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En el frente de Vitoria, un campamento alrededor de un grupo de casas modestas situado en una hondonada. Una carretera discurre por ella y se pierde hacia el fondo, entre unas colinas. Álamos en las zonas bajas y pinares en las altas; en el llano, los arbustos desnudos atenúan el verde de la pradera.

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El tiempo es malo; nubes espesas delatan la inseguridad del tiempo.

Delante de una casita, menos miserable, y frente a su puerta, destaca un banderín de mando, y un cartel en la pared indica: "2.o Batallón. Jefe." Una bandera más pequeña, saliendo de la pared de una casita algo separada, señala el local de la 2.a Compañía.

Unas chabolas de ramaje y tiendas de campaña formadas de lienzos individuales se alinean a retaguardia, sobre la ladera.

Delante de las casas hay como un espacio dedicado a patinillo con algunas sillas de campaña y mesas de pino. El sol se está poniendo cuando un corneta entra en la tienda del jefe. El Comandante, sobre los planos, conversa con dos de sus capitanes. Uno de ellos es Luis, el marido de Isabel Churruca.

EL CORNETA. -¿Se puede tocar a oración?, mi Capitán. (Dirigiéndose a Luis, capitán de servicio.)

EL COMANDANTE (Antes de que Luis lo consulte.).- Sí, que toque.

Y, levantándose, sale hacia la puerta.

Una sección de guardia se encuentra formada perpendicularmente. A la derecha de las casas, y algo alejada, una pequeña edificación está dedicada a la guardia, y, sobre un gran mástil, la bandera de España se mueve con la brisa. Un Alférez se halla al frente de la fuerza.

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Grupos de soldados con boina y con camisa azul van y vienen entre las tiendas; algunos aparecen sentados a las puertas.

El corneta rasga el espacio con el toque de oración. En el acto, todos se levantan y, cuadrándose rígidos, miran a la bandera, permaneciendo con el brazo en alto mientras la cadencia del toque se esparce por el campamento.

Cuando el toque termina, vuelven el trajín y los ruidos del campamento.

De un airoso caballo baja un jinete; lleva los cordones de ayudante. Se dirige al Comandante y le dice:

EL AYUDANTE. -Me encarga el General le diga dedique sus tropas a la instrucción y al tiro; las predicciones meteorológicas son malas y no es posible operar.

EL COMANDANTE. -Muy bien. Dígale usted que así se hará, que no perderemos el tiempo, y que, aunque aparentemente perdidos, estos días los aprovechamos mucho, pues nos permiten instruir y completar al personal. ¿Qué noticias tienen ustedes del frente de Madrid?

EL AYUDANTE. -Pocas buenas. La cosa está muy dura. En el Pingarrón hemos tenido durísimos encuentros. Allí se han cubierto de gloria dos Banderas de la Legión y los Tabores de Regulares. Es lo más duro de la guerra; hay Banderas que han quedado con treinta hombres, y compañías de Regulares con siete. Ahora bien: allí han quedado deshechas seis Brigadas internacionales. Los olivares están negros de muertos.

EL CAPITÁN LUIS ECHEVERRÍA. - Entonces, mi Teniente Coronel, el enemigo cuenta en aquel frente con numerosas brigadas de extranjeros.

EL AYUDANTE. -Así es: diez han sido comprobadas en aquel frente y unos 5.000 extranjeros pasan a diario por Port-Bou.

Mientras el Capitán Echeverría tuerce el gesto preocupado, el Capitán de la segunda compañía exclama:

CAPITÁN ANGLADA. -Buen servicio le estamos haciendo a Europa, purgándola de los indeseables de todas las revoluciones. ¡Más gloria todavía!

EL AYUDANTE. -Para vencer hay que destruir al enemigo, y antes o después hay que combatir duramente. Lo malo es lo de esta mañana. Las contrariedades del mar: hemos perdido el España frente a Santander.

EL COMANDANTE. -¿Cómo?
EL CAPITÁN ANGLADA. -¿El España?... LUIS. -¿El acorazado?...
EL AYUDANTE. -Sí, ¡el acorazado!...

LUIS. -¿Pero eso es una catástrofe?

EL AYUDANTE. -No. Una contrariedad. LUIS. -Es que si los rojos suben los barcos al

Atlántico, adiós bloqueo. Basta la presencia del Jaime para barrernos del mar.

EL AYUDANTE. -Peor empezamos. Hay que tener fe. El Generalísimo ha estado esta mañana con nosotros y estaba muy tranquilo. Y ha dado orden a la Aviación de destruir al Jaime; los aviadores se han juramentado para hundirlo y así será...

EL CAPITÁN ANGLADA. -¿Cómo fue, se sabe?

EL AYUDANTE. -Es lo de siempre: la negación de la beligerancia. Los barcos nacionales tienen que meterse dentro de las tres millas para apresar a los barcos extranjeros que los aprovisionan. Hoy, cuando el España intentaba detener un barco, éste trató de ocultarse tras uno de guerra inglés; hubo de acercarse el España a la costa, la atmósfera estaba turbia y tocó una mina.

EL COMANDANTE. -¡¡Canallas!!

(Murmura.)

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EL CAPITÁN ANGLADA. -Algún día nos pagarán estas cuentas, mi Comandante. El pueblo español no puede olvidar.

LUIS. -¡Bilbao, cada día más lejos! (Gruñe entre dientes.)

EL AYUDANTE. -En Aragón, en cambio, nuestras fuerzas han batido al enemigo y han liberado la posición de Santa Quiteria.

LUIS. -¡Qué guerra! ¡Más de dos mil kilómetros de frente de costa, y ahora sin escuadra!

El Ayudante se despide. El Comandante regresa a la casa, permaneciendo a la puerta los dos Capitanes.

LUIS. -Esto se pone mal. Y yo, que un momento llegué a pensar en la entrada en Bilbao, en abrazar a mi mujer y mis hijos, ¡qué lejos todo!

EL CAPITÁN ANGLADA. -No desesperes. A mal tiempo, buena cara. Todo llegará; un pequeño retraso.

LUIS. -No. Hace unos días lo creía, hoy ya no. Inglaterra y Francia los ayudan eficazmente. No quieren que lleguemos; el tiempo también los favorece.- Esto no puede terminar bien. Nuestros soldados no tienen relevo, carecemos de reservas. Ni un solo día han descansado. Soldados de hierro no existen en ningún ejército; un día, se derrumban.

EL CAPITÁN ANGLADA. -No seas- pesimista, Don Caviloso; apuesto un almuerzo de angulas para todos los oficiales a que antes de quince días las tomamos en Bilbao... y eso que no me gustan.

LUIS. -¡Qué loco! ¡Con qué gusto las pagaría! Acepto.

Una pareja del Cuartel General llega acompañando a un señor de unos cincuenta años de edad, aproximadamente. Una cadena de oro con una moneda colgada pende de su chaleco.

PAISANO. -¿El Comandante del segundo de Flandes?'

EL CAPITÁN ANGLADA. -Aquí es. (Se acerca a la puerta.) Mi Comandante. Aquí hay una patrulla del Cuartel General que le interesa. (Sale el Comandante.)

COMANDANTE. -¿Qué hay?, muchachos.

CABO. -Un pliego para mi Comandante.

EL COMANDANTE (Abre el pliego, lo lee y luego mira para el paisano, interrogándole.). - ¿Es usted Don Joaquín González?

PAISANO. -Sí, señor.

COMANDANTE. -¿Y desea usted filiarse en el Batallón?

PAISANO. -Así es.
COMANDANTE. -¿Qué edad tiene usted? PAISANO. -Cincuenta y ocho años. COMANDANTE. -No dejará usted de reconocer que no es la edad más a propósito para engancharse. La campaña es muy dura y el descanso se desconoce. El General, sin duda, ignorará esta circunstancia.

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PAISANO. -No, señor, la conoce; soy fuerte, acostumbrado a la lucha.

COMANDANTE. -No es posible. He de hablar antes con el General. No comprendo qué puede mover esta decisión.

PAISANO. -Seré más explícito. Vengo de América, a donde marché muy joven, hice fortuna, me casé en el país y tuve dos hijos, a los que enseñé a amar a España. Cuando la nación española se vio en peligro, los chicos, desde su playa de veraneo, a muchas millas de mi casa, se vinieron a España voluntarios. Un telegrama de ellos me dio la buena nueva; otro, poco tiempo después, me hizo conocer la muerte de ambos en el campo de batalla. Mi vida ya no puede tener otro objeto que éste. Para ellos trabajé y a la Patria los di contento. ¿Es mucho pedirle que me acepte lo poco que me queda?

EL COMANDANTE. -Tiene usted razón: nadie podrá negarse. ¡Lástima de muchachos! ¡Buena raza tenían! Hará usted honor a nuestra más brava Compañía. Capitán Anglada: filie usted en su unidad a don Joaquín González, y que todos le rindan el afecto y confianza que la Patria le debe.

EL CAPITÁN ANGLADA. -Sí, mi Comandante. (Volviéndose hacia un grupo de oficiales.) Alférez Torres: ordene al Sargento Tomás que se presente.

ALFÉREZ TORRES. -Sí, mi Capitán. (El Alférez da unos pasos y llama en la puerta de una chabola.) ¿Sargento Tomás? (Sale un Sargento arrogante, a quien una barba blanca lo señala con un aspecto venerable.) El Capitán lo necesita.

EL SARGENTO. -Bien, mi Alférez,

EL CAPITÁN ANGLADA (Habla y el Sargento escucha en el primer tiempo del saludo.). -Sargento Tomás, aquí le presento a don Joaquín González; desde hoy forma parte de nuestra Compañía y va a ser soldado de su sección. Como usted, vino de América ante el peligro de la Patria. Sus dos únicos hijos murieron gloriosamente en nuestras filas. Necesita afecto y una nueva familia. Sea usted para él, además de un jefe, su hermano y camarada.

EL SARGENTO. -Así será, mi Capitán. Compartiremos penas y glorias. Nuestros chavales le darán con gusto la mitad del afecto con que me honran.

EL CAPITÁN ÁNGLADA (Al nuevo recluta.). -Acompañe usted al Sargento, que le entregará su nueva ropa.

EL SARGENTO. -Magnífico. (Con sorna.) ¡Viejos nosotros! Verá usted qué lección vamos a dar a los chavales.

Se alejan hacia la chabola, quedando solo delante de la casa Luis, el Capitán Anglada y varios alféreces del Batallón.

LUIS. -No debieron admitirle; es un cargo de conciencia. Ya ha dado demasiado y tal vez... (No termina. le interrumpe el Capitán, severo:)

EL CAPITÁN ANGLADA. -Para la Patria, todo es poco.

LUIS. -¿Pero no basta la juventud, no es suficiente que le entreguemos a los mejores?

EL CAPITÁN ANGLADA. -Él es más cuerdo que nosotros. ¿Quién puede negarle lo que pide? Ocupar el puesto de sus hijos. ¿Es posible que no sientas optimismo a la vista de estos hombres? Ayer, el Sargento Tomás, que a los setenta años atraviesa el mundo para solicitar un puesto en el combate; hoy, esta familia que no siente lo que dio, sino el que no le acepten lo poco que le queda. Esta es la raza, la que llena de alto contenido la palabra Hispanidad.

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LUIS (Con ironía.). -¡Soberbio! Mas si a la raza le suprimimos los mejores y quedan esos que tú llamas "acomodaticios" y "cucos", no ganará mucho la Hispanidad.

EL CAPITÁN ANGLADA (Dirigiéndose a los alféreces, que están en un grupo próximo y escuchan, prudentes, la conversación.). Dar las gracias, muchachos. (A Luis:) No seas egoísta, Luis. Igual error cometíais antes del Movimiento: considerar excepción estas virtudes, que fueron y son generales. Cada héroe que cae, cada valiente que muere, hacen surgir ciento. Yo no me asombro. Otra cosa no sería España. Mira: hoy voy a sentar a mi mesa al nuevo soldado. ¿Quieres venir? Le alegraremos. La familia militar celebrará la llegada de uno de los mejores.

LUIS. -No seas loco; deja a ese hombre tranquilo con su dolor, que encuentre la paz que, sin duda, busca.

EL CAPITÁN ANGLADA. -Vamos, anímate, que voy a echar la casa por la ventana: café, cigarros, unas botellas. ¿Hace?

LUIS. -No, yo estoy de servicio y, por ello, os rogaría no alborotéis.

EL CAPITÁN ANGLADA. -Vosotros, muchachos, ¿no queréis una copa y un puro?

LOS ÁLFÉRECES. -Encantados.

EL CAPITÁN ÁNGLADA. -Pues a las nueve.

Descansa el campamento bajo un cielo cubierto de espesos nubarrones que el viento rasga para descubrir a retazos un cielo de luna. De una de las casetas se escapa un haz de luz, del que parece partir el rasguear de las guitarras, alterado por el chapoteo de las patrullas.

Un centinela se pasea ante la puerta del cuerpo de guardia. Otro se encuentra sobre las armas junto a la puerta del Comandante.

Algún tiro suelto y pequeñas ráfagas de ametralladora se escuchan en algunos momentos.

El Capitán Echeverría pasea con la cabeza baja por el rellano, delante de las casas. Un pelotón de gente se aproxima. Al "¡alto!, ¿quién vive?" del centinela, responde un oficial, diciendo: "España. Una patrulla de servicio con un huido."

LUIS (Capitán de servicio, los alumbra con su linterna de campaña.). -¿Qué ha ocurrido?...

EL OFICIAL. -Delante de la línea de centinelas se empezaron a escuchar vivas a España, y cuando salimos en aquella dirección a reconocer al que gritaba, el enemigo disparó; esa fue la causa del tiroteo. En la cuneta, acostado, encontramos a este hombre, que, al parecer, trataba pasarse a nuestras filas.

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LUIS. -¿Algo más?
EL OFICIAL. -No. Eso es todo.
LUIS. -¿Por qué se ha venido usted de las filas rojas?
EL HUIDO. -Porque no podía resistir más.Tengo en Vitoria a mi mujer y a mis dos hijos,Vi que no entraban ustedes en Bilbao, que esto se detenía, que tal vez no lograsen nunca penetrar en la capital vizcaína y me alisté para pasarme; y aquí estoy. ¿Verdad que me dejarán ir a abrazar a mis chavales?

LUIS. -Sí... a abrazar a tus chavales. (Exclama maquinalmente. Y continúa.) ¿Cómo ha podido llegar hasta aquí sin ser visto?

EL HUIDO. -Salí por el lado del monte, corté la carretera, y, pegándome al talud sin hacer ruido, llegué hasta aquí, y, cuando oí voces, sintiéndome próximo, empecé a dar los vivas.

LUIS. -¿Qué fuerzas hay en este frente?

EL HUIDO. -Hay seis regimientos en este sector, pero ayer llegaron muchos asturianos, dicen que 10.000, y cuarenta piezas de artillería. También llegaron tres regimientos de fortificación.

LUIS (Dirigiéndose al Alférez.). -Mándelo con una patrulla de la guardia a la tienda del Estado Mayor, exigiendo recibo.

EL ALFÉREZ. -Sí, mi Capitán. (Se van.)

LUIS (Repite, hablando solo.). -"¡Abrazar a sus chavales!..." (Da una vuelta por la explanada; de repente, se dirige hacia la carretera, se para, vacila... Una jota rasga el silencio, patriótica, llena de fuego:) Marchan jóvenes y viejos a luchar en la Cruzada. Yo, por unirme con ellos, abandoné a la que amaba.

Se apaga la copla y el rasgueo de la guitarra continúa el acompañamiento.

Otra voz, en diferente tono, hace el eco a la primera:

Ya no grito viva España, ya no basta el contemplar. Mi grito de ¡arriba España! dice la hemos de empujar.

En la oscuridad de la noche se ve vacilar al Capitán Luis Echeverría. Se dirige hacia la carretera.

La copla se alza de nuevo, con gallardía:

Dicen son muchos los rojos, les ayuda el mundo entero; sólo con mi Pilarica
yo me quiero ver con ellos.

De pronto, tapándose con las manos los oídos, se le ve, decidido, arrimarse al talud y perderse en las sombras de la carretera...

Su aproximación a las filas rojas ocasiona unos tiros de alarma seguidos de voces de "¡Alto!" "¿Quién vive?"; y después de responder: "la República", el Capitán Echeverría se ve rodeado por unos milicianos.

CAPITÁN LUIS. -Vengo a vuestro campo. Mi espíritu estaba aquí.

MILICIANO. -¿Qué pruebas tienes?

CAPITÁN LUIS. -Un tío en Bilbao y una mujer y dos hijos que me esperan.

MILICIANO. -Trae tus armas y pasa a ver al Capitán.

Entra el Capitán Luis en una choza inmediata.

CAPITÁN DOMÍNGUEZ. -Caramba, Echeverría, ¿tú aquí? Qué, ¿te extraña verme? ¿No me reconoces? Soy aquel compañero vuestro, Domínguez, al que expulsasteis del Ejército por una minucia hasta que la justicia republicana me volvió a él.

CAPITÁN LUIS (Rehaciéndose de lo desagradable del encuentro.). -Es verdad; no te conocía.

CAPITÁN DOMÍNGUEZ. -Pero, ¿cómo te has pasado?

CAPITÁN LUIS. -Me he venido con los míos.

CAPITÁN DOMÍNGUEZ. -¿Y tienes a alguien que pueda garantizarte? Si quieres, yo me presto.

CAPITÁN LUIS (Con viveza.). -No, no hace falta. Tengo la familia en Bilbao.

CAPITÁN DOMÍNGUEZ. -Bien; pues si me necesitas, ya lo sabes: soy Capitán de la 54 Compañía. Podéis devolverle las armas, muchachos, y llevarlo junto al Comandante. Yo lo acompañaré también.

Recorren un centenar de metros, llegando ante la casa-habitación del Comandante, llaman a la puerta y sale en las sombras de la noche el Comandante, quien, enterado de lo sucedido, manifiesta:

EL COMANDANTE. -Bueno, pues coger mi coche y llevarlo a Bilbao, al Estado Mayor.

En una oficina del Estado Mayor de Bilbao. Gentes desharrapadas, en mangas de camisa, que desempeñan allí la función de los Estados Mayores. Botellas en la mesa, colillas por los suelos y un hombre como de más autoridad que interroga:

COMANDANTE MILICIANO. -¿De dónde has salido?

ECHEVERRÍA. -Soy el Capitán Echeverría, del Ejército Nacional. Me he pasado al enemigo.

COMANDANTE MILICIANO. -¿Y cuánto tiempo estuviste con él?

ECHEVERRÍA. -El suficiente para poder pasarme. Es la primera ocasión que se me ha presentado.

COMANDANTE MILICIANO. -¿Tienes quién te avale?

ECHEVERRÍA. -Sí, señor: don Luis Echeverría, industrial en ésta.

COMANDANTE MILICIANO. -¿Y algún militar?

ECHEVERRÍA (Duda un momento.). -El Capitán Domínguez, que me acogió, de la 54 Compañía.

COMANDANTE MILICIANO. -Deja tu dirección y vete con los tuyos. Mañana, a las diez, en esta oficina, para ser destinado.

ECHEVERRÍA. -¿Alguna cosa más?

COMANDANTE MILICIANO. -Nada. Puedes marcharte. ¡Ah!, pero, ¿no me das la mano? (Pregunta el capitán rojo.)

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ECHEVERRÍA. -Se me había olvidado.

Estrecha la mano el comandante rojo y, con la cabeza baja, sale el capitán desertor. Sale; en la noche tropieza con distintas patrullas de milicianos que le intervienen su documentación, a los que muestra el volante que acaba de recibir para circular por Bilbao. Son las tres de la mañana cuando hace sonar el timbre del departamento de su casa; suceden unos momentos de angustiosa espera, hasta que una voz femenina interroga antes de abrir, tras la mirilla. Es la voz de Isabel, la que agita su corazón con un latir desenfrenado. Dominando la emoción, responde:

LUIS. -Soy yo, Isabel.

Se abre la puerta y aparece trémula la figura de la esposa; el espanto y la inquietud se reflejan en su semblante, cortando el impulso del marido para abrazarla.

ISABEL. -¿Tú?... ¿Tú aquí?

LUIS (Vacilando). -Sí, yo. He venido a veros... No podía estar sin vosotros...

ISABEL (Con inquietud creciente.). - ¿Cómo? ¿Con quién has llegado?

LUIS (Con la cabeza baja, respondiendo.). - Por el frente... He abandonado mi uni... (No acaba la frase; Isabel palidece, y, rígida, le ataja:)

ISABEL. -¡No! ¡No! ¡Dime que no! Tú no has hecho éso... ¡Vete!¡ ¡¡Vete, por Dios, con los nuestros!!... (Y con la mano le señala la puerta, abierta todavía.)

La niña, que ha acudido en camisón al ruido de la conversación, se queda asustada en el fondo del vestíbulo, e, inocente, repite las frases de su madre.

ISABELITA. -¡Vete, papá, por Dios, vete!

Luis, anonadado, vacila unos momentos. Siente su vida derrumbarse en un instante. Una luz nueva se hace en su cerebro; su deber, unirse otra vez a los suyos; y, ajeno a cuanto le rodea, como un autómata, se precipita por las escaleras, mientras Isabel, destrozada por el esfuerzo, cae sollozando ante el pequeño Cristo que preside el vestíbulo. Su hija, sin comprenderlo, se abraza, impresionada, a su madre.

Calles solitarias, barridas por los chubascos del noroeste, cunetas fangosas en las carreteras asfaltadas, recorridas en marcha febril; zarzas que desgarran sus vestiduras alcanzando su cuerpo, insensible a los dolores; caídas en zanjas y regueros para levantarse de nuevo y reanudar la huída; balas que silban; carreras en la noche; paradas y sobresaltos, acostado sobre el suelo encharcado, presiden la lucha del Capitán Echeverría contra el destino trágico...

Agradecimiento. Como transcriptor de la novela “RAZA” de Francisco Franco que “El Correo de España” viene publicando por entregas no tengo más remedio que agradecer a José Manuel Nieto y a Belén Rocío Bernete López la ayuda que me han prestado y me siguen prestando, sin la cual me hubiera resultado imposible. Gracias a ellos.