Seguimos con el “Franco Intelectual” tan desconocido en la Historia y tan ocultado por los historiadores “de izquierdas”. En el articulo anterior hicimos referencia a su pasión por Galdós y su simpatías por Unamuno, Ortega, Valle-Inclán y Ganivet. Hoy hablaremos de su pasión por los hermanos Machado, Benavente, Lorca y Pemán. Curiosamente el matrimonio Franco estuvo en el estreno de las “Bodas de sangre” y en la de “El divino impaciente” de Pemán.

Que Franco leyó a los Machado confirma lo que más de una vez me contó Don Ramón Serrano Súñer. Según el “cuñadísimo”, Franco se sabia de memoria algunos de los poemas de Manuel y Antonio Machado. Del primero solía recitar, con su vocecita tímida, aquel que le dedicaba al Cid Campeador:

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El ciego sol se estrella

en las duras aristas de las armas,

llaga de luz los petos y espaldares

y flamea en las puntas de las lanzas.

 

El ciego sol, la sed y la fatiga.

Por la terrible estepa castellana,

al destierro, con doce de los suyos,

polvo, sudor y hierro el Cid cabalga.

 

Cerrado está el mesón a piedra y lodo...

Nadie responde. Al pomo de la espada

y al cuento de las picas, el postigo

va a ceder... ¡Quema el sol, el aire abrasa!

 

A los terribles golpes,

de eco ronco, una voz pura, de plata

y de cristal, responde... Hay una niña

muy débil y muy blanca,

en el umbral. Es toda

ojos azules; y en los ojos, lágrimas.

Oro pálido nimba

su carita curiosa y asustada.

 

«¡Buen Cid! Pasad... El rey nos dará muerte,

arruinará la casa

y sembrará de sal el pobre campo

que mi padre trabaja...

Idos. El Cielo os colme de venturas...

En nuestro mal, ioh Cid!, no ganáis nada».

 

Calla la niña y llora sin gemido...

Un sollozo infantil cruza la escuadra

de feroces guerreros,

y una voz inflexible grita: «¡En marcha!»

 

El ciego sol, la sed y la fatiga.

Por la terrible estepa castellana,

al destierro, con doce de los suyos

polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga.

 

 

Y de Antonio Machado se conocía muy bien los “Proverbios y Cantares” y el famoso de “Las dos Españas”:

Ya hay un español que quiere

vivir y a vivir empieza,

entre una España que muere

y otra España que bosteza.

Españolito que vienes

al mundo te guarde Dios.

Una de las dos Españas

ha de helarte el corazón.

 

Lo que aquí se cuenta en este apartado es el resumen de lo que escribí nada más dejar a Torcuato Fernández Miranda el día 10 de diciembre de 1978, a los pocos días de haberse aprobado la Constitución Española en referéndum con su voto en contra. Fernández Miranda llegó a ser ministro secretario general del Movimiento y vicepresidente del Gobierno con Franco. Además, el día que asesinaron a Carrero Blanco, 20 de diciembre de 1973, ocupó interinamente la presidencia del Gobierno hasta el nombramiento de Carlos Arias Navarro. Tras la muerte de Franco, Torcuato volvió en 1976 a la vida pública como presidente de las Cortes.

Fue él quien, como presidente del Consejo del Reino, llevó ante el rey Juan Carlos la terna de la que salió como presidente de España, Adolfo Suárez. En 1978, como senador por designación real, tuvo un enfrentamiento personal con Suárez por el artículo 2 de la Constitución. Murió en Londres la noche del 17 al 18 de junio de 1980, aniversario de la famosa batalla de Waterloo. Fue uno de los grandes personajes de la historia de España del siglo XX y un gran conocedor del personaje Franco.

Por eso, ese día, le pedí a mi admirado Torcuato Fernández Miranda (a la postre un gran amigo) que me diese su opinión sobre Franco. Torcuato, antes de responder, se quedó callado unos segundos... hay que decir, tengo que decir, que la mente del asturiano ha sido la más profunda que he conocido y la mejor amueblada, y la más racional, y las más sibilina, y la más complicada y la más rotunda... (¡vamos, un genio!)... y cuando habló me dijo:

 

- ¿Y de qué Franco quieres que te hable?... Porque en mi criterio hubo varios y muy diferentes Francos.

- ¡Por favor, Torcuato, no empieces!

Sí, hombre, sí..., hubo un Franco militar, y aun en lo militar, hubo tres Francos: el africanista y general más joven de Europa que llega hasta el cierre arbitrario de la Academia General de Zaragoza por decisión de Azaña; el de la República, que resuelve la revolución-golpe de Estado de 1934 y, el Franco de la Guerra Civil. Además hubo un Franco político y también aquí, hay que separar unos cuantos Francos: el de 1939 a 1960; el del Desarrollo, que termina con la desaparición de Carrero Blanco, y el del entorno familiar y el declive (el Franco más parecido, sin hacer comparaciones, con Napoleón) ... y hubo un Franco intelectual, quizá el menos conocido.

- Joder, Torcuato, una vez más me dejas grogui.

- Pues, dime de qué Franco quieres que te hable.

- Hombre, puestos así y siendo tú el que hablas, prefiero que me hables del Franco intelectual.

- Bueno, verás. En esto también hay variantes porque antes tenemos que ponernos de acuerdo sobre lo que es un intelectual. Si por intelectual se entiende la persona que tiene títulos y doctorados y vive de eso, Franco no era un intelectual; ahora bien, si intelectual es la persona que tiene hambre de saberes y conocimientos y estudia y lee todo lo que merece la pena, Franco fue un intelectual, porque no he visto una persona más preocupada por saber que el Generalísimo. A mí me traía loco en los despachos, pues en cuanto le informaba de los asuntos que le llevaba como ministro, se pasaba a la teoría política, al pensamiento y a la literatura. Y por ahí vino mi sorpresa, porque comprobé que Franco lo había leído casi todo. Sobre todo a los de la Generación del 98, y los textos de Ortega se los conocía en profundidad... y conocía a Tolstoi, a Balzac, a Spengler, a Kant (sí, sí, a Kant), a Marx... (un día nos pasamos medio despacho hablando de Lenin y la revolución rusa)... ¡Ah, y una cosa que recuerdo muy bien fue su veredicto sobre los Machado! Me estaba hablando aquel día de lo que es una Guerra Civil y de pronto, se levantó y buscó algo en una librería, y cuando volvió a sentarse me soltó sobre la mesa unos folios y dijo:

- Mire, Miranda (siempre me llamaba así), esto es una guerra civil...

Yo cogí aquellos folios y lo que vi fue el texto de un Soneto al capitán José Antonio, firmado por Manuel Machado, y otro que se titulaba Soneto al capitán Líster, firmado por Antonio Machado. Y naturalmente leí los dos sonetos. Entonces Franco dijo:

- Ahí tiene el mejor ejemplo, Miranda, de lo que es una guerra civil. Usted sabe muy bien que los hermanos Machado fueron uña y carne toda su vida, y que gran parte de su obra la hicieron al alimón (aunque a mí me gustaba más Manuel que Antonio, porque era más popular y más sensible y menos frío), bueno, cuando estalla la guerra y aquellos hermanos quedan separados, Manuel en la zona nacional y Antonio en la zona roja, escriben esas cosas. Uno hace el canto de José Antonio y el otro, canta a Líster... eso es una guerra civil, eso fue nuestra guerra: la división de los españoles, la división de las familias, la división de los hermanos e incluso de los padres y los hijos... luego volvió a levantarse y me dijo «tenga, esto también es la guerra civil»[1]:

 

A LÍSTER, JEFE EN LOS EJÉRCITOS DEL EBRO

Tu carta -oh noble corazón en vela,
español indomable, puño fuerte-, 
tu carta, heroico Líster, me consuela,
de esta, que pesa en mí, carne de muerte.

Fragores en tu carta me han llegado
de lucha santa sobre el campo ibero;
también mi corazón ha despertado
entre olores de pólvora y romero.

Donde anuncia marina caracola 
que llega el Ebro, y en la peña fría
donde brota esa rúbrica española,

de monte a mar, esta palabra mía:
"Si mi pluma valiera tu pistola
de capitán, contento moriría".

Antonio Machado

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Enrique Líster

FRANCISCO FRANCO

Caudillo de la Nueva Reconquista,

Señor de España, que en su fe renace

Sabe vencer y sonreír, y hace

Campo de pan la tierra de conquista.

 

Sabe vencer y sonreír... su ingenio

Militar campa en la guerrera gloria

Seguro y fiel. Y para hacer Historia

Dios quiso darle mucho más: el genio.

 

Inspira fe y amor, doquiera llega

El prestigio triunfal que le acompaña

Mientras la Patria ante su impulso crece

 

Para un mañana, que el ayer no niega,

Para una España más y más España

La sonrisa de Franco resplandece.

Manuel Machado

También me habló ese día de la tarde que estuvieron merendando en su casa de Burgos, Manuel Machado y Pemán… y se desató en piropos en torno a los dos, por su andalucismo y su gracia popular… Y, por cierto, cuando ya me salía me preguntó directamente que qué opinaba de Ramiro de Maetzu, y yo, por no entrar en profundidad, le dije cuatro cosas. Pero él sacó de uno de los cajones de la mesa de su despacho el recorte de una página de ABC con el famoso artículo de Maetzu sobre los socialistas y me dijo: “Miranda, lea esto, esto también fue la Guerra Civil”:

“Si los socialistas sospecharan los sentimientos que animan a las derechas de esta Cámara no amenazarían con la revolución. Creo ser el hombre más inofensivo de la tierra. En una batalla no serviría más que para víctima, porque nunca he llevado armas, ni las llevo, y si las llevara no sabría usarlas. Pero cuando se me conmina con revolución social, que, después de la experiencia rusa, ya sé que implica la matanza general de los burgueses, me entra el pulso insostenible de quitarme la chaqueta, no para pelear con nadie, sino para que me den inmediatamente los cuatro tiros que me correspondan, porque es intolerable seguir viviendo bajo el peso de una manera que me está perdonando la vida, cuanto tarda en cumplirse”.

Con Lorca y Pemán

. Franco, durante sus dos años de permanencia en Madrid (1926-1928), Franco se aficionó de tal manera al cine y al teatro que no se perdió casi ningún estreno. De ahí que no extrañe a nadie que luego en 1933 acudiera a tres representaciones sonadas. Primero en marzo, cuando va de paso para hacerse cargo de la Comandancia General de Baleares. Fue el día 8 cuando se estrenó en el «Beatriz» la obra de García Lorca “Bodas de Sangre” y Franco acudió a él junto con doña Carmen, su admirada y querida familia Rivas y los Serrano Súñer y con ellos saludaron y charlaron con el autor, con el triunfante Federico. Después se las arregla para acudir al estreno de “El divino impaciente” de José María Pemán (27 de septiembre), que fue un boom teatral, pero también un escándalo político. Y todavía vuelve a Madrid para el estreno de su admirado Valle-Inclán para presenciar el estreno (16 de noviembre) del esperpento más sonado: “Divinas palabras”, que dirigió, por cierto, Cipriano Rivas Cherif, el cuñado de Manuel Azaña. Fue al día siguiente del estreno de las “Divinas palabras” cuando Valle-Inclán almorzó con los Franco especialmente invitado por el general.

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García Lorca

Una noche de 1935, cuando ya era Jefe del Estado Mayor Central, cenamos en mi casa: él, el general Mola (a quien tenía por entonces como asesor en la sombra en un despacho casi oculto del Ministerio) y yo. Naturalmente, hablamos de muchas cosas, especialmente de la marcha política del país. Yo era ya diputado por Zaragoza -me cuenta don Ramón Serrano Súñer­ pero, a los postres, se derivó la conversación al mundo del teatro, quizá porque hacía poco que se había estrenado la obra “Yerma” de Lorca, y «mi pariente» nos sorprendió con una defensa furibunda de “El divino impaciente” de Pemán. Según él era la obra del siglo y sin más, se puso a declamar los versos que se cruzan en París, San Ignacio y San Francisco Javier: 

Pero ¿quién te manda

ser mi guardador, Ignacio?

El dolor de tu alma ardiente, Javier.

Me da pena verla arder

sin que dé luz ni calor.

Eres arroyo baldío que

por la peña desierta

va desatado y bravío...

Mientras se despeña el río

se está secando la huerta.

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Jose Mª Pemán

Esta admiración literaria por Pemán se transformaría más tarde en simpatía política mutua, pues el escritor se adhirió desde el primer momento al Alzamiento y Franco siempre le tuvo entre sus protegidos intelectuales.

José María Pemán nació en Cádiz en 1898 y triunfó como poeta, dramaturgo, articulista y orador. Como autor de teatro sus obras más conocidas son: Noche de Levante en calma, Cuando las Cortes de Cádiz, Cisneros, La santa Virreina, y, sobre todo, El divino impaciente. La obra a la que aquí se hace referencia se estrenó por todo lo alto, como un acto social y político. Pemán fue entre 1936 y 1939 presidente de la Comisión de Cultura y Educación, y después presidente de la Real Academia de la Lengua en dos períodos: años 39 y 40 y 44 a 47. Su simpatía con el régimen de Franco le valió para tener las puertas del Pardo abiertas. Según Carmen Franco Polo comentó al autor, «mi padre se bebía los artículos de Pemán en ABC y no solía perderse un estreno de sus obras teatrales».

Pemán se hizo famoso como articulista gracias a las terceras páginas que escribía en el diario ABC y como guionista acaparó su éxito con el personaje «Séneca», que dio lugar a una de las series de televisión más vistas durante el mandato de Franco.

Franco y «el problema militar»

Una de las etapas más felices de Franco fue, sin duda, la que vivió en Zaragoza corno director de la Academia General Militar (1928-1931), «su» academia, porque allí puede desarrollar a su antojo lo que lleva dentro y lo que piensa sobre la formación militar. Franco se entrega en cuerpo y alma a la organización de los estudios, a los deportes y lo supervisa todo, absolutamente todo, sin dejar nada al azar.

Pero, también aprovecha esos años para el estudio y la lectura, hasta el punto de que se pasaba más horas en su despacho y en la biblioteca que en su residencia de director.

«Recuerdo -me decía otro día don Ramón Serrano Súñer- que en el año 30 le dio por estudiar el problema militar español y nos trajo locos a los amigos y en especial al pobre coronel Carnpins, el supereficaz jefe de Estudios, a quien atosigaba para que le buscase libros y obras que tratasen ese asunto..., y he dicho lo de pobre porque años más tarde Carnpins sería fusilado por Queipo de Llano por su actuación en Granada el 18 de julio de 1936.»

Efectivamente, el general Carnpins tuvo una vida muy ajetreada. Fue uno de los hombres de Alhucemas y jefe de Estudios de la Academia de Zaragoza durante todo el tiempo que Franco fue su director. El18 de julio de 1936 era el jefe de la Tercera Brigada de Infantería con sede en Granada y dependiente de la Segunda División que mandaba en toda Andalucía. Ese día dudó si sumarse o no sumarse al Alzamiento, pero desbordado por sus subordinados se vio obligado a declarar el Estado de Guerra, aun­ que no lo hizo hasta el día 21 de julio. Queipo de Llano que ya se había hecho con el mando de la División y con Sevilla, consideró a Campins como un «traidor» y en consecuencia lo condenó a muerte y fue fusilado.

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Queipo de Llano

Pero hablando de fusilamientos hay que recordar que en aquella situación de enfrentamiento total, los republicanos fusilaron a quince generales y los nacionales a seis. En la zona republicana fueron fusilados los generales: Araujo, Bosch, Capaz, Fanjul, Fernández Ampón, Fernández Burriel, García Aldave, Goded, González de Lara, Legorburu, Lon Laga, López Ochoa (aunque éste, en realidad, fue asesinado por las turbas y decapitado), Miguel, Patxot y Villegas. En la zona nacional se fusilaron a los generales: Batet, Campins, Caridad Pita, Núñez del Prado, Romerales y Salgado.

Franco había llegado a la conclusión de que el problema militar español arranca en la Guerra de la Sucesión que le dio el trono a Felipe V y arraigó en España a los Barbones, porque fue entonces, en aquella guerra (1702-1714), cuando los militares es­ pañoles se ven obligados a tomar partido y elegir entre el aspirante francés y el aspirante austríaco, el archiduque Carlos[2]. Fue la primera vez, según mi pariente, que los militares españoles se enfrentaron entre sí e incluso las dos grandes capitales de la nación, ya que Madrid se inclinó desde el primer momento por el duque de Anjou y Barcelona por el archiduque.

Este tema, el problema militar, bueno, los orígenes del problema, ya no le abandonó nunca en su mente, pues, cuando en 1934 aparece en Madrid y durante su mandato como jefe del Estado Mayor Central, todavía seguía hablando de lo mismo en todas las reuniones, incluso en las familiares. Y es que la tesis de Franco era que lo peor que le puede pasar a España es que el ejército se divida. Desgraciadamente los hechos le dieron la razón en 1936, porque la Guerra Civil fue consecuencia de la división del ejército.

Director de la “Revista de Tropas coloniales”

Al igual que la afición por la lectura y la pasión por la historia, aquel Franco joven tuvo muy pronto la manía de escribir, aunque fuese en la prensa castrense, especialmente en la Revista de tropas coloniales, de la que incluso llegó a ser director en su segunda etapa.

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Este hecho no era exclusivo de nuestro personaje, ya que entre los africanistas hubo muchos «escritores», es decir, oficiales y jefes que se daban cuenta de los defectos del ejército y aportaban su granito de arena para corregirlos. Era aquel ejército que -al decir del general Mola- existía más en los papeles que en la realidad.

Como ejemplo de aquellos artículos (tengo recogidos 37) me complace reproducir estos. Uno de ellos titulado:

«Pasividad e Inacción»

La pasividad e inacción, son en la guerra forzosos aliados del vencido. Estudiad los más elementales principios del arte militar, detened la vista en las páginas guerreras de la historia, revisad las campañas coloniales de las distintas naciones, y en todo encontraréis la confirmación a estas palabras.

Por más que queramos definir el protectorado marroquí, por mucho que ansiemos la paz de Marruecos, de hecho existe un problema militar que solucionar, una guerra en que vencer, y en ella, la inacción y la pasividad conducen irremisiblemente a ser vencidos. No es posible permanecer quietos desempeñando la eterna parodia de un protectorado, que para ejercerse necesita autoridad y fortaleza, ya que una y otra, desde su máximo esplendor (en la primavera del 21) han ido cayendo al compás que crecieron los desplantes y rebeldía del pueblo protegido.

La guerra de Marruecos ha tomado distintos derroteros. No son éstos los tiempos «en que sentados en la puerta de casa hemos de ver pasar el cadáver del enemigo», el proverbio árabe se ha esfumado tras las densas nubes de nuestro revés, y la vieja y desacreditada política de atracción, se estrella contra la rebeldía rifeña, que sólo ve en nuestro deseo de paz un seguro temor para la guerra... No es posible sostener el mito del llamado estado de paz y operaciones de policía. No olvidemos que siempre los heraldos pacíficos de la nota oficiosa han tenido el triste eco de contratiempos y agresiones, ¡como si el azar quisiera dar un mentís a nuestras palabras!...

Aquellos procedimientos de atracción y política, útiles y aún necesarios, sometido el enemigo o vencidos sus focos de rebeldía, son perjudiciales cuando en nuestro frente se mantiene latente el fuego de la guerra, los cañones truenan en enorme paqueo, y la arbaia y el fusil acechan desde las barrancadas a nuestros centinelas, toda suavidad y política en esos momentos es dejar impunes las agresiones, y al crear intereses en la guerra se aleja indefinidamente la hora de la paz.

Los sucesos del 21 marcan una revolución en la guerra de Marruecos, el valor efectivo de las unidades ha bajado de nivel y los efectivos antes fuertes para resolver una situación, son hoy reducidos e impotentes. La derrota de Annual ha sido fatal enseñanza para los indígenas, y los sometidos de ayer, en su fanatismo rencoroso, creen posible una nueva matanza de arumis y un nuevo triunfo del estado de anarquía.

La historia de Marruecos posee una fuente de enseñanzas reveladoras, de las que en vano nos alejamos. El tiempo corre..., la historia se repite..., y lo mismo en las montañas del Atlas que en los riscos del Rif y de Yebala sigue perenne el odio de la raza, y sus rescoldos sólo esperan el viento de un azar para arrancar la llama...

Parece que fue ayer cuando Moha Ben Hamú, caíd de los Zaian, conversa con los notables a la vista de Marraquech y cuando éstos, celosos de su independencia, le reprochan sus tratos con el Majzen (el gobierno) él les dice: «confiada en mí; la guerra no puede hacerse sin armas, municiones ni dinero y no lo tenemos; el Majzen nos dará de todo y entonces... cuando éste se debilite... será nuestro día...», y así llegó para las gentes de Kenitra la hora de su independencia, aquella en que las armas de Majzen brillaron con los rojos reflejos del odio beréber y el Gobierno fue impotente para dominarlos... ¿cuántas veces después se repitió la historia?... La psicología de los pueblos beréberes, fanáticos e impresionables, imprime grandes cambios en la actitud de las cabilas, y basta un jefe prestigioso o santón melenudo para turbar y aun levantar cabilas y aduares... Aceptan con resignación coránica el mando del más fuerte, pero aprovechan toda ocasión de recobrar su independencia.

La época en que la política, el tiempo y el dinero facilitaban nuestra labor, y la razón parecía acompañar a los prudentes y tímidos en operar, dejó paso a ésta en que la pasividad y la inacción pueden ser un engendro de reveses y contrariedades. No es la guerra oficio de pasivos; en ella encarnan la actividad y la energía, la iniciativa y la voluntad, y los que no sientan en la campaña la actividad del bien obrar, los que encubran tras de suicida pasividad su indecisión e ignorancia, los que no acierten a vislumbrar tras el empeño el resplandor de la victoria, o se sientan sobrecogidos por la responsabilidad o el temor, recuerden la máxima napoleónica que dice: «la guerra es un juego serio en el cual se puede comprometer la reputación y el país, y cuando se es razonable se debe sentir y conocer si se ha nacido o no para el oficio» y dejen el paso franco a los más aptos o capaces.

La primavera del año 24 puede abrir un paréntesis en nuestra actuación...; pero antes de que nuestros economistas nos hagan las cuentas de la guerra, preciso es que apaguemos los focos de rebeldía y en las zonas sometidas reine la tranquilidad y confianza aseguradas por el desarme. De otra manera, el más ligero viento podrá convertir en pavesas nuestro edificio.

Otro artículo firmado por Franco fue el titulado: «¡RUUD... BALEK!». Su título traducido libremente al español quiere decir: «¡Cuidado, que voy...!», lo que situándolo en aquella etapa de la vida de Franco no es mal título. Este artículo fue el último que publicó el general con su firma en una revista española. Lo escribió en febrero de 1933 siendo Gobernador militar de La Coruña. Y lo hizo para la revista África, sucesora de la Revista de Tropas Coloniales, única revista militar que sobrevivió al «aniquilamiento» de Azaña. He aquí parte de su contenido:

 

«¡RUUD... BALEK!».

Lejos quedan ya aquellos días de agosto de 1923, en que nos reuníamos en un modesto despacho de la plaza de Ceuta varios soldados españoles que alarmados por el triste y precario rumbo de nuestra política marroquí, intentábamos orientar y combatir con nuestro desinteresado consejo el desbarajuste que la política española imprimía a la acción africana, convirtiendo en penosa y crónica guerra lo que pudo haber sido campaña de dos o tres años.

Hermanando la pluma con la espada, gastando en la escritura y en el estudio los pequeños descansos de un agitado batallar, libramos tanto en los campos como en la prensa nuestras más viriles campañas. Disgustos, contrariedades, coacciones y tachaduras de la censura nos alcanzaron frecuentemente en nuestros trabajos.

Alejado de aquellas tierras, dejé que otros codificaran y ordenaran las experiencias de nuestra actuación africana; pero varias veces, ante las noticias y síntomas que la prensa recogía, hube de coger la pluma e intentar continuar la actividad interrumpida, si bien otras tantas quedaron inéditas mis cuartillas, ante el temor de que el consejo oportuno, el estudio objetivo y previsor pudieran ser mal interpretados o torpemente esgrimidos; pero ante el albur de un peligro, aunque lejano, posible para nuestra patria, no he dudado en quebrantar mi voluntario silencio, ya que aún es tiempo de corregir y de curar los males que se apuntan.

No es posible que, deslumbrados por la paz material de nuestro territorio africano, cerremos los ojos a los pequeños síntomas que, descuidados y olvidados de la opinión pública española, son aviso o heraldo de futuras y más graves complicaciones.

Para nadie es un secreto el interés y atención que el comunismo dedica a crear un estado propicio a la insurrección en los países sujetos a protectorado o mandatos. Muchos conocen también cómo, ensamblada a los nacionalismos, se propaga y extiende la semilla comunista. En las ciudades de Marruecos han surgido ya los nacionalismos incipientes, en los que al dinero y actuación comunista se ha unido la complicidad de los fanáticos y siempre intrigantes jefecillos religiosos.

¿Cuáles son los peligros que el porvenir encierra? Estudiemos el campo, que en Marruecos se presta a toda intriga y rebeldía.

Un país recientemente dominado, en el que un estado secular de insurrección ha formado en las conciencias un concepto simplista de las libertades; un pueblo guerrero acostumbrado a dirimir por las armas todos sus problemas y ambiciones; una economía precaria y unos intereses asociados a la persistencia de la guerra; y como fondo del cuadro una religión, fanáticamente practicada, que encierra en sus credos el odio al extranjero y la rebeldía a sus mandatos; encuadrado todo ello en un país pobre y montañoso, en que las serranías rocosas fácilmente se convierten en fuertes reductos de rebelión.

Ante este ambiente, ¿con qué medios cuenta España?

Con la gran fuerza moral de su victoriosa campaña, que se pierde al correr de los años, ante la indiferencia y despego de los propios españoles; con el desarme total de nuestra zona, hasta ahora el más positivo sostén de nuestra paz; con nuestros cuadros especializados; con la actuación y vigilancia de nuestras intervenciones; con nuestros contingentes indígenas y con la presencia en el territorio de nuestras fuerzas militares europeas.

¿Cómo podría nuevamente armarse nuestra zona? Por confianza y abandono de los llamados a evitarlo, por las pérdidas o robos de armamento de las unidades armadas, por contrabando terrestre o marítimo y por deserciones o golpes de mano afortunados.

Las insurrecciones. ¡He aquí el escollo principal! Todo conspira en Marruecos para favorecerlas. Pocos son los rebeldes necesarios para encender una campaña, cuando se ha creado el ambiente favorable: basta un gandido afortunado, un centenar de guerreros...; los golpes de mano audaces y afortunados hacen el resto, menudean las defecciones y el fuego de la guerra se pasa de una región a otra e invade el territorio.

Examinemos ahora el número y calidad de nuestras tropas:

Treinta y cuatro mil hombres, de ellos ocho mil indígenas, figuran en el presente año en el presupuesto de guerra, sin contar las medallas, que están incluidas en el del protectorado, los que, por lo que a su número se refiere, pueden considerarse suficientes para asegurar el territorio; pero si de su número pasamos a su calidad, a la ponderación debida entre europeos e indígenas y a la relación entre comba­ tientes y comparsas muy distinta impresión se nos presenta.

¿Qué fuerzas podrían en un momento de peligro frenar y cohibir la hipotética, pero posible, insurrección de los elementos indígenas?

El Tercio de Extranjeros, por su historia y composición, sería el factor más importante, por no decir el único, que pesase en tales momentos; aunque su plantilla, hoy de cuatro mil hombres (llegó a tener ocho mil), sus bajas naturales (no cubiertas al tener cerrados sus banderines de enganche) y la reducción de enfermos, destinos y sumariados hacen que no alcancen a tres mil los efectivos disponibles en el campo.

El servicio de un año convierte en escuela de instrucción constante a los siete batallones de cazadores, acuartelados en las plazas, entretenidos en la constante y compleja instrucción de los reemplazos, que aún no han acabado su instrucción cuando ya son licenciados. Estos soldaditos, tiernos y bisoños, son los que tendremos que enfrentar con los guerreros indígenas.

El resto de las unidades, pertenecientes a otras armas, no constituyen factores principales en el campo de la guerra irregular; su número deberá reducirse lo más posible en beneficio de los verdaderos combatientes.

No nos dejemos deslumbrar con las cifras en hombres que nuestros presupuestos registran, no confundamos la unidad hombre con la unidad soldado, no volvamos la espalda a la historia ni a sus sabias enseñanzas, no demos al olvido las tristes experiencias de un pasado, en el que las luchas políticas hicieron campo de sus maniobras las tierras marroquíes.

No destrocemos con la indiferencia o la pasión la espiritualidad y pundonor de nuestros cuadros de mando y no tropecemos en las mismas piedras que en fecha no lejana hicieron tuviese las proporciones de desastre lo que pudo haber sido sencillo revés. Entonces, también, confundimos los hombres con los soldados, y la envidia y la pasión cristalizada en juntas militares, postergando todo valor y destruyendo espíritu e ideal, fueron labrando el surco que en 1921 floreció”.

Y ya lo saben, yo ni quito ni pongo rey pero ayudo a mi señor y mi señor serán siempre la verdad y la Historia… (o la intraHistoria).

 

[1] Estás palabras están recogidas en la página 56 del libro del autor, Torcuato Fernández Miranda. El cerebro que inventó la transición.

[2] A finales del siglo XVII se moría (murió el 1 de noviembre de 1700) sin descendencia Carlos II, el llamado El Hechizado y Luis XIV pidió la corona de España y el Imperio español para su nieto, el duque de Anjou. Como la cosa se le puso difícil, porque los Austrias llevaban dos siglos en Madrid un día llamó al embajador español ante la Corona francesa, el marqués de Catelldosríus, y le dijo sin pestañear: «Embajador, vaya urgente a Madrid y hágale saber a la familia real que si la Corona de España no es para mi nieto haré de ese Imperio, otra vez, un reino de taifas y que la frontera francesa pasará a ser el río Ebro.>> Y naturalmente Carlos II reformó su testamento y nombró heredero al duque de Anjou, luego Felipe V. Eso sí, con una condición múltiple: Francia tenía que respetar las fronteras de España, comprometerse a mantener la unidad de España y respetar su imperio. Sino no había trato. Y a pesar del acuerdo España tuvo que vivir una Guerra de Sucesión de más de diez años.

Así, y bajo esas condiciones llegaron los Borbones a España. Ese embajador español fue, precisamente, el que dijo la frase que pasó a la historia: «¡Qué gozo! ¡Ya no hay Pirineos! Se han hundido en la tierra y no formamos más que una nación.»