YO no lo había dudado nunca; pero el programa La clave de hace dos semanas, me lo confirmó enteramente. Me refiero al síndrome de golpe que acusan los integrantes de la llamada clase política y que les tiene obsesionados, acomplejados, inquietos, temerosos y obnubilados. Mi lejano pariente Germinal diría, más ordinariamente, que acollonados; claro que esa palabra también la utiliza mucho Luis María Ansón, a quien (por cierto) se la tienen enfilada. Van por él de una manera descarada y la violenta (e injusta) alusión que le dedicó Alfonso Guerra en ese mismo espacio televisivo, fue una demostración irrebatible de que la consigna marxista respecto del Presidente de la Asociación de la Prensa de Madrid (a la que, por cierto, salvó de una desaparición, con muerte vergonzante) es sólo una: cargárselo.

 

Semejante fobia contra uno de los pensadores más liberales y más monárquicos de nuestra reciente historia contemporánea, que mantuvo gallardamente su postura ideológica durante el franquismo y sufrió por ello entonces incomodidades y marginaciones, sólo acredita la gran mentira sobre la que se sustenta el tinglado de los falsos demócratas que nos gobiernan o que aspiran a suceder a los que lo hacen. Quedó asimismo muy claro en La clave, donde ucedistas, socialistas. aliancistas y comunistas ofrecieron al país entero (que ojalá se diese cuenta, aunque me temo que no) el bochornoso espectáculo de esa disputa de la capa sugestiva del poder, que están destrozando entre todos, de tanto tirar cada uno hacia su lado.

 

Allí iba cada portavoz a lo suyo y aunque al principio disimularon la cosa y hasta hablaron de cooperación en defensa de la democracia y similares cuentos tártaros, fueron poco a poco calentándose, para acabar desnudándose ante la afición. Sánchez Montero repitió la letanía carrillista de rigor, pidiendo el gobierno de coalición ése, ungüento mágico para curarlo todo y Vestrynge, que es listo, se quedó en parodia o contrafigura de la sabiduría de Fraga, aunque sin su vehemencia torrencial; también estaba claro que lo que de veras le importaba, era llegar al poder con su A.P. En cuanto a Guerra, largó sus impertinencias, acreditó su capacidad dialéctica, montó su demagogia y tras ocupar por lo menos la mitad del espacio con sus intervenciones (nunca limitadas por el moderador), nos aclaró a todos que el PSOE ha comenzado ya a preparar su campaña electoral para el 83 (o para cuando sea) desde esta pantalla de TVE que le han puesto a su servicio, sin rebozo ni pudor alguno.

 

El pobre muchacho de UCD, un joven llamado Caso, que se pasó el programa en pura excitación nerviosa, al borde del shock, también respondió impecablemente a lo que de su partido puede esperarse. O sea, absolutamente nada. Estuvo todo el rato en las cuerdas, aguantando los golpes que le propinaban desde todos los lados, incapaz de reaccionar ni de imponerse un solo minuto. Acabó groggy y si aquello dura un poco más, le dejan K.O. ténico. Imagino la confusión y la perplejidad del caballero alemán a quien también llevaron al programa (para apenas dejarle hablar y traducir, encima, fatalmente sus palabras), ante semejante representante del partido que gobierna. Por descontado que comprendería enseguida que no es así; que ese partido no gobierna.

 

También se daría cuenta de lo del síndrome porque el fantasma del golpe continúa revoloteando continuamente sobre nuestra desdichada clase política, que mayormente, siempre se encuentra en sus sueños con tricornios acharolados y con bigotes enérgicos y lleva por eso más de tres meses actuando sólo a la defensiva. Cuando tanta falta le hace a la democracia (que dicen amar hasta el delirio), la puesta en circulación efectiva de actitudes constructivas, de medidas serias, enérgicas y congruentes, de una política de reforzamiento del Estado, porque mientras el Estado se ofrezca tan anémico y tan débil a los ciudadanos, mal pueden éstos confiar en su futuro.

 

Los integrantes de la fauna política, que tan excelentemente estuvieron representados en este aleccionador programa televisivo al que me vengo refiriendo, se pasan sin embargo, los días y las semanas discutiendo si andamos todavía en la transición o ya hemos salido de ella; si la democracia necesita, para sobrevivir, adoptar medidas legales autoritarias y si sus partidos ganan o no ganan militantes. Cuando pretenden justificarse, echan por delante el recuerdo de la manifestación monstruo del 27-II o de los minutos de silencio aquéllos, tan jaleados y así se quedan tan contentos, pensando (¿de verdad?) que la afición está a su lado. Por descontado que no es eso. Basta reparar en el bajo nivel de asistencia que este año tuvieron los festejos del 1.º de mayo, para comprender que el país rechaza cada vez más la esterilidad de la política que nos cuecen y que aquéllas otras concentraciones multitudinarias no fueron, en absoluto, políticas, sino nacionales. De ahí su éxito, que es inmoral que la clase política pretenda apropiarse.

 

Ya que, con la sublime obsesión del golpismo, la clase política, en vez de ocuparse del paro, del terrorismo y de los separatismos, se pasa las horas muertas a la busca de causas, concausas, responsables mediatos, inmediatos, cercanos y remotos del tejerazo y de los factores que lo determinaron. Los marxistas le echan la culpa al franquismo, según su costumbre, pues dicen que sigue enquistado en ciertos poderes fácticos. Los del gobierno, se quejan de las luchas de los partidos, que desencanta al país. Nadie reconoce que son estas mismas gentes de la clase política quienes, con su desastrosa labor, con sus contumaces errores, con su inoperancia, su sed de poder, su inagotable rencor y su plena y perfecta esterilidad, tienen hasta las narices a los españoles decentes, la inmensa mayoría del pueblo español, propiciando así las actitudes contrarias al sistema. Un sistema teóricamente lleno de virtudes, pero del cual y hasta ahora, sólo hemos padecido (dolorosamente) sus más negativos aspectos. O sea que ya es hora de que se recuperen del susto y comiencen unos, a gobernar y otros, a colaborar en las tareas comunes, que quedan por encima de las disidencias de partido. 

Si es que saben o sirven. Que ahí duele.

VIZCAINO CASAS

(Heraldo Español nº 57, 3 al 9 de junio de 1981)