En la mañana del sábado día 15 de septiembre de 1956,  el Jefe del Estado Generalísimo Franco presenciaba un supuesto táctico en el Campamento militar de Parga, en el término municipal de Guitiriz en la provincia de Lugo, realizado por fuerzas de la VIII Región Militar.

Desde las once de la mañana comenzaron a llegar al campo de maniobras de Corteira los generales Sanguino, Roldan, Moreno, Alonso Tapia, Aymerich. Pérez Salas, Ponce de León, gobernador civil de Lugo, alcalde de la citada ciudad y delegado provincial de Información y Turismo de la misma.

El general Rodríguez Vila, jefe de la agrupación de costa de El Ferrol del Caudillo, que iba a mandar el ejercicio táctico, recibió, en unión de los citados generales y jefes y oficiales que iban a intervenir en el mismo, al capitán general de la Octava Región Militar, teniente general Carlos Rubio, y al almirante Regalado, capitán general del Departamento marítimo  de El Ferrol del Caudillo.

Poco después, a las 12, llegaba el Caudillo, Generalísimo Franco, que vestía uniforme de capitán general del Ejército y que ostentaba en su pecho la Laureada de San Fernando.

El Caudillo llegó acompañado del ministro del Ejército, teniente general Muñoz Grandes, y en otros coches venían los jefes primero y segundo de su casa militar, teniente general Barroso y Sánchez-Guerra y almirante Nieto Antúnez; segundo jefe de su casa civil e intendente, Fernando Fuertes de Villavicencio, y ayudantes de servicio.

El Jefe del Estado, una vez cumplimentado por el capitán general de la región, generales, jefes y oficiales, se encaminó al puesto de mando, levantado sobre un estratégico promontorio, pasando ante una larga fila de jefes y oficiales de la región que en posición de firmes le saludaron.

En el puesto de mando el general Rodríguez Vila explicó al Caudillo ante un piano el alcance de ese supuesto táctico, centrado sobre los problemas que en los órdenes táctico y sanitario planteaba el lanzamiento de un proyectil atómico sobre un campo táctico. El Generalísimo siguió las explicaciones del general Rodríguez Vita, que poco después dejaba su puesto al coronel Hermida, jefe de Sanidad del octavo cuerpo de ejército, quien informó también ampliamente al Caudillo de los problemas sanitarios que el lanzamiento de un proyectil de ese tipo, podía plantear a los servicios de la salud del Ejército en el citado ejercicio táctico.

Las fuerzas, en despliegue por el campo, ejecutaron con toda rapidez y perfección el supuesto táctico que se realizaba. Las ambulancias y los vehículos militares  fueron evacuando por diferentes caminos a los soldados  que en el indicado adiestramiento táctico debían ser bajas.

El capitán general de la región, teniente general Rubio, completó al Generalísimo esas informaciones con una serie de datos.

Finalizado el ejercicio táctico, el Jefe del Estado, tras recorrer las instalaciones del campamento, se reunió con una representación de la guarnición gallega, formada por generales, jefes y oficiales en número aproximado de trescientos, en una comida que se verificó en uno de los barracones del campamento.

Con el Caudillo ocuparon la presidencia el ministro del Ejército, teniente general Muñoz Grandes; capitán general de la VIII Región, teniente general Rubio López-Guijarro; capitán general del Departamento marítimo de El Ferrol, almirante Regalado;  jefe de la Casa Militar del Generalísimo, teniente general Barroso, y el segundo jefe de su Casa Civil, señor Fuertes de Villavicencio, así como los gobernadores militar y civil de Lugo y los generales que habían asistido al supuesto táctico.

Terminado el almuerzo, el teniente general Muñoz Grandes concedió, con el permiso del Jefe del Estado, la palabra al capitán general de la VIII Región Militar, quien ofreció al Caudillo esta comida.

Al levantarse a hablar el Jefe del Estado, fue aclamado por todos los presentes, puestos en pie, con verdadero enardecimiento y entusiasmo al grito de ¡Franco! ¡Franco! ¡Franco!. En medio de un ambiente de gran emoción, el Generalísimo expresó su satisfacción por la presencia de tan numerosa representación de la guarnición gallega y durante su discurso fue objeto de constantes muestras de adhesión y fervor, subrayadas cuando se refirió a las virtudes de nuestro Ejército. Estas fueron sus palabras:

“Compañeros; Sólo unas palabras para agradecer las del ministro del Ejército y de vuestro capitán general y corresponder o vuestra lealtad y sincero entusiasmo con mi reconocimiento a vuestra entusiasta adhesión y la expresión de mi sentido afecto. Con motivo de este pequeño ejercicio militar me habéis proporcionado la ocasión de poder compartir con vosotros estos agradables momentos. Si el ejercicio en si no ha tenido la prestancia de aquellas otras maniobras y ejercicios que en el campo solían hacerse, encierra, en cambio, una expresión, de la nueva era en que vivimos y de la inquietud y preocupaciones que necesitamos poner en el servicio de las nuevas técnicas y en la instrucción y preparación de nuestras tropas.

Conozco perfectamente las grandes virtudes de estas guarniciones de Galicia; no en vano al iniciarme en la vida militar he servido en uno de sus gloriosos regimientos y más tarde mandé, de general, en La Coruña, una brigada  de estas fuerzas. Y en las grandes horas de la verdad, en las operaciones de campaña adonde tantas veces la vida me llevó, soy testigo de excepción de sus heroicas virtudes, lo mismo cuando en Marruecos fueron las baterías gallegas de las más destacadas entre todas aquellas tropas de artillería, como más tarde en nuestra Cruzada las tropas y soldados salidos de Galicia, instruidos por vosotros o vuestros antecesores, constituyeron la  savia que nutrió con su heroísmo el espíritu de nuestras columnas, con una modestia, con un espíritu de sacrificio y con un ejemplo dignos de la gloriosa historia de estas guarniciones en las que todos estáis entregados al servicio de la Patria y a las labores castrenses.

Vosotros sabéis bien que la guerra ha sufrido en estos años una honda transformación. Los adelantos de la técnica vienen imprimiendo una nueva fisonomía a la estructura de los Ejércitos y han acentuado las diferencias en el poder bélico de las distintas naciones en escala incomparablemente mayor que las que hayan podido existir a través de la Historia.

Hubo un tiempo en que las diferencias entre las naciones poderosas y ricas y las pobres y atrasadas eran muy pequeñas. Y bastó muchas veces el valor superior de las pequeñas paro vencer y abatir el orgullo de las grandes. Hoy día, sin embargo, son tales las exigencias que la organización bélica de las naciones impone que no basta una riqueza de medios económicos para poder respaldar la acción militar, sino que nos exige un adelanto considerable y paralelo de las técnicas para asegurar aquel poder en el campo de batalla.

Esto nos señala cuál ha de ser nuestro esfuerzo pues lo mismo que no nos bastaría el que tuviéramos los medios y los adelantos técnicos si nos faltaba el hombre y unidad política de la nación que diese poder y reciedumbre al conjunto. Tampoco nos bastaría esa reciedumbre y ese valor acreditado y acrisolado del que tantas pruebas hemos ofrecido al correr de la Historia, si careciésemos de los medios económicos y del avance de la técnica para resolver los problemas que el nuevo campo de batalla demanda.

Esto define y caracteriza toda una política militar. Han de marchar paralelamente el progreso económico y científico de la nación y el cuidado de su unidad política y de  sus virtudes, que si prevalecen en todos los sectores de la nación, como se puso de relieve en estos veinte años, es necesario cuidarlos, afianzarlos y respaldarlos con los progresos de nuestra economía y de  nuestra técnica industrial y científica.

Esta es la gran tarea política en que estamos empeñados. Mientras estas etapas no se hayan realizado y alcancemos las realizaciones óptimas a que aspiramos, hemos de buscar en el mundo alianzas y convenios para completar aquella técnica y aquella potencia económica para valorar la reciedumbre y virtudes que Dios nos ha otorgado, que nos aseguren contra los peligros que a la Patria puedan presentarse.

A esta política, consecuencia obligada de nuestra Cruzada, servimos desde todos los puestos, lo mismo desde los cargos de Gobierno, que lo hace el último oficial o suboficial, dedicando sus vigilias a lo instrucción de sus soldados; al igual en el campo de la preparación militar que en el de las actividades civiles; y a ello contribuyen tanto el ingeniero que propulsa los avances técnicos, como el obrero al ofrecerle su disciplina y su trabajo. Por todo ello, y pese a la Inquietud de los actuales momentos internacionales, que esperamos sean superados y que la buena voluntad de los pueblos y la razón acaben imponiéndose sobre las pasiones, en buen sentido encontrará soluciones pacíficas y equitativas a los problemas planteados, en cuyo camino España viene trabajando.

Hemos de cuidar de nuestra preparación e instrucción, que aunque los problemas pareciesen lejanos, el tiempo perdido no se recupera. Nuestra asiduidad y vuestra constancia serán siempre la mejor garantía en el servicio de la Patria.

Muchas gracias, un abrazo o todos y ¡Arriba España!”

Una estruendosa ovación acogió las últimas palabras del Generalísimo Franco, quien seguidamente, tras despedirse de todas las personalidades, emprendió con su escolta viaje de regreso al Pazo de Meirás.