Hemos escuchado hasta la saciedad que sin ideología no hay política. Pero ¿es posible hacer política sin partidos, sin ideologías? Angela Vallvey en su libro “Ateísmo ideológico” (Arzalia) plantea la posibilidad. En este ensayo postula que las ideologías remplazaron a la Iglesia tras la revolución francesa, y que estas “son perniciosas en la vida de las personas, pues generan una violencia prescindible, además de ruina y dolor”. Asimismo, propone eliminar la ideología del gobierno de los Estados, como en su momento se separó a la religión del Estado moderno.

 

¿Por qué existen los apolíticos, pero no los aideológicos? Se pregunta la autora del libro o ¿por qué los votantes siguen depositando su confianza en políticos corrompidos, deshonestos, malvados, ineptos…? Y la respuesta no puede ser más reveladora, porque tienen fe. Una fe religiosa en ellos. Los políticos. Es más, considera que “esos electores, más que ciudadanos, son creyentes. Y quieren convertir a los demás a la misma fe que ellos profesan. Al mismo partido al que ellos votan”. Los creyentes ponen sus vidas a disposición de sus sacerdotes de partido, les entregan obediencia para hacer frente a la incertidumbre de la vida diaria.

 

Nuestro país ha sido siempre muy católico, incluso como dice Vallvey, de una religiosidad ferviente. España era España en tanto que era católica. Y continúa siéndolo, asegura la autora, a través de la ideología, que se vive de forma apasionada, extrema, intensa. Por poner un ejemplo, “mientras la izquierda dura entiende y justifica la violencia, la derecha solo entiende y justifica la codicia, de manera que, entre codicia y violencia, el mundo, la democracia, se deterioran a pasos agigantados”. Y ¿por qué soportar una concepción del mundo que pertenece a la conciencia de otros, obligando al resto a someterse a sus dictados, sueños, irracionalidades, locuras?

 

En “Ateísmo ideológico” se subraya que “la división es utilizada por los líderes ideológicos de nuestro tiempo para convertir a los votantes en peones de una contienda que siempre ganan ellos, los que conforman las élites”. La ideología, de esta manera, “impide que la derecha pueda defender a los homosexuales, a la cultura, a los animales, a la ecología, lo social”. ¿Por qué? Simplemente porque son temas que la izquierda ha patrimonializado. Mientras, por el contrario, “la izquierda se ve obligada a ser anticapitalista, a pesar de que practique el capitalismo con fruición”. Así, según Vallvey, “la izquierda se ha pedido las mejores cartas, por eso sigue siendo moralmente superior, aunque sea en teoría”.

 

La esencia de lo político se centra ante todo, junto a la existencia de enemigo ante el que actuar, en una cuestión de poder. Y para ello se sirve de la ideología, por este motivo la autora de este ensayo se cuestiona “¿por qué deberían ser mis enemigos, mi vecino, mi hermana, mi colega de ideologías contrarias a la mía? O ¿por qué la mitad de la sociedad está obligada a encadenarse al modelo de la otra mitad? Aún más, “¿por qué, incluso quienes no queremos hacerlo, nos vemos obligados a mantener una lucha existencial de ideologías parecida a la de las religiones?” Y, ante todo, se pregunta ¿cuándo acabará la tiranía del mundo de los creyentes?

 

La ideología se ha convertido también en un negocio muy rentable, lucrativo, más que en una forma de vida, asiente Vallvey. En general nos encontramos con intereses subyacentes, y es que “los partidos políticos se han convertido en empresas endeudadas y muchas veces corruptas, en clubs y cotos privados para las élites”. También es una cadena económica, productiva y si falta el “lubricante del dinero se derrumba la construcción ficticia de favores, intereses, ambiciones, voluntades y deseos”. Y lo inexplicable para Angela Vallvey es que sigamos sometidos a ellos, como también podría decir Bertrand de Jouvenel.

 

Por último, si la ideología sustituyó a la religión en las sociedades modernas a partir de la Revolución Francesa, y a consecuencia de ello, la separación Iglesia-Estado estimuló el bienestar y desarrollo en Occidente, la autora añade que “podemos suponer que apartar la ideología del gobierno de los estados reactivaría el progreso de la humanidad, en un momento en que la democracia está desapareciendo”. La idea de ateísmo ideológico puede resultar imprescindible para acabar con la corrupción, el autoritarismo y la miseria económica y moral. En definitiva, causaría una verdadera y profunda revolución de las ideas.