PARA mí, como para otros muchos millones de españoles, el 18 de Julio de 1936 es una fecha inolvidable, a la vez que entrañable. Sin embargo, y desde que se produjo la curiosamente llamada transición pacífica, la efemérides viene siendo objeto de mendacez ocultaciones y burdos falseamientos. (Entre paréntesis, eso de transición no me gusta tanto como la otra denominación, también usada, de tránsito. Que yo prefiero, sin lugar a dudas, por lo que tiene de posible acepción necrológica: tránsito es sinónimo de agonía y en este sentido, resulta muchísimo más ajustado a la realidad definir así la evolución democrática.)

 

Decía que el 18 de Julio, que los ciudadanos con honradez y memoria vamos a celebrar un año más en la intimidad de nuestros corazones, es fecha inolvidable; pero, ante el tratamiento que se le da desde los cenáculos políticos, bueno será recordar a quienes pretenden minimizarla, olvidarla y hasta borrarla del calendario, que para ellos ha de resultar siempre y más que les pese, una fecha inolvidable. Porque si inevitable es todo precedente histórico, para poder juzgar con la debida serenidad y el ajustado conocimiento, el posterior desarrollo de los acontecimientos, el comienzo de la guerra española es punto de partida inexcusable para entender la situación actual de nuestro país (entonces llamado España).

 

Del 18 de Julio surgió un régimen que siempre gustó de calificarse y definirse con la gloriosa fecha de su origen. Ese régimen le dio la vuelta a la nación, convirtiéndola en una potencia industrial competitiva, poblada por gentes que pasaron del analfabetismo y la miseria a la cultura y la prosperidad. La transformación del proletariado de alpargata y fogón en una nueva clase media, que pudo gozar de todas las comodidades de la "sociedad de consumo", constituyó el mejor logro del franquismo. De modo que hasta los más irreconciliables adversarios políticos del sistema (cuando son, además, honestos) así lo han reconocido. Me remito, por ejemplo, a un espléndido artículo de Luis María Ansón, publicado no hace mucho en las páginas (antes) prestigiosas del "ABC".

 

ADEMÁS de tan singular conquista, el régimen del 18 de Julio creó una infraestructura material, gracias a cuya solidez estamos sobreviviendo a estos seis largos años de esterilidad y creciente actividad de la Administración. Pues podemos ir aguantando todos los desastres económicos que nos agobian, gracias al saldo positivo que registraba nuestra Economía .Y continuamos circulando por las autopistas y las carreteras que entonces se construyeron; nos defendemos de la sequía, porque contamos con una impresionante red de pantanos y obras hidráulicas hechas entonces; los hospitales, las clínicas y las ciudades sanitarias son de entonces; como de entonces viene el prestigio turístico de España y sus instalaciones para convertirlo en divisas.

 

Del 18 de Julio, insisto que inevitable en su recuerdo, nacen las medidas legales que protegen al trabajador. Porque los anteriores regímenes (incluida la República de Trabajadores) no fueron quienes crearon el Seguro Obligatorio de Enfermedad; ni el de Desempleo (hoy sustento de dos millones de obreros en paro), ni reglamentaron generosamente las jubilaciones ni dotaron al Estado de un contenido social tan eficaz como espléndido. Eso lo hizo la dictadura de Francisco Franco, a través de fachas tan obsesionados por elevar las condiciones de vida de las clases populares como José Antonio Girón.

 

TAMBIÉN, en aquellos tiempos, aumentó fabulosamente la población universitaria, a la que tuvieron acceso masivamente los hijos de los trabajadores. Y aparecieron las Universidades Laborales, hoy arrinconadas y despreciadas por estos curiosos demócratas que se instalaron en el poder. Cara al exterior, fuimos odiados por nuestros enemigos tradicionales de costumbre; pero, al mismo tiempo, nos respetaron y hasta llegaron a admirarnos. Las muy recientes actitudes despreciativas e infames del señor Mitterrand y la (presunta) señora Thatcher no podían imaginarse siquiera cuando, aislados primero y llenos de reticencias, más tarde, las cancillerías de todo el mundo sabían bien que el gobierno español no toleraba desplantes, porque correspondía a ellos con la debida energía. ¿Habrá que recordar la farsa del Mercado Común, la gran acusación que la oposición al régimen del 18 de Julio esgrimía en sus críticas? Pues a ver si no era verdad que (como tantas veces se repitió, entonces) las razones del mantenido portazo nada tenían que ver con la Oprobiosa.

 

La fecha es inevitable, sobre todo, porque la única realización positiva del actual sistema, que es (al decir de los comentaristas y políticos de todo signo), la Corona, nace precisamente en el régimen del 18 de Julio. Como tengo escrito en mi libro ¡Viva Franco! (con perdón), el tan celebrado (justamente) motor del cambio se engrasó en el Pardo. Y la transición (o tránsito) pudo realizarse pacíficamente, merced a la elasticidad de las leyes franquistas, que permitieron llevar a cabo la sustancial transformación del Estado, dentro de la legalidad más estricta. Aunque para ello fuese necesario el último sacrificio (que la historia juzgará) de las Cortes orgánicas.

 

Por eso el 18 de Julio, inolvidable y hermoso para mí (y para muchos), es inevitable para los otros. Quizás por ello se empeñan en algo imposible: en borrar la historia. Y así les (nos) va.

 

Heraldo Español nº 100, 14 al 20 de julio de 1982