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Y así entró en 1945. Un año crucial para él. Porque ese año terminó la carrera, con Matrícula de Honor en todas las asignaturas, y obtuvo su título de Licenciado en Farmacia y pudo inscribirse en el Colegio Oficial de Farmacéuticos. Pero también ese año apareció en escena Guadalupe. O sea, la hermana menor de su mujer María Antonia, aquella niña que se trajeron de La Adrada con tan solo 12 años y que ahora ya había cumplido los 17. El caso de esta chica fue muy curioso, pues de pequeña era una niña enclenque, delgaducha y tímida. Sin embargo, su llegada a Madrid, la relación con otras niñas de su edad en el Instituto Lope de Vega y su ingreso en las filas de la Sesión Femenina de Falange la habían transformado. A sus 17 años era ya una mujer hecha y derecha, guapa, atractiva, sensual y sobre todo alegre y pícara. Además se había hecho enfermera y le apasionaba el trato con los enfermos y con los niños discapacitados.

 

Esta transformación no pasó inadvertida ni para su hermana, ni para Don Juan y ni siquiera para el abuelo. Guadalupe, “Lupe”, como ya le llamaban desde pequeña, era el torbellino de la casa, la que “mangoneaba” a su hermana y queriendo o sin querer provocaba a diario al farmacéutico Don Juan.

 

Durante aquellos años de actividad frenética de los dos hombres de la casa en el Laboratorio de la rebotica “Lupe” había sido el enlace con la realidad y era ella quien cada noche les llevaba la cena y muchas noches cuando Don Juan se quedaba solo, porque el abuelo se retiraba cansado, antes de acostarse le servía un vaso de leche caliente. Lo que fue dando lugar a que Don Juan se acostumbrase a su presencia, y no sólo eso sino que empezó a verla como mujer. Cosa que tenía incluso su fundamento, ya que la “niña” despertaba en él todo lo que su mujer, María Antonia, no le despertaba. Sin embargo, nunca se atrevió a nada, incluso ni a pensarlo.

 

Pero, ese año sucedió también algo que afectaría de modo decisivo a Don Juan, porque en diciembre, ya con las Navidades casi encima, una noche su abuelo Don Tomás, murió de un infarto cuando trabajaba con unas  hojas de hinojo en el microscopio. Al pobre hombre sólo le dio tiempo a decir una palabra: “¡SI... GUE!”

 

Y el investigador Don Juan se quedó solo y, naturalmente, tuvo que hacerse cargo de la Farmacia familiar. Y entonces sí que se encerró en su mundo y en la última palabra del abuelo que se le metió en la cabeza y en el alma. Porque él si supo enseguida lo que Don Tomás le había querido decir. Sólo el joven Don Juan sabía que Don Tomás llevaba ya más de dos años trabajando en un “preparado” que, según él, podría ser la solución de los fumadores y el mayor antídoto contra la nicotina. Así que a esa labor se encomendó desde el mismo día del entierro del abuelo. Tenía que terminar lo que el abuelo había dejado inacabado y días enteros se entretuvo en recoger todos los apuntes que había ido anotando Don Tomás en uno de aquellos pequeños cuadernos de hojas cuadriculadas que siempre llevaba en los bolsillos. Pero rápidamente comprobó que quedaba por delante mucha tarea, pues el abuelo sólo había llegado a algo que podía ser sí esencial, que el hinojo mezclado con el salvado de trigo y centeno detenía los efectos nocivos de la nicotina, pero no definitivo.

 

¡Ay!, pero lo curioso fue que la niña “Lupe”, desaparecido el abuelo, se auto tituló “ayudante de laboratorio” y acabó pasando muchas horas de la noche trabajando al lado de Don Juan.

 

Y eso, y la intimidad de la madrugada y la soltura en la vestimenta de “Lupe”  (siempre que entraba en el Laboratorio lo hacía en pijama) fue como encender una cerilla al lado de la gasolina. Pero, ni así se atrevió nunca Don Juan. Hasta que una noche, la noche de fin de año de aquel 1945, y cuando después de tomar las uvas con su mujer y sus niños, la niña tenía ya 9 años y el niño 2, se metieron en el Laboratorio para comprobar los resultados de una mezcla que habían realizado por la tarde con infusiones de salvado, hinojo y regaliz, porque fue entonces cuando “Lupe”, con desparpajo y sin freno, en un momento se abrazó a Don Juan y le besó en la boca. ¡Y naturalmente el fuego incendió la gasolina! ya que el joven marido insatisfecho no se pudo contener y allí mismo y sin pensar en nada la hizo suya. Fue el comienzo de otra pasión arrolladora, ya que a partir de aquella “primera vez” “Lupe” y Don Juan no dejaron de amarse en silencio y cada vez con más intensidad.

 

  • ¿Sabes una cosa? – dijo la niña–mujer una de aquellas noches- . Juan, me he enamorado de ti, no lo he podido evita.. y eso, sabiendo como sé que eres el marido de mi hermana me está haciendo pensar. Me siento como una traidora.
  • “Lupe”, chiquilla, pues no te atosigues. Estas cosas suelen pasar. También yo me estoy enamorando de ti y también yo me siento traidor. Pero, tienes que saber que tu hermana sólo es mi mujer y no mi amor. Tú sabes por qué nos casamos tu hermana y yo y las circunstancias que se dieron en aquellos difíciles y trágicos momentos.
  • Sí, “in articulo mortis”.
  • Pues eso. Además tu hermana es una mujer muy distinta a t A ella esto del sexo no le va y ¿sabes? yo, soy un hombre.
  • Eso ya lo sé, eso ya me lo estas demostrando ¿entonces?
  • Mira, “Lupe”, nunca te inquietes por el futuro, el futuro no es nuestro. Así que vivamos el presente como ha venido.
  • ¿Y qué le decimos a María Antonia?
  • No quiero molestarla en nada. Al fin y al cabo ella no tuvo la culpa de nada y siempre se ha portado bien conmigo. Ahora quien me preocupa eres tú.
  • ¿Yo? ¿y por qué?
  • Vamos a ver, niña mía, lo que estamos haciendo puede tener consecuencias y eso sí que sería mal asunto, como lo fue ya hace muchos años con tu herman
  • O sea, que no quieres que me quede embarazada.
  • No, de momento no, porque no sería bueno para ti ni para los demás.
  • Está bien, está bien, pero yo te adoro y no sabes qué feliz me estás haciendo. ¡Eres un hombre maravilloso!
  • Anda, “Lupita” que nos está esperando el hinojo y el salvado.

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Y así pasaron unos meses hasta que un día fue la esposa María Antonia, aprovechando que “Lupe” no estaba, la que lo abordó y con tono suave e incluso cariñoso le dijo:

 

  • Juan, sé lo que está pasando entre tú y mi “Lupe”... y no tienes por qué callarl
  • ..
  • No, no me digas nada. Yo sabía desde el mismo día de nuestra boda, que aquello no fue una boda, que tarde o temprano tendría que surgir en tu vida otra mujer. Porque yo sería tu mujer, ante Dios y ante los hombres, pero no tu amor... Es más, incluso te estoy agradecida por lo bien que siempre te has portado conmigo y por tu fidelida Lo que ha pasado ya lo había previsto yo. “Lupe” se ha hecho mujer, y una mujer muy guapa, muy atractiva y muy inteligente, y tú eras un hombre sin amor.
  • Antonia, y..
  • Y una cosa más te quiero decir. No me importa que os améis, ni que hagáis lo que estéis haciendo en nuestra casa y ante mis ojos. Prefiero que haya sido mi hermana y no otra de fuer Además “Lupe” es una buena chica y quiere a nuestros hijos como si fueran suyos. Por tanto, y a partir de ahora, no ocultéis vuestro amor, al menos de puertas para dentro.

 

Y así se hicieron las cosas, porque a partir de ese momento “Lupe” pasó a ser la segunda mujer de Don Juan.  Eso sí, pero guardando las apariencias, incluso ante la hermana María Antonia. Era una situación ciertamente rara,  ya que Don Juan y la joven Guadalupe dormían juntos hasta medianoche y a esa hora Don Juan se marchaba al dormitorio conyugal.

 

Maria Antonia y Guadalupe, sin embargo, nunca hablaron de ello. Ambas sabían lo que pasaba y acabaron aceptando la rutina.

 

Bueno, ambas no, porque pasados los meses Guadalupe comenzó a sentirse molesta por el hecho de que Don Juan abandonara su cama hacia las 5 de la madrugada. No quería compartir y se volvió hasta celosa, la que no era la esposa verdadera.

 

  • Juan, no soporto esta situación –le dijo una de aquellas madrugadas cuando Don Juan se iba al otro dormitorio.
  • “Lupe”, no seas niña, que esto ya lo hemos hablado muchas veces.
  • Ya lo sé pero me duele pensar y verte, aunque sea en la imaginación, en los brazos de otra mujer, aunque esa mujer sea mi hermana y tu mujer legítima.
  • “Lupe” ¿y qué quieres que la deje?
  • No, eso tampoco, María Antonia está siendo muy comprensiva y nunca me ha censurado nada.
  • Pues entonces no debieras quejarte. Tienes que aceptar, tenemos que aceptar, lo que la vida nos ha deparado... Y no olvides que ella es madre de mis dos hijos.
  • También eso me subleva, ¿por qué yo no puedo tener un hijo tuyo si lo estoy deseando? Ya soy mayor de edad y puedo disponer de mi vida como yo quiera.
  • Pues no puede ser y no puede ser y punto. No seas una niña mala y no juegues con fuego, que te puedes quemar.

 

Pero, los celos fueron en aumento y Guadalupe inició un tipo de venganza sibilino. Cuando se acostaba con Don Juan le sometía a un “trabajo” tan intensivo que el pobre hombre acababa extenuado y rendido.

 

Muchas noches se repitió la misma escena.

 

  • Juan, por favor no te detengas, sigue.
  • Ya está bien, niña ¿o crees que yo soy Tarzán?
  • Por favor, amor mío, estoy ansiosa... No sé qué me pasa esta noche, pero te deseo más que nunca y no quiero que te vayas con la “otra”.
  • Cuidado, muchacha, cuidado que la “otra” es mi mujer.
  • ¿Y yo qué soy? ¿tu puta?
  • No seas grosera, “Lupe”, y tengamos la fiesta en paz. Tienes que aceptar que tú ere.. como mi segunda mujer, pero la primera será siempre ella.
  • ¿Siempre? ...No estés tan seguro, Juan.
  • Ya sabes, mi querida niña, que yo nunca te he obligado a nada y que aceptaré siempre tus decisiones.

 

Aquello empezaba a molestar a Don Juan, pero luego cuando la niña, con aquel cuerpo espléndido que Dios le había dado se echaba sobre él y le hacía lo que le hacía el “Señor Boticario” perdía los papeles y se entregaba como un niño recién nacido se agarra a la teta de su madre.

 

Y es que “Lupe” era mucha “Lupe”, todo lo contrario que su hermana. Era una mujer ardiente, impetuosa y atrevida, para ella no había “tabúes” en la cama ni haciendo el amor. ¡Y sabía latín! Tal vez porque en sus ratos libres leía libros y novelas eróticas. Además la naturaleza le había dotado de las armas más poderosas que pueda tener una mujer, una boca grande y unos labios carnosos. Unos pechos redondos y erguidos, y situados por encima del ecuador del tórax,  y un culo, unos muslos y unas piernas que para sí quisieran las más bellas de Hollywood.

 

Sin embargo, cuando entraba en el laboratorio aquella joven insaciable en la cama se transformaba en una ayudante indispensable. Porque “Lupe” se había preocupado de estudiar y saber con todo detalle cada uno de los instrumentos que tenían que utilizarse y que él le pedía. Y no sólo eso, había llegado a interesarse por el ”preparado”  en el que Don Juan venía trabajando intensamente desde la muerte de su abuelo. Y hay que decirlo en su mérito que fue ella quien le sugirió al investigador que a la mezcla del salvado, el hinojo y el regaliz se le podía añadir el musgo de los pinos de Gredos. Una tarde se lo dijo así:

 

  • ¿Juan, recuerdas los emplastes y las infusiones con los que mi madre te curó la herida de la guerra? Yo era pequeña, pero recuerdo que fue aplicarte y darte el líquido extraído de aquel musgo y desaparecer la infección de tu hombro.
  • Pues sí, “Lupita”, pues sí, no había caído en ello y puede que sea ese musgo el “alguien” que buscaba mi abuelo y que yo todavía no he encontrado. Sí -y como hablando consigo mismo se dijo- es posible que el “topinamato[1]” que contiene el musgo sea la cuarta pata de la mesa que hay que construir. Porque si a la vitamina K, el fósforo, el potasio y el ácido ascórbico que  proporciona  el salvado unimos los aminoácidos, el cobalto, la metiomina[2] del hinojo, y la glicirrinina[3] y el ácido getulínico[4] del regaliz le añadimos el ácido clavulánico y el topiramato  del musgo se habría cerrado el círculo y podría combatirse con eficacia la llamada “tos del fumador” e incluso acabar con la adicción que produce la nicotina. Sí, señor, creo, mi pequeña “Lupe”, que has tenido una gran idea. Así que manos a la obra. Mañana mismo nos vamos a La Adrada y nos traemos un cargamento de musgo del “Pinus Silvestris”. Trabajaremos intensamente con los “cuatro jinetes” que pueden salvarnos del tabaco.

 

Y a La Adrada se fueron en aquel autobús-tartana que hacía diariamente Madrid-Piedralaves.  Doña Leonor y Agustina recibieron a sus respectivos hijos con los brazos abiertos y encantadas de tenerles a su lado. Doña Leonor había envejecido, ya no era la mujer esbelta y señorial de los años de la Guerra, pero seguía manteniendo su porte de señora rica. Tampoco Agustina era ya “la  mujer del comunista”  y  la tragedia de la guerra y la posguerra habían marcado su rostro de arrugas profundas. Y más habían cambiado los hermanos de María Antonia y Guadalupe. El mayor, Felipe, rondaba ya los 40 y  se había erigido en el encargado de todas las labores que había que realizar en la finca de la familia de Doña Leonor. Rafalín y Francisco se habían inclinado por la construcción  y habían formado una cuadrilla a la que no le faltaba el trabajo.

 

Nada más llegar Don Juan dispuso todo para que le recogieran musgo de los pinos de la Sierra y el sábado y el domingo desde las 8 de la mañana salía con un grupo de leñadores  por el caminillo que subía desde el pueblo a la carretera (la vieja calzada romana), que va desde Sotillos de La Adrada  a Piedralaves. Allí estaban las zonas más húmedas y por tanto el mejor musgo para sus objetivos farmacéuticos.

 

Pero sólo bastó una jornada para que Doña Leonor se percatase de las extrañas relaciones  de su hijo y “Lupita”. Y por ello, en un descanso de la tarde del sábado abordó a su hijo y mantuvo con él esta conversación:

 

  • Hijo, ¿cómo no has traído a María Antonia?
  • Mamá, ya sabes que a Antonia sólo le gusta estar en su casa y con sus hijos.
  • ¿Está bien? ¿sois felices?
  • Mamá, somos felices en la forma que podemos serlo. ¿Qué quieres que te diga a ti?
  • Quiero que me digas la verdad.
  • ¿La verdad? ¿y tú me lo preguntas?
  • Sí, hijo mío, te lo pregunto porque estoy viendo lo que estoy viendo. No olvides que soy tu madre y que leo en tus ojos como si fueran los míos.
  • Pues, no te equivocas, y además  no quiero ocultarte nada. Si nunca tuve secretos para ti no los tendré ahora. Sí, Guadalupe y yo estamos enamorados.
  • ¿Es tu amante?
  • Sííííí mamá... Pero no insistas.
  • ¿Y María Antonia lo sabe?
  • Sí, y lo acepta.
  • ¡Qué barbaridad! ¿Y eso cómo lo lleváis?
  • Mamá, lo llevamos y punto. María Antonia es la madre de mis hijos y Guadalupe es mi mejor colaboradora en el laboratorio y la farmacia.
  • ¿Y cómo va eso? ¿por qué tanto interés por el musgo?
  • Bueno, mi abuelo estaba trabajando en un proyecto que puede ser una revolución en el campo farmacéutico y en el de la medicina y cuando murió me pidió que yo continuara su labor y en eso estoy.
  • ¿Y lo ves factible?
  • Lo veo, y además creo que ya estoy cerca del final. El musgo puede ser la gota de agua que colme el vaso.
  • Anda, hijo mío, no seas malo y que Dios te ampare.
  • Mamá, ¿y tú eres feliz?
  • Pues sí y no. Soy feliz, porque llevo una vida tranquila y Agustina y sus hijos han sido y siguen siendo para mí mi familia, pero te echo en falta a ti y también a tus hijos. Me gustaría tenerlos aquí conmigo.
  • ¿Y por qué no te vienes tú a Madrid?
  • No, Juan, yo soy una mujer de pueblo y me gusta el campo, la Naturaleza...

[1] ¿Tal vez topinarato?

[2] ¿Tal vez metionina?

[3] ¿Tal vez glicirricina?

[4] ¿Tal vez ácido betulínico?