Entrevista con Gonzalo Rodríguez García, Doctor en Historia. Estudioso del mundo de la Tradición, en el sentido sapiencial de ésta, ha hecho de ella palanca fundamental para la comprensión de los procesos históricos y el porqué de la decadencia y nihilismo de las sociedades modernas. Autor de varios libros como Los Celtas. Héroes y Magia (2019) y El poder del Mito (2020), acaba de publicar Hispanofilia. España frente a su destino. Partícipe habitual en conferencias, programas de radio, tertulias y podcast, puedes seguirlo a través de las siguientes plataformas online: La Forja y la Espada (gonzalorodriguez.info) y El Aullido del Lobo (elaullidodellobo.com). Profesionalmente ejerce como guía para su propia empresa en www.paseostoledomagico.es

Después de tanto tiempo oyendo hablar de la hispanofobia, ya tocaba hablar de hispanofilia.

Pues sí, aunque lo cierto es que en un principio el libro se iba a llamar como su subtítulo, “España frente a su destino”. Pero como se ha impuesto de forma hegemónica la narrativa negacionista respecto de España: España es un invento, no existe, es un oprobio, debe ser reformulada en la confederación de repúblicas ibéricas, etc. Como se ha impuesto la hispanofobia hablamos de hispanofilia, una idea fuerte de España y de amor a España que puede hacer frente a lo que enfrentamos en este momento.

España frente a su destino, ¿qué destino cree que le espera a España?

España enfrenta una doble amenaza, la España inane y la antiespaña. la España inane no es sino la pretensión de la democracia liberal burguesa, de la socialdemocracia progresista y del establishment periodístico, político e incluso cultural, de que España termine de diluirse en los márgenes del globalismo y de la posmodernidad. Que sea una nación totalmente neutra e intercambiable con cualquier otra nación del globalismo y que en ella prospere el proyecto de posthumanidad que acompaña al globalismo. Este es un fenómeno que también se da en nuestros países vecinos.

Y por otro lado tenemos la intención de implosionar España desde dentro, el nacionalismo fragmentario, la antiespaña. Y es legítimo llamarla así porque su proyecto es desvincular a los españoles de todo su recorrido histórico-político, incluso de su realidad antropológica, para reformularlo en ese sentido enloquecido de la federación de repúblicas ibéricas independientes y progresistas. Esto lo dice Xavier Domenech que hace un par de años publicó un libro sobre el separatismo, un insigne teórico del proyecto de la “podemia”, del podemismo. La antiespaña está integrada por el nacional-separatismo y por la izquierda posmoderna. Ambos pretenden hacer oprobio total del proceso histórico-político de nuestro país y fragmentarlo.

Esta antiespaña desarrolla la narrativa negrolegendaria hasta el absurdo y propician que la izquierda entre en contradicción. La izquierda española, al ser filo-separatista, entra en contradicción con sus propias ideas porque la izquierda debe defender la unidad de decisión y la unidad de distribución de la riqueza. Una izquierda bien articulada estaría en contra del separatismo. 

Pero este pecado de la izquierda española se remonta muy atrás.

Sí, todo esto surge de intentar encajar en el proyecto de modernidad de la Paz de Westfalia. España tenía un proyecto, la continuación de la tradición europea con las vestiduras propias de la monarquía hispánica y el catolicismo español del siglo de Oro. Este proyecto es derrotado por nuestros antagonistas, los protestantes. Esta cosmovisión protestante, que tiene que ver con el inmanentismo renacentista, con el fideísmo luterano, o posteriormente con el nihilismo materialista, vence en Westfalia y hace surgir el nihilismo europeo. A partir de esa derrota la narrativa negrolegendaria va filtrándose en nosotros, primero a partir de las élites, y también las ideologías disruptivas de la modernidad: liberalismo, nacionalismo y socialismo. Y el nacionalismo acaba siendo un verdadero cáncer, tanto en su versión centralista y laminadora de la diversidad de lo español, como en su versión fragmentaria. Y al final, en España nunca hemos tenido una izquierda propiamente española. En el libro digo que la izquierda podemita se rebela y se sulfura por defender la sanidad pública de los estragos del liberalismo económico, pero mira a otro lado ante los potenciales que tendría para la sanidad pública la secesión de Cataluña.

Al fin y al cabo la izquierda posmoderna es una contradicción tras otra.

Por eso digo que la izquierda española está enferma. Lo primero que hay que hacer ante una ideología, y lo subrayo en el libro, es ver si tiene razón, si dice la verdad. ¿Es verdad lo que dicen los separatistas catalanes sobre Cataluña? ¿Es verdad lo que dice el nacionalismo vasco sobre qué cosa es Vascongadas? Y la respuesta es que no. No les asiste el derecho de autodeterminación, ni la historia, ni la etnogénesis, ni la antropología, ni la justicia social les asiste. Faltan a la verdad y tergiversan la historia desde los ángulos de la ideología nacionalista. El problema de España es que lleva tres siglos sufriendo un proceso de acomodo a ideologías que no derivan de la tradición española: liberalismo, nacionalismo y socialismo, que son hijas de la reforma protestante.

Hay una alianza muy clara entre estos movimientos separatistas y el globalismo.

Sí, y es una idea que hay que subrayar. La España inane, que supuestamente ejerce de muro contra el separatismo, no tiene ningún problema en disolver a España en el globalismo. Y la antiespaña del nacional-separatismo y de la podemia nos quiere conducir al mismo horizonte de disolución y posmodernidad de la España inane, pasando previamente por la descomposición territorial e identitaria de la nación. El separatismo es un carril de aceleración a la propia disolución en el globalismo de la ciudadanía española. Con todo lo que eso implica de ruptura con los anclajes naturales y propios de los seres humanos en el pasado, en la historia, en el linaje, en lo antropológico, en el autoconocimiento. Todo esto es distorsionado o directamente es sacado de la ecuación, como si el ser humano no pudiera autoconocerse ni comprenderse desde la observación de los siglos de historia y como ellos se proyectan en su persona.

Una especie de hombre nuevo globalista.

Efectivamente, el Gran Reseteo, la posthumanidad. También lo cito en el libro porque es un problema que afecta a todo Occidente, la posthumanidad. Esa humanidad víctima total de la subjetividad, ya no habrá principio de realidad ni objetividad que indique al sujeto cual es la verdad. Por eso tenemos cosas tan disparatadas y nihilistas como la ideología de género. Y es importante señalar que todo esto tiene mucho que ver con esa cosa aberrante que supuso la herejía luterana y su discípulo más avanzado que fue Calvino. El catolicismo, sobre todo el español del siglo de Oro, tiene herramientas filosóficas para confrontar el fideísmo luterano que es la antesala de la subjetividad posmoderna. Un verdadero disparate de que el sujeto puede autodeterminarse sin que la realidad le condicione y le explique cuál es su determinación previa.  

Por ejemplo, la autodeterminación de la economía que explica el liberalismo no responde a la verdad de las cosas. La economía no se puede autodeterminar pero es que la subjetividad tampoco. Los pueblos naturales, los manchegos, los cacereños o los catalanes tampoco pueden autodeterminarse. No existe ese derecho de autodeterminación que preconiza la modernidad y que sostiene muchas de las derivas disparatadas de nuestra época. Como el del capitalismo desaforado que preconizaba la revista Forbes con el “nada personal, sólo negocios”, el dinero liberado y con sus propias leyes, cuando la Escuela de Salamanca nos dice que el dinero puede tener sus propias leyes siempre y cuando esas leyes no rompan la ley natural o el bien común.

Has mencionado a Calvino que, como todo el protestantismo, se nos presenta como un faro de luz ante el oscurantismo católico cuando lo cierto es que instauró un verdadero reinado del terror. ¿Cómo es posible que exista esa imagen positiva de su figura?

Porque tenemos unos liberales disparatados, e igual que necesitamos una izquierda antiseparatista necesitamos una derecha crítica con el liberalismo. El calvinismo es ante todo una forma de puritanismo religioso que se acaba secularizando con el ideal de la vida pequeño burguesa en su sentido más mediocre, sin ningún sentido misional, sin ningún horizonte de trascendencia. Y donde además la única trascendencia del sujeto es la acumulación de riqueza. Eso es una perversión ética que surge directamente de Calvino.

No somos conscientes de lo que supone, a nivel de la tradición europea, la victoria de los protestantes en Westfalia. Es una victoria cuyos frutos maduros son los cánceres del nihilismo posmoderno que a día de hoy nos asola. Y eso nos lleva a que España fue el obstáculo providencial contra esa subversión protestante, que intentó frenar a nivel político y militar, pero sobre todo a nivel doctrinal, con algo maravilloso que es la doctrina del principio de gracia suficiente. Una doctrina que teorizan los jesuitas españoles y que es casi la trama filosófica de fondo que sostiene el siglo de Oro, en el teatro, en la literatura e incluso en el quehacer político. Esa idea de que, a pesar del pecado original, en el alma humana hay gracia suficiente y eficiente para el heroísmo y la santidad. Y como hay gracia suficiente, hasta el más humilde zapatero, cumpliendo con su función de zapatero, puede integrar y hacer suyos los valores del héroe y del santo. Y esto es lo que rechaza completamente la herejía protestante, porque como no hay posibilidad de ser ni héroe ni santo se acaba volcando al mundo. No hay méritos heroicos, no hay méritos de santidad, sólo hay un mérito: la prosperidad material.

Pero España pierde en Westfalia y poco después entra en un proceso dolorosísimo de casi seis guerras civiles que nos van conduciendo a la España inane que se diluye en el globalismo y la España cancerígena de la antiespaña que pretende implosionar y fragmentarse en sus regiones.

¿La solución para España se encuentra en volver a esa tradición perdida?      

El libro está escrito desde la doctrina tradicional, no desde el tradicionalismo político, no estoy hablando del carlismo. Apelo a la sabiduría con mayúsculas, a las verdades con mayúsculas, y desde esa tradición sapiencial afirmo que España necesita releer su siglo de Oro, España necesita reencontrarse con lo que fue su siglo de Oro, pero no para hacer un fetiche de eso, sino revisitarlo para ver como en él se estaban articulando verdades mayúsculas, verdaderas perlas que son palancas de confrontación incluso a día de hoy contra el nihilismo. Hay perlas en El Quijote, en Lope de Vega, en Calderón, en La Celestina, en innumerables fuentes. Los españoles podemos beber de nuestra propia tradición para rescatarla y, armados con ella, confrontar la decadencia de nuestro tiempo y superarla. Hablo de todo eso y de lo que dice Calderón, “el honor es patrimonio del alma y el alma es sólo de Dios”, o de Santa Teresa, “y tan alta vida espero que muero porque no muero”. Yo lo llamo fe y realismo superior. Nos falta entender la realidad porque la posmodernidad nos lo impide, pero también nos falta una fe superior, esa gracia suficiente, porque todavía hay un aliento divino en nosotros para que el heroísmo y la santidad hagan parte de la articulación de la persona. Esto es algo que el mundo moderno no puede entender porque ni sabe lo que es un héroe ni sabe lo que es un santo.

La posmodernidad camina hacia el abismo de la locura, ¿cree que se está produciendo una reacción ante ella?

En la conclusión final del libro, que he llamado “la alternativa española”, digo que una parte de la putrefacción se hundirá en el fango, pero que otra parte está despertando porque el horizonte que nos espera es la autodestrucción. Una autodestrucción en primer lugar espiritual para generar los hombres y mujeres más neuróticos, ansiosos, depresivos, insomnes y mentalmente lesionados de la historia de la humanidad. Pero hay una reacción, un árbol que está creciendo y cuya raíz no va a beber del liberalismo, del socialismo, del nacionalismo o del fascismo. Ninguna ideología moderna nos va a salvar. Sólo la sabiduría con mayúsculas nos puede sacar del atolladero. Una sabiduría que invita a una visión sapiencial, racional y coherente de las cosas.

Está sembrada una nueva “areté”. La “areté” es una palabra clásica del mundo griego que permite al sujeto ser dueño de sí. Es la clave del sabio y del héroe. Hay un tipo humano que, consciente o inconscientemente, trata de articularse en torno a esa “areté” y puede mirar a los ojos a los próceres de la posmodernidad y decirles: “No tenéis razón”. Es la guerra de nuestro tiempo, una guerra espiritual y cultural, y el libro invita a ella.

Ahora se ha puesto de moda el termino de “Hispanidad”. ¿Cómo ves esa hispanidad dentro de la tradición?

Lo considero una proyección del ideal universal, a la “romanitas” le continúo la “cristianitas” y a esta le siguió la “hispanitas”. Y la “hispanitas” articulaba esa alternativa española que debía haber sido palanca, confrontación y obstáculo contra la herejía protestante. Pero esa guerra se perdió, se impuso la angloesfera y la hispanidad quedó desarticulada. A día de hoy yo la veo como el recuerdo de un proyecto que guardaba dentro de sí unas verdades que son rescatables para los tiempos que corren. Marcelo Gullo, que ha escrito un libro maravilloso, “Madre Patria”, dice que la hispanidad es un estilo de vida, vivir haciendo el bien y si eso no es posible morir con dignidad. Fíjate que diferencia con Calvino.