Sobre Cuentos Extraños: Es difícil, hoy por hoy, dar una patada a una piedra y no toparse con una caterva de marisabidillos que dicen hablar con garantías en varios idiomas; sin embargo, pocos tienen, ya, la capacidad de escribir bien, es decir, de hacer literatura, en una sola de las lenguas que esos mismos individuos presumiblemente dominan. Y con dominar no aludo, con necesidad, a escribir en la lengua materna. Como veremos. Para Coleridge, la más alta cima de la literatura inglesa sólo había sido alcanzada por una pluma hispana; naturalmente, se trata de José María Blanco White y su excelente poesía Night and Death. Entre las más reputadas novelas sobre la sociedad norteamericana, se cuenta desde su lanzamiento, con la Lolita del novelista ruso Vladimir Nabokov; y una de las empresas literarias más arduas para cualquier lector que se precie es la trilogía que Samuel Beckett escribió en francés, compuesta por Malone muere, Molloy y El innombrable. Como último ejemplo, cabe referirse a Joseph Conrad: aquel escritor polaco con sendas obras maestras en un inglés endiabladamente preciso, entre las que se cuentan El corazón de las tinieblas o Lord Jim. A ésta nómina de escritores se une, ahora, una joven promesa de la narrativa española contemporánea que comparte la raigambre polaca de Conrad, y que tampoco escribe nada mal en una lengua distinta a aquella con la que empezó a nombrar el mundo: me estoy refiriendo a Daria Pietrzak y sus Cuentos extraños.

Para determinar la calidad de un escritor ―Azorín dixit―, basta con degustar su capacidad para adjetivar: eso que a Pla tanto le costaba hacer y que, quizás por eso, hacía con tanta precisión; después hay otros talentos igualmente importantes, pero ninguno debe preceder a la voluntad de estilo. En los weird tales a la española firmados por Pietrzak, además de una buena adjetivación, encontramos precisión al narrar y sutileza al describir. Los tres relatos y la novela breve incluidos en Cuentos Extraños (Biblioteca del Laberinto SL) se deslizan con la ligereza de una película: empalmando fotograma a fotograma en una conjunción de escenas perfectamente trazadas, que solo al final adquieren un ritmo endemoniado, de forma que el lector pasa de una lectura escrutadora a una lectura voraz que busca hallar el “misterio” (quest) de la historia. Para seguir el símil cinematográfico, diríamos que la autora sabe “poner la cámara” en la narración incluso cuando la historia sondea varios elementos tópicos ―especialmente en el relato titulado “El vecindario”―, que nunca se resuelven como cabría esperar.

Su lectura me hace evocar nombres como el de Henry James, Raymond Carver o Alice Munro. El tono realista de las historias está impregnado por una cotidianeidad ―mudanzas (situación), dormitorios (escenario), despertadores (atrezo), vecinos (personajes), vulnerabilidad (tema)―, donde subyace un peligro aún por cristalizar: esa es la extrañeza irracional a la que hace referencia el título del libro. Nada nuevo, ni mucho menos pretensiones de introducirlo, cuando la intención ―acertada, en mi opinión―, de la autora no está sino en presentar esa extrañeza vagamente: sin que llegue a materializarse ―o haciéndolo solamente en finales sorpresivos: punto fuerte de cualquier narración breve―, y mucho menos a concretarse. La autora sabe contar lo que quiere exactamente como lo quiere: en relatos plagados de gestos mínimos cargados de sugerencias; sin necesidad de aspavientos, exabruptos o manierismos. Se puede achacar a la narración lo que a los personajes ―una galería de tipos solitarios e incomunicados que luchan (fallidamente) contra un silencio cargado de incertidumbres y de temores―, que “la procesión va por dentro”. Mención especial merecen Laura —protagonista del relato “Criatura”— y Katherine —del relato homónimo—: mujeres atrapadas en una vida brutalmente impuesta, de una forma implícita, probablemente muy del gusto de Simone de Beauvoir, vida que no soportan pero de la que tampoco se sienten capacitadas para huir. Y ese sentimiento es el génesis de una suerte de psicopatía que surge cuando los lazos sentimentales por el cónyuge —el primero en violar el pacto de afectos—, desaparecen; psicopatía que se acentúa aún más en el relato “Pablo, soldado de infantería”, donde es la madre quien viene a ocupar esa diana de una tendencia asesina que no se sabe si no se puede evitar o no quiere ser evitada; en cualquier caso, los protagonistas de los tres relatos se sienten habilitados para dañar a sus seres queridos, precisamente por la vulneración de tal querer. Los personajes de éste libro podrían decir, con Pascal, que “el corazón tiene razones que la razón desconoce”. Ellos se encuentran atrapados por un conflicto irreconciliable: viven en un mundo que les es ajeno, rodeados por seres con los que han perdido la capacidad de comunicarse. Son presa de sus propios impulsos interiores, lo que dificulta al lector saber si la realidad que perciben ocurre de verdad o si es una exteriorización casi pesadillesca de sus propias pulsiones: y hay que esperar a los desenlaces para comprobar que la realidad está ahí para delimitar nuestros delirios más íntimos.

Los Cuentos extraños de Daria Pietrzak están escritos para leerse a oscuras y en silencio. Toda objeción por parte del lector es inútil para evitar la inmersión en los compartimentos subterráneos de nuestra mente que supone cada relato; incluso en lugares luminosos y abiertos al público, es imposible huir. De alguna forma, el sentido que ha motivado la escritura del libro queda resumido dentro del mismo: “La oscuridad de la noche tenía ese poder, era capaz de hacerte creer en cosas que a la luz del día te avergonzarías de mencionar, eso era algo que todo niño sabía y que olvidaba al convertirse en adulto”. Y de ahí nace esa extrañeza casi metafísica que es el motor de todos los relatos, la nota discordante que rompe con un estilo literario realista, abriendo un nuevo abanico de posibilidades mucho más cercano a cómo entendemos el mundo subjetivamente: arrejuntando lo empírico y lo onírico. No, leer estos cuentos no es nada extraño; antes bien, es muy recomendable. Lo extraño sería, una vez acabados, no volver a leerlos. Muy nimios son los defectos de ésta ópera prima. Su autora dista de parecer novel en la escritura, e incluso demuestra más categoría literaria que buena parte de lo que se publica hoy ―Nóbel(es) incluidos―. Para algunos de los que conocemos a Daria Pietrzak ―y, quizás por eso, no la conocíamos tanto como pensábamos―, éste libro ha supuesto una sorpresa. Grata sorpresa, corro a decir. Ya que después de leerlo, solo queda esperar a otros libros igualmente gratos, aunque menos sorpresivos. Eso da igual: llegarán. Y seguiremos leyéndolos con gusto, porque su autora lleva la escritura metida en lo más profundo de la espesura de su sangre. Para nuestra buena suerte.

Sobre El morador: Los libros de hoy exigen menos que los de antes, quizás porque haya menos que dar. Sin embargo, el lector moderno que abre un clásico (Pío Baroja, por ejemplo), lo entiende a la perfección, salvando el escollo de algún vetusto giro del lenguaje. Por el contrario, supongo que el lector del futuro, caso de haberlo, cuando se acerque a lo que hoy llamamos moderno no entenderá nada, excepto que el libro en cuestión es una birria, y entonces pasará a leer un clásico perteneciente a esos tiempos en que había editores de verdad, de aquellos con más idea de literatura que sobre cómo vender libros. No lo duden: El morador pertenece a la desprestigiada estirpe de los clásicos.

La novela que usted sostiene en su manos no se abre con una cita de Martin Heidegger, el filonazi; apenas incluye palabras esdrújulas; su sintaxis es inteligible y su gramática es depurada, lo que se agradece en un marco de decadencia del léxico; es mayor el número de verbos que de adjetivos; el diálogo atraviesa la acción de principio a fin; dispone de múltiples descripciones que, además, vienen a cuento; su lectura es, en definitiva, tan gozosa como la de Miguel Strogoff en la adolescencia, esto es, antes del correo electrónico; y tiene el mérito de no hablar de la relación de la autora con su padre porque no es uno de esos libros que los cursis califican de “literatura del yo” con el mal gusto que les caracteriza en todo.

Contamos historias porque el mundo es extraño; porque necesitamos aprender a sentir y a comprender los sentimientos de los otros. Leemos para entender la vida y la condición humana mejor, desde esa especie de atalaya que ofrece la ficción y que nos permite volver a inventar e interpretar la realidad; y leemos para lo mismo que se contaban historias en torno a una hoguera en el paleolítico o se iba al cine en los años cincuenta del siglo pasado, dos tiempos que parecen hoy igualmente añejos; es decir, para entrar en calor y para pasar el rato. Y es muy importante eso de matar el tiempo, porque si no es el tiempo quien te puede matar a ti, como si de un duelo en alta sierra se tratara, con música de violines y demás parafernalia, en esas tardes dominicales de lectura en que las ventanas resuenan a fútbol, los minutos se derrochan a borbotones y las páginas se fugan a chorros sin que uno sienta que ha avanzado en el último libro de bolsillo robado. El morador alegra (y arregla) un domingo.

Que los ratos de lectura no sean interrumpidos con trabas constantes del propio texto debería establecerse como derecho fundamental. Como no lo es, hace tiempo que uno lo que más lee son traducciones de otros idiomas, pensando en que al menos el traductor le evitará los sobresaltos que suele propiciar el mal español y los lugares comunes de los compatriotas. Y no es que no existan buenos autores modernos: los hay a puñados, incluso dentro de España; sólo que cuesta un poco más dar con ellos, y quieran que no eso encrespa. Es sabido que en este país abundan las críticas tanto como escasean los elogios; y no es porque carezcamos de producto loable sino porque nos corroe la envidia: por eso únicamente premiamos a los mediocres, mientras mandamos a morir de hambre y pelusas a quienes poseen verdadero talento. Voy a tratar de presentar las múltiples virtudes de esta novela valiéndome de las más afiladas armas de todo comentarista literario (que, si bien siempre parece a punto de destripar, lejos de ser un tipo criminal es sólo aquel que escribe una reseña): ir al grano, ser conciso y arrancar alguna media sonrisa.

Los postmodernos están empeñados en decir que no existen los géneros en la literatura: sólo en la violencia, parece. Por eso me encanta poder afirmar que esta novela tiene mucho del género de terror, de un tratamiento de lo fantástico que parece directamente extraído de los admirables maestros del diecinueve, esos a los que hoy se pasa revista con la injusta condescendencia del lugar común. Más allá de los respingos, El morador también trata, a un segundo nivel y con tono cercano, sobre la nostalgia larga del pasado y el inconsolable dolor de la pérdida; sobre el paso del tiempo, la soledad y el rastro que dejan los muertos a su espalda; sobre el recuerdo como ofrenda sacrificial a cambio de expiar la intolerable presencia de aquellos a quienes quisimos y se resisten a marchar de nuestras vidas; y, por último, sobre la imposibilidad de conocernos a nosotros mismos y de conocer a personas y lugares en su totalidad, de adentrarse en sus secretos y regresar indemnes. El morador podría ser un tango escrito por Proust o una recherche du temps perdu cantada por Gardel, una balada sobre la melancolía lenta de quien vuelve a la infancia demasiado tarde.

Puestos a rastrear el influjo literario de El Morador habría que hablar, en primer lugar, de los mitos y arquetipos de origen oral acerca de figuras sombrías y monstruos delicuescentes que aparecen y se esfuman no sin antes haber dejado tras de sí un reguero de desgracia. En segundo lugar habría que mencionar el telón de fondo, que revela una querencia de la autora por el mundo rural, con reminiscencias a una América profunda que nunca se termina de nombrar. Y lo cierto es que los fantasmas, en las historias que protagonizan, parecen dejarse ver con mayor facilidad fuera de la urbe, quizás porque lo verdaderamente terrorífico en una ciudad son los alquileres, o quizás porque, como se apunta dentro del propio libro, en el campo persiste cierta tradición de pensamiento simbólico con relatos misteriosos sembrados de brujas, bosques encantados y maldiciones familiares; mientras que en el asfalto lo que más abundan son las narraciones de inundaciones en el metro.

La historia está estructurada con una inteligente alternancia de peripecias y personajes en distintos tiempos, todos ellos confluyendo en un mismo espacio gracias al cual se cohesiona una trama llena de pequeños cuentos interconectados donde la acción no decae en una sola página. Dos subgéneros intervienen en esta técnica: el de la “casa embrujada” —que conecta, además, con el libro anterior de la autora, Cuentos Extraños— y el del “manuscrito encontrado”. Ambos recursos nos llevan a influencias como Poe (La caída de la casa Usher y Manuscrito hallado en una botella) o, más recientemente, Stephen King (El resplandor y El visitante). Pero tengo para mí que el mayor talento de esta narradora en el arte de contar es el de saber pintar una escena con aparente normalidad bajo la cual subyace un elemento perturbador que no acaba de cristalizar ante el lector pero que, aún así, le produce una intensa y constante inquietud, como de que algo terrible está a punto de pasar, aunque luego no llegue a materializarse o lo haga de una forma totalmente inesperada. Esta novela, como el anterior libro de su autora, Cuentos extraños, posee un atributo infrecuente: el de permanecer en la memoria una vez finalizada su lectura. Por ello, me permito un último consejo: tras dos buenos libros (y el segundo más ambicioso, más trágico y de mayor hondura que el primero), Daría Pietrzak se establece como un baluarte de la literatura contemporánea y ya está preparando una nueva novela de terror. Háganme caso, retengan su nombre y lean cuanto salga de su pluma. En sus ficciones —recientemente, un relato breve publicado de forma independiente bajo el epígrafe “La grieta”— descansa la responsabilidad de una renovación del género de terror en España.