Yo entonces era un joven bróker que trabaja en la Mesa de Dinero de una Sociedad de Valores y Bolsa.


Por aquellas fechas, a finales de los años ochenta, la película de Oliver Stone, “Wall Street”, arrasaba en los cines, y la imagen de Michael Douglas con el pelo engominado, camisas celestes de cuello blanco y tirantes, era emulada por los yuppies de medio mundo aunque con nuestra firma operaba un intermediario no tan glamuroso-pero igualmente dinerómano y codicioso-Baltasar Egea, que años más tarde saltaría a las primeras páginas de los periódicos tras suicidarse-acorralado por sus acreedores-no sin antes deshacerse a tiros de su mujer y su hijo en su mansión de la Moraleja, llevando a la Sociedad a la quiebra y poniendo punto final a lo que en España se dio en llamar la «cultura del pelotazo».

A decir verdad, uno no se sentía precisamente como pez en el agua en medio de aquellos tiburones financieros


Pero esa ya es otra historia...
   

Al  terminar la jornada laboral aquella calurosa tarde  del mes de Agosto, me  fui caminando por las elegantes y semidesiertas calles del barrio de Salamanca, con el «Expansión» doblado en la mano, desde la oficina- sita en el número 20 de Ortega y Gasset, frente a la cafetería VIPS -a visitar a mi madrina, Inmaculada Van den Brule, viuda de Miguel García de Oteyza, el hermano predilecto de mi madre, fallecido prematuramente tras haber contraído la tuberculosis en la Guerra Civil.


Al llegar a su casa, en Núñez de Balboa, su doncella ecuatoriana me informó de que mi tía acababa de telefonear desde la Embajada de Brasil, donde fungía de Jefa de Protocolo, diciendo que no vendría a cenar.

Cuando me retiraba apareció en el marco de la puerta del vestíbulo su madre, una venerable anciana, espigada y distinguida, con un vestido de color  negro y  el cabello gris recogido en un moño, insistiéndome en que  pasara al salón, como si tuviese la imperiosa necesidad de que  le acompañara justo ese día.

Aunque apenas nos conocíamos-tan sólo habíamos coincidido en algún señalado acontecimiento familiar- y pese a la notable diferencia de edad-nos separaban alrededor de sesenta años- enseguida se estableció entre nosotros una curiosa sintonía.


Se llamaba Maria Asunción Gómez de Llarena y dada su provecta edad mi tía se la había llevado recientemente a vivir con ella.


Tras acomodarnos ambos en sendos sillones ,comenzamos hablando de cosas sin importancia hasta que al cabo de un rato ella se abrió en canal y rememoró conmigo la apasionante historia de su vida y, sobre todo, cuanto aconteció en Toledo el turbulento verano de 1936, que marcó para siempre su biografía.
Y es que el destino quiso que  precisamente ése día, 29 de Agosto, festividad de la degollación de San Juan Bautista, se cumpliera el aniversario de la muerte de su marido, asesinado por los milicianos de la F.A.I. en los primeros compases de la Guerra Civil.


 Pero no adelantemos acontecimientos...
 La vida de María Asunción estuvo estrechamente ligada a Toledo, donde conoció al que sería su esposo, Alfredo Van den Brule, con quien contrajo matrimonio en la Iglesia de Santa Leocadia y dio a luz siete hijos, de los cuales mi madrina fue la primogénita.

Aunque residían en la Plaza de Santa Cruz, en el corazón del barrio de la Judería, pasaban los veranos en el Cigarral de María Inmaculada, a los pies de la carretera de Piedrabuena, junto a  dos ilustres vecinos: el Doctor Gregorio Marañón y Salvador de Madariaga.


Si bien aquella calurosa tarde María Asunción me habló con entereza  de sucesos espeluznantes ,mientras agitaba rítmicamente el abanico de tela que reposaba sobre su regazo o  aplacaba su sed dando leves sorbos a un vaso de agua, solo la vi emocionarse en dos ocasiones: al mostrarme una añeja fotografía de su marido que guardaba en el bolso- con los lentes redondos, la mirada bondadosa y un poblado bigote- ;y al evocar aquella idílica finca señorial  donde pasaban las vacaciones estivales hasta que todo se vio abruptamente interrumpido por la Guerra Civil el trágico y sangriento verano de 1936,como si la felicidad -ay- fuese un moneda al aire que tuviera otra cara: la del horror y el espanto.


Aunque los suegros de María Asunción pertenecían a una familia de alcurnia-Adolfo Van den Brule era ingeniero de minas y fue nombrado Camarero de Capa y Espadas por el Papa León XIII, siendo el propio Pontífice quien le casó en Roma con Saleta Cabrero, hija del Embajador de España ante la Santa sede-, su marido se distinguió siempre por su extraordinaria afabilidad y cercanía.

Abogado de profesión, Alfredo Van den Brule fue edil con apenas veinticinco años y Alcalde de Toledo durante un breve pero intenso período de tiempo-trece meses-cuando declinaba el reinado de Alfonso XIII,y era Jefe de Gobierno el General Dámaso Berenguer.


Además de su eficaz gestión en el Ayuntamiento- reconocida por propios y extraños, y desde donde  defendió con ahínco la permanencia de la Academia de Infantería en el Alcázar que tantísimo protagonismo obtuvo durante la Guerra Civil- dejó siempre tras su paso una estela de humanidad.


Tal y como cuenta el periodista y escritor Enrique Sánchez Lubián en su magnífico artículo, «Alfredo Van den Brule, el Alcalde de la Concordia (1930 -1931).Toledo de la Monarquía a la República»,  publicado en la revista «Archivo Secreto» -donde persigue como un sabueso el rastro de su vida- en un célebre bando nuestro protagonista solicitó en Navidad a los comerciantes juguetes para que no se quedara en esas fechas sin regalos ningún hogar.

Asimismo, con motivo de un  homenaje que Alfredo Van den Brule recibió en su ciudad natal en 1930, proclamó: “Soy católico, apostólico y romano; y lo soy por convicción, porque el cristianismo es la religión en la que prevalece el amor sobre el odio, la igualdad sobre la injusticia y la caridad sobre la venganza». Palabras con las que quedó señalado a ojos de la izquierda más montaraz y anticlerical.


El 14 de Abril de 1931, al proclamarse la Segunda República, Alfredo Van den Brule, dada la acrisolada lealtad a sus principios monárquicos, renunció al bastón de mando pese a las demandas de los toledanos para que continuase en el cargo.

Mientras el Rey Alfonso XIII partía a Cartagena, rumbo al exilio, el Secretario del Colegio de Abogados y Jefe Local de Izquierda Republicana, Cándido Cabello,  presentó en la balconada del Ayuntamiento al flamante Alcalde, el socialista José Ballester Gonzalvo, no sin antes ensalzar la encomiable labor desempeñada al frente del Consistorio por Alfredo Van den Brule.

 

Y es que Toledo ocupó siempre sus afanes y desvelos.
Mientras la banda de la Academia de Infantería, en medio de un clima de euforia  interpretó el himno de Riego, tremolaron las banderas tricolores y la muchedumbre enardecida daba vítores a la República, en el semblante de Alfredo Van den Brule poco a poco se fue dibujando un rictus de preocupación, como si tuviera un negro presagio.
   

Y así se lo hizo saber a su mujer.
   
Cuando  años más tarde estalló la Guerra Civil ,el hermano de María Asunción, Joaquín Gómez de Llarena, eminente geólogo e intelectual, miembro del Consejo de Acción Republicana -embrión de Izquierda Republicana-,amigo personal del entonces Presidente de la República, Manuel Azaña, y de José Giral ,Presidente del Gobierno- al que había tratado  asiduamente en la Junta del Ateneo-,alarmado por el cariz que estaban tomando los acontecimientos-Toledo se había convertido en una ciudad sin ley-  sugirió a su cuñado ,a instancias del propio Azaña y de José Giral, que abandonase nuestro país más pronto que tarde y se refugiara en Francia ,donde residían sus parientes, por lo que le pudiera pasar...
   

No en vano su padre era natural de Arras.
   

Pero Alfredo Van den Brule alegó que Toledo era su ciudad, donde había nacido, por la que había luchado infatigablemente y no tenía nada de lo que avergonzarse y menos huir a ninguna parte.
  

Aun así Azaña, temiendo por su vida, ordenó que lo ingresaran en la prisión provincial, práctica muy habitual ésos días, en los que  l paradójicamente las cárceles eran lugares más seguros que las calles, donde reinaba la anarquía.
   

Allí, en la prisión provincial, Alfredo Van den Brule coincidió con los hijos del Coronel Moscardó, detenidos al iniciarse la contienda en los aledaños de su domicilio, y con el Deán de la Catedral, José Polo Benito.
   

Como es sabido durante los primeros días de la Guerra, Toledo quedó  bajo el dominio de los republicanos, salvo el Alcázar, sede de la Academia de Infantería, Caballería e Intendencia, donde al mando del Coronel Moscardó permaneció encerrada una guarnición militar con sus familias, protagonizando la mayor epopeya de la Guerra Civil.
    

El 23 de Julio el Coronel Moscardó recibió una llamada de Cándido Cabello, quien tras identificarse como Jefe de las Milicias y culparle de los crímenes que se estaban cometiendo esos días en Toledo ,le amenazó con fusilar a su hijo Luis-al que tenía a su lado-si no entregaba las armas en un plazo máximo de diez minutos.
   

La respuesta de Moscardó no se hizo esperar.
    -Puede ahorrarse los diez minutos. El Alcázar no se rendirá jamás...

Cándido Cabello entonces le puso a su hijo al aparato para conmoverlo pero el Coronel noflaqueó.
   

- Muere como un hombre gritando ¡Viva España!-le dijo.
   

La ejecución de Luis Moscardó Guzmán no se materializó por el momento...
   

En el patio de la prisión provincial, antiguo claustro del convento de San Gil, fundado por los franciscanos descalzos en el siglo XVII, pasó largas horas  Alfredo van den Brule insuflando ánimos  a los hijos del Coronel Moscardó, Carmelo -casi un adolescente-y Luis-sobre cuya cabeza pendía la espada de Damocles-, aunque ¿quién se libraba de una latente amenaza de muerte aquellos días de ruido y furia?                  
      

Cuando rodeados por los gruesos muros de la cárcel avistaban los trimotores del Ejército Republicano surcando el cielo raso de Toledo precedidos por su inconfundible ronroneo dirigiéndose a el Alcázar se les encogía el corazón.
   

Tan sólo podían hacer una cosa: rezar
   

Y rezar es lo que hacía día y noche Alfredo Van den Brule que llevaba cosida en el forro del pantalón la medalla de la Virgen del Recuerdo por la que  desde niño sentía devoción.
   

O buscar auxilio espiritual en el Deán de la Catedral, el erudito José Polo Benito, miembro de la Real Academia de Bellas Artes de Toledo, al que confesó haber ofrecido su vida a Dios antes de que infligieran  daño alguno a los suyos.
   

Durante las largas noches de insomnio, mientras escuchaba con el alma en vilo,  tendido en un jergón ,las detonaciones de los proyectiles repelidos por las paredes del Alcázar no se quitaba de la cabeza a Maria Asunción y sus siete hijos, del mismo modo que ellos no dejaban de pensar en él.
   

A veces se asomaba al ventanuco de la celda y con la cabeza encajada en los barrotes contemplaba sobrecogido el resplandor de las llamas de las Iglesias ardiendo en la oscuridad.
   

De las atrocidades cometidas aquellos días da fe la truculenta y horripilante fotografía de Alfonso Sánchez Pórtela en la que un grupo de milicianos posa ufano con las momias de unas monjas cuyas tumbas fueron profanadas en el convento de la Concepción tras ser vilmente asesinadas.
   

Sólo en dos meses  ejecutaron más de cien religiosos  en la ciudad del Tajo.
Aunque el Gobierno de la República había trasladado a Toledo piezas de artillería de gran calibre pronto comprendieron que dada la numantina resistencia que oponían los defensores del Alcázar la mejor opción sería volarlo.
   

Procedentes de Asturias, mineros comunistas y anarquistas, arengados por Dolores Ibárruri, “la Pasionaria”, arribaron a Toledo con la misión de cavar sendos túneles hasta los pies de la majestuosa fortaleza enclavada sobre las rocas para hacerla saltar por los aires.
   

El 23 de Agosto, cuando el país todavía seguía conmocionado por la matanza perpetrada la noche anterior en la cárcel Modelo de Madrid, donde aprovechando el desconcierto generado por un incendio que los bomberos intentaban sofocar ,las hordas anarquistas asaltaron la prisión, asesinando a una treintena de políticos conservadores, entre ellos, el Ex Presidente del Congreso de los Diputados,  Melquíades Álvarez, no muy lejos de allí, en Toledo, otra turba enfurecida por las víctimas que había causado un bombardeo en el bando republicano -sobre cuya autoría los historiadores discrepan-irrumpió en la prisión provincial sacando maniatados de dos en dos al patio de la cárcel a sesenta reclusos ,entre los cuales se hallaban los hermanos Mocardó,el Dean de la Catedral  y Alfredo Van den Brule.
   

En medio del tumulto, un miliciano apodado el «granadino”, se apiadó del hijo menor de  Moscardó, permitiéndole regresar a su celda al tiempo que en una suerte de canje macabro lo sustituía por el Dean de la Catedral.
   

Providencialmente otro miliciano reconoció  a Alfredo Van den Brule, al que apreciaba, dejándolo -ante su perplejidad-marchar escoltado hasta el Cigarral.
   

A continuación los sesenta presos fueron conducidos al patíbulo mientras el Dean de la Catedral rezaba  en voz alta hasta que llegaron a la Puerta del Cambrón.
   

Allí los dividieron en dos grupos: unos fueron acribillados a balazos con fusiles y ametralladoras junto a la Fuente del Salobre; y los otros ,frente a los muros del Matadero Municipal ,entre los que se hallaba Luis Moscardó Guzmán y el Dean de la Catedral, que fue rematado con saña por un miliciano a culetazos.
   

En 2007 José Polo Benito fue canonizado en Roma junto a otros mártires por el Papa Benedicto XVI.
   

Ya en el Cigarral, arropado por los suyos, Alfredo Van den Brule atribuyó lo sucedido a un milagro de la Virgen del Recuerdo aunque no se quitaba de la cabeza a sus compañeros de prisión que no habían corrido la misma suerte.
   

Sin embargo, apenas una semana después, el sábado 29 de Agosto, a primera hora de la mañana ,cuando las chicharras estridulaban con fuerza haciendo presagiar un día de sofocante calor, aporrearon la Puerta del Cigarral.
   

Los visitantes eran una docena de milicianos de la F.A.I, enmascarados y armados hasta los dientes, entre los que Alfredo Van den Brule reconoció, con estupor, a algunos de los trabajadores de la finca, conminándole a acompañarlos.
    «Los actos son nuestro símbolo”, afirmó Borges.
   

Consciente de que había llegado su hora y, por consiguiente, lo único que le quedaba por hacer ya en esta vida era morir dignamente, dando ejemplo a su familia, con una serenidad pasmosa, se fundió en un     entrañable abrazo con su esposa, y se despidió uno a uno de sus siete hijos, rogándoles a todos ellos que fuesen buenos cristianos y perdonasen a sus enemigos.
   

Sólo cuando uno de los pequeños se arrojó a los pies de un miliciano, implorando clemencia, y fue apartado a manotazos y empellones, se encaró con él.
   

Rodeado por aquellos siniestros sujetos y justo antes de salir a la carretera de Piedra buena, Alfredo Van den Brule aún tuvo tiempo de girar la cabeza e intercambiar una mirada furtiva-y desgarradora- con su esposa, que supo que ya nunca más lo volvería a ver.
   

Esa misma tarde mientras María Asunción rezaba el rosario en el Cigarral con el corazón en un puño, las chicharras redoblaron su canto estridente, machaconamente, hasta formar un coro atronador e insoportable que enmudeció de golpe cuando no muy lejos de allí, en las inmediaciones del Monasterio de San Juan de los Reyes, sonó la ráfaga de disparos que segó la vida de Alfredo Van den Brule y otros treinta hombres.
   

Apenas unos días después, con un salvoconducto firmado de puño y letra por Manuel Azaña, una comitiva luctuosa de tres vehículos, escoltada por policías de paisano y milicianos de la C.N.T. -que hallaron la vía expedita levantando el puño en cada control o mostrando la pertinente documentación- se desplazó desde Toledo a Madrid.
   

En su interior iba María Asunción Gómez de Llarena-ya viuda- devastada por el dolor y la rabia, agarrada al asidero del coche en compañía de su hermano Joaquín, consternado, y  de  Madeleine Brossiere, la institutriz francesa que intentaba, en medio de ese paisaje desolador, consolar inútilmente a sus hijos,
la mayor  de los cuales- insisto- era Inmaculada, mi madrina, y apenas contaba quince años.
   

Desde Madrid partieron a Alicante, donde embarcaron en el crucero «Wolwich»y, tras bordear las costas de España que poco a poco se iban tiñendo de sangre, llegaron a Inglaterra.
    

Posteriormente zarparon a Marsella, concluyendo el periplo por carretera en  Montpellier, donde fueron acogidos calurosamente por sus parientes y asistieron expectantes, desde la distancia, entre la angustia y la zozobra, a cuanto acontecía en su añorada España.

   

A principios del mes de Septiembre llegaron malas noticias para el Gobierno del Frente Popular: Talavera de la Reina, bastión republicano, había sido tomado por los nacionales.
   

José Giral-máximo responsable de haber entregado las armas al pueblo-presentó la dimisión, y Azaña lo reemplazó por Francisco Largo Caballero, que tenía entre ceja y ceja vencer la batalla de Toledo de la que estaba pendiente el mundo entero.
  

En más de una oportunidad, el flamante Presidente del Gobierno se desplazó desde la capital de España hasta la ciudad de las tres culturas para supervisar «in situ» las obras de los mineros, que trabajan a destajo.
  

Aun así, el Gobierno de la República llevó a cabo un último intento para que el Alcázar capitulara, enviando al comandante Vicente Rojo -que había impartido clases en la Academia- a negociar con los rebeldes.

Provisto de una bandera blanca entró por la Puerta de Carros y fue guiado por dos oficiales  con los ojos vendados hasta el despacho del Coronel Moscardó,al que comunicó, a fin de socavar su moral, que el Ejército de Franco avanzaba con lentitud y los mineros no se daban tregua, proponiéndole evacuar a las mujeres y los niños si deponía las armas pero el Coronel Moscardó -y los suyos-estaban dispuestos a morir con las botas puestas...
   

Tan sólo le pidió un sacerdote para bautizar a dos niños recién nacidos y celebrar una misa.
   

Dos días después, el Canónigo Vázquez Camarasa-afín a la  causa republicana-se personó en la fortaleza portando un crucifijo en la mano y durante la homilía dio a entender a los asistentes a la misa que indefectiblemente morirían, con lo cual tuvieron la surrealista sensación de presenciar su propio funeral.
    

En los días posteriores, las máquinas compresoras prosiguieron horadando el subsuelo, escuchándose cada vez más cerca intramuros de la fortaleza hasta que se hizo un silencio  espeso e inquietante, «avisando» a los defensores del Alcázar que se aproximaba el momento del desenlace.
   

La noche del 17 de Septiembre los serenos pregonaron que al día siguiente harían explosionar las minas que contenían 2.500 kilos de trilita cada una, advirtiendo a los vecinos del peligro que corrían sus vidas por los efectos devastadores de la onda expansiva.
  

No pocas familias conservadoras que habían permanecido agazapadas en sus viviendas  salieron a las calles presas del pánico siendo pasadas por las armas en una noche de cuchillos largos.
   

A la mañana siguiente en medio de una inusitada expectación y acompañado por un séquito de periodistas extranjeros a los que había convocado para la ocasión llegó Largo Caballero a Toledo frotándose las manos para contemplar desde un observatorio  la voladura del Alcázar.
   

Tras accionar la palanca un minero se escuchó un estruendo ensordecedor  haciendo temblar los cimientos de numerosas viviendas a la vez que se  levantaba una gigantesca y densa nube de humo negro que tardó un buen rato en disiparse.
   Sin embargo, el resultado no fue el esperado…
  

La torre sudoeste se derrumbó por completo muriendo los dos vigilantes en el acto pero los cascotes sirvieron a los defensores de parapeto desde donde dispararon a placer a los asaltantes que se vieron atrapados en los cráteres como en una ratonera.
  

Por el flanco norte, en cambio, los atacantes hallaron una brecha que les permitió tras  arrojar granadas y cartuchos de dinamita acceder hasta el mismo patio del Alcázar donde se libraron feroces combates cuerpo a cuerpo, a bayoneta calada.
  

Un miliciano incluso llegó a clavar entre las ruinas una bandera roja con la hoz y el martillo pero fue rápidamente arrancada.
  

Los tanques se toparon con los cascotes y no tuvieron más remedio que recular, así como el resto de los milicianos que se batió en retirada.
   

La jornada por consiguiente se saldó con un estrepitoso fracaso para el bando republicano del que fueron testigos numerosos medios extranjeros y rearmó moralmente a los nacionales.
   

Largo Caballero se había quedado con la miel en los labios...
Entretanto, el Ejército de África avanzaba inexorablemente...
   

Después de tomar Maqueda,un pueblo situado a menos de cuarenta kilómetros de la ciudad imperial -a cuya salida hay una carretera que se bifurca,  indicando una dirección Madrid y otra Toledo -  Franco se encontró ante un encrucijada que pudo cambiar el devenir de la Guerra y tal vez de la Historia de España ,y optó, con la oposición de Yagüe, por  socorrer a los heroicos defensores del Alcázar a los que había prometido no abandonar a su suerte, encomendado la ardua tarea al bilaureado General Varela ,  al  tiempo que posponía la liberación de la capital de España, una decisión controvertida si bien todo apunta que tomar una ciudad  de más de un millón de habitantes con apenas veinticinco mil efectivos hubiera sido  una misión asaz difícil por no decir imposible.
  

Cuando las columnas de Varela llegaron a los suburbios de Toledo los combates fueron encarnizados...
  

También en la plaza de toros, en el cementerio, en el colegio de huérfanos de los hermanos maristas, incluso en las propias viviendas se sucedieron escenas dantescas, resolviéndose no pocas veces con armas blancas.
   

A la desesperada, cuando ya resonaban en el cielo de la ciudad imperial las cornetas de los Regulares de Tetuán, los milicianos del Frente Popular rociaron de gasolina la puerta principal del Alcázar y luego la prendieron fuego, originando un incendio pavoroso.
  

Acto seguido muchos de ellos huyeron por el puente de San Martín o cruzando el Tajo pero como algunos no sabían nadar se quitaron la vida mientras otros perecían ahogados...
El asedio había terminado.

Entre los escombros emergieron, como espectros, los aguerridos defensores del 

Alcázar, demacrados y harapientos, cubiertos de polvo, con las cabezas vendadas, los brazos en cabestrillo, cojeando y
se fundieron en efusivos abrazos con los Regulares de Tetuán, que les habían devuelto a la vida.
   

El 28 de Septiembre, el Coronel Moscardó, en presencia del General Varela, con la guarnición en perfecta formación dio un paso al frente y tras cuadrarse pronunció la frase que ha pasado a la historia:
    -Sin novedad en el Alcázar, mi General.
  

Apenas veinticuatro horas después ,Francisco Franco llegó a la fortaleza derruida y tras felicitar a los defensores por su fe en la victoria, su coraje y su valentía, se paseó, alzando el mentón y con el porte erguido ,por encima de los escombros  humeantes ante las cámaras de los reporteros extranjeros.
   

Las imágenes filmadas se proyectaron en los noticiarios de las salas de cine del mundo entero suponiendo un golpe de efecto a nivel internacional.

La contienda había dado un vuelco espectacular.

Al parecer Franco afirmó en un corrillo delante de Moscardo y Varela:
    -Liberar el Alcázar es lo que más he ambicionado en mi vida. La Guerra está ganada.
   

Y así fue...
   

Aunque todavía tuvieron que transcurrir casi tres años  de cruentas batallas que vistieron de luto las calles y  las plazas de los pueblos de España.
   

En puridad Franco ya era «primus inter pares » pero poner fin al asedio de la fortaleza, un personalísimo empeño suyo, lo invistió definitivamente de «auctoritas» ante el resto de los Generales sublevados.
   

El 1 de Octubre, en el aeródromo de Salamanca, la Junta de Defensa Nacional nombró a Francisco Franco Bahamonde Jefe del Estado y Generalísimo de los Ejércitos, y a partir de ahí regiría los destinos de España durante cuatro décadas.
Sobre las ruinas de aquella fortaleza, por tanto, comenzó a edificar su Régimen.


Para la Historia ha quedado el gesto de Moscardó ,y la gesta de los heroicos defensores del Alcázar que durante más de dos meses  soportaron estoicamente las acometidas de los milicianos del Frente Popular sin apenas víveres, alimentándose a base del trigo de un depósito cercano, y de los caballos de la Academia-quedando de los casi doscientos equinos que había al inicio del asedio sólo vivo un pura sangre cuando fueron liberados- ; racionando el agua-un litro por persona para consumo y aseo diario-;resistiendo altísimas temperaturas en medio de aquel secarral que era Toledo el largo y cálido verano del 36  en el que llovió un sólo día.
   

La fortaleza, en fin, fue bombardeada  más de una treintena de veces...
Más allá de la épica del Alcázar, del mito y de la leyenda, su liberación se convirtió en la madre de todas las batallas de la Guerra Civil no tanto por su valor estratégico como simbólico.

Y es que para muchos lo que se dirimía en Toledo era bastante más que auxiliar una fortaleza sitiada, se trataba, simple y llanamente, del ser o no ser de España.

Al concluir la Guerra, el hermano de María Asunción, Joaquín Gómez de llarena, se exilió en Alemania e impartió clases de español en Leipzig y Frankfurt, regresando años  más tarde a nuestro país donde continuó ejerciendo con brillantez su profesión tras casarse con una médico germana, Margarita Riemann.
 

En el año 1941 hallaron los restos mortales de Alfredo Van den Brule en una fosa común en las inmediaciones del Monasterio de San Juan de los Reyes junto a otros treinta cadáveres.
 

No fue difícil identificarlo: a su lado encontraron la medalla de la Virgen del Recuerdo a la que sin duda se aferró segundos antes de ser acribillado a balazos aquella calurosa tarde del mes de Agosto.

María Asunción volvió a España con su familia al terminar la contienda viéndose obligada con no poco dolor a malvender el Cigarral donde fueron tan felices aunque legó a sus siete hijos un patrimonio infinitamente más valioso: su superioridad moral. Uno de ellos, Joaquín Van den Brule, miembro del Consejo Privado de Don Juan de Borbón, porfío hasta el fin de sus días sin éxito porque en Toledo  se erigiera por suscripción popular un obelisco o una llama votiva en favor de la reconciliación de todos los españoles.

Aquella calurosa tarde del mes de agosto en casa de mi madrina fue la última vez que  vi a Maria Asunción Gómez de Llarena.
Tan sólo unas semanas después falleció,
a buen seguro en paz consigo misma después de haber cumplido lo que le pidió su marido: ser una buena cristiana y perdonar a sus asesinos.
   

Y es que ella no quiso convertirse, como la mujer de Lot, en una estatua de sal. No en vano la capacidad de perdonar proviene del término hebreo «rechem»que significa útero, es decir, vida nueva.
    

Probablemente antes de morir vinieron a su mente las imágenes de aquel arcádico Cigarral de María Inmaculada: las luminosas mañanas de Domingo leyendo la prensa junto a su marido mientras se balanceaban  suavemente en las mecedoras; las risas de sus hijos correteando entre los olmos, los enebros y los olivos de aquel exuberante vergel; el frescor de la brisa del Tajo al anochecer; y, cómo no, el canto estridente de las chicharras, la banda sonora de su vida...