Sergio Fernández Riquelme, profesor de Universidad, es historiador y doctor en sociología es autor de más de treinta libros y más de cien artículos científicos y divulgativos. Colaborador en diferentes medios de comunicación nacionales e internacionales, también es director de La Razón histórica. Revista hispanoaméricana de Historia de las Ideas.

¿Por qué un libro titulado El sueño de la democracia orgánica?

Creo que era necesaria otra historia de la España contemporánea desde aquellas ideas, hoy olvidadas pero de gran relevancia durante décadas, que hablaban de la posibilidad de una forma distinta de organizar la vida política nacional, en este caso sobre el corporativismo. Entre la realidad y la ficción, fue el sueño de una generación de intelectuales y políticos, tanto católicos y conservadores como liberales y socialistas, que vieron en la sociedad orgánica y en la técnica corporativa asociada, un instrumento valioso para “regenerar” España ante los defectos del primer liberalismo patrio y la creciente amenaza de la “revolución socialista”. Más allá de su “contaminación fascista” puntual en el Interbellum, esta historia pretende mostrar raíces plurales, influencias foráneas, controversias compartidas, proyectos diversos e incluso permanencias del mismo instrumento corporativo como fenómeno aún vigente de “tecnificación de la política” (como el moderno “corporatismo”) en pleno debate sobre el futuro de la democracia en la Globalización, entre formas más directas o formas más soberanistas e “iliberales”.

¿Cómo se podría definir la democracia orgánica?

Fue el modelo ideal de organizar corporativamente la representación, participación y asociación del cuerpo político nacional desde las células sociales intermedias (superando el viejo modelo gremialista), definidas estas por la labor productiva o el trabajo (en incluso la familia), más allá de la competencia ideológica de los partidos políticos en el Estado liberal y frente a lucha de clases del Estado socialista. Era, por ello, la pretensión máxima del corporativismo a nivel teórico, y que se planteó teóricamente de manera profusa (con este u otro nombre) especialmente en los países de tradición católica (siguiendo el magisterio sobre el tema del Magisterio social, como recogía la Encíclica Rerum Novarum de León XIII), aunque con escasa implementación real o definitica como se vio en la Portugal de Salazar o la España de Franco.

Usted afirma que otra democracia era posible y así lo pensaban muchos, pero ¿por qué no fue así?

Por eso hablo de sueño, porque en general quedó en el papel en la mayoría de los casos o sus realizaciones institucionales fueron muy limitadas. A nivel general, el liberalismo y el estatismo definieron a los grandes bandos durante todo el siglo XX, dejando muy poco espacio a proyectos alternativos basados en la técnica corporativa de los “cuerpos sociales intermedios”. Asimismo, la temporal vinculación, en algunos puntos arbitraria, con las creaciones fascistas derrotadas en la Segunda Guerra Mundial, dejó a estas ideas y proyectos sin margen tanto en el bloque euroatlántico como en el bloque soviético, aunque se mantuvo en algunos aspectos de los los regímenes mediterráneos o en varias experiencias iberoamericanas en la segunda mitad de la pasada centuria.

El subtítulo del libro es “Historia del corporativismo en España” ¿Qué es el corporativismo y qué relación tiene con la democracia orgánica?

El corporativismo es una técnica político-social de representación, asociación y participación supuestamente neutral y funcional, que fue base de los proyectos infructuosos de esta democracia orgánica (desde el liberalismo organicista, como en Salvador de Madariaga, al neotradicionalismo católico, como en Vázquez de Mella), que fue factible en varios países como “Estado corporativo” (en la Austria de Dolfuss o en la Rumanía de Averescu), que temporalmente estuvo asociada a los llamados “totalitarismos de derechas” (que la utilizaron como “medio de encuadramiento” sociolaboral), y que finalmente fue rescatado de manera parcial por las democracias liberales, a finales del siglo XX, como medio “corporatistas” de concertación social para Schmitter entre empresarios y sindicatos, fuera o dentro de los Parlamentos (o en diferentes regímenes iberoamericanos, como el PRI mexicano o el Justicialismo argentino).

En el libro explica que en España se planteó, entre el peculiar krausismo y el muy patrio tradicionalismo, una democracia orgánica basada en los cuerpos intermedios.

Esta es la tesis de Gonzalo Fernández de la Mora. Demostró como en la génesis del corporativismo español contemporáneo, más allá del gremialismo histórico, tanto krausistas como tradicionalistas compartían una visión similar de la constitución orgánica de la sociedad y la pretensión de la “reforma social” de España desde bases corporativistas. La diferencia, especialmente visible en su evolución posterior a partir del nonato proyecto de Asamblea Nacional Consultiva (ANC) bajo Miguel Primo de Rivera como auténtica constitución corporativa, se centró en la revisión o sustitución del particular Estado liberal español en la Restauración, acabando la mayoría de los krausistas abandonado estas tesis durante la II República y sumándose los tradicionalistas y “neotradicionalistas” a la reacción que dio lugar a la coalición del Bando nacional durante la Guerra civil.

Pero la realidad es que en la Transición acabó de morir ese sueño de democracia orgánica

La Transición española acabó con el sistema corporativo parcial presente en el llamado “Estado de las Leyes Fundamentales”, tanto en la organización sindical como en la representación a Cortes. Asimismo dejó sin valorar interesantes proyectos patrios en clave corporativista como los de Ángel López-Amo, Rafael Calvo-Serer, Luis María Ansón, Rafael Gambra, Elías de Tejada, el citado Fernández de la Mora o los de los aún partidarios del corporativismo nacional-sindicalista del falangismo. Por ello, la que denunciaba Fernandez de la Mora como “democracia inorgánica” no contempló, a priori, ningún mecanismo corporativista en su Constitución ni en sus principales leyes, aunque ante la crisis socioeconómica de finales de los setenta y principios de los ochenta se recurrieron a urgentes “pactos corporativistas” para encauzar la tensión laboral (desde los Pactos de la Moncloa al AES) y negociar asuntos laborales o sociales al margen de los partidos.

¿Por qué la democracia del 78 se puede definir como inorgánica?

Desde la ciencia política se podría definir esta “democracia inorgánica”, siguiendo en análisis pionero de Fernández de la Mora, como el modelo occidental vigente (sobre el sistema liberal-progresista dominante) que construye y organiza la vida política bajo el poder omnímodo de la partitocracia (generalmente bipartidista) y sus lobbys de presión. Poder casi absoluto en los ámbitos ejecutivo, legislativo y judicial sin ningún contrapeso “orgánico” que represente a las “células sociales básicas” y naturales: la familia (en proceso de destrucción jurídica e institucional), la comunidad (ante el triunfo del individualismo consumista) y el trabajo (desligado de funciones superiores y precarizado hasta extremos radicales).

Muchos la definen como demoniocracia, pues es una democracia contra la Ley de Dios.

Obviamente, la partitocracia de los regímenes liberal-progresistas actuales se basa en el desprecio casi absoluto de las comunidades naturales y, por ende, de toda forma de vinculación social y espiritual del hombre con la tradición como vector cultural y con la fe como principio moral y social. Pero este libro demuestra que hubo y habrá otras formas políticas y de gobierno, tanto autocráticas como democráticas, que muestran la posibilidad de interrelación entre la modernidad más pionera (económica o tecnológica) con la tradición más auténtica (identitaria y religiosa) más allá de esas democracias liberal-progresistas que muchos autores definen como realmente plutocráticas en el siglo XXI.