Los que vivieron los procedimientos de recluta y evacuación de niños vascos durante la guerra civil, apreciaron signos de crueldad refinada en los nacionalistas vascos y comunistas que gobernaron en las Provincias Vascongadas en aquel duro enfrentamiento bélico entre españoles. Gran número de los niños y de muchos de sus padres fueron presionados por diferentes medios; a los funcionarios públicos se les puso como condición para conservar su puesto y para ser considerados afectos al Régimen -¡Nadie sabía en el extranjero lo que esto significaba en la zona roja!-; pusieron como condición la entrega de los hijos para recibir los alimentos racionados; los huérfanos de milicianos eran llevados todos a Rusia, aunque sus padres fueran católicos.

Oficialmente se dijo que no serían llevados a Rusia sin el especial consentimiento paterno; pero mintieron, pues de los 1.700 menores que fueron llevados a la URSS, consta que por lo menos 200 se los llevaron sin consultar a los padres y los pocos que fueron consultados, se negaron. Pero los hijos… llegaron a Rusia.

La propaganda internacional, alentada por Rusia y por los restos del gobierno separatista, ya en el exterior, dijeron que fue un deseo popular que los niños salieran de España. Es cierto que algunos padres así lo desearon; pero de aquellos que tenían la fe católica, la mayor parte sintieron aquella expedición como la muerte de sus hijos. Leemos unos párrafos de una madre que suplica en una carta la devolución de su hijo mayor: “Aldán, 1º de febrero de 1938… como hace una temporada me encuentro muy enferma y no quiero morir con la pena de no ver a mi hijo Raimundo, y les ruego no digan nada a mi hijo de mi enfermedad, pues se llevaría un disgusto muy grande, y les pido de todo corazón que, si alguna persona va a reclamarlo en mi nombre, por favor que lo entreguen. Ustedes, que tendrán hijos sabrán comprender el dolor tan grande que es para una madre verse separada de ellos; ojalá no tengan que pasar nunca por dolor semejante y que puedan tenerles siempre bajo su protección y cariño”.

En otro párrafo insiste sobre su petición: “Por lo que más quieran, no desoigan mis súplicas tan justas, que son de una madre dolorida, que llorando les pide su hijo, pues si Vds, no me lo dan, lo perderé para siempre; piensen que es mi hijo mayor en quien habíamos puesto todas nuestras esperanzas, y que estamos expuestos a quedarnos sin él, si Vds. no ponen en práctica sus buenos sentimientos”.

Y termina la carta en estos términos: “Espero que su respuesta me sea favorable, y yo agradecidísima, les ofrezco mis respetos. Suya afectísima, s.s., Obdulia Gallego”.

En su día, apelaron a Emilio Herrero, periodista que residía en Bilbao, dedicado a la propaganda en el extranjero del movimiento comunista de España. Hablando de los 4.000 niños vascos evacuados, dice esto: “Hubo escenas desgarradoras de emoción familiar, abrazos, llanto, costando trabajo a algunas madres desprenderse del hijo, sufriendo desmayos…”.

El número de niños evacuados permanece todavía oculto, porque además de las evacuaciones oficiales hubo otras indirectas de niños con sus padres que fueron corriendo hacia Santander y Asturias, ante la inminencia del avance de los soldados nacionales que comandaba el general Franco. Desde luego, pasaron de 15.000 los evacuados, sólo de las Provincias Vascongadas.

Otro punto aún oscuro: la cifra total de evacuados. Ya hemos apuntado los niños que se llevaron a Rusia. Muchos fueron primero a Francia, pero también llegaron a Bélgica, Inglaterra, Suiza, México y otros países.

Le contaremos en otro momento la evacuación de enfermos del Sanatorio de Gorliz, que merece una atención especial y del valor humano e informativo que se desprende de la ingente correspondencia entre evacuados y sus familiares.

Sólo apuntamos ahora el estado de ánimo de un grupo de enfermos que intentaron una fuga, ocurrida el 3 de agosto; una expedición desde Saint-Christaud (en la región francesa Mediodía-Pirineos) a Berk-Plage (en el paso de Calais, al norte de Francia). Algunos niños se escondieron, otros forcejearon evitando vestirse o rasgando sus ropas; nadie quería alejarse más de la frontera de España. Los niños mejor dotados físicamente y con ánimo más fuerte, decidieron huir hacia los Pirineos, a la aventura de pasar las altas montañas para regresar a su Patria. Estos fueron los muchachos que intentaron la aventura: Jaime Lledó Gorostiza, de 14 años de edad; José Luis Goicoechea Ichaso (11 años); José Ituarte (13); José Luis Aurteneche Aguirre (12) y su hermano Jesús (9); Juan José Bedoya Aguirre (11); José Antonio Gutiérrez (12); Carlos Narbaiza Azpitarte (11); Fernando García Ascorizaga (12); Exiquio Pérez, de 12 años. El celo y vigilante responsabilidad de las Hermanas de la Caridad impidieron que se consumara el arriesgado propósito infantil.

Una curiosidad. La ermita en Francia de este santo es del siglo XI y es el patrono de las parturientas, cuya festividad es el 12 de noviembre; estos días, precisamente.