Honorio Feito Rodríguez nació en Merás (Valdés, Asturias). Es licenciado en Ciencias de la Información, rama Periodismo, por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado en Arriba y en El Alcázar, y ha colaborado con diversas publicaciones. Columnista habitual, mantiene actualmente colaboraciones con la revista Altar Mayor, y los digitales El Correo de España y Desde la Puerta del Sol. Es autor de los libros Evaristo San Miguel, la moderación de un exaltadoFernández-Capalleja, soldado de Regulares, Diccionario de Historia de España y de Iglesias Portal, el juez que condenó a José Antonio y Prensa en Asturias (1800-1950) y coautor de El Madrid militar y de Getafe y de 31 asturianos dieron su vida por la libertad. 

Ha colaborado con el Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia, con más de cincuenta artículos.

En esta ocasión le entrevistamos con motivo de la reedición ampliada de su libro Fernández-Capalleja, soldado de Regulares (SND).

¿Por qué un libro sobre el general Fernández-Capalleja?

Fue uno de los oficiales más destacados durante la guerra civil de 1936-1939; luego, en la postguerra tuvo también una participación muy importante en la preparación de los regulares bajo su mando y en la Academia General Militar.

¿Qué importancia tuvo en la historia de los Regulares?

Fernández-Capalleja fue destinado al Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas Alhucemas número 5 por una Real Orden fechada el 30 de agosto de 1922, era todavía alférez y a partir de ese destino, la vida militar del futuro general estaría irremediablemente unida a esta unidad militar. Los regulares son, por otra parte, las unidades más laureadas del Ejército español y a ello contribuyó, y mucho, Fernández-Capalleja pues como acabo de decir toda su carrera militar se desarrolló en esta unidad escalando todos los empleos desde el de alférez hasta el de coronel.

Las Fuerzas Regulares Indígenas se formaron por una Real Orden del 30 de junio de 1911; más adelante, y ante la necesidad por el curso de los acontecimientos, sería Dámaso Berenguer quien, en su intento de reorganizar el ejército español en el Protectorado de Marruecos, actuando como Alto Comisario, publicó dos decretos para la creación del Tercio, en 1920 y la del Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas Alhucemas número 5 en 1922.

En la Cruzada nacional destaca su heroísmo en el cerco de Oviedo y en el cinturón del hierro de Bilbao… ¿Cómo fueron, a grandes rasgos, estas hazañas?

Fernández-Capalleja era capitán cuando comenzó la guerra y tendría una actuación muy destacada en ambas posiciones y prueba de ello es que le valieron una Medalla Militar Individual y otra colectiva. Por otra parte, las dos acciones fueron muy importantes para el desarrollo del conflicto pero, si me permites, y al margen de mi condición de asturiano, la ruptura del cerco de Oviedo fue todo un hito. Oviedo, junto al santuario de Santa María de la Cabeza y la defensa de El Alcázar de Toledo, es uno de los vértices del triangulo que simboliza la entrega, el sacrificio y el valor del Ejército Nacional durante nuestra guerra civil; representan la tenacidad y la fe en tus ideas y, bajo condiciones inexplicables, no sólo resistieron sino que frustraron todo el potencial, que no era poco, del Frente Popular. En Oviedo, Fernández-Capalleja y sus regulares lucharon encuadrados en las famosas columnas gallegas. Tras cruzar el Nalón, el avance de los nacionales fue directo hacia el Naranco, el monte a cuyos pies se encuentra la ciudad de Oviedo. Se luchó cuerpo a cuerpo, incluso en las calles de la ciudad, para desalojar a los milicianos y las fuerzas militares del Frente Popular que habían conseguido reducir el perímetro inicial del cerco, y se estableció un débil cordón, el débil cordón umbilical, como lo llamó Ricardo de la Cierva, con la España nacional que sería definitivo. A pesar de las dificultades, los ovetenses que defendieron la ciudad hasta la llegada de las columnas gallegas, con el teniente coronel Teijeiro al mando, y demostraron que no estaban dispuestos, bajo ninguna condición, a entregarse.

Para la ruptura del cinturón de hierro de Bilbao, que en realidad no era sólo de hierro sino también de hormigón, la acción más definitiva fue la toma del monte Sollube, ocupado por los soldados de los batallones vascos. Encuadrado esta vez en las Brigadas Navarras, Fernández-Capalleja y sus regulares acometieron la toma y desalojo de las posiciones vascas. El mando, para afrontar este reto, le encargó personalmente un plan de asalto y él, basándose en su experiencia en el Naranco y la batalla posterior en el Escamplero, preparó el asalto sobre las trincheras enemigas. La defensa de Bilbao fue menos dificultosa que el cerco de Oviedo, para los nacionales.

Igualmente, fue muy valorado por los estrategas el haber sido el primero en cruzar el río Ebro, en la batalla decisiva?

Sí, fue tras el avance sobre la localidad de Caspe. Una vez controlada la situación por los nacionales, el teniente coronel Fernández-Capalleja y su agrupación, perteneciente al Cuerpo de Ejército Marroquí, que mandaba Yagüe, fueron trasladados a Puebla de Híjar. El día 23 de marzo de 1938, Fernández-Capalleja y su agrupación cruzaron el río Ebro en la localidad de Quinto. La maniobra fue de gran importancia porque permitía a los nacionales avanzar por la carretera Zaragoza-Francia al tiempo que obligó a los republicanos a replegarse hacia las inmediaciones del río Segre. En opinión del general Alonso Baquer, «la operación fue original en el contexto de las maniobras realizadas por ambos contendientes antes de esa fecha».

¿Cómo fue por tanto su decisiva contribución al triunfo nacional?

Pues, como vemos, determinante. Lo que pasa es que en los escenarios de la historia intervienen muchos protagonistas; son protagonistas jerarquizados bien por la importancia que tuvieron en los acontecimientos o bien por la posición que ocupaban al iniciarse estos. Normalmente, se suelen difundir, por razones comerciales también, las gestas de los más famosos y suelen quedar en el tintero las correspondientes a los menos conocidos. Fernández-Capalleja era capitán cuando comenzó la guerra civil y fue nombrado coronel apenas terminada esta. Su contribución está en consonancia con su posición en los cuadros de mando del Ejército, pero su protagonismo fue más destacado que el de otros oficiales porque él pertenecía a una unidad de vanguardia, de primera línea, de los que se mueven donde silban las balas, de los que desafían a la muerte con una sonrisa y hacen de su profesión un sacerdocio en primera línea de fuego.

Ya acabada la guerra destacó su gran capacidad organizativa en los cuarteles de Regulares y en la Academia General Militar, siendo un pionero que destaca por la modernidad y eficacia de las instalaciones cuarteleras…

Efectivamente, si en la guerra destacó como un hombre de acción en la postguerra nos encontramos a un Fernández-Capalleja de enorme capacidad de organización, tremendamente intuitivo para saber lo que el futuro demandaría al soldado de finales del siglo XX, y muy apto para empresas de mayor exigencia. Terminada la guerra fue ascendido a coronel y destinado, precisamente, a su unidad El Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas de Alhucemas número 5, acuartelada en la localidad de Segangan, actualmente Marruecos. Fernández-Capalleja convirtió aquel acuartelamiento en uno de los más capacitados y mejor dispuestos. Quien tenga la oportunidad de visitar hoy lo que queda del acuartelamiento aún podrá ver los restos de las cerámicas y de la decoración que vestían los espacios comunes, y darse una idea de la grandeza que en su día tuvo. Cines, piscinas con medidas olímpicas, pistas para practicar atletismo, gimnasios… un campo de fútbol con medidas reglamentarias y una revista para la tropa llamada Atlatén. La vajilla del comedor de la tropa era de Duralex, y me estoy refiriendo a la década de los años 40 del siglo pasado, cuando en la península si alguien quería Duralex tenía que ir a comprarlo a Francia, por ejemplo; o la utilización de colchas, en lugar de las clásicas mantas de lana en las camaretas, cuando en los años ochenta del pasado siglo los soldados españoles de reemplazo todavía utilizaban estas mantas…

¿Su vida está llena de anécdotas, como por ejemplo cuando fue sacado a hombros por sus hombres con coche incluido, algo inaudito teniendo en cuenta lo que pesaban los “haigas” americanos de esa época…?

Sí, ese fue el homenaje de sus soldados cuando, ascendido a general de Brigada, dejó el acuartelamiento de Segangan para trasladarse a su nuevo destino. Sacaron a toda la familia, al general, a su esposa y a sus dos hijos y el chófer, todos ellos subidos en el “haiga”. Levantaron el coche en el aire y lo sacaron a hombros, quedan testigos de aquel momento…Fue un hombre de gran personalidad que dejó huella allí por donde pasó.

Su vida fue truncada a los 52 años por una enfermedad, pero grandes personalidades fueron a visitarlo…

Durante su etapa como director de la Academia General Militar contrajo la enfermedad. De hecho, el libro de la IX Promoción, que fue la que él dirigió, recoge la emoción de los alumnos-cadetes ante la enfermedad que fue postergando la vida del general. Ascendido a general de División, y mandando la División de Montaña, la enfermedad avanzó de forma irremediable. Trasladado a Madrid, al hospital Gómez-Ulla, fue visitado allí por el doctor Fleming, que realizaba por aquellos días una visita a Madrid. Esta visita, en la que el científico fue acompañado por el general Muñoz Grandes, fue sugerida por el Caudillo. Fleming vio las analíticas y la historia médica pero no se pudo hacer nada.

Era tal su grandeza que fue un hombre muy querido hasta por los enemigos de la contienda…

Muy querido no lo creo, pero admirado sí. Lo contó José Maldonado González, último presidente del gobierno de la II República en el exilio, a su regreso de México. Durante la campaña del Escamplero, en los momentos de tregua, los milicianos del Frente Popular lo llamaban a voces «¡Capalleja, pásate con nosotros que tu yes de los nuestros!»

Qué lejos quedan estas anécdotas del ambiente de revancha y de odio que representa la ley de memoria democrática que los socialistas actuales, desde Rodríguez Zapatero, tratan de imponer; qué distantes están ahora de la historia real y de los acontecimientos. Aún en el ambiente trágico de una guerra, y si es civil más, se dan a veces momentos de cierto relax que remiten a un segundo plano el dolor. Lo contaba Abad de Santillán al hablar de los partidos de fútbol que nacionales y republicanos jugaban en las tapias del cementerio de Zaragoza, donde se jugaban los librillos de papel o el tabaco de picadura. Anécdotas que pueden parecer insólitas cuando ves que ahora, después de tantos años, a los socialistas actuales presentar una ley de memoria democrática que no tiene más sentido que el de reverdecer el dolor y la venganza carente de razón.

Hoy en día lamentablemente se oscurece su memoria, porque quitan las calles con su nombre…

Vivimos bajo los caprichos de una clase política incapaz, vanidosa, vengativa y pueril. Que carece del más mínimo compromiso ante una sociedad hipnotizada y temerosa que prefiere pensar en cómo pasar un fin de semana a buscar, con sus votos, un cambio capaz de echar a la calle a los vividores que hacen de la demagogia un ejercicio de supervivencia; pero es lo que hay. El franquismo y todo lo que representa la guerra civil en aquello que no gusta a estos analfabetos históricos, se ha convertido en el punto permanente de una agenda que carece de sentido común. Mirando a futuro, ignoro si alguno de ellos se ha preguntado la opinión que de su gestión tendrán los investigadores de dentro de medio siglo o, incluso más allá… ignoro si en su conciencia, si es que la tienen, hay sitio para una reflexión mínima sobre lo que representa esta ley, e ignoro si en alguno de ellos hay un mínimo de decencia para resolver los problemas de los españoles en lugar de hurgar en las heridas, reabiertas con su actitud.