Sin un enfoque teórico y cultural, y sobre todo antropológico, no se puede entender  la descomposición que  a partir del siglo XVIII tuvo le Hispanidad tanto en el exterior como en la España peninsular. Sin el  análisis filosófico-histórico de nuestro gran lucero de la intelectualidad del pasado que fue  Ramiro de Maeztu, caeremos en el error historicista de la interpretación. Es la figura clave para comprender el fenómeno del desmoronamiento al  que se  ha sometido  a nuestra patria mediante un ataque sistemático, similar al desarrollado desde  el mundo anglo-protestante contra nuestra nación; considerando que la misma es la Hispanidad. Esta patria que reúne a los españoles de los dos hemisferios fue el sujeto activo fundacional de lo que fuimos y hemos dejado de ser.

             La  fecha clave de su inicio fue el año 1492, fecha donde convergen tres elementos fundamentales: la conquista de Granada, el descubrimiento de las tierras llamadas América y la civilización humanista de Isabel la Católica como creadora de la gran obra cristiana en Occidente. Ese  proceso evangelizador fue la variable necesaria para la creación de un nuevo espíritu tras la Reconquista cristiana de la Hispania de Leovigildo y Recaredo ocupada por el Islam.

 

            En estos momentos vivimos una desorientación estructural  de nuestro sentido vital del ser ontológico de nuestra naturaleza de  hispanos. Es este hecho vital de derrumbe de nuestro sentido originario, de nuestra genética existencial, el que nos sume  en un marco de deconstrución cognitiva perfectamente programada por un globalismo anulador de nuestra visión antropológica. Su finalidad es una nueva organización de poderes que elimine los fundamentos primarios de la democracia y el respeto al individuo; obstruyendo nuestro sentido y características del ser. Es la meta final a la que se ha dirigido lo que en palabras de Ramiro de Maeztu se llamó el extranjerismo y el naturalismo.

            Extranjerismo y naturalismo. El primer término define la admiración a lo extraño, a lo externo, inspirada en  los mitos y falsedades del arma de guerra que ha sido la Leyenda Negra y un complejo estúpido de inferioridad. El segundo término, el naturalismo rousseauniano,  busca hacer tabla rasa de toda influencia cultural y normativa heredada. Dicho de otra manera, la decadencia de nuestro espíritu propio del ser por una crisis adolescente, tras la pérdida del Cuba; y, además,  ese laicismo que confunde aconfesionalismo y separación de Iglesia del Estado con la ruptura de nuestros elementos vitales vertebradores de nuestro  fundamento del ser. A ellos nos encaminó esa influencia ilustrada que nos llevó a un nihilismo y a un existencialismo provenientes de un racionalismo kantiano que cuestionaba los hechos previos de nuestro devenir filogenético. 

            Este fenómeno se desarrolló fundamentalmente  desde  Nietzsche y Feuerbach, negadores de la religión como sustancia trascendente del sentido humano de la existencia. Con parada y fonda  en Sartre y Marx. 

             Rouseau fue el punto de partida de este fenómeno modernista que hoy creemos estúpidamente que era del que partía la contemporaneidad como salto a la nada en la evolución de las sociedades; sin darnos cuenta de que olvidamos  la importancia de nuestra Edad Media cuyo pilar fue el   Escolasticismo, que nos proporcionó las mejores glorias en el avance de la humanidad, con los dos “franciscos”: Francisco de Vitoria y Francisco Suárez. Es decir la fragua  del ideal de la hispanización para  la liberación del mundo bajo la protección del ideal cristiano; mediante el nacimiento del Derecho de gentes convertido en Derecho internacional, y traspuesto a lo que hoy llamamos los Derechos Humanos. Y transmitido a través de  las leyes de indias, con la grandiosa obra de Solórzano en su compilación, y la consideración como iguales a todos los habitantes de las nuevas tierras conquistadas, homologando en derechos y libertades a los de aquí y  los de allá.

            Como elemento probatorio de que esa herencia era indeleble tenemos  el artículo primero de la  Constitución de Cádiz, que en 1812 decía que La Nación española es la reunión de los españoles de ambos hemisferios”. Mediante una sola frase dejaba claro que la Nación era la Hispanidad y que españoles  eran tanto los que vivían en ultramar como los de la España liberada de la opresión islámica y regenerada a sus elementos configuradores originarios.

            Tengamos en cuenta la importancia de esta proclamación habida cuenta de que aquella Constitución abría un proceso liberal. Y que, sin embargo, en ese contexto donde había un importante influjo de las logias, se recogía el mandato de Isabel la Católica de igualar y fomentar el mestizaje entre todos los habitantes regidos bajo el influjo y mandato de los reinos de Castilla, Aragón, León, Sicilia, Granada y Nápoles, tal como figuran en los cuarteles de armas del escudo de los Reyes fundadores de la Hispanidad, Isabel y Fernando, los Católicos; allí donde no se ocultaba el sol, del llamado Imperio, generador de civilización.

 

            Ramiro de Maeztu es esencial para entender esta idea, trasladada en sus elementos más que didácticos, pedagógicos; es decir, filosóficos; a través de sus escritos y artículos que luego darían como resultado su libro clave: Defensa de la Hispanidad, fundamental para entender su pensamiento.

            La hondura de su pensamiento hace que debamos considerar a Ramiro de Maeztu un pilar fundamental en la filosofía de la Historia del siglo XX. Por algo las milicias izquierdistas, al poco de iniciarse el alzamiento  que desencadenó la Guerra Civil, le asesinaron, al verificar el influjo que podía tener aquella su elaboración intelectual en las generaciones venideras a las que se orientaba aquella España rota y roja. Una España que liquidara todos sus perfiles propios de la personalidad colectiva, que tenían como base la Corona, el Catolicismo y la lengua, como elementos vertebradores.

            Nuestra España convertida en la “Expaña” de hoy culmina aquel proceso de desmoronamiento de esos principios genuinos que eran las células madre de nuestro cuerpo social constitutivo.  Todos los indicadores perfilan la deriva hacia la nada en la que estamos. Llevándonos  hacia la pérdida de nuestra identidad y sentido de pertenencia y abocándonos a los individuos a la disolución de nuestra personalidad colectiva; y, por tanto, individual, en tanto y cuanto somos seres sociales  ligados a una historia y a componentes comunes del ser. Y, por tanto, nos aboca a una individualidad egotista y a una visión infantiloide de la realidad, que es suicida. El hombre sin sentido del ser es un ente orgánico sin más horizonte que el sensualismo y el aniquilamiento del espíritu transmitido que es el propio de su ontogenia heredada; algo así como una ameba sujeta a la esclavización del entorno y de los poderes transnacionales.

 

            Tengo en mis manos un libro que me ha costado dos meses en leerlo, pues la profundidad del pensamiento de Ramiro de Maeztu y la enorme riqueza de su contenido espiritual y conceptual requiere una reflexión de cada párrafo y una reelaboración de la lectura hasta asentar en la mente del lector el propósito que nos transmite. Son más de sesenta artículos rescatados y compilados gracias al esfuerzo de revisión que ha realizado el autor de este importante trabajo de investigación. Se trata del libro Ramiro de Maeztu. El pensador de la Hispanidad. Selección, presentación, estudio preliminar y notas, cuyo autor  es Pedro José Grande Sánchez, editado por SND Editores. Esta obra, en una labor ingente de recuperación de los textos producidos por un intelectual de primera línea en el primer tercio del siglo XX, olvidado para nuestra decrepitud moral e intelectual  colectiva.

            Este legado recopilado es fundamental para congraciarnos con nuestro pasado glorioso. Exige no solamente una lectura reflexiva sino una asimilación de las ideas transmitidas y hasta un compromiso de resurrección espiritual,  para la reconstrucción que combata la destrucción cognitiva a la que están siendo sometidas nuestras nuevas generaciones en unas aulas convertidas en antros de adoctrinamiento demoledor de todo espíritu y conciencia colectiva, tanto en lo moral como en lo cultural.

            Es necesario este libro para entender el mundo de ayer que nos devuelva nuestras raíces antropológicas en un momento en el que llevamos décadas de destrucción de nuestro pasado;  y de las  raíces que sostienen el árbol del que surgirán los nuevos frutos de nuestra supervivencia como nación histórica. El intento de convertirnos en zombis despersonalizados y desligados de la fenomenología cultural transmitida debe ser neutralizado con esta vacuna de conocimiento antropológico y de análisis de los males que nos afectaron y nos embargan el futuro. Nada menos que recuperar las  referencias existenciales y axiológicas trasmitidas y fracturadas en ese “quítate tu para ponerme yo” del complejo de Edipo que mata al padre.

             En este libro se hace un análisis, y yo diría mejor, un diagnóstico que nos acerca a aquel mundo de los años treinta del siglo pasado  que es asimilable al marco de circunstancias y situaciones de la España de hoy. Y, por tanto, es un instrumento muy eficaz y resulta una herramienta fundamental para entender nuestro proceso actual de desmoronamiento. Por tanto el libro de Pedro José Grande Sánchez es una herramienta fundamental para entender la enfermedad que nos afecta a los españoles de hoy, más aún cuando solamente podemos interpretar los fenómenos actuales entendiendo como se atomizó la Hispanidad desde el Siglo XVIII  de las influencias ilustradas, y por qué;  lo que es lo mismo que hacer la etiología de  una crisis cuyos orígenes vienen de nuestra pérdida de identidad histórica y de la tabla rasa en la que se ha convertido nuestra existencia como si hubiéramos aparecido en este mundo en una nave extraterrestre.

 

            Quien quiera entender el mundo de hoy, actuante en nuestra caída y derrumbe y vislumbrar la terapia a aplicar a un cuerpo exhausto y enfermo tiene que acudir, necesariamente, al pensamiento de Ramiro de Maeztu, y leer las fuentes recogidas en el libro que aquí presentamos, imprescindible en este momento.

            Estos enemigos que aplican de forma implacable la piqueta que va destruyendo los pilares de nuestra Nación deben ser neutralizados para que dejen de ser agentes de destrucción cognitiva de nuestro concepto patrio. Una visión reduccionista y alicorta de la idea de nación nos hace perder los elementos referenciales, y nos lleva a la defección y al error, como bien lo sabían aquellos liberales de Cádiz que recogieron en aquella primera Constitución lo que era realmente nuestro sentido nacional. Aunque con ello pretendieran crear un Estado nacional de nuevo cuño, superador del Antiguo Régimen de naturaleza escolástica.           

            Como ejemplo de lo que digo, aprovecho para poner en evidencia   una triste realidad. En la ciudad donde vivo, que es Vitoria, tenemos dos figuras claves del  humanismo cristiano: Francisco de Vitoria y Ramiro de Maeztu. Ambos han sido arrinconados y olvidados.

             Justo pervive una estatua en una de las vías mas hermosas de mi ciudad, que es el Paseo de la Senda, también llamado Paseo de Fray Francisco, cuya lápida trasera pocos de mis paisanos han leído o comprendido a tenor del poco interés en recuperar su mensaje universal. Esta inscripción  recoge en piedra las palabras del humanista protestante y anglosajón James Brown Scott  donde se manifiesta el valor de la obra y origen del Derecho Internacional Publico atribuido al pensador dominico,  Francisco de Vitoria.

            Y, otro relegado al cesto de los desechados del acerbo común, Ramiro de Maeztu, referencia fundamental e inconfundible, nacido en Vitoria,  justo tiene una calle, y ningún elemento que le recuerde, ni estatua, ni letrero conmemorativo, ni ninguna muestra de aprecio y de ensalzamiento. No se conformaron con segar su vida. Le borran del recuerdo que es tanto como eliminar su espíritu y obra.  Y al Instituto de Enseñanzas Medias que llevaba su nombre se le ha sustituido la denominación con el euskerismo “ekialde” como si quienes rigen políticamente los destinos de esta pretendida nueva nación eúskara surgida de mentes delirantes, quisieran borrar el testigo de uno de los mayores defensores de algo preexistente, que es la Hispanidad, verdadero baluarte de civilización y humanismo. Nada homologable con la actual decadencia en la que vivimos los “vascos” bajo la ilusión de ser el epicentro del Orbe; cuando realmente vivimos en un prevaricadora  modificación cognitiva y  destrucción de la semilla histórica de la que procedemos.

            Es necesario a todas luces que todos aquellos que quieran recuperar su historia y su procedencia antropológica lean este libro. Ahora bien, aviso  que no es un libro apto para mentes poco amuebladas  y reducidas a la simpleza intelectual  y menos aún para cabezas aplanadas por un espíritu colectivo meteorizado por esa lluvia fina que cala nuestra cosmovisión y la disuelve en una inanidad empobrecedora que nos lleva a la depresión moral. 

            Como  conclusión de este panegírico dedicado a Ramiro de Maeztu nada mejor que esta cita recogida del libro referido:

“Para los españoles no hay otro camino que el de la Monarquía Católica instituida para servicio de Dios y del prójimo. No podría fijar el de los pueblos de América, porque son muchos y diversos. Cada uno de ellos está condicionado por sus realidades geográficas y raciales. A mí no me gusta la palabra Imperio, que se ha echado a volar en estos años. No tengo el menor interés en que empleados de Madrid vuelvan a recaudar tributos en América. Lo que digo es que los pueblos criollos están empeñados en una lucha de vida o muerte con el bolchevismo, de una parte, y con el imperialismo económico extranjero, de la otra, y que si han de salir victoriosos han de volver por los principios comunes de la Hispanidad, para vivir  bajo autoridades que tengan conciencia de haber recibido de Dios sus poderes, sin lo cual serán tiránicas, y de que esos poderes han de emplearse en organizar la sociedad de un modo corporativo,  de tal suerte que las leyes y la economía se sometan al mismo principio espiritual que su propia autoridad, a fin de que todos los órganos y corporaciones del Estado reanuden la obra católica de la España tradicional, la depuren de sus imperfecciones y la continúen hasta el fin de los tiempos. Ello han de hacerlo nacionalizándose aún más de lo que están. Los argentinos han  de ser más argentinos, los chilenos, más chilenos; los cubanos, más cubanos. Y no lo conseguirán si no son al mismo tiempo más hispánicos, pues la Argentina, Chile y Cuba son sus tierras, pero la Hispanidad es su común espíritu, al mismo tiempo que la condición de su éxito en el mundo.  El ansia universalista que les animaba cuando se ofrecían a la emigración de todos los pueblos de la tierra sólo es realizable por el Catolicismo. Las otras religiones son exclusivistas y celosas y la experiencia ya ha sido hecha. Los argentinos creían poder asimilar a los judíos, a los españoles o a los italianos. No lo han logrado. Los judíos se casan entre sí, y este cuidado de la pureza de su raza no es sino la expresión de su voluntad firme de no dejarse absorber por ningún otro pueblo.”