Óscar Fábrega (Almería, 1976). Andaluz, licenciado en Humanidades, amante de la Filosofía y la Antropología, crítico y escéptico por definición. Actualmente dirige, junto a Raquel Berenguel, el programa de radio Tempus Fugit, de Candil Radio (Huércal de Almería), un referente en el mundo de lo desconocido. Publica habitualmente en las revistas Clío Historia y El Ojo Crítico, además de colaborar en otras como Más Allá, Muy Historia o Enigmas / Año Cero. Se ha centrado profesionalmente en el estudio histórico de las religiones, con obras como Prohibido excavar en este pueblo (2014), Compendium Rhedae: 100 años de Rennes-le-Château (2016, junto a Xavi Bonet y Enric Sabarich), Pongamos que hablo de Jesús (2017), ¿Son reales? Reliquias de Cristo (2017), La Magdalena: verdades y mentiras (2018), Dios ha vuelto: mormones, rastafaris, alienígenas ancestrales y espaguetis con albóndigas (2019) y las dos entregas de Homo Insolitus (2021-2022). https://www.facebook.com/ofcpaginaoficial/ y https://oscarfabrega.com/

¿Por qué un libro sobre los cátaros?

Como historiador especializado en la historia de las religiones, siempre he tenido mucho interés por intentar entender los motivos sociales, culturales, económicos y políticos que, además de los religiosos, influían en el nacimiento de movimientos heréticos. La herejía cátara es, en este sentido, de trascendental importancia por varios motivos, especialmente porque se dio en el corazón de la Europa católica y porque supuso un cambio radical en el modo en el que se reprimían este tipo de heterodoxias.

¿Hasta qué punto aporta elementos novedosos que no aparecen en la historia oficial?

Sobre todo, me he centrado en tres aspectos que no suelen tratarse en la historiografía más académica: sus creencias y el análisis de su particular exégesis de las Escrituras; su modo de vida, de trascendental importancia para entender la expansión de la herejía; y el motivo que explica porque hoy, 700 años después del fin del catarismo, estamos hablando de ellos; motivo este que está relacionado con las reivindicaciones nacionalistas occitanas que surgieron durante la segunda mitad del siglo XIX, en pleno auge del romanticismo.

¿Por qué es un gran reto para usted abordar el tema como estudioso de las religiones?

Por un lado, porque mucha de la literatura sobre los cátaros estaba repleta de componentes fantásticos o sensacionalistas; por otro, porque no tenemos ni un solo resto arqueológicos y muy pocas fuentes escritas, aunque sí contamos con una enorme cantidad de testimonios de primera mano tomados durante los miles de interrogatorios que hicieron los inquisidores.

Este movimiento gnóstico fue considerado una peligrosa herejía por la Iglesia católica. En primer lugar, tenían un fuerte componente gnóstico y esotérico. ¿Por qué esto es radicalmente incompatible con la ortodoxia católica?

No tanto esotérico como gnóstico, pero sí. Evidentemente, la perspectiva del cristianismo gnóstico choca de lleno con la ortodoxia católica en su idea clave: la forma de obtener la salvación. Para los gnósticos, y para los cátaros, el camino consistía en renunciar a este mundo material y encontrar, mediante la introspección, la esencia divina, que, según pensaban, ascendía a los cielos tras la muerte; siempre y cuando se hubiese pasado por un complicado aprendizaje iniciático.

También defendían por ejemplo el amor libre y negaban la existencia del infierno...

Así es. Defendían el amor libre y repudiaban el matrimonio porque consideraban que Dios no podía aprobar una unión entre cuerpos corruptos mediante un sacramento. De hecho, renunciaban a todos los sacramentos católicos, que a su vez se resumían en el único que practicaban, el Consolament, un ritual de imposición de manos que mantiene ciertas semejanzas con la confirmación.

Y sí, negaban la existencia del infierno, ya que, de algún modo, para ellos el infierno era este mundo, el mundo de la materia. Esta idea es clave: los cátaros, como los gnósticos, eran dualistas; además, en su mayoría, dualistas extremos, hasta el punto de considerar que Dios no había creado el mundo material, sino que había sido cosa del diablo. Esto implica una herejía tremenda: para ellos, el Dios del Antiguo Testamento era el dios maligno creador de la materia. En cambio, pensaban que el Dios de Jesús, el Dios del Nuevo Testamento, era el Dios de los Cielos, en el que sí creían; y que nuestras almas, habían sido «secuestradas» por el maligno.

¿Cuáles eran otros principales puntos incompatibles con la fe católica?

El principal, y probablemente el más herético, guarda relación con lo anterior: al considerar que este mundo material había sido creado por el maligno, llegaron a la conclusión de que Jesús, no exactamente como hijo de Dios o como Dios mismo, sino más bien como una manifestación de Dios, no pudo encarnarse en un cuerpo humano. Las consecuencias de esta creencia son extraordinarias: si Jesús no se encarnó, no tiene sentido el culto a la Virgen María, ni la eucaristía, ni la resurrección, ni la ascensión, ni siquiera el símbolo de la cruz.

Igualmente, muchos de ellos creían en la reencarnación.

Exacto. Pensaban que la salvación se conseguía siendo iniciado en su movimiento —es decir, recibiendo el Consolament, lo que les permitía rezar el Padrenuestro, su única oración; ya que los creyentes de a pie no iniciados no podían rezarlo— y cumpliendo estrictamente una tremenda regla vital, que, entre otras cosas, les prohibía mantener relaciones sexuales, comer carne, robar, mentir o jurar. Esto último era de trascendental importancia, como es lógico, en el mundo feudal.

De hecho, los cátaros no solo eran una gran amenaza en el plano espiritual, sino también en el temporal.

Así es. En el plano espiritual, porque el movimiento llegó a extenderse por gran parte de Europa occidental, aunque fue especialmente activo en el sureste de Francia, donde llegó a ser masivo. En el temporal, porque contaron con el apoyo de la nobleza local, más que por motivos religiosos, porque de alguna manera constituían una señal diferenciadora respecto a los franceses del norte. Hay que tener en cuenta que esta región, la zona oriental de Occitania, durante el momento de máximo esplendor del catarismo, el siglo XII y comienzos del siglo XIII, no pertenecía al reino de Francia; es más, siendo estrictos, los condes y vizcondes locales eran vasallos del reino de Aragón. Por lo tanto, de haber prosperado la herejía, y de haber fracasado la cruzada y la persecución que organizaron la Iglesia y el monarca francés, es posible que hoy perteneciese a España esa región o que fuese un país independiente.

¿Estaban tan fanatizados hasta el punto de defender ciegamente sus convicciones?

Sí, pero no más que un católico ortodoxo del momento. Hay que tener en cuenta que su estricta regla vital era bastante parecida a la que tenían los monjes de las distintas órdenes, con la diferencia de que los cátaros vivían en el mundo, y no en clausura. De hecho, los dominicos y los franciscanos mimetizaron su forma de predicar y su regla vital para vencerles en su propio terreno de juego.

La Iglesia acabó con ellos con contundencia, consciente del gran peligro que significaban. ¿Era tal la amenaza para reprimir a sangre y fuego este movimiento?

Sí, la Iglesia actuó con una contundencia extraordinaria; sobre todo al principio, cuando no sabían muy bien a qué se enfrentaban. De hecho, las hogueras llevaban siglos sin encenderse para luchar contra los herejes (desde Prisciliano). Se podría debatir si estaba justificado o no, pero lo cierto es que muchos religiosos, como Santo Domingo de Guzmán o San Bernardo de Claraval, prefirieron luchar dialécticamente con ellos y reconducirlos al redil antes que recurrir a la violencia.

Por otro lado, durante la Cruzada, que comenzó en 1209 por orden del papa Inocencio III, aunque todos luchaban en nombre de la Iglesia, primaron los aspectos terrenales, como la conquista de tierras y la obtención de generosos botines, que fue lo que movilizó a los soldados cruzados del norte. Además, como ya expuse, la motivación política de los franceses fue casi más importante que los factores religiosos. Por eso es injusto culpar a la Iglesia de aquella gran carnicería, que, por otro lado, no deja de ser un signo de aquellos tiempos tan convulsos.