Con “La voluntad” y “Antonio Azorín” alcanzó la cumbre de la novelística española

Su padre le dijo: “José, aquí siempre tendrás tu casa y podrás venir cada vez que quieras, pero no cuentes con mi ayuda para nada… si quieres ser escritor lucha por ello pero no con mi dinero.”

“¡Ay, Pepita! Yo no sé todavía lo que son la gloria y la fama pero sí sé lo que es el hambre y conformarse con mirar los escaparates donde se ofrecen chorizos, morcillas, salchichones y jamones”

Gracias a Don Ramón Serrano Suñer, volvió del exilio en 1939

Tal día como hoy del año 1967 murió en Madrid el Maestro “Azorín” con 93 años. Fue el último superviviente de la Generación del 98 y aunque se le recuerda como el anciano, pálido y silencioso de sus últimos años yo quiero recordarle en este aniversario como aquel joven que llegó de Monóvar (Alicante) con escasos 20 años y dispuesto a comerse el mundo. Por aquellos primero años ya se hizo famoso por circular por Madrid con un paraguas rojo  y por revolucionar el periodismo que encontró a su llegada a la capital. Aquel “Azorín” que por su rebeldía y sus inquietudes políticas fue despedido primero de “El País”, luego de “El Imparcial” y casi arrastrado por sus “Crónicas desde Lebrija” (Sevilla). Fue un gran novelista, y quizás uno de los mejores articulistas de la prensa española de todos los tiempos. Ahora pasen y lean:

Cuando un amigo me pide opinión sobre “Azorín” mi respuesta es siempre la misma.

  • ¿De qué “Azorín” quieres saber mi opinión?
  • Jó, macho… del escritor “Azorín”
  • No, no lo tomes a broma, porque en José Martínez Ruiz hay tres “Azorines”.
  • No lo entiendo.
  • Sí, hombre, hay un “Azorín” escritor, eso está claro, pero hay otros dos “Azorines”, “Azorín” persona y el “Azorín” político… Y bien distintos, por cierto.
  • Eso es una tontería. “Azorín” sólo puede haber uno, como sólo hay un Unamuno, o un Baroja, o un Valle-Inclán.
  • Pues, te equivocas, y ya que citas a Unamuno te diré que en ese caso si tienes razón, no hay más que un Unamuno, porque la vida, la obra y sus ideas políticas coinciden plenamente. Tú lees “Niebla” y ahí está Unamuno, tú hablas de Unamuno padre de 9 hijos y está el mismo Unamuno y tú estudias el Unamuno Diputado en Cortes y sigue siendo el mismo… O sea, algo así como lo de la Santísima Trinidad, en Unamuno hay tres personas pero un solo Unamuno… En cambio en “Azorín” no es lo mismo. El escritor “Azorín” es muy distinto al “Azorín” persona (obra y vida no coinciden en nada) y bastante más distinto al “Azorín” político (¿Cómo puede ser el rebelde “Antonio Azorín”, el personaje de “La Voluntad”; el “Azorín” Subsecretario radical conservador del Ministerio de Instrucción Pública con Juan de la Cierva como Ministro?)
  • Vale, déjate de rollos y háblame del “Azorín” republicano. ¿Estuvo o no estuvo “Azorín” con la República, estuvo con los “rojos” o con los “nacionales” cuando la Guerra? ¿Y qué hizo con Franco tras la victoria del 39?
  • Bueno, pues te hablaré del “Azorín” republicano… aunque, en realidad, en esa primera juventud la obra, la vida y la ideología política sí que van unidas (el divorcio de las tres vendría años después). Verás, “Azorín” nace en el seno de una familia muy acomodada, su padre era el abogado más importante de Monovar y además propietario de varias fincas, lo que le llevó a ser primero Alcalde y luego Diputado y políticamente era un liberal-conservador monárquico. De ahí, precisamente, vinieron los primeros roces con su padre. Del monarquismo y de los estudios. El padre quería que su hijo, por ser el mayor de los 9 hijos que tuvo, a toda costa quería que estudiase la carrera de Derecho para poder seguir sus pasos en el futuro y al recibir la importante herencia, cosa que al joven no le complacía, porque desde muy pequeño él sólo quería ser escritor. Y por no romper con su padre hizo la carrera de Derecho en Valencia y trató de complacer a su progenitor, pero el joven no estaba por la labor y a finales de 1895 hizo las maletas y se marchó a Madrid. Aunque su padre se lo dejó bien claro antes de marcharse: “José, aquí siempre tendrás tu casa y podrás venir cada vez que quieras, pero no cuentes con mi ayuda para nada… si quieres ser escritor lucha por ello pero no con mi dinero.”

El hecho es que en 1896 “Azorín” ya está en Madrid y además sin medios para vivir, e incluso ni para comer (él mismo lo contaría en el primer “Librito” que publicó en 1897, “Charivari”… “¡Ay, Pepita! Yo no sé todavía lo que son la gloria y la fama pero sí sé lo que es el hambre y conformarse con mirar los escaparates donde se ofrecen chorizos, morcillas, salchichones y jamones”).

Lo que hace que aumente su rebeldía y su republicanismo, pues republicano se había hecho durante los años de la universidad y sus colaboraciones en “El Pueblo”, el periódico propiedad de Blasco Ibáñez. Por entonces sus ideas políticas eran las del anarquismo de Bakunin, como se reflejaría en sus primera novelas: “El diario de un enfermo” (1901), “La Voluntad” (1902), “Antonio Azorín” (1903) y “Las confesiones de un pequeño filosofo” (1904). Son los años más duros que pasa en Madrid y los más revolucionarios, según él la Monarquía era un lastre para el desarrollo de España y la nobleza y la clase política una “cueva de ladrones”. Al mismo tiempo estaba revolucionando el estilo literario, ya que huye del barroquismo imperante a la sazón, tanto en el periodismo como en la literatura y descubre las oraciones simples, la frase corta, los puntos  seguidos y los adjetivos entrelazados.

¡Ay!, pero con el triunfo su anarquismo se fue difuminando y más cuando le echaron de “El Imparcial” por su “Andalucía trágica”, una serie de artículos incendiarios que escribió sobre el hambre y la miseria que encuentra en Lebrija (Sevilla). Entonces el gran crítico que era Leopoldo Alas “Clarín” escribió estas palabras: “De Martínez Ruiz habría mucho que hablar, y hablaré en otra ocasión. Por hoy vaya esto, en resumen: Martínez Ruiz es un anarquista literario; sus doctrinas son terribles; pero él es un mozo listo, listo de veras. Entre las pocas cosas que respeta está el Castellano: escribe con corrección y facilidad, y eso de “Charivari” es un capricho que no crea el lector que anuncia una colección de galicismos. Lo que siento en el alma es que, siendo Martínez Ruiz amante del idioma y de los clásicos, como él ha declarado, diga los horrores que dice de Pereda y de Balart. Pero no me asustan estas ideas. He visto el retrato de Martínez Ruiz: es casi un niño. Además, él mismo confiesa que padece de los nervios… Pasará el sarampión, que acaso es salud, y quedará un escritor original, independiente y mucho más avisado que esos Nominativos que andan por ahí parodiando a Menéndez y Pelayo”. Era un rayo que se movía entre la revolución y el anarquismo y que no dejaba títere con cabeza. Porque entonces se da cuenta de que si quiere ser alguien en España no hay más remedio que entrar en el juego y hacerse conservador. Y más cuando lo ficha el recién nacido “ABC”, porque entonces además de conservador tiene que tragarse sus ideas republicanas, dada la orientación monárquica que ya tenía el periódico fundado por Torcuato Luca de Tena. Por eso no hay que extrañarse de que a partir de su entrada en “ABC” sus obras literarias pierdan la vida que tenían sus primeras novelas y se confundan con ser verdaderas obras maestras por su estilo literario. ¡Y hasta se va a París con Alfonso XIII, como enviado especial acreditado, cuando el Monarca viaja a la capital francesa en 1905!

Luego se hace “cronista parlamentario” y con su pluma feroz va dibujando durante años los personajes y “personajillos” de aquella clase política que llevaba España a la ruina. Pero esa política le tentó y en 1907 ya fue elegido diputado por Almería y lo sería tres legislaturas más por el distrito de Sorbas (Almería) y hasta llegó a ser Subsecretario de Instrucción Pública siendo Ministro Juan de la Cierva, el más conservador y más radical defensor de la Monarquía. Azorín estuvo siempre protegido por Don Antonio Maura y el Partido Conservador, cuando ya el “turno de partidos” se estaba diluyendo por la corrupción y los “pucherazos” electorales.

En 1923, cuando llega Primo de Rivera y la Dictadura, Azorín se aparta de la política activa y vuelve a lo suyo, que es escribir. Es la hora de “El chirrión de los políticos” y su ruptura con la Monarquía, por eso tal vez no acepta ninguno de los cargos que le ofrece el Dictador y al final se aproxima a Ortega, Marañón, Pérez de Ayala y Antonio Machado, los que poco después fundarían la “Agrupación al Servicio de la República”... Y con fervor celebra el 14 de abril el izado de la bandera morada de la Segunda República. ¡Ay!, pero la quema de iglesias y conventos del mes de mayo le asustaron y como el caracol, se encerró en su concha. Y casi, casi llega a la misma conclusión que Ortega y su “No es esto, no es esto”, cuando dice “yo soy republicano y me moriré republicano, pero una República que inicia sus pasos con llamas y fuego no puede ser mi República”.

Y en este estado de ánimo le sorprende el 18 de julio de 1936. ¡La Guerra Civil!... Y Azorín, que en el fondo era un tímido, introvertido y miedoso, ve que el suelo se hunde a sus pies y que los acontecimientos desbordan su apocado espíritu. Y más cuando, al igual que le sucedió a Ortega, unos milicianos radicales se presentan en su casa y le obligan con los cañones de los mosquetones apuntando su pecho a firmar un “manifiesto” disparatado contra los sublevados y la España en la que él creía. Luego, lo diría en el exilio: “¿Y qué queréis que hiciera con aquellos locos apuntándome con sus fusiles? Pues sí, me cagué en los pantalones y firmé. Claro que firmé... de una firma te puedes arrepentir y justificar pero del cementerio no vuelves”.

Y, como Ortega aquellos últimos días de julio hizo sus maletas y con su mujer, Julia Guinda Urzanqui, se plantó en París, donde habría de pasar los tres años que duró la Guerra. Sí, fue un exilio voluntario, pero –como él mismo diría en muchas ocasiones- fue el “exilio del miedo”.

Y en París estaba cuando terminó la Guerra y Franco dictó el último parte que confirmaba la Victoria de los Nacionales. Aunque tampoco perdió el tiempo en la capital francesa. Porque allí escribió “Españoles en París”, un retrato de todos los “exiliados del miedo” que vivieron en París aquellos años.

Además de escribir y de padecer la lejanía de su España se sabe que Azorín actuó de “agente de canjes”, o sea mediador para cambiar republicanos en manos de los nacionales y nacionales en manos de los republicanos. En octubre de 1937 le escribe a su amigo Marañón esta carta:

“Mi querido doctor: la situación de Antonio Espina es

angustiosísima. Preso en Palma de Mallorca desde julio

del año anterior, posiblemente será condenado a la

pena capital. Ha intentado suicidarse cortándose una

vena. Estoy haciendo gestiones para que le pongan en

libertad. Me dice su señora que las gestiones hechas

por Francia serían contraproducentes. Hay que tocar la

tecla de Inglaterra. Y hay que interesar también a algunos

españoles de cuenta que puedan influir con Franco.

¿Puede hacer usted algo en este asunto? ¡Y cómo no

ha de poder, teniendo tan buenos amigos y disponiendo

de un tan generoso corazón!

Le admira y quiere Azorín”

 

Y todavía más, y siguiendo su interés por los canjes, Azorín se dirige al mismísimo Franco y el 14 de enero de 1939, cuando el final de la guerra está ya muy próximo y le escribe esta carta:

 

“Señor:

Acudo nuevamente a S.E. en súplica respetuosa.

Magnánimo S.E. y generoso, sabrá excusar, sin duda,

esta reiteración. Los sentimientos caritativos no pueden

ser nunca impertinentes. Ricardo León, preclaro escritor

que sirviera siempre a España, se encuentra refugiado

con su familia en Madrid, en la Embajada de

Cuba. Estoy autorizado para decir que se colocará a

Ricardo León y sus deudos en Francia, si se coloca en

Francia al Dr. Madrazo, viejo y valetudinario, preso en

Santander. Ricardo León presenta un alto valor en la

Patria. Al arbitrio de S.E. queda el considerar si la salvaguardia

de los más puros valores espirituales de España

impone este canje, cuando no lo impusieron las leyes

sacrosantas de la piedad.

 

Dios guarde a S.E. muchos años”.

 

Pero, todavía el escritor se dirige de nuevo a Franco (según se hizo público en el “memorial” del Ministro Serrano Suñer) a finales de enero de 1939:

 

Señor: se van precipitando los acontecimientos y quiero

terminar la serie de mis memoriales, elevados con

todo respeto a S. E., con uno más de carácter práctico.

No he temor de incurrir en impertinencia ahora, ni de

haber incurrido antes, puesto que siempre escribo e

inspirado en el mismo amor a España que en toda ocasión

guió mi pluma.

Pronto pudiera ser tocada, al entrar las tropas nacionales

en Barcelona, la majestuosa marcha de los clarines,

que hoy toca nuestra caballería, y que es la primera

marcha española que se compuso para tocarla cuando

penetraron los Reyes Católicos en Granada. La restauración,

nueva reconquista, estará en breve cumplida. Y

el derecho, restablecido. Pero quedará fuera de España

un millar de sus laboradores del intelecto. Entre éstos,

trescientos eminentes indiscutiblemente. Se habrá conquistado

el territorio y quedará extravasado del área

nacional el espíritu. Una España nueva no puede fundarse

sobre bases únicamente materiales, con exclusión

de los valores del espíritu. Tanto valdría, si eso

fuera, como profesar el concepto materialista de la historia, que ha sido combatido ardientemente con las

armas. ¿Qué España es ésa –se preguntaría el

mundo– de la que están huidos voluntariamente, si no

proscritos, sus más ilustres hijos? Suplico de nuevo a S.

  1. que perdone mi obligada sinceridad. Las naciones

las hacen la espada y la pluma. La espada echa los

cimientos y la pluma levanta el edificio. ¿Y cómo va a

crearse una España nueva, repito, sin valores morales?

Cuenta con ellos –y son muy respetables– la España

nacional en la actualidad. Pero son esos valores en

número escasísimo comparados con la pléyade dispersa

por los diversos países de Europa y América y con

el grupo estante en la fragmentaria España republicana.

En esa pléyade y grupo figuran poetas, novelistas,

ensayistas, filósofos, historiadores, críticos literarios,

periodistas, comediógrafos, juristas, catedráticos, filósofos,

eruditos, economistas, actores, físicos, químicos,

matemáticos, botánicos, zoólogos, astrónomos,

arqueólogos, arquitectos, médicos, geógrafos, pintores,

músicos, estatuarios... Sin contar la muchedumbre de

los oficiales mecánicos habilísimos en la práctica y la

maquinaria y las artes industriales.

¿Cuál podrá ser el espectáculo. contemplado por

Europa y América, de una España flamante, creada a

costa del más puro heroísmo, de sacrificios sublimes,

en que falte, empero, cantidad de distinguidos hijos

suyos? En América debemos pensar sobre todo.

Preciso será rectificar la indiferencia estulta con que

hemos procedido con un mundo descubierto y conquistado

gloriosamente por nosotros.Y a América debemos

ofrecer la visión de una España completa en su contenido

espiritual.

Para llegar a ese extremo satisfactorio yo me atrevo a

proponer a S. E. la celebración en París, cuando sea

llegado el momento, de una asamblea o conferencia

consultiva. Propondrá esa conferencia los arbitrios más

eficaces y decorosos para la reintegración a la patria de

la intelectualidad ausente. ¿Qué mayor y más esplendorosa

sanción podría darse para la España nueva,

sanción a la vista del mundo, que ese retorno de los

intelectuales españoles a sus hogares nativos? La conferencia

podría estar formada por elementos que han

permanecido refugiados en París, por elementos de la

España republicana y por elementos de la España

nacional. Vendrían debidamente autorizados por el

gobierno y con el gobierno estarían en contacto durante

las sesiones de la Asamblea. Y la Asamblea podría

presidirla hombre de prestigio universal, respetado por

todos y tan eminente en ecuanimidad y tacto como el

doctor don Gregorio Marañón. La conferencia deliberaría

sobre la vuelta de los intelectuales a España y sobre

las condiciones siempre decorosas en que esos elementos,

integradores de la nacionalidad –hablo de los

no residentes en la España nacional– habrían de poder

tornar a la patria.

Señor: al término de mi tarea, séame permitido evocar,

pensando en los vencidos, las palabras que uno de los

más grandes estadistas que ha tenido España, don

Antonio Cánovas del Castillo, pronunciara en el

Congreso de los Diputados en la sesión del 8 de abril

de 1869. Vivía entonces España un trance decisivo en

su historia, después de una revolución. Arbitro de

España era el conde de Reus, marqués de los

Castillejos, general don Juan Prim y Prats. Cánovas del

Castillo dijo: “La templanza es una de las más grandes

virtudes civiles; la energía y el vigor en la lucha, cualquiera

los tiene. Lo que no todo el mundo tiene, y sólo

es dado a los verdaderamente fuertes, es la templanza.

De suyo es templado el hombre cuando tiene la conciencia

de su propio derecho, cuando siente en sí la

fuerza bastante para hacerse respetar a todas horas,

de quien quiera, y en todas partes.”

Dios guarde a V. E. muchos años.

José Martínez Ruiz (Azorín)”

 

Y copia de la carta le envió a su amigo Marañón con estas palabras:

 

“Mi querido doctor: con el envío de este postrer memorial,

vuelvo a mi concha. No era nadie antes y no soy

nada al presente. He cumplido con mi deber de español.

Si usted gusta, puede sacar copias de esta representación

–que ruego me devuelva–, puesto que, a mi

entender, es usted desde ahora quien debe tomar la

dirección de este asunto. Y no olvide que el tal asunto

ha de formar parte de nuestra historia.

              Con todo mi cariño le saluda su admirador. Azorín”

 

Franco no le contestó, pero sí intervino a su favor el “cuñadísimo” Serrano Suñer... y gracias al poder que tenía en esos momentos José Martínez Ruiz “Azorín” pudo volver a su amada España y a su amadísima Castilla. El exilio había sido sólo un paréntesis en su vida. Pero como hombre agradecido años después le escribió un prólogo precioso a uno de los libros de Don Ramón Serrano Suñer (“Ensayos al viento”), cuando el “cuñadísimo” llevaba ya casi 25 años alejado del poder, del franquismo y hasta del mismo Franco. Fue este prólogo, que por su interés político recogemos íntegro:

 

Palabras liminares:

  Don Ramón Serrano Suñer es un político y un escritor; tiene una doble personalidad. Los ensayos que ahora vemos juntos en un volumen dimanan de su experiencia como político y de su inteligencia como escritor. Debí poner como intelectual; el adjetivo intelectual no se convierte –para el mundo- en sustantivo hasta el asunto Dreyfuss (1901). No ha podido emplearlo Diego Saavedra Fajardo, en el siglo XVII, asiste en Europa, como diplomático, a los más notorios acontecimientos, y eso durante veinte o más años; va escribiendo, en los respiros que le dejan sus misiones, un libro para aleccionamiento de un príncipe que ha de reinar.

Nicolás Chamfort (1741-1794) es maximalista, dramaturgo, poeta, conversador diserto en los salones; es decir, es un intelectual. Chamfort dice: « Il y a des siècles où l´opinion publique est la plus mauvaise des opinions. » Estas palabras que pondrían en cuidado, con otras similares, en un régimen estrecho, han podido ser peligrosas –y de hecho lo fueron- en plena Revolución francesa.

Tenemos, con todo lo dicho, los precedentes necesarios para regresar al punto de partida. ¿Cuál es la actitud de don Ramón Serrano Suñer ante la política? Saavedra Fajardo nos dice que los “discursistas” son enemigos del Estado, de los gobernantes; pero el mismo Saavedra Fajardo nos dice que los “discursistas” son los enemigos del Estado, es decir, de los que representan al Estado, de los gobernantes, pero el mismo Saavedra es un discursista; lleva en su propia persona un conflicto íntimo. ¿Lo lleva don Ramón Serrano Suñer? Ese conflicto no lo disipó Saavedra Fajardo. No se disipa en don Ramón Serrano Suñer  porque en su persona no existe. ¿Cuál habrá de ser la actitud del intelectual ante el Estado? Lo dirá el temperamento, la edad, la situación social del intelectual. Nuestro Baltasar Gracián ha dicho en su “Oráculo manual” (1547) lo que copiamos: “Nunca apurar ni el mal ni el bien.” (A la moderación en todo redujo la sabiduría todo un sabio.)

Al hablar del escritor debemos hablar del estilo. Don Ramón Suñer escribe con naturalidad. No se oponen a la naturalidad las repeticiones, que a veces se usan para evitar la anfibología. Don Ramón Serrano Suñer escribe sin afectación, tanto sin afectación de sencillez. “Ser desafectado” dice Gracián, a quien he citado hace un momento y a quien citaré siempre como maestro del buen vivir. ¿Cuál es el buen vivir?

Don Ramón Serrano Suñer, por los cargos que ha desempeñado en un Estado naciente y por su situación en el Estado ya constituido, ha podido observar el mundo y sus veleidades –ya superadas- con España. En los albores de la historia, unos vestigios fenicios o persas en Montealegre (Albacete), lejos del Mediterráneo, pueden servirnos de punto de partida para estudiar los avatares nacionales. Andando el tiempo, una batalla hace que cambie la faz de España. Y pasada esta etapa de siete siglos (que alguien ha llamado festivamente “la temporada de los moros”) entramos ya en la historia moderna. Existen hoy nuevos medios de comunicación cordial entre los pueblos, y existen, a la par, nuevos artificios de destrucción asoladora.

¿A dónde va el mundo? ¿Cuál es el sino del planeta?

Lector: tienes en tus manos el libro de don Ramón Serrano Suñer. En algunos de estos ensayos ha tenido que ir la pluma muy despacio.

AZORIN”

(29-12-1964)