Los libros de historia no siempre cuentan la verdad y a veces presentan los acontecimientos manipulados y al servicio de intereses espurios. Esa manipulación es propiciada por la casta política que en todo tiempo miente a los ciudadanos para justificar su incompetencia, errores y traiciones al pueblo al que en teoría deberían defender.

El caso del desastre del 98 es paradigmático de esta realidad. Jamás en la historia de España se ha mentido y manipulado tanto para engañar a las generaciones coetáneas y futuras.

Si bien, a finales del siglo XIX, España era una potencia decadente; poseía un Ejército infinitamente superior al estadounidense, y una flota como mínimo equiparable a la norteamericana y tecnológicamente superior, como creo haber podido demostrar.

 

España no perdió sus últimas posesiones en el Caribe y el Pacífico porque se hubiese de enfrentar a una fuerza militar superior. España perdió los últimos restos de su Imperio porque nuestros gobernantes habían pactado en secreto la entrega de los referidos territorios a la emergente potencia norteamericana, y para poder justificar esa vileza planificaron una parodia de guerra que, en ningún momento tenían intención de ganar, aun a costa del derramamiento de sangre española en las tierras de ultramar.