Desde ya varias décadas una novela ha dejado de ser sencillamente el recipiente de una buena historia, si es que alguna vez fue solo eso, para convertirse a cambio en un espejo desde el que comprender la realidad inabarcable del mundo y un mapa ordenado (quizás esa sea la verdadera ficción de toda novela) de aquello que una vez apareció como caótico. Pasado, presente y futuro confluyendo en un mismo aparato textual ambicioso, alambicado y abarcador. Donde el poema, la novela, el ensayo y la guía de itinerario o el atlas cartográfico confluyan de manera imprecisa pero rotunda. Aquello que Frederic Jameson proclamara de manera tan contundente como insistente: “Las ontologías del presente exigen arqueologías del futuro, no pronósticos del pasado”.

Así es el vastísimo rastro de humanidad que recoge con altura de miras la última obra de Jorge Carrión, desde la voz narrativa en primera persona del plural femenino, como si nos hablara un enjambre (la sociedad de un mundo global) del que por supuesto también formamos parte; aunque quizás se trate de algo similar a proceso consciente del Hall 9000 de Stanley Kubrick o del personaje inmaterial interpretado por Scarlett Johansson en Her. Publicada recientemente, Membrana (Galaxia de Gutenberg, 2021) es una obra vertebrada en torno a las artes que transgrede la estandarizada écfrasis; y que, en su lugar, plantea algunas de las preguntas más difíciles imaginadas por la narrativa reciente: ¿Cómo sería un museo sobre el siglo XXI realizado desde la mirada del siglo XXII? ¿Y si el creador del museo fuera una Inteligencia Artificial que ha sustituido al ser humano? ¿De qué robótica manera se entendería la humanidad periclitada? ¿Cómo aparecerían, entonces, reflejados los avatares más decisivos de nuestra época y de todas las épocas? En ese sentido, cada capítulo del texto supone un paso más en el avance hacia un intrincado intento de respuesta.

Rota la percepción lineal, maniquea y unívoca de la historia e inmersos en lo que el reputado filósofo alemán Peter Sloterdijk denomina como “posthistoria”, todo lo que antaño era trazado en vertical, esto es, de manera estática, aparece ahora planteado de forma horizontal y dinámica: un espacio topológico ensanchado. Y, sin embargo, se hace necesario viajar hasta el año 2100 para que el futuro dialogue con el pasado y con aquello que nosotros hoy consideramos presente porque sólo se puede hablar de algo con verdadera profundidad cuando ya se ha acabado y cuando hemos tomado la suficiente distancia de ello. Igual que hace Miguel Delibes con el personaje que da título a la obra en el monólogo que compone Cinco horas con Mario; o Rafael Chirbes con el difunto Bartomeu en Crematorio; así, Jorge Carrión explora la huella humana en la historia desde una perspectiva posthumana y altamente tecnificada: alertando acerca de los evidentes riesgos que entraña la superación tecnológica de lo humano.

La brillante cita de Coetzee que abre la obra de Carrión corre paralela a lo anterior: “No tenemos una ficción compartida del futuro. La creación del pasado parece haber agotado nuestras energías creativas colectivas. Al explorar el poder del pasado para producir el presente, la novela nos sugiere cómo explorar las posibilidades del presente para producir futuro. Eso es lo que la novela hace o puede hacer”. Lo más parecido al esfuerzo intelectual y literario que entraña Membrana y que podemos encontrar en otros paradigmas (si es que tiene sentido seguir hablando en términos idiomáticos o nacionales en un mundo donde la traducción es fértil y las influencias de cada autor no vienen dadas sino que son minuciosamente escogidas) es El Cuaderno Perdido de Evan Dara, La Casa de Hojas de Mark Danielewski o Lincoln en el bardo de George Saunders. Ese intento por narrar en red lo que de forma errónea solemos llamar, por disperso y por variado, lo fragmentario. Un diálogo donde lo algorítmico se pone en común con lo velazqueño; el 11S espejea con la pandemia del coronavirus; y la basura inconscientemente legada por el antropoceno queda elevada a arte desde la gélida comprensión del cyborg.

Gracias al comisario Francisco Baena, Jorge Carrión ha podido levantar un museo hipotético del futuro acerca de lo pasado, que incluye lo que nosotros llamamos presente. Además, en su podcast “Solaris” (por la emblemática novela de Stanislaw Lem y por la película homónima de Andrei Tarkovsky, obviamente), ha contado con participación del experto en física cuántica Fernando Cucchietti, que le ha ayudado a entender el tiempo como una cuarta dimensión en la que viajamos de manera constante pero inconsciente. Proyectados hacia el futuro. De esta forma, ha creado un diálogo entre dos contenedores físicos de información (el Centro José Guerrero de Granada y el Barcelona Supercomputing Center), demostrando una vez más que la separación entre las artes y las ciencias realizada durante siglos es, en el fondo, ridícula.

La obra de Carrión tiene más de una similitud con uno de los ensayos transdisciplinares sobre arte más sugerentes, originales y complejos publicados en los últimos años en español: La Menina ante el espejo. Visita al Museo 3.0 (Fórcola Ediciones, 2016) del escritor Luis Bagué Quílez; aunque también puede ser emparentada, dentro de su especificidad, con la obra en marcha de Vicente Luis Mora o de Miguel Ángel Hernández. Membrana de Jorge Carrión es, por lo tanto, una guía de museo que esconde una novela; y su opúsculo recién publicado, su obra-hermana y por lo tanto complementaria, Todos los museos son novelas de ciencia-ficción (al hilo de la citada exposición en Granada), es una novela holística en clave de autoficción y riquísimo un juego metatextual lleno de distintas voces artísticas (una muestra: Alicia Kopf, Justine Emard, Vladan Joler, Marta de Menezes, Joana Moll, Marta Peirano) que esconde una guía de museo. Como se ve, en el diálogo de ambos libros tienen cabida una gran variedad de formatos: de lo audiovisual a lo escrito, de lo radiado a lo leído; de lo reconstruido a lo soñado; en un recorrido de la cultura humana desde sus orígenes hasta lo que previsiblemente será su futuro.

El escritor del siglo XXI es extraterritorial y transfronterizo. Influido por las vanguardias artísticas y por la aparición de nuevos códigos de ficción, su labor es hacer una cartografía de una cultura que rebasa constantemente los límites que se acaban de marcar para delimitarla. Maneja multitud de géneros con familiaridad y soltura, desde una perspectiva amplia y totalizadora de las manifestaciones culturales presentes y pasadas. Está sometido a un cambio constante, a una evolución que corre pareja a la propia mutabilidad de la vida y a una transformación donde lo que permanece a modo de soporte, a la par que lo que desaparece en calidad de residuo, constituyen la única y algo vaporosa identidad del autor. Muchos lectores de la ya desaparecida pero mítica “Revista Quimera” conocen de sobra el nombre de Jordi Carrión. Algunos otros, sin embargo, conocimos al escritor nacido en Tarragona en 1976 con la aparición de su revolucionario ensayo en lengua española sobre teleseries, Teleshakespeare; o mediante su éxito de alcance internacional, Librerías, en el que, junto a su posterior Contra Amazon, trató de comprender el lugar que ocupan los libros y las librerías en el marco de un mundo digitalizado donde buena parte de la lectura y de la compra de libros tienen lugar de manera virtual.

Una vez realizado el hallazgo que supone la imprescindible labor de crítica cultural realizada por Jorge Carrión, nos quedamos “enganchados” a su infatigable tarea de articulista presente en las extraordinarias críticas de series y en las no menos notables reseñas de libros, tanto para “The New York Times” como para “The Washington Post”. Y desentrañando sus amables textos pudimos entender una concepción de la narrativa percibida como forma arte capaz de transformar la información del big data que compone nuestro mundo virtual (y también el real) en conocimiento; así como la aparición de nuevos paradigmas de masculinidad y de paternidad en literatura ejemplificados en, por ejemplo, Karl Ove Knausgard o en Álvaro Enrigue. De esta manera, dimos el salto definitivo a su narrativa, pasando por ensayos como Barcelona. Libro de los pasajes o Lo viral, hasta llegar a su gran trilogía narrativa, Las huellas (Los muertos, Los huérfanos y Los turistas), creada a imitación del formato de una serie de televisión, y a la que posteriormente añadiría, como anexo, la novela breve Los difuntos. Ojalá y algún día la editorial Galaxia de Gutenberg se anime a publicar la tetralogía completa en forma de único volumen.

Como narrador, Jorge Carrión se sitúa, en calidad de heredero de Juan Goytisolo o de W.G. Sebald, a la vanguardia de la narrativa en castellano, siendo el equivalente en España de lo que Martín Caparrós representa para Hispanoamérica. Y en cuanto que crítico cultural, su obra se enmarca en el conjunto de una generación llena de nombres importantes como los de Germán Sierra, Agustín Fernández Mallo, Sergio del Molino, Eloy Fernández Porta, Daniel Gascón, Juan Francisco Ferré, Rafael Reig o Robert Juan-Cantavella. Preguntado alguna vez por su canon personal, Carrión señaló la importancia de tres obras que, lo confesaré, también para quien esto escribe suponen tres de las aventuras literarias más destacables del siglo XX: el Libro de los pasajes de Walter Benjamin, El Cuaderno Gris de Josep Pla y Las Ciudades Invisibles de Italo Calvino. Su labor crítica y creativa conforman un conjunto único e inextricable, como recto y verso de una única hoja. A pesar del intento de glosa que acabamos de trazar, tendrá que pasar el año 2100 para que podamos comprender en justa correspondencia la importancia que entraña el total de la obra de Jorge Carrión en nuestro idioma.