Ramón Sanchis Ferrándiz, es un escritor alicantino, Máster de Narrativa por la Escuela de Escritores de Madrid (2017-2019) e Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, y Técnico Superior en Urbanismo, se inclinó por los estudios de literatura y humanidades. Desde 1990 es miembro del Instituto Internacional Hermes de Antropología y Ciencias del Hombre, radicado en París, en donde ha realizado estudios de Filosofía, Historia y Antropología. Ha formado parte de la mesa de redacción de la revista Cuadernos de Cultura, (entre 1998 y 2002) y de la revista Esfinge (entre 2002 a 2010). Desde 2012, dirige los Talleres de Escritura Creativa de Ítaca Espacio Cultural (en Valencia) y de El Libro Durmiente (de Alicante). Autor de Escritos seleccionados (2019), recopilación de relatos de El Libro Durmiente, El Arte de ser escritor. T.I, Narrativa, y T.II, de Técnicas de escritura, (2005). El Bhagavad Gïta: comentarios al clásico espiritual de la india (2005). El ensayo Los peligros del Racismo (vv.aa.) (1994). Ha publicado una recopilación de poemas en la revista Forma abierta, del Instituto alicantino Juan Gil-Albert. Su ensayo La visión antropológica en Satin Island y el relato Mi padre, ha sido publicado en la revista La Rompedora de la Escuela de Escritores. Cuenta con un centenar de artículos publicados en diversas revistas, sobre literatura, filosofía e historia. En la actualidad, colabora en diversas revistas realizando reseñas de libros, y en el blog de El libro durmiente, con relatos y píldoras literarias.

¿Por qué un libro sobre el legado de Al Ándalus como puerta del pensamiento clásico en Europa?

Este libro trata sobre Al Ándalus como pieza clave para la transmisión del pensamiento clásico hacia Europa, aunque no se ciñe tan solo a esa época. En realidad, analiza la evolución de las ideas, ciencias, religiones y filosofías a lo largo de toda la edad media: mil años transcurridos desde la caída del imperio romano (en el s.V. d.C.) hasta la llegada del Renacimiento (en el s. XV.). Pero conviene recordar que Al Ándalus alcanza una etapa de esplendor mientras a su alrededor los demás pueblos viven una etapa decadente y medieval.

¿Hasta qué punto era necesario reivindicarlo hoy en día?

Considero que debemos reivindicar aquello que ha ido conformando nuestro pensamiento actual, y, en Al Ándalus se alcanza uno de los momentos brillantes de nuestra historia. Al Ándalus no solo fue una cima por la convivencia alcanzada entre las tres culturas o religiones “de libro” —dado que en los momentos más destacados convivían con un respeto loable—, sino porque la labor de recopilación de los textos y las ideas del mundo clásico que se hizo en aquella época propició que Europa sea lo que hoy en día es. La ingente labor de traducción realizada en el califato Omeya y, posteriormente, en la Escuela de Traductores de Toledo, revitalizó los conocimientos perdidos. Así, la construcción de Europa no vino de la mano de los pueblos del norte, sino a través de las influencias culturales del mundo grecorromano y de Al Ándalus, las cuales, llevadas hacia Europa por los eruditos viajeros y esparcidas por las órdenes monásticas, impulsaron varios siglos después el Renacimiento del s. XVI.

Mucha gente piensa que Al Ándalus se refiere a Andalucía, pero ¿qué comprende realmente?

Corresponde aquellos territorios que habían conquistado los árabes y que, salvo alteraciones de las fronteras a lo largo de los años, en la época del Califato Omeya de Córdoba, abarcaban desde Gibraltar hasta el valle del Duero y del río Ebro. Al norte de esa línea se situaban los nacientes reinos cristianos o las “marcas” del imperio carolingio. En ese territorio no había un pueblo visigodo subyugado por los invasores, ni una mentalidad cristina dominante que se veía sometida a unos invasores musulmanes, dado que, pasados unos años desde la invasión árabe del 711 d.C., se conforma una verdadera sociedad hispanoandalusí, en donde se integran los visigodos, mozárabes (cristianos convertidos al islam), hebreos, árabes (procedentes de la península arábica), moros (procedentes de Mauritania), junto a yemeníes, bereberes y otras tribus del Magreb, que aprenden a vivir en común con cierta tolerancia y se trasvasan ideas y costumbres.

¿Cuál fue la principal aportación de Al Ándalus en nuestro continente?

Bajo el buen gobierno de Abderramán III, que duró cincuenta años, el califato Omeya llegó a su máxima expresión. Córdoba se convirtió, con sus quinientos mil habitantes, en la capital del mundo, tan solo comparable a Bagdad, y seguida de lejos por Constantinopla o Aquisgrán, la capital del imperio carolingio. En ella proliferaban las escuelas —en donde todos los niños estaban escolarizados de modo gratuito—, los baños públicos, parques y jardines, servicios de agua y alumbrado. Tenían setenta bibliotecas, una universidad, en la que destacaba su escuela de medicina y la de traductores, que traducía los textos griegos al árabe. Pactó con los reinos cristianos colindantes y se alcanzó una paz estable en la que avanzaron las ciencias, las artes y las filosofías.

¿Cuál es el legado que pervive hasta nuestros días en la vida cotidiana?

Quizá debamos indicar, como referencia, que los árabes fueron expulsados de la península ibérica en 1609, hace cuatro siglos, pero habían permanecido en ella ocho siglos. Por tal motivo, aún perviven en nuestra lengua muchísimas palabras árabes, que obviamente no son tan solo palabras, pues encubren un modo de pensar y una actitud ante la vida. También adoptamos de ellos muchas costumbres y una variada gastronomía: desde la siesta hasta la paella, pasando por el café, que ya se utilizaba en Yemen en el siglo IX, nuestros horarios, la necesidad de una relación personal, el vivir en la calle, etcétera.

Señalemos también los inventos que utilizamos (como el molino de viento o las gafas oculares), los conocimientos de medicina (la visión del ojo, los puntos de sutura que se deshacen, la destilación del agua), así como conocimientos de matemáticas, hidráulica, astronomía, botánica, farmacopea, orfebrería, cerámica, y un largo etcétera.

¿Es una manera de vivir que se manifiesta en el arte o la literatura…?

Aparece en nuestra cultura musical (hay pequeños pueblos en Levante que tienen varias agrupaciones musicales y Orquestas sinfónicas); debemos a Zyriab, asesor en la corte de Abderramán II, la fundación de los Conservatorios de Música, así como la fusión de músicas autóctonas con otras persas o de la india, que darán lugar al cante hondo y el flamenco. También aparece la influencia andalusí en el género de novela picaresca, los cuentos y relatos de aventuras, las fábulas y relatos caballerescos, así como la pasión popular por la poesía, que parten ya de las antiguas jarchas y moaxajas. La poetisa y mística Rabi’a Al Adawiya inspiró a Santa Teresa de Jesús y los poemas provenzales del amor cortés. Los textos de Ibn Al ‘Arabí nutrieron de ideas a Dante Alighieri, y un suma y sigue interminable que se cita en este libro. Pero también había influencia en el sentido contrario.

¿En qué manera pudo coexistir con la cultura cristiana?

El autor Pierre Guichard, entre otros muchos, desmiente que los árabes se insertaran en una cultura mayoritaria cristiana y quedaran como una etnia residual. Cuando los árabes ocuparon la península ibérica el pueblo visigodo, de religión arriana, estaba en franca decadencia moral; las pugnas entre facciones y las luchas de poder, habían entregado el reino al invasor. No obstante, los árabes sabían amoldarse a las circunstancias; consolidaron la administración y respetaron los diversos credos existentes y sobre todo a las religiones de libro. Todos aceptaron a los árabes de mejor grado que los gobernantes visigodos, cuyo trato dejaba mucho que desear.

En aquel entonces no existían las rivalidades que ahora imaginamos por motivo religioso entre judíos, cristianos y musulmanes, pues eran respetuosos con los verdaderos creyentes. Los reinos cristianos combatían entre sí y, a menudo, pedían ayuda a los árabes, al igual que lo hacían los clanes árabes en sus luchas de frontera. De hecho, el Cid campeador, aparece representado en el Alcázar de Segovia con turbante y ropas árabes, pues ayudó al visir de la taifa de Zaragoza, conquistó el reino de Valencia, vivía inmerso en la cultura árabe y hablaba en árabe, que por aquel entonces era la lengua culta, propia de un pueblo que traía la civilización. Quizá se alcanzó una época dorada porque la coexistencia no dependía tanto de qué religión era la imperante, sino de las vivencias profundas que cada cual podía atesorar.

¿Fueron las luchas de religión las que socavaron aquella época?

De las investigaciones modernas se deduce que, a lo largo de los siglos, al consolidarse los reinos cristianos en la franja norte de la península, fueron conquistando Al -Andalus, quizá no con un sentimiento de unión religiosa, sino como franjas políticas independientes que descendían desde el Norte hacia el Sur para incrementar su poder. En el año 1031, el Califato de Córdoba vio declinar su poder a causa de grandes disensiones internas y, tras una guerra civil, se desmembró en una treintena de taifas que tan solo pugnaban por sus intereses. Así se cerraba un ciclo y comenzaba la era cristiana.

En los capítulos de mi libro se plantea por qué cayó el mundo clásico y qué ideas aún perviven en nuestra manera de pensar o agazapados en nuestras ideas, filosofías y religiones. Se buscan también los orígenes del cristianismo y del islam y su propio recorrido vital, pues serán fuente de debate y preocupación a lo largo de toda la Edad Media, porque cabe preguntarse ¿de dónde se nutre san Agustín o Boecio, Raimundo Lulio o Maimónides, san Francisco de Asís, Avicena o Averroes? También se analiza en este libro cómo se han anudado las distintas cintas de colores que hoy en día conforman nuestro pensamiento, porque es necesario revisar y comprender la Historia, no solo para recordarla, sino para saber quiénes somos y hacia dónde vamos.