Según el Conde de Barcelona, el Honorable Tarradellas, Fernández Ordoñez, Pedro J. Ramírez, Javier Solana, Felipe González, Luis María Ansón, Pilar Urbano, Alfonso Osorio, Emilio Romero y muchos más… España estaba en una situación límite y había que dar un “golpe de timón” para evitar que cayera en el abismo

En la Historia de España hay lo que yo llamo «años luz» y «años noche...». «Años luz» son aquellos que destacan y brillan con luz propia; por ejemplo, son «años luz» aquellos de 1868 (el de la «Gloriosa»), 1898 (el del «desastre»), 1909 (el de la «Semana trágica»), 1917 (el del «asalto marxista»), 1923 (el de Primo de Rivera), 1931 (el de la República), 1936 (el del «alzamiento»), 1975 (el de la muerte de Franco), 1981 (el del «23-F») y 1982 (el del «cambio al marxismo»)... «Años noche» son aquellos que apenas si han pasado a la gran Historia y que sólo suenan en los oídos de los expertos; por ejemplo, aquellos de 1874 (el llamado «año tonto» de Serrano), 1897 (el del asesinato de Cánovas), 1913 (el del aburrimiento), 1930 (el del «error Berenguer»), 1935 (el de los pasos perdidos), 1974 (el «año espera») y... 1980.

Porque ese año de 1980 fue, sin duda, el año de las vísperas. Uno de esos años que aparentemente no pasa nada y, sin embargo, está pasando todo

«Víspera», según la Real Academia, es el día que antecede inmediatamente a otro determinado, especialmente si es fiesta. Pero, «víspera» es también «cualquier cosa que antecede a otra, y, en cierto modo la ocasiona»..., o la «inmediación a una cosa que ha de suceder». 

Pues bien, en este doble sentido he querido  utilizar la palabra «Víspera» de 1981, y, por tanto, que aquellas «cosas» y «acontecimientos» que vamos a señalar en este capítulo son las «Vísperas» del «23-F».

Dos cosas queremos dejar bien sentadas antes de seguir adelante: una, que a pesar de su brillantez, los «años luz» sólo son una consecuencia de los «años noche», ya que en éstos es cuando se «siembra» la luz de aquéllos… y dos, que los «sucesos» de aquel día 23 de febrero de 1981 se pudieron evitar perfectamente si durante todo el año 1980 el Poder (Rey, Gobierno, Oposición, Cortes, etc.) hubiese puesto remedio al caos o hubiese escuchado las voces de alerta que daban desde el propio don Juan de Borbón («Esto no puede ser... Esto no puede ser») hasta el viejo y honorable Tarradellas («Hay que dar un golpe de timón»).

Porque estaba claro: la Democracia había caído en un pozo y se hundía a manos llenas... en el desgobierno Suárez y en la insensatez de toda la clase política. Desgobierno, insensatez y aburrimiento general...

Así lo dijo el sibilino y astuto Fernández Ordóñez, en su libro La España necesaria:

«La democracia parece en España una fiesta triste. Como si fuera el decorado deslucido de un ceremonial distante, donde las palabras no estimulan ninguna acción ni ninguna utopía. Para algunos está vigente el verso de Bergamín: "Todo pasó, todo quedó lo mismo." Para otros, los españoles están cansados de vivir tiempos históricos y quieren recuperar valores sencillos y cotidianos que parecen amenazados. Ha aparecido otra vez el pesimismo nacional. Ésta es la constante que nos acompaña desde el siglo XIX, como música de fondo de una larga decadencia. Antonio Cánovas recogió en una interrupción parlamentaria las primeras palabras de la Constitución de 1876, a poco más de cien años de la nuestra: "Son españoles... los que no pueden ser otra cosa." Francisco Silvela dijo después que España se había quedado sin pulso.»

¿Y por qué está triste la Democracia?

¿Y por qué ha aparecido otra vez el pesimismo nacional...? Sencillamente, porque a esas alturas España está desencantada y desilusionada... porque el «paraíso democrático» se ha quedado en más terrorismo, más inseguridad ciudadana, más impuestos, más paro, menos dinero, e, incluso, menos libertad. Porque el espectáculo que dan los Partidos Políticos y, en general la «nueva clase» política no puede ser más deprimente y triste. Porque al pueblo español le llegan los rumores de que «estamos en un callejón sin salida» y porque todos, absolutamente todos, piensan ya que «así no se puede seguir»...

«¿Valía la pena la democracia?», se preguntaba en abril el periodista JUVENAL al escribir sobre el «Estatuto de Centros Escolares». Y decía: «De la Ley de Centros Escolares podemos sacar (y debemos hacerlo) algunas lecciones tristes. La primera de ellas es que la democracia será el imperio de las mayorías, pero no tiene nada que ver con el diálogo del hombre con el hombre. Las sesiones parlamentarias, pedantes unas veces, crispadas y mortificantes en ocasiones, extenuantes y aburridísimas casi siempre, han sido una de las materias más cínicas que hemos conocido del diálogo de sordos. Las mismas palabras, los mismos gestos, los mismos argumentos que se adujeron en el seno de la Ponencia, han vuelto a aducirse en el seno de la Comisión y se han reiterado hasta la saciedad en los Plenos... Si esperamos que esta Democracia nos va a traer la reconciliación por la vía del diálogo sincero en el contencioso ideológico que hace tiempo partió en dos a nuestra España tremendista y dogmática, estamos listos... Por eso, por eso... muchos españoles se preguntan ya si esta Democracia valía la pena.»

«Mi planteamiento puede parecer de emergencia -decía Pedro J. Ramírez, cuando todavía era columnista de ABC-, pero es que España vive en una situación de emergencia...»

Por su parte, Javier Solana (el señor ministro de Cultura cuando se escriben estas líneas) declaraba a Interviú: «Aquí el principal culpable es Suárez, que ya ha tocado el techo de sus capacidades, y lo que hay que hacer es echarle.»

En la misma revista (número del 20 al 26 de marzo) Manuel Martín Ferrand escribía: «Cuesta trabajo admitir el hecho de que un hombre, un equipo, que consiguió lo más difícil en este tiempo de transición, haya, de repente, perdido el hilo, el pulso y la sensibilidad. Estamos ante lo que un estratega definiría como deficiente explotación del éxito inicial.» «Todos tenemos la obligación de reconstruir un Estado -dice Fernández Ordóñez en ese mismo número de Interviú- que se nos está cayendo a pedazo…»

Pero el líder de la oposición, don Felipe González (cuando se escriben estas líneas Presidente del Gobierno) va más lejos y en la clausura del Congreso de la Unión General de Trabajadores, sin pelos en la lengua, dice, entre otras cosas, por supuesto:

«Con este Gobierno que ha traicionado los Pactos de la Moncloa y demuestra estar en contra de un Estado democrático y de las autonomías, no habrá ni consenso ni coalición... porque he llegado a una convicción profunda, analizando el comportamiento del equipo que nos gobierna: está arruinando el proyecto democrático...

»EL PELIGRO PARA LA DEMOCRACIA NO PROCEDE DE UN HIPOTÉTICO GOLPE", como se ha insinuado muchas veces. El peligro para el actual sistema político nos lo está proporcionando este mismo Gobierno. NO HACE FALTA QUE HAYA GOLPE, ni hay posibilidad ni intencionalidad de que haya un golpe. ES EL GOBIERNO EL QUE PARALIZA LA DEMOCRACIA… en definitiva: el que se está cargando la democracia.»

«Dicen que en las democracias -escribía Jaime Capmany el 17 de mayo en ABC- de verdad gobierna la mayoría. Aquí la mayoría gobierna poco. Lo que hace, mayormente, es pastelear. Y, además, después se tiran unos a otros el pastel a la cara, como en las películas del Gordo Y el Flaco.» 

Y otros dos que no se muerden la lengua: Marcelino Camacho y Nicolás Redondo, los secretarios generales de Comisiones Obreras y UGT, respectivamente. Con motivo del 1 de mayo, el primero dice: «Tenemos que constatar que estamos en una situación de emergencia cuando las diversas crisis convergen con el desarrollo de la revolución científico-técnica, con la electrónica, que destruye más puestos de trabajo de los que se crea y cuando, además, se desintegra y divide el mercado de trabajo.» Y el segundo, esto: «Estamos llegando a una situación límite. No sólo a un deterioro social, sino también político, al cual el Gobierno no da respuesta. No se trata de personas, se trata de programas. La actual crisis es más una crisis de Estado, y los partidos y los movimientos sindicales tienen que dar alternativas para su solución...» (Al parecer, fue de estas palabras de Nicolás Redondo de donde sacó el título «Situación límite» el teniente .general De Santiago y Díaz de Mendívil para su posterior y famoso artículo.)

El domingo 18 de mayo Luis María Ansón, a la sazón presidente de la «Agencia EFE» y presidente de la Asociación de la Prensa, publicaba en ABC un artículo definitivo sobre la «Situación» (límite o de emergencia), en el que entre otras cosas, dice:

«Ahí están otra vez los viejos partidos políticos, que no han olvidado nada, no han aprendido nada. Ahí están, preparados para la gran carnicería. Ahí están sus hombres y sus mujeres, impacientes por oficiar la ceremonia de la inestabilidad que quebrantó la vida española del primer tercio del siglo actual.

»Ahí están. Hablan como loros. Avanzan como tortugas. Saltan como patos. Atacan como gallinas. Se defienden como peces, escurriendo el bulto. Muestran con entusiasmo la popa, al gusto de sus depredadores. Balan, en fin, igual que tiernos corderos. Es gente temblorosa y lanar. Es nuestra clase política.

»El pueblo español sufre con paciencia sus flaquezas. Conoce su ineficacia. Soporta su palabrería. Desprecia su ambición. Ignora su vanidad. El pueblo español está atónito ante el debate parlamentario que los partidos le anuncian. Mientras los problemas asfixian al cuerpo social de nuestra patria, los grupos políticos parecen relamerse ante la idea de derribar lo que hay construido. Las ambiciones personales se han huracanado; Son pocos los que piensan en el interés nacional. Son muchos los que sólo se preocupan del beneficio de su partido. Los que quieren medrar a toda costa, los que aspiran a encaramarse en los cargos aun a riesgo de originar un cataclismo general. Alguien ha dicho que España es hoy el caballo de Troya, abierta la panza para que en ella se infiltren los agentes de la subversión. Es ésta una idea resplandeciente y falsa. España es el pesebre de Troya, al que acuden, nerviosos, los políticos para recibir su ración de pienso.

»Lo que necesitamos los españoles no es que se nos distraiga en la pequeña pantalla con las peleas de los partidos, sino que se libere al pueblo vasco de la dictadura del miedo. Que se erradique el terrorismo. Que se restaure la disciplina social. Que se embride a la Prensa amarilla y se promulgue una legislación defensora de la honorabilidad de los ciudadanos, inermes hoy ante cierta escoria de esta hermosa profesión, avergonzada de la inmundicia de algunas publicaciones.

»Lo que necesitamos los españoles es que se persiga la delincuencia; Que se desperece la Administración. Que se atienda al descontento de la clase media. Que se ayude a la juventud. Que se devuelva la confianza a los empresarios, creadores de riqueza. Que se estimule la inversión. Que se aliente al campo. Que se controle a los comerciantes de la droga y el sexo. Que se plantee con firmeza la política de autonomías y con valor la defensa de la unidad sagrada de España.»

 

Pero vayamos ya en directo a las «vísperas» del «23-F»..., aunque para no tener al lector en vilo hasta el final comencemos por reproducir un artículo de Pilar Urbano que define perfectamente lo que fueron aquellas «vísperas» del 23 de febrero de 1981.

TODOS ESTAMOS CONSPIRANDO

El día 3 de diciembre de 1980 la sagaz y astuta «indagadora» del «23-F» publicó en ABC de Madrid un «Hilo directo» (ésta es la cabecera de su sección diaria) con el título arriba indicado que no tenía desperdicio... y que, en verdad, sólo ese título reflejaba ya la realidad de lo que estaba pasando en España. Porque, la verdad es que a esas alturas del «año noche» de 1980 no había un español que se preciara que no estuviese «conspirando» (si «conspirar» es analizar la situación para ver cómo se puede salir de un desastre, «si es posible con la Constitución en la mano -como dijo don Alfonso XIII muchos años antes en su famoso discurso de Córdoba- y si no... frente a la Constitución, pues España vale más que todo. Lo primero, España»). «Conspiraba» la izquierda (a calzón quitado, como se demostrará), «conspiraba» la derecha, «conspiraban» los liberales y los demócratas de toda la vida, «conspiraban» los militares vestidos de paisano y los de no paisano... ¡Naturalmente, todos «desde la legalidad» y «desde la Constitución»... como Armada y Milans!

Pero, lean, lean a Pilar Urbano:

«"Para mí, escuchar todo esto ha sido, muy, muy muy interesante", me dijo el embajador inglés, Mr. Pearson, al final de la tertulia política en casa de Mona J. El tema no fue otro que ¿"cómo diablos salimos de este atolladero"? Sentados en corro, algunos empresarios, algunos periodistas y algunos políticos: los centristas Jiménez Blanco, Moya, García Margallo, Bravo Laguna, García Pita y el moderador Cecilio Valverde, Mohedano ex PCE, Antonio Garrigues Walker y Antonio García López (¿de qué tumba ha resucitado este muñidor de confusiones?), Alfonso Osorio, que sería "míster protagonista" por los rumores de estos días sobre su hipotético "gobierno de gestión". Y el socialista navarro Carlos Solchaga.

»Yo acababa de preguntarle a Osorio de dónde había surgido la especie "Osorio for president". "¿Del ala izquierda del PSOE, para evitar un Gobierno de coalición que les reduciría a la moderación?, ¿de la mismísima UCD, para tenernos distraídos unos días y de paso retirarte del mapa de los posibles, pinchando tu globo?, o... ¿del editor Lara, para vender mejor tu libro?" "Si hoy en Inglaterra se dijera que había que sustituir a Margarita Thatcher por Mr. Head, la noticia aparecería en un semanario del humor. Pero aquí hace ya tiempo que hablamos en reuniones, en cenáculos, en despachos, en pasillos del Parlamento y en los periódicos de un Gobierno de concentración, de un golpe a la turca, de un Gobierno de gestión... Este verano saltó el nombre de Areilza. Ahora el mío... La realidad es que las cosas no marchan bien. Estamos en un impasse; y lo que parece el juego de los esperpentos, en el fondo, es el juego de las desesperaciones. Pero yo puedo asegurar dos cosas: ni me he inventado la teoría del Gobierno de gestión, ni aceptaría entrar en ninguna operación fraguada fuera del Parlamento y forzando la Constitución." Pero algo después, cuando Cecilio Valverde le volvió a dar la palabra, acarició con manos remilgonas la "teoría": "Un gobierno de gestión puede ser auténticamente parlamentario y constitucional si se genera vía 'moción de censura', por ejemplo.Y aun después: "Este Gobierno no tiene la mayoría estable que precisa: se pasa el tiempo pactando por necesidad, ocasionalmente, con uno o con otros, y ése no es respaldo sólido que hace falta para resolver el paro, el terrorismo y la construcción del Estado autonómico. Sólo un entendimiento serio entre la izquierda y la derecha puede, en mi opinión, sacarnos de este atolladero."

»A Antonio García López se le escapó que "este Gobierno de gestión con Osorio o con un militar a la cabeza, va a votarse en el Parlamento ¡con votos de todos los partidos! Al Partido Comunista también se le ha consultado". Y ahí saltamos todos. ¿Cómo? ¿Quiénes? ¿Cuándo? "Bueno..., hay conversaciones que vienen de atrás, de hace bastantes semanas." Mohedano: "Yo sé que ha habido una comunicación con los comunistas..., sin compromiso." Osorio llega a exaltarse en su habitual flema exquisita cuando declara: "Yo he hablado con diputados de UCD, del PSOE y del PCE. Sí... ¿Y por qué no? ¡Hay que salir ya de este callejón! ¡Y he hablado porque tengo derecho de hablar con quien me dé la gana!" Un contertulio anónimo me envía una notita: "Osorio ha hablado con Solana, con Múgica, con Pablo Castellanos, con Gómez Llorente... y con el comunista Jaime Ballesteros." Bien..., ¡tiene derecho!

»Ha levantado la mano Antonio Garrigues Walker: "¿Por qué se habla tanto de una salida 'sin' el Gobierno de Suárez?" 

»"Uno, porque los problemas que padecemos son auténticos. Dos, porque se palpa la sensación de que alguien o algunos, en el actual Gobierno, han llegado ya a su nivel de incompetencias. Y tres, porque el cuadro político español está forzado. Y, aunque UCD lo niegue, el 'Gobierno de gestión' saldría ¡o saldrá! con el apoyo de gente de UCD. Se ha acabado la cuerda de los 'consensos apócrifos'. ¡Pero si en UCD misma los social-liberales y los democristianos ya han llegado a un punto, el divorcio, donde no hay diálogo posible...! Y seamos sinceros, al hablar de un acuerdo UCD-PSOE habrá que investigar antes cuánto socialismo marxista hay en el PSOE; porque el socialismo marxista ¿qué es sino comunismo? El PSOE o es social-demócrata o no hay acuerdo posible."

»Solchaga, PSOE, se apunta a la salida por coalición PSOE-UCD: "En un decenio, aquí tenemos que convivir con los grandes problemas: crisis, terrorismo y autonomías en incógnita..., y la única vía es la política acolchada de una seria coalición. La izquierda necesita presentarse con la derecha. Y la derecha necesita a la izquierda para controlar la situación con energía, sin temor a ser tildados de represores y no democráticos."

»Jiménez Blanco se opone: "Así le dejaríamos al comunismo toda la plaza de la oposición..., ¡muy a la italiana!"

»Como alguien diga "no sé si os dais cuenta, pero estamos conspirando", Emilio Romero atruena: "El conspirador número uno es el Poder, que conspira sólo para mantenerse. Y ante su impotencia se va a crear una gran conspiración general para inventarnos ¡cómo diablos salimos de ésta!" - Pilar Urbano.»

Releamos esas palabras finales de Emilio Romero: «Y ante su impotencia se va a crear una gran conspiración general para inventarnos ¡cómo diablos salimos de ésta!» Porque, justo cuando se celebra esa comida en casa de Mona Jiménez («Sólo hay lentejas, o las tomas o las dejas») y Antonio García López dice que ese «Gobierno de gestión», con Osorio o con un militar a la cabeza, será votado en el Parlamento por todos los Partidos, la «conspiración» ya está en marcha y se ha celebrado el primer «almuerzo» de Valencia entre Armada y Milans (como se verá en otro lugar de este libro). Es decir, que ese «secreto a voces» lo conoce todo el mundo y todo el mundo sabe que Armada será «el hombre».

Pero, ¿el hombre de quién...?

De momento, lo único que se sabe es que Alfonso Armada se lleva bien con todo el mundo: con la Zarzuela por sus largos servicios como preceptor del Príncipe primero y como secretario del Rey después; con Adolfo Suáréz (hasta que éste descubre que Armada puede ser su «sustituto», cosa que jamás perdona Suárez) y su Gobierno porque los miembros de UCD se desviven ante cualquiera que ronde la Zarzuela; con los «duros» del Ejército porque Armada fue de los de la «División Azul» y eso imprime (o imprimía) carácter; con la derecha porque le consideran el más tratable de los uniformes; con la izquierda porque han «olido» en él la posibilidad de frenar a Suárez... y con la Banca, y con la Iglesia (un hombre de comunión diaria y de profunda religiosidad) y con la Prensa... ¡sólo con Gutiérrez Mellado hay desde el primer momento como un rechazo mutuo!

Como también se habla de Sabino Fernández Campos, a quien en las tertulias políticas se le llamaba por esos meses de 1980 «el Berenguer de ahora». Como se habla de Vega y de González del Yerro y de otros que irán saliendo.

Y es que, ciertamente, el artículo de Pilar Urbano no podía ser más certero: 1980 es el año de las «conspiraciones» y de los golpes de salón. Había tertulias en las que incluso se repartían ya los cargos de la «nueva situación». Eso sí: todos querían que fuese una cosa «presentable» de cara al exterior; es decir, que los uniformes tenían que actuar el tiempo justo de dar el «cambiazo» (por supuesto constitucional; o sea de acuerdo con cualquier artículo de la Constitución que le diese respaldo legal) y luego retirarse a los cuarteles: a lo más «se les dejaba» la cosa militar para que se entretuviesen».

Y lo más gracioso es que Suárez se lo sabía de memoria, como fue público y notorio cuando estando en Lima en el mes de julio de ese año les dijo a los periodistas, con ese «cachondeíllo» propio de Suárez cuando está en el Poder (luego, por cierto, lo pierde): «Ellos se creen que porque yo esté encerrado en la Moncloa no me entero de nada... Pues que sepan que conozco la iniciativa del PSOE de querer colocar en la Presidencia del Gobierno a un militar tan bien como los que lo están gestando.»

Sí, «todos estamos conspirando» ese año de 1980. 

DEL «GOBIERNO DE CONCENTRACIÓN» AL «GOBIERNO DE GESTIÓN»

 

En dos ocasiones de la «transición» se habló insistentemente de hacer un «Gobierno Nacional»: recién aprobada la Constitución y antes de las elecciones del 1 de marzo de 1979 y tras el «desastre moral» que fue la «moción de censura» contra Suárez en mayo de 1980. Al primero se le llamaba «Gobierno de concentración», al segundo «Gobierno de gestión».

El primero que habló de la necesidad de un «Gobierno de concentración» fue Santiago Carrillo... tal vez porque el viejo zorro de la política veía ahí su única posibilidad de tocar el poder con la mano, tal vez porque recordaba el buen resultado que dio a los comunistas en 1936 la presencia de Hernández y Uribe, miembros del PCE, en el Gobierno,

Luego, y por razones bien distintas, fue Fraga quien pidió por escrito («Servir a la Corona y servirse de la Corona») un «Gobierno de Notables»: 

«En el próximo mes de noviembre, una vez entrada en vigor la nueva Constitución, el Rey habrá de tomar una decisión trascendental para la política española de los próximos meses y años, para la propia Corona como institución permanente, y, en definitiva, para España y para sus destinos.

»Esa decisión es la propuesta al Congreso de un Presidente del Gobierno, para encabezar el primer Gobierno constitucional, y preparar las elecciones subsiguientes. Parece evidente que éstas deben ser lo antes posible, y con el carácter de elecciones generales, es decir, municipales, provinciales y legislativas. Parece igualmente evidente que esas primeras elecciones constitucionales deben hacerse con todas las garantías, para que su resultado sea inatacable y respetado por todos.

»Para que la Corona aparezca desde el primer momento ejerciendo la función arbitral suprema que le corresponde, somos muchos los que creemos, y respetuosamente solicitamos, que el Gobierno que presida las elecciones no sea un Gobierno de partido, ni de una coalición de partidos, sino un Gobierno imparcial. Éste sólo puede hacerse presidido por una gran personalidad, no vinculada a los partidos existentes y que ocupe, o haya ocupado, cargos de gran trascendencia al servicio del Estado, como la Presidencia de las Cortes, del Tribunal Supremo o algo semejante. Lo formarían personalidades de relieve indiscutible en la vida política, administrativa, económica, cultural o profesional, igualmente sin vinculación a partidos.»

Pero ni Carrillo ni Fraga fueron escuchados, pues como es bien sabido, el señor Suárez los «madrugó», cerrando las Cortes y convocando a nuevas elecciones... ¡Elecciones que, naturalmente, dirigió un Gobierno presidido por el propio señor Suárez! Esto disgustó al Rey Juan Carlos -como se supo entonces- que, a partir de ese momento, comienza a «marcar distancias» con su otrora mimado Presidente Suárez. Pero, es que éste no se conformó con haber sido el «desmantelador» del Régimen de Franco (que era para lo que estaba preparado), sino que quiso ser el «arquitecto» de la nueva casa..., y ahí se equivocó, pues su preparación («insuficiente por unanimidad»..., según el Tribunal de las Oposiciones de Marina) no era la adecuada para crear nada nuevo. Ahí comenzó la «Cuenta atrás» de su etapa presidencial y el «bienio del disparate», puesto que no otra cosa se hizo en España desde el 1 de marzo de 1979... a pesar de haber ganado las elecciones.

Porque ahí se vio que sin estar respaldado o aconsejado, o teledirigido, Suárez no es hombre de Estado ni de Gobierno. Mientras tuvo el respaldo de la Corona, el consejo de Osorio y la partitura de Fernández Miranda fue alguien... «alguien» que llegó a creérselo de tal manera que un día se atrevió a prescindir de Osorio, otro día insensatamente rompió las amarras con Torcuato y otro día, incluso, «borboneó» al Rey. Pero tan grande se creyó que cuando quiso darse cuenta estaba solo... Y lo que es peor, rodeado de «acreedores engañados (sobre todo el Ejército, que no podía olvidar el «engaño» de la «Reforma Política» y el consiguiente cambio de legalidad). Por eso se encerró en la Moncloa y quiso resistir hasta el final de su mandato, por­ que estaba solo y a muy pocos podía mirar de frente... tal vez como Hitler en su búnker.

Segunda Parte “Bienio del disparate”

Pero el caso es que en el transcurso de ese «bienio del disparate» se fueron hundiendo la economía y la política... hasta límites insospechados. Fue la etapa de los parches y del pasteleo, de la desesperanza y el desencanto, incluso de la tristeza de que hablaba Fernández Ordóñez.

Y así se llegó a la «Moción de censura» del mes de mayo de 1980, el «verdadero Waterloo» de Suárez (si es que en algo, aunque sea en una derrota, se le puede comparar con Napoleón). Y a partir de ahí fue como si alguien gritara aquello de ¡sálvese quien pueda! ¿Cómo no se iba a «conspirar» contra el Gobierno si no había Gobierno?; ¿cómo no se iban a buscar «soluciones constitucionales» para quitar de en medio al hombre que estaba hundiendo a España y la democracia...? Naturalmente que se conspiraba: «todos conspirábamos». Unos, bien es verdad, más preocupados por la democracia que por España... y otros más preocupados por España que por la Democracia, pero, todos conspirando para ver cómo se salvaba el bache. Desde el Rey abajo todos. Tarradellas decía: «Hay que dar un golpe de timón.» Don Juan de Barbón decía: «Esto no puede ser... Esto no puede ser.» Fraga decía: «Si no se toman medidas y se hace algo positivo, el golpe será inevitable.» Felipe decía: «El Estado se nos está cayendo a pedazos.» Marcelino Camacho, que estábamos en una «situación de emergencia». Nicolás Redondo, que vivíamos una «situación límite...» ¡Y la ETA seguía matando militares, y caían guardias civiles y policías! ¡Y aumentaba el paro! ¡Y la deuda exterior superaba todas las señales de alerta!

Fue en esa situación (de emergencia y limite) cuando comenzó a hablarse de un «Gobierno de gestión»; es decir, de un «Gobierno de expertos» que detuviera el caos y tratara de llevar las cosas al buen camino (o que -como decía Fernández Miranda- fuese capaz de «repristinar»). Un «Gobierno de gestión» que estuviese por encima de la lucha partidista y que lo integrasen los mejores hombres propuestos por los Partidos.

¡Y en eso estaban todos de acuerdo...! Porque todos estaban de acuerdo en que había que hacer algo urgentemente... es decir, antes de hundirse definitivamente. Quizá más la izquierda que la derecha, porque la izquierda sabía que si seguía el caos no habría más remedio que llamar al cirujano... y que con la cirugía ellos serían los más perjudicados (quizás ahí se equivocaba la izquierda, pues los cirujanos de hoy no son los de ayer). 

Pero, ¿quién presidiría ese «Gobierno de gestión» y cómo podría llegarse a él sin rayar el cristal constitucional? Éstos fueron los temas durante el verano y el otoño-invierno de 1980. En cuanto a lo primero había dos posibilidades y dos preferencias: unos preferían que fuese un civil, otros que fuese un militar..., en cualquiera de ambos casos un «hombre fuerte» que, con el respaldo de todos, tuviese fuerza moral para plantear un «Plan de estabilización» con todas sus consecuencias (de ahí que fuese ganando la «posibilidad militar») e implantar cierta disciplina social-laboral, y naturalmente cerco al terrorismo. En cuanto a lo segundo también había dos posibilidades: la normal, vía «moción de censura» y totalmente constitucional y la me­ nos normal del «impulso soberano». Claro está que la mayoría de los políticos se inclinaban por la primera «vía» y así hubiese sido si el señor Suárez, una vez más, no actúa con su conocido «después de mí el diluvio» y nombrando dictatorialmente a su propio sucesor (un hombre, por otra parte, siempre dispuesto a sacrificarse como ministro, y si es de Presidente eso ya ni se puede medir.)... ¿Por qué hizo Suárez eso? Sencillamente, por lo del diluvio: si yo tengo que marcharme, ahí os queda eso. ¡Y se quedó! ¡Y tanto que se quedó!

A partir de ahí se complicaron las cosas. Porque al dimitir Suárez. (y más adelante se hablará de esa «dimisión») la unanimidad que había entre izquierda y derecha de hacer algo serio, se rompió. Unos, los socialistas, porque vieron acercarse su hora (y con razón); otros, la derecha, porque absurdamente pensaron que había que darle una oportunidad al sucesor de Suárez. Pero, también ocurrió otra cosa: que la posibilidad de un «Gobierno de gestión», presidido por el general Armada vía «moción de censura», se fue a pique... y quedó como algo etéreo, la otra posibilidad... es decir, el «Gobierno Armada» por la via «reconductora». 

Ahora, vamos a hablar del honorable Tarradellas y su «golpe de timón».

EL «GOLPE DE TIMÓN» DE TARRADELLAS

 

Pero, ¿quién era Tarradellas? Cuando en la primavera de 1977 comenzó a hablarse de un señor llamado Tarradellas las generaciones de españoles que no habían hecho la guerra ni habían vivido el «Estatuto de Cataluña» se quedaron con los ojos abiertos. Nadie sabía quién era Tarradellas ni de dónde salía aquel buen señor. Era como «una sombra» que volvía de ultratumba, como aquella «sombra» de Hamlet que decía ser su padre y pedía venganza.

 

Y, sin embargo, muy pronto los españoles supimos quién era y qué significaba el Honorable Tarradellas. Indudablemente fue uno de los pocos aciertos de Suárez, pues aquel señor Tarradellas demostró ser un hombre sensato y un gran político.

 

Quien esto escribe le conoció en Madrid, en la comida que le ofreció el Presidente de la «Agencia EFE», Luis María Ansón, cuando hizo su primer viaje «oficial» a la capital del Estado (es decir, a Madrid), ya como Presidente de la Generalidad de Cataluña.

Don José Tarradellas es un hombre muy alto (aunque el peso de los años le había hundido un poco los hombros) y fuerte, de mirada frontal serena, suave en la conversación y reposadamente «encajador». Confieso que a mí me cautivó... a pesar de su historia antifranquista y sus deslices de la guerra.

Aquel día, durante la comida con los representantes de la Prensa, estuvo muy bien y respondió a todo con serenidad y sin odio (no como tantos otros de los que volvieron del exilio o de la clandestinidad). Naturalmente se habló de las Autonomías, de la transferencia de poder y de España en general. Sus respuestas eran siempre muy claras y muy sensatas, aunque no dejaba de decir lo que quería decir. Fue -creo- a preguntas del periodista Ramón Pi cuando se produjo esta anécdota que transcribo a continuación:

«Ramón Pi. -Honorable Tarradellas, a mí me gustaría hacerle una pregunta muy directa sobre un tema muy concreto: Honorable Tarradellas, ¿no cree usted que el ritmo de las transferencias del Poder central a la Generalitat está siendo demasiado lento y que sin transferencias de Poder la Autonomía catalana será un fantasma?» 

Entonces, el «Honorable» Tarradellas se volvió al Presidente de «EFE» y le dijo:

«Tarradellas. -Señor Presidente de la "Agencia EFE", no es costumbre en mí mezclar la vida privada con los temas políticos, pero en este caso me va a permitir usted que le responda al señor Pi con algo muy personal.

»L. M. Ansón. -Por supuesto, Honorable... Está usted en su casa y puede responder como a usted le parezca.

»Tarradellas. -Muchas gracias, señor presidente, muchas gracias... (y se volvió hacia Ramón Pi con una sonrisa pícara en sus ojos). Señor Pi, y usted me va a permitir que le responda a la gallega... Sí, sí, no se rían ustedes, que todos tenemos mucho que aprender de los gallegos... (Naturalmente todos nos dimos cuenta de que se refería a Franco)... ¿A que no sabe usted lo primero que hace todas las mañanas mi mujer cuando se levanta...? Bueno, bueno, no se rían más... Verá, señor Pi, mi mujer se levanta, se va hacia la ventana, corre las cortinas, levanta las persianas, mira a la calle, se vuelve y me dice: "Josep, es verdad, estamos aquí..." Señor Pi, si durante cuarenta años hemos estado soñando con estar aquí y no hemos sabido estar aquí, o no hemos podido..., no quieran ustedes ahora hacer en diez días lo que no hemos sido capaces de hacer en cuarenta años.»

Confieso que nos quedamos todos anonadados, y el primero Ramón Pi, pues la respuesta tenía grandes dosis de sentido común y no menos de pragmatismo y serenidad. Sobre todo en unos momentos en que la oposición parecía querer arrollarlo todo en veinticuatro horas.

Aquello a mí se me quedó grabado. ¡Me cayó simpático el señor Tarradellas! Tanto que pensé que era una pena que España no hubiese encontrado un hombre así para la hora de la transición y del cambio...

Luego, fui llamado a dirigir el Diario de Barcelona. Precisamente, a primeros de diciembre de 1980 cuando la crisis tocaba fondo y cuando Suárez había cogido ya la «pájara» (como se dice en el argot ciclista). Es decir, cuando «todos conspirábamos» -según Pilar Urbano- en busca de una salida al caos y al desastre. Tomé posesión de la dirección del Brusi el día 4 de diciembre y aquel mismo día solicité audiencia para presentarme al Presidente de la Generalidad, mi ya admirado don José Tarradellas, el cual tuvo la gentileza de recibirme en seguida. Durante hora y media larga (y eso que estaba aquel día con un gran catarro), estuvimos hablando de España en general y de Cataluña en particular. Concretamente nos enfrascamos en una larga meditación sobre la «teoría del ritmo político»... Yo le expuse mi teoría de que si bien la derecha española ha sido la gran culpable de todo lo que ha pasado en España desde 1808, el problema de la izquierda había sido siempre el de no saber coger el ritmo de la marcha política... como se puede comprobar con el experimento de la Primera República, el ensayo general de 1917 y la torpe reacción después del 14 de abril del 31. Él, por su parte, recuerdo que dijo:

«Tarradellas. -Sí, señor, estoy de acuerdo con usted. El ritmo es lo que ha perdido siempre la izquierda; las prisas por hacer las cosas... El ritmo fue lo que nos perdió en los años treinta. Si todo se hubiese hecho con sentido del tiempo y hubiésemos sabido coger el ritmo que entonces convenía, no hubiesen pasado las cosas que pasaron... Verá, yo era entonces muy joven y no me apercibí de ello, pero luego he tenido mucho tiempo para meditar... y he llegado a esa conclusión: fue el ritmo lo que nos perdió, el no saber coger el ritmo que aquella situación necesitaba... Y lo malo que veo ahora, otra vez, es que «están» cayendo en el mismo error... quieren hacer en diez días lo que no han podido hacer en cuarenta años. España necesita digerir la democracia, entre otras cosas porque la mayoría del pueblo español, por razón de la edad, no han conocido otro sistema de gobierno que el del general Franco. Aquí en Cataluña también hay ahora muchas prisas... y yo le aseguro que las prisas en política nunca conducen a nada bueno. Estamos viviendo una gran crisis y lo que teníamos que hacer es unirnos todos y colaborar a salir de la crisis. Pero, eso hay gente que no lo entiende... desgraciadamente para Cataluña y para España.»

Después de esa primera entrevista con el Presidente Tarradellas tuve otras. Afortunadamente para mí el Honorable comprendió la labor que yo quería llevar a cabo desde el Diario y me ayudó con su orientación. ¡Lástima que otros no lo entendieran y que aquella «noble aventura» sólo durara tres meses! Cuando fui a despedirme, también él sabía ya que tenía los días contados como Presidente, pues había decidido no presentarse a las elecciones a pesar de los ánimos que muchas personas le dimos. Ahora recuerdo que dos días antes de que se cerrara el plazo de presentación de candidaturas publiqué en la primera página del Diario la «fórmula ideal» para convencerle a que se presentara. La propuesta era que, puesto que todos los partidos decían en público que Tarradellas debía seguir -por lo menos hasta que se completaran las transferencias y se consolidara la Autonomía-, se presentara de «número 1» de todas las candidaturas, con lo cual, ganase quien ganase, él siempre saldría Presidente... y lo que se jugaba eran los puestos siguientes y la composición del Parlamento.

Aquella tarde me llamó y me dijo: «No, no, desengáñese... Yo estoy cansado... Los años pesan mucho. Además, esto puede seguir los derroteros de entonces ( «entonces» eran los años treinta) y no quiero vivir otra vez «aquello». Que me equivocara de joven puede pasar, pero que me equivoque de viejo, sería la gran torpeza de mi vida. Déjeles. Déjeles que se equivoquen ellos...»

En fin, que me vine de Barcelona con la satisfacción del deber cumplido y con la insatisfacción de no haber podido culminar una labor que merecía la pena... El último día que vi al Presidente le dimos un repaso a sus posibles sucesores y Tarradellas fue implacable; sobre todo cuando llegamos al que más posibilidades tenía: Jordi Pujol. Entonces, le pregunté: «Bien, Presidente, hemos llegado al último, que, seguramente, será el primero... su sucesor: ¿qué opina de Pujol?» El Presidente me miró fijamente y durante unos instantes guardó silencio... Luego, dijo una de esas frases lacónicas y contundentes que muy bien podrían pasar a la Historia.

Por eso, precisamente por eso, desde entonces seguí sus pasos (ya fuera de la Presidencia de la Generalidad) y leí todas sus declaraciones a la Prensa. Estaba convencido -y lo sigo estando- que si este país fuera serio, escucharía seriamente todo cuanto dijera el Honorable Tarradellas... Aquel señor Tarradellas que, sin pelos en la lengua, había dicho:

«Al llegar aquí me encontré una España distinta a la que me contaban. La gente que venía a verme me contaba cuentos tártaros: esto va muy mal; el pueblo está muerto de miseria: Francos, y patatín, y patatán... Y cuando volví yo no conocía Madrid; era algo extraordinario. Y cuando llegué a Barcelona, igual. Y en Zaragoza... Es decir, que el país ha dado un paso muy hacia delante. Nos guste o no. Era un país europeo; un país muy avanzado...»

Pues bien, este astuto, sereno, experimentado y honorable Tarradellas es el que, en una entrevista que concede a Mari Mérida, y que se publica en el suplemento dominical de El País de Juan Luis Cebrián el primer domingo de mayo de 1980, al ser interrogado sobre la situación general de España, pone el dedo en la llaga y radiografía mejor que nadie el estado del enfermo.

Porque, cuando la sibilina y gran periodista Mari Mérida le pregunta: «¿Cómo ve las cosas, en este momento, en España, teniendo en cuenta que es usted optimista?», Tarradellas responde: «Pues mire, siendo optimista y todo, le diré QUE SI NO SE DA UN GOLPE DE TIMÓN FUERTE Y RÁPIDO, HABRÁ QUE EMPLEAR EL BISTURÍ, porque ya hay demasiadas cosas malas que hay que cortar...»

¡Así estaban las cosas en 1980! ¡Así iba España ese «año noche» de 1980! ¡Así eran las «vísperas» de aquel 23 de febrero de 1981!

Es decir, que si no se da un golpe de timón fuerte y rápido, habrá que emplear el bisturí...

¿Y qué hizo el señor Suárez y su Gobierno? ¿Qué medidas se tomaron para evitar el que tuviera que intervenir el bisturí...? ¡Ninguna! Al contrario, Suárez se encerró aún más en la Moncloa y el caos se fue generalizando, mientras todos, absolutamente todos, políticos y militares, derecha e izquierda, nos dedicábamos a «conspirar» (es decir, a buscar fórmulas de recambio, a buscar salidas del caos y del desastre... unos, con el objetivo de salvar la democracia; otros con el noble propósito de evitar la desintegración de España como nación...). 

EL «NO PUEDE SER... NO PUEDE SER», DEL CONDE DE BARCELONA, DON JUAN DE BORBÓN

Es curioso, pero es así: el destino suele hacer al hombre toda clase de jugarreta… ¡Es como si a ese «alguien» que maneja el destino de los hombres le divirtiesen las extrañas coincidencias y los acertijos!

 

Es curioso, pero es así. El mismo día que la clase política comenta la muerte de don Torcuato Fernández Miranda, el «estratega» del cambio para la Reforma y «cerebro gris» de la «Operación Suárez», caen sobre las encenagadas aguas de la situación política las declaraciones de don Juan de Borbón al ABC de Madrid. Parece como si el destino, ciertamente, quisiera jugar con el «hay que repristinar» de Fernández Miranda y el «No puede ser... No puede ser» del Conde de Barcelona. Los dos «mentores» del «motor del cambio» coinciden, sin proponérselo, una vez más..., y ésta no en posturas antagónicas. Al «estratega» se le ha roto el corazón de golpe, cuando aún esperaba ilusionadamente poder «repristinar»... Al Conde de Barcelona se le han abierto los ojos de par en par y alerta, preocupadamente, de que esto «no puede ser... No puede ser». ¡Es la mejor descripción posible de la situación política de España en ese momento!

 

Pero todavía hay otra coincidencia graciosa. O, al menos, curiosa. Porque curioso es que el hijo del Rey Alfonso XIII y ahora padre del Rey Juan Carlos I, diga de la situación política porque atraviesa la Monarquía casi las mismas palabras que Ortega y Gasset, el autor de aquel decisivo Delenda est Monarchia con el que despide a la Monarquía liberal, dijera al ver el rumbo que tomaba la República de los demócratas que ahora son el sostén de la nueva Monarquía.

 

Las palabras de Ortega de aquel 9 de setiembre de 1931, cayeron sobre las encenagadas aguas de la República como una bomba. El «Aldabonazo» orteguiano de las páginas de «Crisol» retumbó en Madrid e hizo daño, mucho daño, a los cimientos de aquella República que se equivocaba de camino... Aquel «No es esto. No es esto» del desilusionado filósofo fue, en verdad, un aldabonazo en las conciencias de todos y un grito de alerta a la clase política que se estaba suicidando. Una clase política que no supo o no quiso rectificar el rumbo y prefirió la muerte del Régimen que les daba la vida.

 

«No es cuestión de derecha ni de izquierda la autenticidad de nuestra República, porque no es cuestión de contenido en los programas. El tiempo presente, y muy especialmente en España, tolera el programa más avanzado. Todo depende del modo y del tono. Lo que España no tolera ni ha tolerado nunca es el radicalismo, es decir, el modo tajante de imponer un programa...

 

»Una cantidad inmensa de españoles que colaboraron en el advenimiento de la República con su acción, con su voto, o con lo que es más eficaz que todo esto, con su esperanza, se dicen ahora entre desasosegados y descontentos: "¡No es esto! ¡No es esto!"

 

»La República es una cosa. El radicalismo es otra. Si no, al tiempo.»

Pues bien, vayamos al encuentro del «No puede ser... No puede ser» del Conde de Barcelona.

Fue con motivo de la festividad de San Juan de ese año (24 de junio de 1980) y el periodista entrevistador, Tico Medina. Don Juan está en Estoril, en su residencia habitual, y ya no es aquel don Juan que de vez en cuando atronaba los espacios aéreos del franquismo con algún «manifiesto» o con «declaraciones explosivas»... Pero, es el padre del Rey que actualmente reina en España, y, sobre todo, un hombre que lo ha vivido casi todo y que pocas cosas le pueden sorprender. Aquel don Juan que tanto luchó por la Monarquía liberal y democrática es ahora el espectador sereno que contempla el «paisaje» desde la objetividad y desde la experiencia. Por eso, sus palabras sorprenden y hacen pensar... He aquí un resumen de aquella larga entrevista publicada en ABC. Pregunta Tico Medina y responde don Juan:

«Pregunta. -Porque, ¿cuál ha sido, señor, su labor en pro de la democracia?

»Respuesta. -Bueno, la idea democrática empezó más bien en mí de muy antiguo. Es decir, en contra un poco de los sistemas totalitarios, que estuvieron en boga hasta la guerra mundial. Aunque la verdad -algo de tristeza- no es que uno tuviera tampoco un recuerdo magnífico de cómo había funcionado la democracia en España ni durante la República, ni durante el reinado de mi padre; pero, por otro lado, también las arbitrariedades del mando único, esto me sublevaba un poco. De modo que trabajé hablándolo, diciéndolo...

»Pregunta. -¿Y Franco, señor? ¿Qué opinión tiene vuestra alteza de Franco, en lo que es ya la distancia del tiempo de su muerte?

»Respuesta. -Franco fue una necesidad de la guerra... Tal vez duró excesivamente..., pero la España que recogió él estaba deshecha ya, de modo que yo pienso que intentó poder con todo junto... y luego, pues lo hizo con más o menos fortuna (...).

»Pregunta. -Señor, aunque no es el momento de los consejos, ¿cuál le daría ahora mismo al Rey de España en éste, a la par que esperanzado, difícil momento de España? 

»Respuesta. -Es muy difícil aconsejarle a él, personalmente. Porque, además, la Constitución le ha quitado casi todos los poderes… La Constitución está clarísima... Yo soy de los que propugnan que a esa Constitución habría que cambiarle algunas cláusulas...

»Pregunta. -Un consejo, entonces, señor, a su país, que es España, a los españolitos de la calle, a los que están inquietos... a los que...

»Respuesta. -Que baje un poco sus pasiones, que procuren convivir, que se respeten más entre ellos... porque es dramático esto de ver estas cosas regionales... Vamos a ver... ¿Qué es un mitin democrático? ¿Quemar una bandera de España...? ¿Dónde vamos a ir a parar? Haciendo eso se insultan ellos mismos... ¡NO, ESO NO PUEDE SER..., NO PUEDE SER...!»

Claras y rotundas palabras de don Juan de Barbón, el Conde de Barcelona. «Que una cosa es la democracia -parafraseando a Ortega- y otra muy distinta el radicalismo...» No, no puede ser, no puede ser... ¿Y por qué no puede ser? Sencillamente, porque por ese camino se va al desastre y a la desintegración...

 

¿Y qué hizo el señor Suárez y su Gobierno al conocer la opinión de don Juan de Borbón? ¿Y qué hizo la clase política para evitar que se quemaran las banderas de España...? ¡Nada, absolutamente nada! Mejor dicho, sí... Siguieron haciendo lo que venían haciendo: destruirlo todo y enriquecerse unos cuantos. Pero, de los «negocios» hablaremos después. Ahora, lean la crónica que Joaquín Aguirre Bellver publicó el mismo día 24 de junio en El Alcázar, comentando estas declaraciones de don Juan y otras no menos interesantes del cardenal Tarancón, con el título de «El peor abogado»:

 

«Estas palabras: "¡No puede ser, no puede ser!", están llamadas a las páginas de la Historia, lo mismo que aquellas otras: "¡No es esto, no es esto!" Unas, las de Ortega y Gasset, se pronunciaron ante los conventos en llamas, mientras que las de don Juan de Borbón acaban de pronunciarse ante la quema de banderas españolas. Las ha transcrito Tico Medina, que entrevistó al padre del Rey en Estoril.

 

»Se da la notable coincidencia de esas palabras con las del cardenal Tarancón, que más que una homilía parecen una sentencia judicial condenatoria: "El pueblo está abandonado. Han aparecido en los periódicos con la distancia de muy poquitas horas.

 

»El pueblo soberano, abandonado. Es evidente, pero conste que era previsible. Desde el primer momento estaba visto que la Constitución acumulaba todos los títulos sobre el pueblo y sobre el Rey, pero todos los poderes sobre los partidos. Ante la dictadura de los partidos, ni el Rey, ni el pueblo iban a poder defenderse. Tan claro estaba que no quise que mis crónicas sobre la Constitución, donde se anunciaban estas cosas, quedaran sólo en las hojas del periódico sino que las reuní en un libro. Repasar sus páginas, ahora, cuando llegan con tanto retraso los dictámenes de don Juan y del cardenal Tarancón, me ha producido pena.

 

»Dice don Juan de Barbón que hay que cambiar de texto constitucional porque el Rey tiene escasos poderes y no puede ejercer sus obligaciones. Otro tanto sostiene el cardenal que le pasa al pueblo. Ni Rey ni pueblo, como si no existieran. Recordemos las palabras de Adolfo Suárez en su último discurso: "A mí sólo puede retirarme la confianza mi partido." Ni el Rey, ni el pueblo cuentan para nada.

 

»"Yo soy de los que propugnan que a esa Constitución habría que cambiarle algunas cláusulas", reflexiona don Juan, refiriéndose a la escasez de facultades regias. ¡Algunas cláusulas! Esa Constitución hay que borrarla de la pizarra, porque está escrita con tiza, y hay que escribir otra pensando en el pueblo, no en los partidos. Tampoco en el Rey, que debe ser un instrumento al servicio de España y de los españoles.

 

»Recuerdo la filosofía con que se hizo la Constitución. Un día condenando la representación múltiple de las Cortes de Franco, dijo un diputado socialista: "El pueblo, los trabajadores, sólo tienen un abogado: el partido." Me temblaron las carnes, porque es evidente que los partidos sólo a sí mismos se representan, sólo para sí mismos viven y luchan. No cabe peor abogado.

 

»Cuando se lamenta don Juan del desastre de la política autonómica, hay que puntualizar que no podía ser de otra manera. Los partidos no han buscado la prosperidad de las regiones, sino la división de España en feudos, de forma que, si no lograban el poder central, les quedase la consolación del mando en unos estados que podían gobernar a su antojo, bases o colonias desde las que planear la conquista de la totalidad, por los votos o por la revuelta, cuando no por el terror. Estaba claro, está escrito, denunciado una y otra vez desde las columnas de algún periódico empecinado en el amor a España. "¡No puede ser, no puede ser!" Tomen buena nota de esa frase los historiadores. No puede ser que España y los españoles estén abandonados, expoliados, oprimidos por la peor de las dictaduras, mientras los partidos se alían con los enemigos de la patria y del pueblo, porque los intereses de la patria y del pueblo no coinciden, no tienen nada que ver con sus intereses.

»Eso no se arregla con cambiar "alguna cláusula".»

GONZÁLEZ DEL YERRO AVISA... Y QUIEN AVISA NO ES TRAIDOR...

De «allí», de donde vinieron las palabras de aliento el 18 de julio de 1936, de esas «islas afortunadas» de donde despegó el general Franco para ponerse al frente del Ejército de Marruecos..., llegó la señal de alerta de uno de los tenientes generales más admirado dentro y fuera de las Fuerzas Armadas, don Jesús González del Yerro. Fue durante un acto de homenaje a la Bandera de España organizado por los canarios como «desagravio» por las ofensas que en otros lugares de España estaba recibiendo la enseña nacional. González del Yerro lucía ese día sobre su pecho la Medalla Militar que ganó en la batalla del Ebro -en la Casa de los Catalanes- como teniente de la famosa «Cuarta Bandera de la Legión»... cuando, de frente y sin tapujos, dijo bien alto para que se le oyera en la península:

 

«Ha llegado la hora de romper una inhibición suicida... En estas horas de inquietud de España, sabed que vuestras Fuerzas Armadas son las depositarias de las esencias vivas y firmes de la Patria común... Vuestro ejemplo es una petición a todas las poblaciones peninsulares para que también ellas rompan su inhibición y manifiesten con claridad su fe en España, su fe en una Nación cuya historia muestra el resultado nefasto de Taifas y divisiones...

 

»"SI LAS GENTES PENINSULARES MUESTRAN SU AUTÉNTICO SENTIR, SU ORGULLO DE PROCLAMARSE ESPAÑOLES, ESE ALUD INCONTENIBLE HARÁ QUE ESPAÑA RECUPERE SU AUTÉNTICO CAMINO."

 

»Con vuestra actitud mostráis el deseo de paz y solidaridad con las ciudades que padecen la tiranía de las pistolas.

 

»El Ejército infunde a través de los remplazos que por él pasan el ideal fundamental que debe galvanizar a todos los españoles...»

 

Y es que «inhibición suicida» era ya a esas alturas de 1980 la postura del último «desgobierno Suárez». Porque malo es que un Gobierno haga las cosas mal, pero peor es que no haga nada y que esconda la cabeza debajo de las alas.

 

González del Yerro alertó «desde la legalidad» y desde el deseo de que el Gobierno reaccionase y tomara medidas... Tal vez como Franco en aquel 23 de junio de 1936 -¡junio de 1936!- cuando todavía tuvo la valentía de «avisar» al ministro Casares Quiroga del mal ambiente que se respiraba, con razón, en las filas del Ejército:

 

«Respetado ministro: Es tan grave el estado de inquietud que en el ánimo de la oficialidad parecen producir las últimas medidas militares, que contraería una grave responsabilidad y faltaría a la lealtad debida si no le hiciese presente mis impresiones sobre el momento castrense y los peligros que para la disciplina del Ejército tienen la falta de interior satisfacción y el estado de inquietud moral y material que se percibe, sin palmaria exteriorización, en los cuerpos de oficiales y suboficiales... Han sido recientemente apartados de sus mandos y destinos jefes, en su mayoría, de historial brillante y de elevado concepto en el Ejército, otorgándose sus puestos, así como aquellos de más distinción y confianza, a quienes, en general, están calificados por el noventa por ciento de sus compañeros como más pobres en virtudes. No sienten ni son más leales a las instituciones los que se acercan a adularlas y cobrar la cuenta de serviles colaboraciones, PUES LOS MISMOS SE DESTACARON EN LOS AÑOS PASADOS CON DICTADURA Y MONARQUÍA. Faltan a la verdad quienes le presentan al Ejército como desafecto a la República; le engañan quienes simulan complots a la medida de sus turbias pasiones; prestan un desdichado servicio a la patria quienes disfrazando la inquietud, dignidad y patriotismo de la oficialidad, haciéndoles aparecer como símbolos de conspiración y desafecto... Apartado muchas millas de la península, no dejan de llegar hasta aquí noticias, por distintos conductos, que acusan que este estado que aquí se aprecia, existe igualmente, tal vez en mayor grado, en las guarniciones peninsulares e incluso entre todas las fuerzas militares de orden público...»

 

 

Pero, el señor Suárez no se dio por enterado y se «inhibió suicidamente» ante el aviso del capitán general de Canarias, teniente general González del Yerro. Y es que no hay peor ciego que el que no quiere ver... O tal vez porque aún tenía abierta la herida que allí mismo, en Canarias, se le había abierto cuando en 1978 el entonces capitán general, teniente general Prada-Canillas, le dijo ante los legionarios de Fuerteventura:

 

«Señor Presidente, cuando regrese a Madrid, en la intimidad de su despacho, cuando tenga que resolver los problemas gravísimos que pesan sobre sus hombres jóvenes, CUANDO TENGA QUE DISCUTIR CON ALGÚN TRAIDOR A LA PATRIA y tomar decisiones, por graves que sean, siempre pensando en la unidad sagrada de España, siempre respetando a nuestra enseña nacional, siempre queriendo y acatando las órdenes de nuestro Rey, detrás de ti, en esa línea de conducta, vas a tener nuestro apoyo y el de todos los caballeros legionarios…»

 

No, Suárez ya no escuchaba a nadie ni quería saber nada de nada… Sólo le preocupaba lo que los socialistas iban diciendo por ahí y los contactos que pudiesen tener con los generales…

 

Pero, ¿qué hacían y qué decían los socialistas…? ¿Eran ciertos los rumores que corrían por Madrid de que estaban «buscando un general»? Veamos.

 

 

SE BUSCA UN GENERAL...

 

Esto dicho así y ahora, parece una tontería, o un sueño... pero, situándose en el verano de 1980 tenía sentido y hasta encajaba. La situación general del país era, en aquellos momentos, como la de un barco al pairo y a merced de las olas, ya que Suárez seguía encerrado en su concha y el Gobierno desmandado y sin saber qué hacer. Todos hablaban de que había que hacer algo si se quería evitar que la descomposición de UCD arrastrara a la propia democracia. Y ese «algo» tenía que ser, de verdad, algo serio que pudiese detener la caída en vertical de la economía y pusiera freno al deterioro del Estado. Es decir, un «Gobierno de gestión», en el que colaborasen todas las fuerzas democráticas y los Poderes fácticos, y que presidiera un «hombre fuerte» no partidista.

 

De ahí que no sorprendiese a nadie el rumor que comenzó a circular en los primeros días de agosto de que ya se había llegado a un acuerdo para, en cuanto se abrieran las Cortes en setiembre, ir a otra «moción de censura» y cargarse a Suárez.

 

Pero, ¿quién iba a ser el Presidente? se preguntaba todo el mundo. Y la respuesta siempre era la misma: un general. Y algo debía de haber cierto en aquellos primeros chispazos veraniegos, pues todos los periódicos comenzaron a hablar del general Armada... y de otros. Concretamente, el Heraldo Español publicó en su número correspondiente al 7-13 de agosto, una portada con un caballo blanco (reproducción de un cuadro de Velázquez) a toda página y un título que decía: SE BUSCA UN GENERAL. En las páginas interiores de ese mismo número «Merlín». en su sección habitual «Las Brujas», recogía los rumores que circulaban por entre la clase política y los «mentideros» de la Corte:

 

«Bueno, pues ya ven ustedes cómo el “consenso” también ha llegado al aquelarre. Todas mis meigas están de acuerdo en que la situación política española ha llegado a una situación límite. Pero el problema no es ése. El problema está en saber si “esto” tiene o no arreglo, y si no lo tiene, si eso es o no constitucional. ¿Tiene arreglo constitucional? Pues vayamos todos, y yo el primero, por la senda de la Constitución. ¿No lo tiene? Pues… se rompe la baraja y al que Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. Porque de una u otra forma hay que buscar la salida a este mar de confusiones en e l que la UCD -y concretamente el señor Suárez, “Adolf” para los del “búnker” de la Moncola- nos han metido. Yo echo pelos y datos que me dan mis meigas en una redoma y… ¡eureka!, que no dijo Salomón, ¡he aquí la solución!

 

»El Rey y Suárez. – Que Suárez -otra vez “Adolf” para los “acomplejados”- está muerto biopolíticamente es algo que aquí lo sabe hasta mi gato. Pero… si no cuenta ya con la confianza del pueblo español, ¿cuenta todavía con la confianza del Rey? Mi meiga la Dolorosa tan aficionada ella a la Zarzuela, me dice que no “Y el Rey lo siente -me dice-, no creas, que le ha servido fielmente en la época de la “transición”. Pero hora es ya de acabar con las “transiciones” y, para el después, Suárez ya no sirve.” Y añade: “Las relaciones entre la Zarzuela y la Moncloa o son buenas…, ¡si lo sabré yo!” Pero, ¿y las de la Moncloa con la Zarzuela?, pregunto. Y es que ya sabe que el orden de factores “sí” altera el producto. “¡Tate, tate…!, me dice mi meiga, cada vez que Suárez entra en la Zarzuela y nota que algo ha cambiado. Y es que a Suárez, ya sabes, le gusta más el género revisteril.” Bueno, digo yo que tenemos un dato.

 

»El “Robot”. – Lo que ha quedado claro es que aquí hace falta un HOMBRE y no un nombre. Un hombre que no pertenezca a ningún partido político, para evitar recelos. Que no sea ni empresario, para que no se cabreen los trabajadores, ni trabajador -aunque trabaje- para que no teman los empresarios. Un HOMBRE que dé confianza al empresario y al trabajador, que sepa mandar, que sea honesto, que no tenga ambiciones políticas, no vaya a pasar lo que con Suárez, que fue llamado para la “transición” y se quiere llevar hasta el sillón. Que conozca los asuntos políticos y los económicos, y que entienda de autonomías porque las haya vivido, los esté viviendo, pero que tenga una carrera para que, cumplida su misión, a su casa y tan amigos. Ése es el HOMBRE.

 

»La fórmula. – Y es que en la Constitución está todo atado y tan bien atado por el señor Suárez que… ¿quién, cómo, cuándo y dónde se le echa? El por qué lo saben todos los españoles y el para qué, también. Pero... ¡hasta la Constitución, con lo mal hecha que está, digo yo, tiene un resquicio! Aquí, en el aquelarre, todas mis meigas quieren opinar y opinan. Unas son partidarias del bastonazo y tentetieso, y otras de la moderación. Pero mi meiga la Viejecita, que sabe más por vieja que por meiga, me dice en un susurro: "Tú acuérdate de la moción de censura..., ¿recuerdas?, pues aquello les dejó a todos un regustillo que no veas... La alternativa será el HOMBRE sin NOMBRE. Felipe ya está convencido de que su hora todavía no ha llegado. Aquí hay que cambiar y dar la impresión de cambio. Por eso ninguno tiene posibilidades."

 

La alternativa será el HOMBRE sin NOMBRE.

 

»EL "HOMBRE". – Bueno, pues, según deduzco yo de lo que me dicen a borbotones mis meigas, lo que hace falta es el HOMBRE. Y ese HOMBRE, además, ha de tener la confianza del Rey. Un HOMBRE que ponga en orden el país, que haga trabajar, que imponga seguridad, que sepa mandar. No sé por qué suelto el nombre de Antonio Garrigues. "¡Que no, hombre, que no! ¿Qué garantías puede ofrecer Antonio Garrigues al pueblo español? ¿Le conocen en Villar del Río? ¿A que no? Pues, entonces, no hemos ganado nada. Además hay parentescos que matan", me suelta mi meiga de un tirón. Bueno, pues entonces... ¡Ya lo tengo! ¡Un teniente general! "¡Que no, hombre, que no...! Que los militares no quieren el poder ni regalado", vuelve a insistir mi meiga. Entonces... "Mira, me dice, un teniente general daría la impresión de que es el Ejército el que toma el poder y eso no lo quiere ni siquiera el Ejército. Claro que hay muchos hombres que podrían ser·el HOMBRE entre las Fuerzas Armadas. Y, en todo caso, ¿no vería el pueblo español con buenos ojos a un militar -no un teniente general- al frente de un Gobierno que pusiera en orden las cosas hasta las próximas elecciones?"

 

»¡Vamos a ver! ¡Retreta! – ¡Ya lo toco...! ¡Lo siento... lo siento tan cerca... Lo tengo en la punta de la lengua! Hombres hay en las Fuerzas Armadas que reúnen las características exigidas para ser el HOMBRE. Ahí tenemos al general de División don José Martínez Jiménez, Segundo Jefe del Estado Mayor del Ejército, con un prestigio enorme... Y al general de División don Álvaro de Lacalle Leloup, jefe de la División de Montaña "Navarra", número 6, y gobernador militar de Pamplona, que conoce los asuntos políticos y económicos como nadie... Y el general de Brigada don Luis Sáenz Larumbe, tantas veces condecorado... Y al jefe de la División Motorizada "Maestrazgo", número 3, don José León Pizarra... Y a don Alfonso Armada Comyn, de sesenta años, general de Artillería, profesor principal que fue de la Escuela Superior del Ejército, jefe de la Casa Real y en la actualidad gobernador militar de Lérida; y al general don Tomás Pallás Sierra, subinspector de la Legión... Y al general don Luis Torres Rojas, jefe que fue de la División Motorizada "Brunete", hoy gobernador militar de La Coruña, tan amado por los hombres bajo su mando... Y el general... Y el general... Y el general... ¡Ay, si España, digo yo, hubiera sido tan pródiga en buenos políticos como buenos militares!

 

»Otros nombres. – Claro que cada cual arrima el ascua a su sardina. Nombres no faltan. El general Sáenz de Santamaría, actual delegado del Gobierno en el País Vasco... ¡Ay, si no fuese porque su balance en el Norte es tan negativo! Otros apuntan hacia el general que fue de la Guardia Civil don Manuel Prieto López, que abandonó la carrera de las·armas para presentarse como candidato a diputado por Granada con «Coalición Democrática». ¡Qué pena que perdiera aquellas elecciones y qué pena que se presentase! ¡Con lo bien visto que está por los socialdemócratas y hasta por algunos socialistas...! Porque en una cosa están todos o casi todos de acuerdo. En que el HOMBRE puede y debe ser un militar. Lo que pasa es que todavía hay quien quisiera...

 

»La postura del PSOE. – Por mucho que me lo digan mis meigas yo no me lo creo. ¿Los socialistas dando el placet a un militar como jefe de Gobierno? ¡Que sí, que está muy claro! Hoy los socialistas harían un gran sacrificio. ¿No presumen de patriotismo? ¡Que lo demuestren! En este tiempo Felipe se pondría con naturalidad la corbata y podría hacer un gran partido de corte europeo. Perdería, eso sí, el ala crítica del partido, pero alcanzaría el poder. ¡Cien años de honradez bien lo merecen! Y, además, según Luis Solana, tienen los socialistas muchos amigos militares... ¿Por qué no? El PSOE necesita una cura de humildad. ¿No serían suficientes dos años y medio, hasta las elecciones del 83, para hacer ese gran partido de tipo socialdemócrata y nacional que España necesita?

 

»Pero, ¿qué hacemos con Suárez? – Eso, ¡eh!, ¿qué hacemos con Suárez? Bueno, lo importante no es qué hacemos con Suárez, sino qué puede hacer Suárez. "Adolf" sabe que ha perdido el tren, pero a toda costa quiere seguir montando en "Mystère" y codeándose con los presidentes de las repúblicas iberoamericanas, por si acaso algún día cambian los vientos en España. Tiene una jugada en su manga. Adelantarse a los acontecimientos... si puede. Inaugura las Cortes y las disuelve al día siguiente... Puede ser, pero... ¡menudo lío! También puede presentar una moción de confianza, prometer, prometer, pactar hasta con el diablo -ya estuvo a punto de hacerlo con don Yago- y ganarla. Y:.., ¡hala!, ¡a por los ciento siete años…!

 

»¿Y el Rey? – Bueno, pregunto yo. Pero, a todo esto, ¿lo sabe el Rey? "¡Es de suponer que lo sabe! -me dice mi meiga la Viejecita-, y lo sabe el conde y lo sabe el duque... Y saben que está en juego, en estos momentos, algo más que la Corona. Sólo falta un paso..., sólo un paso..., y ¡ya está! Si "quien" puede se lo ha propuesto a los partidos políticos y los partidos políticos están dispuestos a aceptar... ¿Qué va y qué puede hacer el Rey con la Constitución en la mano? ¡Vayamos -como dijo su ilustre antepasado Fernando VII- todos, y yo el primero, por la senda constitucional."

 

»¿Y por qué un militar? – Y es que..., no sé... El HOMBRE, está claro, puede ser un militar. Concretamente, un general. Pero..., ¡ah!, ¿quién negaría hoy en España su colaboración a un militar que terminase con el terrorismo, impusiese seguridad en las calles, diese confianza a los inversores, terminase con las huelgas salvajes y los "piquetes" informativos? ¡Nadie! Quizás, algunos políticos... "Pero, además, un militar -me dice mi meiga la Viejecita con añoranza-, sería el mejor antídoto contra una involución. Y las fuerzas nacionales, sabiendo que hay un militar al frente del Gobierno, hasta podrían resignarse a colaborar con él." Y es que un militar, es un militar, aunque no sepa nada de eso cierto "marchante" de cuadros que quiere chalanear con el honor de

los soldados.

 

»El día "D". – Pues ya sólo falta que me diga el día y la hora, digo yo. Y me dice mi meiga con gran misterio: "El día en que un teniente general pase a la situación 'B' y un general ascienda a teniente general." Bueno, esto no lo adivina ni el primero de los "magos". Porque, vamos a ver: si la situación es tan apremiante, si Suárez puede adelantarse, que yo sepa hasta 1981 no pasar a la situación "B" ningún teniente general en activo, y ascender a teniente general... como no hagan lo que con Gabeiras y metan a una treintena en el paquete... Y dice mi meiga: "Pero, ¿no te has enterado de la reforma en la cuestión de ascensos? ¿No sabes que a todos los militares, sobre todo a los de alta graduación, les van a quitar dos años de vida activa? ¿Y ahora? ¿eh?"»

 

¡Ojo!, esto en el mes de agosto de 1980... en pleno verano y cuando la clase política se hallaba «descentralizada» y tostándose al sol en las playas.

 

Luego, vino el «reencuentro» de setiembre, y casi a renglón seguido, la «remodelación» del Gobierno... ¡El quinto y último Gobierno Suárez...! Le llamaron el «Quinto jinete del Apocalipsis» porque venía a fumigar con napalm lo que hubiese quedado después de pasar la peste, la guerra, el hambre y la muerte..., es decir, el caos en que Suárez había sumergido a España en cinco años (después de haberse gastado en jaranas la herencia del «viejo»). Y a continuación, ya en plan chuleta, promovió la «moción de confianza»... ¿Confianza de quién...?, que puso de manifiesto lo que a esas alturas era ya aquel pobre «desmantelador». Alfonso Guerra, con su habitual desenvoltura de modos y de lengua, en una entrevista concedida a Diario 16 lo dijo bien claro:

 

«Suárez está dispuesto a vender España por seguir en la Moncloa. La verdad es que si somos rigurosos, yo no veo perspectivas políticas para los próximos meses. Lamentablemente este país está anclado en una situación política difícil porque la correlación de fuerzas que hay en el Parlamento no permite ninguna estabilidad más que la estabilidad que pudiera dar un Gobierno que los socialistas no queremos, un Gobierno compartido con el señor Suárez. Y por tanto, la estabilidad no se va a dar. Desde mi punto de vista el Gobierno dentro de muy pocos meses, va a estar aún más deteriorado de lo que lo está en este momento y se va a plantear otro tipo de crisis: bien otra moción de censura o bien un adelanto de las elecciones.

 

»Pero yo no veo ninguna estabilidad después de comprobar la concepción miserable que le ha dado Suárez al debate, de intentar una acusación a la oposición, no sólo injusta, no sólo grave, sino falsa, y con una dosis de criminalidad importante cuando se atreve a falsificar los datos de la historia de la transición al decir que el Partido Socialista ha creado impasse que imposibilitaba al Gobierno. Y cuando se le exige la aclaración de una acusación de esa gravedad viene a ignorar, a violar la Constitución, calificando de impasse de posibilitar el Gobierno el hecho de presentar una moción, como es la de censura, que está en la Constitución.

 

»Yo no veo ninguna estabilidad en este Gobierno, no hay más que intereses personales en juego, y la crisis que padece el país no permito que se siga gobernando para beneficiar a un señor. Las elecciones anticipadas tampoco arreglarían nada, porque darían una composición de la Cámara muy similar a la actual.»

 

Sí, el Gobierno Suárez ganó «matemáticamente» la moción de confianza, pero ya ni las matemáticas podían detener el caos... y la descomposición interna de UCD, el partido de las ambiciones y de los «trapicheos».

 

Ese otoño fue, sin duda, el otoño de la conspiración. La «Conspiración de todos y para todos...». «Yo a los palacios subí y a las cabañas bajé y dondequiera que fui la conspiración vi», como don Juan Tenorio veía ineses por todas partes.

 

«El 27 de noviembre, el rumor "Osorio presidente de un Gobierno de gestión", escribe Pilar Urbano en su libro ya citado, tenía suficiente cuerpo como para que en el Congreso de los Diputados no se hablase de otra cosa, aunque ese día en San·Sebastián era asesinado el jefe de la Policía Municipal, Miguel Garciarena, y una provocada explosión nocturna en una céntrica calle de Logroño arrojase el saldo de un muerto y dos heridos. Saqué del hemiciclo a Osorio y le pregunté si aquel rumor tenía "madera". Me contestó a la defensiva, aunque visiblemente halagado: "¡Que conste que yo no he movido un solo dedo en este invento! ¡No tengo ni arte ni parte!" Y agregó: "No quiero estar en ninguna especulación ni conspiración que se produzca al margen de la Constitución y del Parlamento... Mis relaciones con hombres de UCD, de AP y del PSOE son espléndidas, pero no ha habido hacia mí, hoy por hoy, ningún 'puente' ni 'llamada' en ese sentido." Pero el rumor persistía. Los periodistas hablábamos, escuchando los cauces de los ríos, sobre "la operación De Gaulle". En ésta, el 5 de diciembre, cenando con Osorio varios periodistas recordamos que el nuevo y buen equipo de Gobierno de Suárez, después de cien días en el poder, no ha puesto ni la primera piedra de un solo proyecto serio de solución para los tres grandes problemas: terrorismo-orden público, paro y autonomías. Y una gráfica frase de Alfonso Guerra: "Si Suárez sigue encerrado en el retrete de la Moncloa, habrá que pensar en la necesidad de otra moción de censura… porque el país no aguanta.” Y, un poco por “divertimento”, otro poco por curiosidad, los periodistas de aquella cena proponemos a Osorio el juego de “mister P… Presidente”. Saltan sobre el mantel -por cierto azul intenso- diversos nombres de políticos y militares, que podrían concitar el respaldo de la izquierda y de la derecha, “en pinza sobre UCD” o “contando con UCD”; Osorio, antes había esbozado un “retrato robot”: “Debería ser parlamentario… aunque no es necesario. Independiente. De fácil entendimiento con el Rey. Capaz de dialogar y entenderse con las Fuerzas Armadas, con la Iglesia, con el mundo empresarial, con las centrales sindicales… Con experiencia política y, a ser posible, de la Administración. Civil. O militar que pida el pase voluntario a la reserva. Sensible a los temas regionales y autonómicos, pero no implicado en ellos. Que generase respeto y confianza, a la vez, en las izquierdas y las derechas…” Se comentó simultáneamente, “¡un mirlo blanco!”, “¡has hecho tu autorretrato!”, “¡ese hombre es Armada!”. Y llueven los nombres: militares como Armada, Soteras, Lacalle Leloup, Sáenz de Santamaría, González del Yerro… Civiles que van desde Antonio Garrigues Walker a un Martín Villa, desde un Oliart a un Enrique de la Mata… “¿José Federico de Carvajal?” “¡Hummm, la derecha rechinaría, aunque no le falte clase y categoría!” “¿Aurelio Menéndez?” “No es político.” “¿Sabino Fernández Campo?” “Podría, perfectamente… Pero él nunca entraría en ese juego.”»

 

¿Y Suárez? ¿Qué hacía Suárez, mientras tanto…? ¿Se iba a rendir un «ambicioso nato»? ¿Se iba a rendir el hombre que poco antes todavía decía aquello de “yo, por mantenerme en el Poder, estoy dispuesto hasta a pagar…”. Pero ¿no había quedado en que un político «sin cuarteles de invierno» jamás abandona la nómina de la Administración? Ciertamente, así es. Lo que ocurre es que Suárez, después de cinco años de gobierno (y con su cuñado Aurelio Delgado, el famoso Lito, de «secretario para todo») había resuelto el problema de la nómina hasta con propina…

 

Suárez se había encerrado en su búnker de la Moncloa, como Hitler en el suyo, y esperaba acontecimientos… Al menos, así lo describe el «fiel» Abel Hernández en este artículo:

 

«La soledad del Presidente. – El presidente se está quedando solo. La cohorte de agraviados crece y crece. Salen hasta de debajo de las piedras. No se atreven aún a proclamar sus intenciones a la luz del día, pero van por él. Suben en la alta noche. Escalan los muros de la Moncloa, como la yedra. Sigilosamente. La suerte parece echada; pero temen todavía el zarpazo de la fiera acosada. No acaban de creerse que todo resulte tan fácil. Por eso procuran ocultar el rostro. ¿Y si al final volviera a renacer de las cenizas como otras veces? Ésta es la razón de las cautelas, la única razón. ¿De quién puede fiarse ya?

 

»El presidente está solo dentro, agarrado a la mesa del despacho, que es como su tabla de salvación cuando brama el mar y cruje todo dentro. Mientras esté sentado a la mesa del largo despacho presidencial, con el globo terráqueo iluminado al lado y la batería de teléfonos, tiene poder. Después, Dios dirá. ¿A dónde va a ir el presidente si un día tiene que dejar el despacho de la Moncloa? Sus viejos amigos, de los viejos tiempos, completamente olvidados por él en estos años, que aún le quieren a pesar de todo, desde la distancia se preocupan, sin que él lo sepa, de este aspecto tan humano y tan fundamental. ¿Qué va a hacer Adolfo Suárez cuando deje el poder? ¿Qué va a ser de él y de Amparo y de los chicos? ¿Dónde va a vivir? ¿A qué se va a dedicar en su casa de Ávila? ¿Será capaz de adaptarse a una nueva vida si su único oficio es la política? ¿Sabrá estar abajo después de haber estado tan alto?

 

»Sus "barones" están echando a suerte sus vestidos en el antedespacho. Sólo le quedan cerca Aurelio Delgado y Alberto Aza. Las voces acompasadas de los "críticos" traspasan los muros como martillazos. Los dos "arcángeles" que custodian la puerta, Rafael Arias-Salgado y Rafael Calvo, no dan abasto y pueden volver de Mallorca con las alas cortadas. El bueno de Abril mantiene íntegra su lealtad, pero se ha quedado sin poder y no le hacen demasiado caso. Los demás buscan afanosamente el sustituto. No para Mallorca, no. Para más adelante. Es una forma como otra cualquiera de prolongar esta espantosa soledad. Pero la determinación parece firme: Suárez no encabezará el cartel electoral de UCD en las próximas elecciones generales. (Dicen que el nuevo embajador alemán, ojo al personaje, viene para ultimar el traspaso de poderes a los socialistas. Dicen que el embajador americano, señor Todman, que confía en Suárez, no estará aquí el día de las urnas. Dicen que la inminente reunión de los obispos sobre el divorcio, poco después de llegar el nuevo nuncio, va a ser un bombazo en medio del congreso centrista.)

 

»Parece que la consigna de Martín Villa a los suyos es la siguiente: "No me toquéis a Suárez hasta seis meses antes de las elecciones. Entonces, sí. Porque las elecciones las hago yo." La interpretación parece clara: Los "martinvillistas van a apoyar al presidente Suárez en Mallorca (estos días de atrás, antes de las famosas declaraciones presidenciales a la "Agencia Efe", Martín Villa mantuvo, al parecer, un encuentro de cinco horas con Suárez, quien también hizo partícipes de sus planes a Fernández Ordóñez y a Fernando Abril). Pero los "martinvillistas" van a cargarse a Suárez antes de las elecciones y van a determinar quién es el sucesor. Hay rumores -no sé con qué fundamento- de que Jesús Sancho Rof podría aspirar a la secretaría general del partido en Mallorca, con vistas ya a las próximas elecciones. Pío Cabanillas también es partidario del relevo controlado, con el consentimiento del propio presidente -¡qué remedio le va a quedar!- antes de que se acerquen las urnas. Pío es el muñidor de la crisis y del cambio.

 

»Si Adolfo Suárez consigue romper esta vez el cerco y el embate a que está siendo sometido (lo de menos es ya lo que pase en Mallorca), es insumergible y un político fuera de serie.»

 

El tema, pues, estaba claro y el juicio: ¡visto para sentencia! Sería un técnico, un gestor o un militar... pero, sería. Y, además, tenía que ser un «allegado a Palacio», como en 1930... un Berenguer de toda confianza: o Sabino (con gran experiencia en la Administración: secretario general del Ministerio del Ejército, subsecretario de Osorio, subsecretario de Información y Turismo, etc.) o Armada (el preceptor, el secretario fiel, el servidor incondicional)... En cualquier caso: un general... aunque al día siguiente se vistiese de paisano. Por eso, no era descabellado aquel titular del Heraldo Español: «SE BUSCA UN GENERAL.»