El 7 de octubre de 1967 se estrena en el Teatro Bellas Artes de Madrid, con un éxito apoteósico, "El tragaluz", la única obra de Buero que tiene como telón de fondo la Guerra Civil y la Postguerra. Bien es verdad que a esas alturas ya es un autor súperconsagrado por sus obras "Historia de una escalera", "En la ardiente oscuridad", "La tejedora de sueños", "Hoy es fiesta", "Un soñador para un pueblo", "Las Meninas" y "El concierto de San Ovidio". También había vivido ya la famosa polémica que tuvo con Alfonso Sastre sobre el "posibilismo". Sastre llegó incluso a acusarle de haber claudicado con tal de estrenar sus obras. Naturalmente Buero se defendió diciendo, en resumen, que "Más vale decir algo, que no decir nada", que se puede tirar de la cuerda al máximo, pero sin que se rompa. (Ya sabemos lo que fue la polémica por el propio Buero) ¿Y cuál era el argumento de la obra?

"Buero Vallejo se enfrenta por primera vez a los fantasmas de la Guerra Civil mediante una obra que se mueve entre grandes saltos temporales. El análisis de una familia española del momento le permite al autor alcarreño encontrar las causas por las que la sociedad española se encuentra tan deshumanizada, tan alienada, tan falta de solidaridad, entre otras cosas, porque sigue sin olvidarse aquel triste episodio...Vicente es el dueño de una editorial de éxito que, sin embargo, no saca de la pobreza a su familia porque ellos no quieren. Viven en un sótano el matrimonio ya mayor y su hijo Mario. Desde que terminó la guerra han vivido pobremente, pero no aceptan la ayuda de Vicente. El padre está loco y no hace más que confundir a todos, la madre aguanta esa vida por amor, los hijos están enfrentados por su diferente forma de ver la vida y, también, por el amor de Encarna, quien casi al final de la obra les descubre algo que ninguno sabía del otro: que, en realidad, ha estado unida sentimentalmente con los dos. Después de muchas visitas al sótano, Vicente quiere pagar su culpa y descubre a su padre que cuando terminó la guerra, él se marchó en el tren y se llevó conscientemente la comida de la recién nacida Elvirita, cuya muerte ocasionó el estado demente del cabeza de familia. El padre reacciona violentamente y «castiga» matándole con unas tijeras." (Juan Pedro Sánchez Sánchez)

 

Yo estuve aquella noche en el estreno. Fui con Rodrigo Royo, mi director en "Diario SP", que era un gran amigo de Buero y fui uno de los que más aplaudieron al caer el telón... y no sólo por la obra en sí, sino porque vi enseguida la "jugada" del autor para evitar la censura y que autorizaran su estreno.  Esa noche en cuanto llegué al periódico me puse a escribir sobre la misma, pero lo dejé. Porque pensé que si descubría la "jugada" que encerraba podría tener problemas con los ciegos censores y además porque quería leer al día siguiente las críticas de los periódicos de Madrid.

Ninguno, ni siquiera el temido López Sancho, el crítico de "ABC", se había dado cuenta que los personajes sólo eran símbolos y que su apariencia física es ficticia. Para los críticos, Vicente y Mario, los personajes centrales, son sólo, un empresario triunfante, Vicente, que nada en la abundancia y el otro, el hermano, el pobre que no tiene ni para comer y está en el paro. Y al igual pasa con los demás personajes: el padre, para todos, sólo es un viejo que ha perdido la razón y está enfermo; Encarna, la protagonista, sólo es la amante forzada del hermano triunfante y la amante romántica, sincera y oculta, del pobre; la Madre es una pobre mujer ama de casa que lo soporta todo por amor. Tampoco ven lo que hay detrás de los objetos, las tijeras sólo están ahí para que el viejo recorte las postales, y los electrodomésticos (nevera, lavadora, horno, televisión etc...) son simples regalos que el hijo rico le hace a la madre para ahorrarle trabajo.

¡Ay!, pero yo vi otra obra, tal vez, o casi seguro, la que había visto Buero al escribir. No hay que olvidar que el estreno del "Tragaluz" venía precedido de la prohibición de "La doble historia del Doctor Valmy" y cuatro años en blanco (sin estrenar). Buero, astuto, disfraza a los personajes y oculta a la censura lo que es de verdad.

Para mi Vicente es la España vencedora que acaba de ganar la Guerra y Mario la España vencida. Por eso a Vicente lo presenta como prepotente, orgulloso, corrupto, amoral e inmoral, que piensa que todo se compra o se vende por dinero, que no le importa abusar de la pobre secretaria e incluso dejarla preñada sin querer ser el padre. En cambio a Mario lo presenta como un hombre bueno pero apocado, pesimista, triste, sin ambiciones y humillado (como quedó la España vencida en el 39).

Para mi Encarna es España, mejor dicho las dos Españas, la España que tiene que estar bien con Vicente, el triunfador, porque es la que le da de comer, aunque en el fondo la desprecia y la otra España, la que aún estando en la miseria y sin futuro, conserva sus principios y no deja de soñar con otro futuro... y el Viejo loco es el pueblo vencido, el que ha tenido que entregar las armas, que se hace a veces el loco porque no quiere ni recordar lo que fue y lo que pudo ser. También los objetos son símbolos, los electrométricos simbolizan el consumismo que llega y con el que los vencedores están comprando al pueblo y las tijeras son símbolo de venganza, el arma con la que un día podrán acabar con el "gran asesino".

Y por si fuera poco el hijo que ya lleva en las entrañas Encarna, de Vicente, al final será adoptado por el hermano pobre. Esa criatura simboliza las clases medias que ya estaban formándose en la España vencedora, y que por una parte tendrían que estar con el padre "biológico" y por otra con el "adoptivo".

Bueno, pues con todo eso en la cabeza me senté en la maquina y le escribí a mi admirado Buero Vallejo.

Y a los pocos días recibí su respuesta. Nos invitaba a cenar a mi director y a mí en "Lhardy".

—    Buenas noches, don Rodrigo... Don Antonio ya está arriba.

—    Gracias, Paco, ¿qué tal le va?

—    Bien, no nos podemos quejar.

—    Bueno, pues me alegro.

Y subimos las estrechas escaleras hasta un pequeño reservado que había enfrente nada más entrar. "Don Antonio" ya estaba sentado y tenía una copa de jerez en las manos y sobre la mesa un plato de jamón.

—    Hola, Antonio, ¿cómo estás? –le dijo mi director en cuanto entramos.

—    Ya lo ves, Rodrigo... y recordando aquel mes que me pasé contigo en Estados Unidos, en mi primer viaje.

—    No me lo recuerdes, allí tenía que seguir yo.

—    Sí, aquello es otro mundo.

—    Bueno, y este joven me imagino que es Julio Merino.

  • Sí señor, este caballero es mi rebelde Julio Merino.

Y con gran simpatía mutua nos saludamos. La verdad es que yo estaba encantado y admirado. Para mí, que todavía soñaba con ser autor de teatro, Buero era el gran maestro y su teatro mi gran envidia. Desde que llegué a Madrid no me había perdido ninguno de sus estrenos y mi admiración crecía con cada obra suya.

—    Bueno, don Julio Merino, sí, leí tu carta en cuanto la recibí y te aseguro que todavía estoy sorprendido.

—    ¿Sorprendido? ¿y eso por qué? –pregunté yo con interés.

—    Porque todo lo que dices del "Tragaluz" es cierto... y me sorprendió porque ha sido el primero, ¿qué digo el primero?, el único, que ha entendido bien la obra. Los demás, sobre todo los críticos que ya han escrito, sólo han visto lo que tenían delante, sin darse cuenta que a veces, por no decir siempre, tras lo que se ve hay o está lo que no se ve. Sí, todos los personajes son símbolos. Son lo que son, un hijo rico, un hijo pobre, un padre loco, una joven desorientada, una madre que a toda costa quiere mantener unida la familia y unos objetos, sobre todo las tijeras, a las que no le dan importancia alguna... Pero, detrás de todo eso que se ve está mi verdad, la que tú sí has sabido ver. ¿Y cómo lo viste tan rápido?, eso es lo que me intrigó y me sigue intrigando.

—    Pues, verá, "Don Antonio"...

—    Por favor, Merino, no me llames don Antonio, llámame Antonio o Buero, me gusta que me llamen Buero.

—    Bueno, pues Antonio, no creas que me resultó fácil, es más tuve que ir a la noche siguiente del estreno, yo solo, para convencerme de lo que había pensado al ver la obra... Además me sorprendió que habiendo dicho todos antes del estreno que Buero se atrevía con el "Tragaluz" a tocar el tema, por primera vez, de la Guerra Civil, en tu texto apenas si apareciera la Guerra Civil, sólo pequeñas referencias. Pero, que no hubiese "vencedores" ni "vencidos", que no hubiese pueblo, me sorprendió y en cuanto esa noche del estreno me quedé solo comencé a buscar el "truco", quería saber cómo se las había arreglado el autor para que la obra fuese, ciertamente, un repaso a lo que había sido la Guerra y lo que estaba siendo la Potsguerra y al final vi el "truco". Te habías servido de unos personajes y de un ambiente para reflejar lo que habían vivido y estaban viviendo España y los españoles.

—    Pues, diste en el clavo. Pero, ¿en qué momento de la obra te diste cuenta que los dos hermanos eran las Dos Españas que se habían enfrentado a muerte entre el 36 y el 39?

  • Lo vi claro cuando Mario, el hermano pobre, le dice a Vicente, el hermano rico, las palabras que tú sabes.

"MARIO: Quizá no. (Sonríe.) Yo vivo aquí, con nuestro padre... Una atmósfera no muy sensata, ya lo sabes. (Indica al Padre.) Míralo. Este pobre demente era un hombre recto, ¿te acuerdas? Y nos inculcó la religión de la rectitud. Una enseñanza peligrosa, porque luego, cuando te enfrentas con el mundo, comprendes que es tu peor enemiga. (Acusador.) No se vive de la rectitud en nuestro tiempo. ¡Se vive del engaño, de la zancadilla, de la componenda...! Se vive pisoteando a los demás. ¿Qué hacer, entonces? O aceptas ese juego siniestro... y sales de este pozo..., o te quedas en el pozo.

VICENTE: (Frío.) ¿Por qué no salir?

MARIO: Te lo estoy explicando... Me repugna vuestro mundo. Todos piensan que en él no cabe sino comerte a los demás o ser comido. Y encima, todos te dicen: ¡devora antes de que te devoren! Te daremos bellas teorías para tu tranquilidad. La lucha por la vida... El mal inevitable para llegar al bien necesario... La caridad bien entendida... Pero yo, en mi rincón, intento comprobar si puedo salvarme de ser devorado..., aunque no devore.

VICENTE: No siempre te estás en tu rincón, supongo.

MARIO: No siempre. Salgo a desempeñar mil trabajillos fugaces...

VICENTE: Algo pisotearás también al hacerlos.

MARIO: Tan poca cosa... Me limito a defenderme. Y hasta me dejo pisotear un poco, por no discutir... Pero, por ejemplo, no me enriquezco.

VICENTE: Es toda una acusación. ¿Me equivoco?"

—    No está mal pensado, porque con esas palabras quise reflejar un poco lo que eran los vencedores.

  • Espere, "Don Antonio", porque poco más adelante los dos hermanos, o sea, las Dos Españas, vuelven a recriminarse, a sabiendas de que es imposible entenderse. ¿Y cómo pueden entenderse unos "vencedores" prepotentes, orgullosos, corruptos, amorales e inmorales, que piensan que todo se compra o se vende por dinero, que no sienten ni padecen al pasar por encima de sus víctimas, que tranquilizan sus conciencias yendo a misa todos los domingos y repartiendo limosnas con otros, los "vencidos", que son buenas gentes, pero apocados, pesimistas, tristes, sin ambiciones y humillados, que no están dispuestos a claudicar aunque sea en medio de la miseria?

"VICENTE: Vente a la Editora, Mario. En la primera etapa puedes dormir en mi casa. (Mario lo mira y se sienta, despatarrado, en el sillón de su padre.) Estás en peligro: actúas como si fueses el profeta de un dios ridículo... De una religión que tiene ya sus ritos: las postales, el tragaluz, los monigotes de papel... ¡Reacciona!

(Encarna se decide y continúa su marcha, aunque lentamente, saliendo por el lateral derecho.)

MARIO: Me doy plena cuenta de lo extraños que somos. Pero yo elijo esa extrañeza.

VICENTE: ¿Eliges?

MARIO: Mucha gente no puede elegir, o no se atreve. (Se incorpora un poco; habla con gravedad.)Tú y yo hemos podido elegir, afortunadamente. Yo elijo la pobreza.

VICENTE: (Que paseaba, se le encara.) Se pueden tener ambiciones y ponerlas al servicio de una causa noble.

MARIO: (Frío.) Por favor, nada de tópicos. El que sirve abnegadamente a una causa no piensa en prosperar y, por lo tanto, no prospera. ¡Quiá! A veces, incluso pierde la vida... Así que no me hables tú de causas, ni siquiera literarias.

VICENTE: No voy a discutir. Si es tu gusto, sigue pensando así. Pero ¿no puedes pensarlo... en la Editora?

MARIO: ¿En la Editora? (Ríe.) ¿A qué estáis jugando allí? Porque yo ya no lo sé...

VICENTE: Sabes que soy hombre de ideas avanzadas. Y no sólo literariamente.

MARIO: (Se levanta y pasea.) Y el grupo que os financia ahora, ¿también lo es?

VICENTE: ¿Qué importa eso? Usamos de su dinero y nada más.

MARIO: Y ellos, ¿no os usan a vosotros?

VICENTE: ¡No entiendes! Es un juego necesario...

MARIO: ¡Claro que entiendo el juego! Se es un poco revolucionario, luego algo conservador... No hay inconveniente, pues para eso se siguen ostentando ideas avanzadas... El nuevo grupo nos utiliza... Nos dejamos utilizar, puesto que los utilizamos... ¡Y a medrar todos! Porque ¿quién sabe ya hoy a lo que está jugando cada cual? Sólo los pobres saben que son pobres.

VICENTE: Vuelves a acusarme y eso no me gusta.

MARIO: A mí no me gusta tu Editora.

VICENTE: (Se acerca y le aferra por un hombro.) ¡No quiero medias palabras!"

 

  • Sí señor. Estoy de acuerdo contigo, amigo Merino. Pero creo que te has olvidado de cuatro "cosillas". Me parece que se te han pasado cuatro de los símbolos que hay en la obra, porque no has dicho nada del semisótano donde vive la familia, ni del tragaluz, ni del "sobre" con dinero que le pasa el rico a los pobres, ni por qué cuando el padre mata al hijo lo hace con las tijeras y no con un arma de fuego.
  • Joder, Antonio, es que eres muy enrevesado, no me extraña que "engañes" a la censura. ¿Y qué significan esas cuatro "cosillas"? –intervino Rodrigo.
  • Veréis, cuando comencé a escribir la obra, aparte del argumento y los personajes, se me planteó dónde ubicarla y me busqué una vivienda que simbolizara la España que había quedado destruida y devastada por la Guerra, la de las chabolas y los escombros. Con el "Tragaluz" quise reflejar que a los ocupantes de la vivienda sólo les estaba permitido ver las piernas de los que pasaban por la acera, pero no el cuerpo y la cabeza. O sea, que la España vencedora no quería que la España vencida supiese lo que estaban haciendo con la vieja España, negocios sucios, compras y ventas abusivas, mercancías averiadas y dadas por buenas, productos alimenticios falsificados, represión a ultranza, fusilamientos a escondidas... ¡El "Tragaluz"!
  • ¿Y el sobre? ¿y las tijeras?... ¿qué escondes tras el sobre y las tijeras?
  • El sobre con los escasos billetes que le pasa el hijo Vicente a la madre, no es otra cosa que las limosnas que dan los "vencedores" a los "vencidos" para que malvivan sin protestar demasiado... ¿Y las tijeras? Aquí se me planteó un problema. Yo que tanto había estudiado la muerte de Larra pensé que el padre matara al hijo con una pistola, una pistola que podía tener superguardada desde la Guerra, pero repensé que los pueblos siempre se han defendido o han luchado (y recordé lo del 2 de mayo de 1808) con armas blancas, con armas de pobre y no con armas de fuego, que parece que son más de ricos.
  • Bueno, creo que ya está bien de teatro. Hablemos de hoy –interrumpió Rodrigo, mi director- ¿Cómo ves tú esto? ¿Qué va a pasar aquí cuando muera Franco?
  • ¡Pero coño! ¿No decís que Franco es inmortal?
  • Antonio, déjate de cachondeos, que yo no veo esto claro... Si pudiera me volvía a Estados Unidos.
  • Pues no lo sé, Rodrigo... También a mí me dan ganas, a veces, de marcharme, aunque mientras viva vuestro Caudillo esto seguirá igual, bienestar, trabajo y paz, mucha paz, muchas vacaciones, muchos coches y muchas neveras y televisores... Y ¿libertad para qué?
  • Eso fue lo que dijo Lenin, si no me equivoco, "Don Antonio" –dije yo con cierta burla-. A propósito, me gustaría saber una cosa de usted. ¿Cuándo? ¿Cuándo dejó de ser usted comunista?
  • Querrás decir cuando he dejado de ser militante del PCE.
  • ¡Vaá!, es igual ¿no?
  • No, Don Rodrigo, no es igual, se puede ser creyente y no ir nunca a misa ni pisar nunca una iglesia. Veréis, mi comunismo se fue enfriando desde que visité por primera vez los Estados Unidos, y tú, mi querido amigo, estabas allí, porque en aquel viaje me di cuenta que los americanos vivían casi como yo había soñado en mis tiempos jóvenes y por lo que había luchado a favor de la República... Luego viajé también a Moscú y vi lo que vi... Sí, lo mío no fue una "caída" como la de San Pablo... lo mío ha sido más lento, tal vez porque me estoy haciendo viejo y los viejos, ya sabes, "per sé" son conservadores.

En fin, que fue una charla estupenda y que allí nació la amistad que me unió a Buero Vallejo casi hasta su muerte y en su memoria tengo que recordar que gracias a sus consejos y a sus orientaciones conseguí el Premio Nacional de Teatro de 1973, con mi obra "La tragedia de Séneca".

Sí, Antonio Buero Vallejo no se fue al exilio, aunque pudo hacerlo cuando lo dejaron en libertad en Valencia. Prefirió quedarse, a sabiendas de lo que le esperaba: una sentencia a muerte y cadena perpetua. Afortunadamente la pena de muerte le fue conmutada y sólo permaneció en la cárcel 7 años... Pero los 7 meses, con sus largos días y con sus largas noches, esperando la muerte valdrían por toda una vida.