En estos días y en esta época en la que vivimos, en la que estamos más preocupados por luchas cainitas entre españoles, o en ajustar cuentas pasadas y reabrir heridas que se intentaron cerrar hace años, parece que el único afán de la memoria histórica española se centra, y en parte es lógico, en los estrechos márgenes que marcan las fronteras nacionales. 

 

Sin embargo, y echando la vista un poco más atrás del turbulento siglo XX, lo cierto es que nuestra historiografía y apurando, hasta nuestra clase política nacional tiene motivos sobrados para enarbolar la bandera de otra memoria histórica, reclamar lo que en su día nos robaron y expoliaron unos, y perdimos debido a la inoperancia y mediocridad de otros, y ya de paso unirnos en una causa común, propia, nacional y colectiva que hace tiempo está en la mente de muchos, pero que las relaciones internacionales y la corrección de los políticamente tolerado impide decir en voz alta, sin que le acusen a uno de chovinista.

 

Seguramente, los más afortunados de vosotros habréis viajado en alguna ocasión a Londres, o a París, donde habréis podido contemplar sus más admiradas joyas; sus museos y exposiciones de arte, que hacen a estas ciudades conocidos centros de la vida cultural europea.

 

Francia y el Reino Unido cuentan en su haber con grandes museos de arte y pintura, tales como el Musée du Louvre francés, la National Gallery o la Apsley House londinenses, que albergan las más lujosas y destacadas colecciones de cuadros del continente europeo, sólo comparables a nuestro Museo del Prado o nuestro Museo Reina Sofía de Madrid.

 

Decenas y centenares de obras de arte, especialmente cuadros de lo mejor de la pintura clásica española y europea de la era moderna, cuelgan de las paredes y los salones de algunos de los mejores museos franceses e ingleses, pero muy pocos saben que su origen no fue del todo legítimo y que tiene una turbulenta historia detrás que no se suele contar en los museos y que está basada en un auténtico expolio hacia esos museos europeos de lo mejor y más selecto del patrimonio cultural español a inicios del siglo XIX.

 

El origen del coleccionismo y el mecenazgo artístico de la corona española se remonta a la Casa de Austria (1516-1700) que, en el Alcázar Real de Madrid patrocinó y colgó, entre los siglos XVI-XVIII obras maestras del arte universal, muchos años antes de que esa labor pasara a corresponder al actual Museo del Prado, sede de la pinacoteca y de la colección artística española desde que fuera destinada a tal fin en 1819 bajo el reinado de Fernando VII.

 

En primer lugar cabria mencionar que el propio Alcázar Real, antecesor histórico y arquitectónico del actual Palacio Real de Madrid era, en sí mismo, toda una joya artística y, desde luego, el lugar idóneo para albergar la famosa colección artística de la corona española.  El Alcázar Real de Madrid, conocido en muchas crónicas como "el Castillo de Madrid", fue una fortaleza, y sede de la corte real de la Monarquía Hispana desde que en 1561 el rey Felipe II convirtiera a Madrid en capital de su reino.  

 

Parece ser, según los estudios de los medievalistas, que la primitiva y primera fortificación original del Alcázar y la primera fortaleza musulmana fue erigida durante el dominio musulmán de Madrid y España del emir Muhamad I en una fecha indeterminada en torno a los años 850 y 880, en la zona que actualmente correspondería al actual Palacio Real, La Almudena y la Cuesta de la Vega, donde aún podemos contemplar los restos de la vieja muralla medieval musulmana.

 

Posteriormente, el lugar (erigido por su privilegiada situación junto al río Manzanares y en alto para controlar todo el valle),  fue evolucionando poco a poco de una primitiva fortaleza o torreón, a un castillo medieval, y ya en los siglos XV-XVI, los reyes castellanos fueron convirtiendo la primitiva fortaleza en un Alcázar Real que fue residencia temporal de estos monarcas (no hay que olvidar que hasta mediados del siglo XVI, no había una capital fija del reino y la corte era itinerante).

 

Fue ya a partir del siglo XVI, con los reinados de los soberanos Carlos I y Felipe II de Austria cuando esta primitiva fortaleza palaciega se convirtió poco a poco en el espectacular Alcázar Real que fuera sede del Imperio Español y su Monarquía hasta el siglo XVIII, y lugar y momento en el que se empezó a crear la famosa colección real española.

 

Sabemos que ya desde finales del siglo XVI e inicios del siglo XVII, los monarcas austracistas empezaron a coleccionar y guardar en los salones del Alcázar madrileño cuadros y obras de arte de los mejores artistas de los siglos XVI-XVII-XVIII,  tales como Velázquez, Rubens, Tiziano, El Greco, Jan van Eyck, Tintoretto, Veronés, Ribera o El Bosco.

 

Según cuenta Miguel Morán Turina en su artículo para el Museo del Prado  "El Alcázar Real", en el Alcázar Real de Madrid y más específicamente en la conocida como "Casa del Tesoro" de este palacio, ubicado en lo que actualmente sería la Plaza de Oriente, se guardaron o colgaron obras míticas, tales como el "Retrato de Felipe II" o "Carlos V en Mühlberg" de Tiziano, "La expulsión de los moriscos" (perdido en el incendio de 1734), "El  triunfo de Baco", o "Las Meninas" de Velázquez, o "Las tres Gracias", de Rubens.

 

Sin embargo, el Alcázar madrileño tuvo su primera prueba de fuego, y nunca mejor dicho, en el primer intento de destruir el patrimonio artístico español, debido a un terrible suceso que a punto estuvo de destruir nuestras grandes obras de arte, y ello sucedió cuando el Alcázar Real sufrió un terrible incendio en 1734, en el que esa colección real de la corona austracista empezó a ser creada por primera vez, siendo ésta la primera gran amenaza a la que se enfrentó el patrimonio artístico español.

 

Según César Cervera en su artículo "El misterioso incendio que destruyó el Alcázar de Madrid", el incendio fue tan devastador y sorpresivo, que muchos de estos cuadros tuvieron que ser tirados a toda prisa por las ventanas del Alcázar Real por sus trabajadores, para intentar salvar el máximo número posible de cuadros.

 

Entre éstos, grandes joyas de nuestro arte español, como "Las Meninas" de Velázquez, o el famoso "Carlos V en Mühlberg" de Tiziano, fueron salvados por fortuna , pero parece ser,según cuenta Cervera, que unos 500 cuadros perecieron pasto de las llamas, entre ellos cuadros y obras de Velázquez, Peter Paul Rubens, Tiziano, Tintoretto, Ribera, Durero, Leonardo, Brueghel, Lucas Jordán, Claudio Coello, o Carreño de Miranda, y al parecer algunos tesoros histórico-artísticos de la conquista de América.

 

Tras su incendio y destrucción, el Alcázar Real fue sustituido, por encargo del primer representante de la Casa de Borbón, Felipe V, por el actual Palacio Real de Madrid, que siguió con la obra de mecenazgo artístico de sus predecesores.

 

El expolio francés al patrimonio artístico español

 

Esa tarea de coleccionismo real tocó a su fin el día 2 de mayo de 1808. Con la invasión de España por parte del Imperio Francés de Napoleón Bonaparte a inicios de 1808 y el consiguiente estallido de la guerra de la independencia española (1808-1814), las tropas francesas, lideradas por el rey-títere francés José I Bonaparte, pero también la alianza internacional liderada por las tropas británicas del Duque de Wellington, aprovecharon el caos y la desprotección del Patrimonio Nacional español y se dedicaron a una tarea de saqueo, expolio y rapiña de los principales objetos de arte (cuadros, esculturas, retablos...) que adornaban los palacios e iglesias españolas, especialmente el Palacio Real de Madrid. 

 

Tristemente célebre fue el caso del llamado Equipaje del rey José, como afirma Xavier Bray en su artículo para el Museo del Prado "Equipaje del rey José y colección del duque de Wellington", el cual menciona literalmente;

 

"Muchas de las mejores pinturas que se exhiben en Londres, pertenecieron en su día a la colección real española. Los cuadros más importantes saldrían de lo que vino a ser conocido como el equipaje del rey José. En el verano de 1813, José Bonaparte huía ante el rápido avance del ejército de Wellington por el norte de la Península.

 

El 21 de junio las fuerzas francesas sufrieron una derrota aplastante en la batalla de Vitoria. Después de la batalla, los soldados de Wellington encontraron el coche de José entre el abundante material y bagaje capturado, en el que descubrieron más de doscientas pinturas sobre lienzo, junto con dibujos y grabados.

 

Todo ello lo envió Wellington a Inglaterra, y se dio cuenta, con sorpresa, de que José Bonaparte había sustraído muchas de aquellas pinturas de la colección real española y pretendía llevárselas a Francia". 

 

Este mismo saqueo "real" fue muy bien narrado en forma novelesca, como magistralmente sabía contar nuestra historia patria, por el escritor Benito Pérez Galdós, precisamente, en su novela titulada "El equipaje del Rey José", donde describía;

 

"Desde muchos días antes habían sido embargados cuantos coches y carros y calesas rodaban por las calles de la villa, y casi toda la servidumbre se ocupaba en el embalaje de las diversas riquezas que José y los suyos se habían apropiado. Estos señores hacían buena presa donde quiera que ponían la mano y no eran nada melindrosos ni encogidos para esto del incautarse. Murat despojó la casa de Godoy y el real palacio, y José mandó traer de Toledo, de Valladolid y del Escorial cuanto pudiese ser transportado; esta última circunstancia salvó las piedras del edificio.

 

Luego que estuvo reunida cantidad fabulosa de cuadros, estatuas, joyas de camarín y sacristía, dejando a las Vírgenes y Santas sin un anillo que ponerse, establecieron cuatro depósitos en Madrid, los cuales fueron el Rosario, San Felipe, doña María de Aragón y San Francisco. Una comisión separó lo sublime de lo bueno, y no siendo fácil llevarlo todo, dispusieron atropelladamente lo primero en cajas, mezclando lo sagrado con lo profano, es decir, las bellas artes con los enseres de la casa y cocina del Rey José y diversos adminículos que este para diferentes fines usaba.

 

Muebles, porcelanas, vajillas, armas, añadiéronse al botín. Considerando que aun después de tanto despojo quedaba en España alguna cosa de todo punto inútil, según ellos, a la ignorancia castellana, echaron mano a las colecciones mineralógicas del gabinete de Historia Natural y embaularon también los depósitos de ingenieros y de artillería y el hidrográfico. De Simancas cargaron con lo más curioso que allí había. Aquella gente, hasta la historia nos quiso quitar.

 

Una caja en que holgaba un poco el tocador de José (así lo cuenta un testigo ocular) fue rellena con los pedruscos y los minerales de la Historia Natural. Entre una masa enorme de cartas geográficas iba Nuestra Señora del Pez; y la Perla anidó con una montura fina recamada de plata y oro. Se gastó un monte de claros, y por algunos días las iglesias que servían de depósitos y las galerías del real palacio resonaban cual si en ellas trabajase un regimiento de cíclopes. La tabla del Pasmo, que ya se hallaba en pésimo estado, acabose de rajar, y la pintura con las sacudidas y golpes se cuarteaba que era una bendición. ¡Oh divino Jesús! ¡No padeciste más en el Gólgota!

 

Completaban el convoy las cajas de guerra llenas de dinero en buen oro y buena plata antigua, de aquello que ya no se ve, y seducía entonces con su brillo los ojos de los extranjeros y con su noble son los oídos de todos. No se habían descuidado los franceses en reunir dinero, como gente allegadora y económica, ni menos en llevárselo; que si para limpiar de vicios a la capital hubieran usado de tanta diligencia como para limpiarla de onzas, fuera esta villa un paraíso en la tierra. Con el ejército iban los muchos particulares comprometidos que quisieron seguirles, y entre los carros de oficio, gran número de vehículos con equipajes de empleados altos y bajos". 

 

De todas estas obras expoliadas por los franceses, destacaban decenas de obras de los grandes pintores de la colección real española, como Velázquez, Murillo, Zurbarán Ribera, Rubens, Rafael, Tiziano, o Corregio. Pero si el expolio del Palacio Real de Madrid fue sangrante, más aun lo fue en otras provincias y ciudades españolas, como en el caso de los casi 1000 cuadros (999 en total) que fueron robados por los franceses en la ciudad de Sevilla.

 

Según cuenta Javier Macías en su artículo "Los cuadros que robaron los franceses en Sevilla", los franceses liderados por Soult, se dedicaron a expoliar y saquear iglesias, conventos y palacios en la capital hispalense, que fueron almacenados en el Real Alcázar. Del total de las casi 1000 pinturas saqueadas, destacan primeras obras originales de Zurbarán, Valdés Leal, Murillo, Alonso Cano, Rubens o Durero entre otros muchos autores de menor fama pero de igual importancia.

 

Para la Fundación Carlos Ballesta López, en su trabajo "El Expolio del Patrimonio Español durante la guerra de Independencia", los números del expolio francés son alarmantes;  casi 2000 cuadros en Madrid, que sumados a los casi 1000 de Sevilla, hacen casi 3000 únicamente en las dos grandes ciudades españolas.

 

El problema del asunto es que, una vez asaltado el equipaje francés por los ingleses de Wellington, la colección española expoliada es enviada a Londres, a espera de ver qué hacer con este patrimonio, ahora ya doblemente expoliado.  Según Rocío Coletes Laspra en su trabajo de investigación "La difusión del arte español en Gran Bretaña", la mayoría de esas pinturas se quedaron en Londres, adornando los palacios y museos ingleses.

 

Concretamente, según Laspra , de las 20 obras de pintores españoles expoliadas por los franceses, un total de 11 de ellas pasan directamente al futuro museo del líderinglés Wellington, la conocida como Apsley House, mientras que las 9 restante pasaron a su colección privada. Para Laspra, el destino de muchas de las otras centenares de obras expoliadas por los franceses fue diverso; desde los archivos franceses, hasta la familia de Wellington o museos ingleses y franceses.

 

Lo realmente increíble de esta historia es el papel que toma a continuación el monarca español, el rey Fernando VII de Borbón. Parece ser que, honestamente, el Duque de Wellington, una vez rescatado el patrimonio expoliado por los franceses, lo envía a Londres, parece ser que entre finales de 1813 e inicio de 1814. Allí es recibido por su hermano William Wellesley, Conde de Mornington y Barón de Maryborough, que cataloga el impresionante tesoro, y siendo, parece ser, el primer en tener conciencia del valor y la envergadura real del tesoro expoliado que tenían entre manos.

 

Así se lo hace saber William a su hermano Arthur Wellesley quien pasa a informarle del suceso al rey Fernando VII en 1814, una vez finalizada la guerra de la independencia, y a comunicarle la devolución inmediata del tesoro a su legítimo propietario; el estado español. 

 

Lo asombroso es que, al parecer, y en un gesto absolutamente incomprensible a día de hoy, el rey español le contesta a Wellington regalándole íntegramente todo el patrimonio español robado al líder militar ingles que, según dicen las fuentes, Fernando afirmó que "habían venido a su posesión por medios tan justos como honorables". 

 

Parece ser que, a pesar de las insistencias de Lord Wellington, absolutamente sorprendido de esta incomprensible actitud del rey español, finalmente el aristócrata ingles acabó aceptando el regalo, y colgando gran parte del patrimonio español robado en las paredes de su mansión londinense, con las bendiciones de la clase política e institucional española, que toleró y alentó esta situación.

 

Entre la colección de pinturas que fueron saqueadas por los franceses y los británicos durante la guerra de la independencia española y que se exhiben en Londres, según el catálogo de Xavier Bray, y el trabajo de Claus Michael Kauffmann " Catalogue of Paintings in the Wellington Museum", y el "Catalogue of The National Gallery",  podemos encontrar algunas obras maestras de la pintura española e internacional, tales como;  "El matrimonio Arnolfini" de Jan van Eyck, "El aguador de Sevilla" de Diego Velázquez, "Napoleón cruzando los Alpes" de Jacques-Louis David, "La expulsión del Paraíso" de Arpino, "Oración del Huerto" de Correggio, "Virgen de la Cesta" de Correggio, "Judit cortando la cabeza de Holofernes" de Adam Elsheimer,  o "Virgen con el Niño" de Bernardino Luini.

 

Éstas fueron algunas, las más importantes de entre otras muchas obras más, que fueron expoliadas por los franceses e ingleses y que se encuentran en museos, iglesias y parroquias de toda Francia y Reino Unido, además de las famosas "joyas de la corona española" que, según Fernando Rayón en su artículo "Las joyas de pasar" y el historiador Izquierdo Hernández, fueron saqueadas de los palacios españoles.

 

Según estos investigadores, las tropas francesas bajo el mandato de José I Bonaparte saquearon las joyas del Palacio Real y el Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial, robando un tesoro española por valor de 18 millones de francos y 22 millones de reales de la época, expoliando, entre otros, algunas míticas joyas de la corona española, tal y como la perla "peregrina", portada supuestamente en el sombrero por el rey Felipe III de Austria, en un famoso y conocido retrato del pintor Diego Velázquez.

           

La historia, además, de esta perla "peregrina" es  auténticamente novelesca, como afirma Francisco Pérez Abellán en su texto "La perla La Peregrina". Según éste, la perla fue encontrada por primera vez en las cálidas aguas americanas, pasando en el siglo XVI  a la corte real del rey Felipe II. Tras la muerte de éste, la joya pasa mano tras mano, a sus sucesores como una herencia  de la corona real española, y así recae finalmente a finales del siglo XVIII a manos del entonces último rey borbón, Carlos IV. 

 

Con la invasión napoleónica francesa, esta joya, como muchas otras ya narradas, pasa a ser saqueada por el rey José I Bonaparte, que la cede a su esposa.

 

Una vez en el exilio extranjero, parece ser que la joya vuelve a pasar de mano en mano, según afirma Abellán; de la corte Bonaparte a las casas de empeño y manos nobiliarias de Londres, y de ahí, nada menos, que a manos de la famosísima actriz Liz Taylor en los años 60, y de ahí nuevamente vendida a manos privadas, como resulta hasta nuestros días.

 

La historia de "la peregrina", y nunca mejor le vino a pelo ese nombre por los muchos caminos que tuvo que seguir a lo largo de su historia, es un buen símil del destino de una parte muy importante de ese, nuestro patrimonio artístico, perdido en las brumas de la historia y que ha sido ignorado, olvidado y ocultado por gran parte de la historiografía y la clase política e institucional española en los dos últimos siglos, quizá para ocultar el papel jugado por la propia España en este suceso, y para pasar a reivindicar una memoria histórica cainita que, en vez de unirnos, nos separa como nación.