) D. Juan Martínez Cortés, la cruz de segunda clase de la Orden de San Fernando designada en el artículo 4º de la citada ley, con la pensión anual de mil pesetas señalada en el artículo 8º de la misma, transmisible a sus herederos en la forma prevenida en la de 10 de marzo de 1909.

De real orden lo digo a V.E. para su conocimiento y demás efectos. Dios guarde a V.E. muchos años.

Madrid 27 de febrero de 1913”.

Con relación a la Real y Militar Orden de San Fernando, señalar que fue creada el 31 de agosto de 1811 por la Regencia de España, a iniciativa de las Cortes de Cádiz, durante la cautividad de Fernando VII, para “excitar el noble ardor Militar que produce acciones distinguidas de guerra”, es decir premiar el valor heroico como virtud sublime en el combate.

Fue la primera condecoración de “mérito” por estar abierta a todo aquel que la mereciese, sin atender a razones de nobleza, cuna o graduación, creada en un momento en que España se encontraba sacudida por la Guerra de la Independencia.

En cuanto a la Ley reformadora de los Estatutos de la Real y Militar Orden de San Fernando, fecha el 18 de mayo 1862 y publicada en la Gaceta nº 142 del 22 siguiente, hace referencia en el Título IV a las “acciones heroicas”, señalando en su artículo 27.º “que se entiende como heroicas todas las acciones que en la clase de distinguidas excedan en mucho a las tipificadas hasta ahora, a juicio del General en jefe y del Tribunal Supremo de Guerra y Marina”.

Al tipificar estas acciones en el epígrafe de “en campo raso”, llevadas a cabo por la infantería, el apartado 9º recoge como mérito para la concesión de la Laureada “en un ataque a la bayoneta, ser de los tres primeros que se baten al arma blanca, dando muerte a su adversario”.

No hay duda, por tanto, que la acción llevada a cabo por el entonces Segundo Teniente Juan Martínez Cortés está perfectamente contemplada en este epígrafe al quedar probado que fue él el primero en lanzarse al ataque con arma blanca, su sable reglamentario, y da muerte a su adversario.

En cuanto a la fotografía que ilustra este trabajo, tomada en Barcelona entre 1927 y 1930, aparecen el Coronel Inspector del Cuerpo de Seguridad Julio González Dichoso; el Teniente Coronel, Jefe de la Guarnición de Barcelona, Francisco Romero Hernández, y el Comandante Laureado de San Fernando, Juan Martínez Cortés, uno de los dos de su empleo destinados en el Cuerpo de Seguridad de Barcelona. Junto a ellos tres Capitanes, uno de ellos luciendo una Placa de la Orden Militar de María Cristina, y al menos dos Tenientes.

Debe constituir un honor para todos los integrantes de la Policía Española el hecho de haber tenido en sus filas, durante un periodo de su historia corporativa, a un Caballero Laureado de San Fernando que supo acreditar su valor con total desprecio al peligro en circunstancias especialmente complicadas y adversas.