Continuamos hoy con el "Diario de una Bandera", la obra que escribió Franco siendo comandante y en la que narra la primera historia de la legión. En estos capítulos se comprueba varias cosas entre ellas que Franco sabe escribir y que Franco en el campo de batalla es el jefe perfecto.  Pasen y lean.

IV - Los blocaos

 

Dos cadáveres, de un sargento y un soldado yacen apuñalados entre los sacos... 

Las noches pasan tranquilas en el sector de nuestro servicio. El enemigo no hostiliza nuestros puestos y sólo a lo lejos escuchamos el cañón del Gurugú y los pegajosos Apacos@ de los blocaos.

En la noche del 30 de agosto el Apacul@ retumba constante en dirección a Taguel Manin; algún blocao o posición debe de ser atacado. Al acercarnos al extremo de nuestros servicios, el fuego sigue con la misma intensidad; a los sonoros Apacos@ suceden descargas de fusilería. Los reflectores, a lo lejos, alumbran el monte enfocando las vertientes del Gurugú y el blocao Mezquita; al fuego de fusilería se unen las detonaciones de las bombas de mano, unos tiros sueltos; a esto sucede un período de calma.

Cuando intentamos dormirnos, se recrudece el ataque; son las tres de la mañana, las descargas vuelven a repetirse y los disparos del enemigo se suceden largo rato; unos disparos más y la no che vuelve a su silencio.

Nuestro Teniente Coronel habla con el General y a las cuatro de la mañana nos encontramos formados en el frente de Mezquita; allí nos reunimos con los Regulares y, organizada la columna, ascendemos por las pendientes laderas de Taguel Manin.

El enemigo, desde el poblado, nos dirige algunos disparos; la columna sigue por el pie de la posición en dirección al blocao. Cruzamos la van guardia por encima del aduar y cuando, atravesando una casa mora, salimos cerca del blocao, nos reciben con un descarga, (No tirar!(eh!, gritamos avanzando. Por un agujero del parapeto un grupo de moros se arroja barranco abajo y es perseguido de cerca por los legionarios.

En el blocao reina el mayor desorden. Dos cadáveres, de un sargento y un soldado, yacen apuñalados entre los sacos; un reloj colgado en la pared marca la hora; municiones, libros, panecillos, víveres, una botella de coñac; todo está revuelto en el reducido espacio entre los sacos; una maleta ostenta en un costado el nombre de un oficial. En la salida encontramos un soldado muerto caído sobre las alambradas; más tarde, otros tres cadáveres aparecen en dirección a la posición. El doloroso cuadro nos lo explica todo.

¿Qué será del oficial, qué suerte les habrá cabido a los otros defensores? Reconocemos los alrededores sin resultado, preguntamos a la posición y allí les encontramos.

El oficial baja a ver al general; trae el traje roto, de su paso por la alambrada. Inconsciente, cuenta a todos su trágica noche. El general le interroga; le vemos alejarse y, sentado sobre una piedra, con la cabeza baja, empieza su confesión. Cuando se levanta, el general está muy contrariado. (Desgraciado!, exclama.

Cuando abandonaron el blocao quedaban en él el sargento herido y un soldado de cuota; se han portado muy bien, dice; ninguno de los dos quiso retirarse. Una ola de pánico había, sin duda, pasado por aquellos hombres que corrieron más peligro al abandonar el blocao que habiendo extremado su defensa; días más tarde, este oficial puso fin trágico a su vida.

Se ha fantaseado tanto sobre este hecho, que sólo por ello inserto en este capítulo el triste episodio de que fui testigo.

El fuego dura casi todo el día; las compañías sostienen intenso tiroteo y, arreglado el blocao por los ingenieros, queda desde este día guarnecido por un cabo y quince legionarios.

En el avance y luego durante el día, tuvimos un soldado muerto y seis heridos.

 blocaos_2

ESTE BLOCAO, conocido desde entonces por el Blocao de la Muerte, ha sido en las siguientes noches objeto de los ataques enemigos; su situación molestaba tanto a los moros durante el día, que trataron de obligar a su abandono. Aprovechando la oscuridad de la noche y lo difícil del terreno, les arrojaban granadas de mano intimidándoles al abandono; ¡que dejaran los fusiles y les permitirían salir! les chillaban; la techumbre iba quedando destruida y entre el montón de sacos los legionarios se defendían. Todas las mañanas se reedificaba el blocao y su guarnición era relevada.

Tales relevos son indispensables en estos pues tos avanzados, donde lo reducido de las guarniciones mantiene sin descanso al soldado, que, después de la tensión nerviosa del combate, necesita la tranquilidad reparadora; de este modo, tal vez se evitaría, en algún caso, que entrase el desaliento entre los defensores, pues saben que con el nuevo día les llegará el relevo.

Otra medida a estudiar es la de dotar a estos blocaos de doble número de fusiles y evitar los recalentamientos tan frecuentes del armamento en los momentos culminantes del ataque. Las granadas de fusil, desconocidas en esta campa ña, son también el mejor complemento para la defensa del blocao y posiciones.

Los ataques al Blocao Mezquita sólo cesaron cuando lo defendió el cabo austríaco Herben, hombre valiente e ingenioso, confeccionó, con latas y dinamita y balas, unas rústicas granadas de mano, y en la noche, cuando el enemigo se reunía en el lugar desenfilado de la barrancada para atacarle, sale, arrastrándose con su granada prendida y próxima a explosionar, la arroja en medio de los atacantes. Un gran estampido seguido de enorme griterío y maldiciones fue el epílogo de los ataques al Blocao Mezquita.

No es sólo el blocao que, defendido por legionarios, es objeto de preferencia en los ataques enemigos; desde el primer día, bautizaron los soldados al blocao de Dar Hamed con el sobrenombre de Ael Malo@; su situación, debajo de las laderas rocosas del Gurugú, molesta a los moros en sus agresiones y la mayoría de las noches es atacado, siendo grande el número de soldados heridos en su defensa o aprovisionamiento.

 blocaos_3

EL 14 DE SEPTIEMBRE fue relevado el blocao y guarnecido por un oficial con tropas del Disciplinario y en la noche del 15 al 16 es de nuevo atacado.

En la tarde de este día, el enemigo ha roto sobre él su fuego de cañón desde las laderas del Gurugú; un cañonazo ha caído en el blocao y su oficial es herido; el fuego de fusilería es, al mismo tiempo, muy intenso, el enemigo lo rodea y espera conquistarlo.

De la Segunda Caseta avisan al Atalayón que el blocao tiene herido al oficial y  necesita auxilio. El teniente Agulla, que manda las fuerzas de la Legión destacadas en este último punto, quiere ir en su socorro; no se lo permiten; sus hombres son necesarios en la defensa de su posición. Entonces reúne a la tropa y pide voluntarios para ir con un cabo a reforzar el blocao durante la noche. Todos se pelean por ir, entre ellos escoge a un cabo y catorce legionarios que ve más decididos, es él cabo Suceso Terrero, cuyo nombre ha de figurar con letras de oro en el Libro de la Legión. Saben que van a morir, antes de marchar, algunos soldados hacen sus últimas recomendaciones; uno de ellos, Lorenzo Camps, había cobrado días antes la cuota y no había tenido ocasión de gastarla; hace entrega de las 250 pesetas al oficial, diciéndole:

-Mi teniente, como vamos a una muerte segura, ¿quiere usted entregarle en mi nombre este dinero a la Cruz Roja?

Anochece cuando llegan al blocao; el enemigo lo ataca furiosamente y dos soldados caen heridos antes de cruzar las alambradas, pero son recogidos; cuando entran en el blocao encuentran al oficial gravemente herido y otros soldados están ya muertos.

La noche ha cerrado y el enemigo ataca más vivamente; un enorme fogonazo ilumina la posición y un estampido hace caer a tierra a varios de sus defensores; los moros habían acercado sus cañones   y bombardeaban el blocao furiosamente; en pocos momentos "el Malo" había desaparecido, y sus defensores quedaban sepultados bajo los escombros, ¡Así se defiende una posición! !Así mueren los legionarios por España!

 blocaos_4 

V - A Tizza y Casabona

Este mismo día, la primera compañía, destacada en Sidi Hamed El Hach, sufre los efectos del intenso bombardeo enemigo y es herido el capitán Franco y cuatro soldados.

 

Sigue la columna la carretera de Hidum, deja atrás la posición de Sidi Amarán y extendiendo sus guerrillas por las peladas lomas llega al Garet, posición ocupada por una compañía y batería y desde donde se domina el camino de Tizza.

Los jarqueños hostilizan desde las lomas próximas y legionarios y Regulares se encargan de ocupar las alturas y aduares para proteger el paso del convoy. Los barrancos y cañadas son perfectamente vigilados, las balas silban y el convoy entra sin novedad en Tizza.

Durante el estacionamiento y tiroteo con el enemigo hemos tenido herido al alférez Villalba,  de la Segunda Bandera.

A la izquierda, en dirección al Zoco el Had, se escucha un vivo cañoneo; con auxilio de los gemelos distinguimos el convoy de Casabona; sus mulos forman una larga reata que se acerca a la posición; en unos minutos las balas han tumbado a muchos de ellos; los vemos detenerse, vacilar y correr los conductores a acogerse a la posición y poco a poco desaparecen del campo de nuestros gemelos los mulos del convoy; sólo dos o tres bestias galopan por la meseta arrastrando su carga.

Hacia la izquierda, en dirección al Zoco, se ve ir y venir como un hormigueo las guerrillas peninsulares. El movimiento de tropas nos indica lo que ocurre y para allí salimos en socorro una Bandera y una batería. Atravesamos Río de Oro, subimos la pendiente loma del Blocao de la Corona   y una compañía de legionarios, descolgándose por el valle, avanza en dirección del lugar del convoy. Cuando llegan, las tropas se han retirado; recogen un mulo abandonado en la ladera y sigue la  marcha en retirada hacia Melilla.

Este día no habíamos combatido sólo en este frente; una sección de legionarios quedó en el campamento encargada de efectuar el relevo del Blocao Mezquita, hostilizado por el enemigo; es herido el teniente Salgado que la mandaba.

En el campamento habían quedado con los enfermos los asistentes y rancheros. Al mediodía ven que la posición de Ait Aisa es bombardeada por el enemigo, que le dirige, también fuego de fusilería. En la posición se observa movimiento; unos soldados corren por la ladera. La posición peligra.

El capitán Malagón toca llamada y reuniendo a los soldados enfermos y rancheros, sale rápido en socorro de la posición; dos oficiales llegados aquel día le acompañan en la empresa y pronto escalan los peñascos inmediatos al Barranco del Lobo y llevan a la posición el nuevo aliento. El capitán Malagón es herido muy grave de dos balazos y el alférez Cisneros levemente; la tropa ha tenido un muerto y tres heridos.

Este mismo día, la primera compañía, destacada en Sidi Hamed El Hach, sufre los efectos del intenso bombardeo enemigo y es herido el capitán Franco y cuatro soldados.

 

En un mismo día la Legión se ha batido y ha derramado su sangre en cuatro frentes.

Frente al Zoco del Had y adelantada en la meseta se encuentra la posición de Casabona. El camino que a ella conduce recorre la estrecha meseta que cae por la derecho al valle de Río de Oro y por la izquierda termina en las pedregosas y cubiertas barrancadas del Gurugú. Este ha sido el lugar donde el brillante batallón de la Corona escribió una de las páginas más gloriosas de su historia militar.

El paso a aquella posición hace ya días que se ha hecho muy difícil. Los moros, fuertemente atrincherados durante la noche en el flanco iZquierdo del camino, obligan para llevar el convoy a sostener duro combate.

El día 8 de septiembre la Legión y Regulares se trasladan al Zoco del Had para constituir la vanguardia de la columna del General Neila y proteger el convoy a Casabona.

Desde la posición del Zoco, rodeado de espeso muro de sacos, se domina el terreno en que se ha de desarrollar la acción; en las trincheras enemigas se ve el movimiento de los moros detrás de los parapetos; una tierra removida señala la situación de una nueva trinchera, Las órdenes para el avance están dadas, y un tabor de Regulares, a las órdenes del comandante Ferrer, se separa de nosotros para seguir por el borde de la barrancada de la izquierda en dirección a las trincheras, mientras el otro tabor y la Legión, descendiendo por el valle de Río de Oro, abordarán la posición por el flanco derecho.

Establecida una batería en el Blocao de la corona, para desde allí proteger el avance de nuestras tropas, nos concentramos sin ser vistos en la cañada por donde hemos de abordar al enemigo. Este, parapetado en las cercas y trincheras de las viñas, no ha advertido nuestra proximidad. Una pequeña casa a retaguardia del primer parapeto parece formar un reducto central y detrás de la misma nuevas trincheras constituyen la tercera línea de resistencia.

Los Regulares, por la izquierda, buscan el contacto con su tabor, y la Legión, por la derecha, ha de ocupar las cercas y casas en que se encuentra al enemigo.

Las olas de asalto están preparadas, y a una señal de nuestro Teniente Coronel los legionarios se lanzan rápidos y alcanzan la primera cerca, y mientras unos se corren por los costados a coger de flanco la segunda, otros, saltando el parapeto, consiguen llegar a la casa central, arrojando de ella a los moros defensores. Los sostenes que siguen próximos a las guerrillas entran también en el cercado, y con los sombreros en alto, los vivas a la Legión se repiten y la bandera negra y amarilla ondea sobre  la pequeña casa mora.

Los moros en su huida han abandonado sus muertos, y desde las trincheras y casas del barranco hostilizan, queriendo recuperar la línea perdida; sus empeños son vanos; muchos caen, y varios moros, cara al sol, yacen tendidos delante de nuestros parapetos. El camión blindado, que fue inutilizado días antes, se encuentra a pocos metros, ocupado igualmente por el enemigo, que desde él nos dirige certeros disparos.

Una sección de la quinta compañía, a las órdenes del teniente Sanz Prieto, saltando la segunda cerca, gana un parapeto, avanzando unos quince metros. Una estrecha trinchera le enlaza con la línea por la Legión ocupada; pero se encuentra tan cerca de las troneras enemigas, que van cayendo muertos y heridos la mayoría de sus soldados.

La segunda compañía refuerza este punto. Las reacciones enemigas son contenidas y el combate sigue empeñado a muy corta distancia. Los muertos y heridos se multiplican y las bajas del pequeño parapeto avanzado son muy difíciles de retirar. Nuestros agentes de enlace toman parte activa en este empeño; pero el terreno está tan enfilado y el fuego es tanto, que el momento contemplamos a nuestros pies moribundo al bravo Blanes, el aristócrata granadino, abanderado de la primera Bandera.

-¡Viva España, viva la Legión! -dice cuando le llevan.

Los muertos y heridos se van amontonando detrás del pequeño parapeto; los balazos en la cabeza abundan, y el joven médico del Río se multiplica para curarles:

-A éstos ponedles el sombrero -dice.

Son los que con el cráneo destrozado no necesitan auxilio; y a los gritos de "Viva España" y

"Viva la Legión" muere a nuestros pies lo más florido de nuestras compañías.

Una voz grita: "!el teniente!, ¡el teniente!, le han herido".

Rápidos saltan dos el parapeto y con la cara ensangrentada retiran al teniente Sanz Prieto; la sangre afluye de su boca destrozada, pero, animoso, grita: "Viva la Legión, viva la Le...!". no puede decir más.

El médico le coge, y pronto unas niqueladas pinzas penden de la boca ensangrentada. Un rato antes había avanzado animoso con su pequeño acordeón que le servía de mascota.

El teniente Vila también ha sido herido en los brazos. Un sargento retrocede de los primeros puestos con la cara roja de sangre; al pie del camión fue herido en la cabeza; alegre exclama: "!me ha herido, pero le he matado!"

Se retiran las cajas del parapeto avanzado, y, por último, llegan un cabo y un soldado cargados con los fusiles. Los otros soldados les abrazan. ¡Se había retirado todo!

Se levantan los parapetos y el combate sigue empeñado durante todo el día; del Gurugú bajan grandes refuerzos para el enemigo, y éste intenta varias veces reaccionar sobre nuestras líneas, pero se les ve caer y los vivas y ovaciones se repiten.

A la izquierda, los Regulares tienen muy empeñado el combate. El tabor del comandante Ferrer ha sido castigadísimo; el enemigo ha defendido el terreno palmo a palmo. González Tablas acaba de ser herido. Nuestro Teniente Coronel, que no se ha separado de nosotros ni un momento, toma entonces el mando de toda la línea; no vemos a otro Jefe.

El fuego sigue, y el teniente Penche, que por muerte de los apuntadores dirige el fuego de una de sus máquinas, recibe un balazo en la cabeza. Se le recoge muerto; sólo un hilo de sangre brota de su frente: sus presentimientos se cumplían.

El teniente Manso ha sido también herido.

Para retirar las bajas nos auxilian con gran espíritu un practicante y varios soldados del Regimiento de Sevilla, que varias veces acudieron a las guerrillas, ayudando a nuestros camilleros en la sufrida y difícil tarea.

El convoy había llegado sin novedad a Casabona, y a retaguardia, hacia el Zoco del Had, se activa la construcción de un blocao.

Momentos antes de la retirada empiezan a caer en el cercado los proyectiles de los cañones enemigos.

 blocaos_5

Declina la tarde cuando nos retiramos. Los moros intentan reaccionar, pero las últimas secciones les mantienen a raya, y con facilidad nos apartamos del lugar del combate.

El General Sanjurjo sale a recibirnos. Nos abraza con emoción; había perdido doscientos de sus mejores soldados. Las bajas de la Legión pasan de noventa; la tercera parte de los hombres que habíamos llevado al combate.

La orden general del Ejército del día 10 de septiembre, en Melilla, dice así:

"En la operación del día 8 sobre Casabona, tuvieron ocasión, el Tercio de Extranjeros y las Fuerzas Regulares de Ceuta, número 3, de cubrirse, una vez más, de gloria.

Con su indomable valor, con su admirable amor patrio, con su incomparable pericia, lograron asestar al enemigo uno de los mayores golpes que ha sufrido en todas nuestras campañas, ocasionándole bajas numerosísimas.

Todos cuantos integran esos cuerpos modelo alcanzan tales virtudes militares, que es difícil señalar distinciones entre ellos, y éste es el mayor galardón que puede ostentar una Corporación.

En nombre de todos vuestros compañeros del Ejército de África, que se enorgullecen de vosotros, os felicito efusivamente y os ratifico nuestra absoluta confianza.

Debéis sentiros satisfechos por ello y por haberos hecho dignos de la admiración de nuestra querida España.

Lo que de orden de S, E. se publica en la General de este día para conocimiento y satisfacción.

El Coronel Jefe de E. M., F G. Jordana.-Rubricado, -Hay un sello en tinta que dice: Alta Comisaría de España en Marruecos, -Ejército de Operaciones."

blocaos_6 

V - Nador y Tahuima

Una joven y bonita mora yace tendida en tierra. Sus vestiduras blancas tienen sobre el corazón una enorme mancha roja; su frente todavía conserva calor. ¡Pobre niña muerta, víctima de la guerra!

 

Muchos días hace que se anuncia el esperado avance a Nador. La falta de número de proyectiles de artillería ha retrasado la fecha y, por fin, el día 16 se ordena la salida para el 17.

Las confidencias hacen elevar a varios miles el número de moros enemigos que atrincherados en el poblado y lomas que lo dominan, nos cerrarán el paso. Se espera que el combate sea empeñado y a todos se nos hacen lentos los momentos que nos separan del camino de la reconquista.

A las cuatro de la mañana del día 17 se concentra la Bandera sobre la carretera, y a las siete se encuentra la columna reunida en la tercera Caseta.

Las gasolineras cruzan rápidas por Mar Chica, vigilando la costa, y el tableteo de sus ametralladoras es respondido con constantes y sonoros pacos. El globo cautivo elevado sobre nosotros vigila el campo, y tumbados al costado de la carretera esperamos que llegue la hora señalada del avance.

Un nutrido fuego de artillería parece ser la señal para el movimiento, El poblado, lomas y barrancadas, se coronan de pequeños humos blancos. Los barcos de la escuadra ponen en lo alto de los parapetos enemigos sus negras explosiones y las baterías flotantes enfilan con sus Shrapnells los largos y profundos barrancos, mientras Regulares y legionarios avanzan sobre la extensa loma que de Sidi Hamed baja hacia Nador.

Nuestras guerrillas, parapetadas en los montones de piedra de la loma, entablan combate con el enemigo, y a su abrigo se establecen las ametralladoras y piezas de montaña que han de pre parar el nuevo asalto. Los moros, ocultos en los poblados y peñas del barranco del Amadi, hostilizan vivamente; los cañones del Gurugú dirigen a la columna sus disparos, y el cañoneo de nuestra artillería y barcos de guerra sigue con la misma intensidad.

El paso de la barrancada y avance sobre las lomas de Nador está difícil; por ello avanza nuestro Teniente Coronel hasta las guerrillas a dominar el campo v dar las últimas disposiciones para el ataque; el enemigo dirige su certero fuego, y cuando el Teniente Coronel me señala el puesto que debemos ocupar en el asalto, el chasquido característico del balazo derriba en tierra a nuestro querido Jefe, Abundante sangre mana de su pecho; ha recibido en él una grave herida, y mientras le retiramos para que se efectúe su primera cura, el Coronel Castro llega a ordenar la acción.

Los legionarios avanzan decididos, corriendo por la barrancada; dejan atrás a los caídos, que camilleros incansables retiran a los espacios desenfilados. Unos camilleros conducen a un soldado herido; cae alcanzado uno de ellos por el plomo enemigo, y el otro, activo, lo desenfila en una cuneta; ya lo recogerán los que vienen detrás. Otro, moribundo, quiere hablarnos al paso; nos detenemos unos segundos, pero no puede, expira en el esfuerzo. Un soldado, con un balazo en el pecho, corre animoso a nuestro lado; sigue combatiendo; desfallecido v sin fuerzas es llevado más tarde a la ambulancia.

 

 blocaos_7

 

El avance sigue impetuoso y se corona la primera loma. ¡Viva la Legión! - El enemigo huye delante de nosotros, y es un dolor que, por ir tomando todos los objetivos, vayamos dejando la fuerza repartida v nos encontremos sin reservas en los momentos de activar la persecución,

El Coronel Castro marcha a nuestro lado. Desde hace dos días viene de Jefe de vanguardia.

-¿Vamos a Monte Arbós? -dice.

-Al momento.

Y sin esperar a las otras unidades avanzamos rápidos, antes de que el enemigo se rehaga, coronando el último objetivo. En el camino encontramos varios moros muertos.

Una joven y bonita mora yace tendida en tierra. Sus vestiduras blancas tienen sobre el corazón una enorme mancha roja; su frente todavía conserva calor. ¡Pobre niña muerta, víctima de la guerra! Los legionarios la miran con amoroso respeto; entran en Monte Arbós y persiguen al enemigo que huye por el llano.

A la derecha, y dentro de un morabo, el enemigo dirige algunos disparos; se retira cuando avanzan sobre él nuestros soldados.

Paños bordados cubren el sepulcro del santón y una capa pluvial de la Iglesia de Nador adorna también la blanqueada sepultura. Del techo penden tornasoladas bolas de cristal de distintos colores: son los votos de los indígenas en su devoción al santo.

El día transcurre con relativa tranquilidad, y es de noche cuando nos retiramos, dejando en Monte Arbós destacada una compañía.

En la oscuridad atravesamos el pueblo; los corros de ganado y abundantes escombros detienen a cada momento nuestra marcha en dirección al reducto, lugar en que se encuentra el nuevo campamento.

Nuestras bajas este día habían sido ocho muertos y veinticinco heridos, y herido grave nuestro Teniente Coronel.

 

UN OLOR INSOPORTABLE invade el poblado; los muertos se amontonan en las casas y patios,  v en todas partes se encuentran serios vestigios de la cruel rapiña. El pueblo ha sido convertido en un enorme cementerio, y sólo en nuestro campamento, apartado de las edificaciones, se respira a gusto. Aquí nos habíamos de estacionar hasta la ocupación de Segangan.

Desde el primer día la tropa se extiende por los alrededores, y en los aduares recogen objetos diversos: camas cogidas en el saqueo por los moros, máquinas de coser, sillas, mesas, carros, pequeños volquetes. Todo se va amontonando en el campamento. Las planchas de cinc, puertas y ventanas, abundan, y con todo ello los legionarios construyen las pequeñas chozas que les han de abrigar de las inclemencias del tiempo. Algunos se alejan por el llano y son tiroteados por el enemigo, que nos causa algún herido, e impone el establecimiento de una vigilancia en las huertas que limite las incursiones de los legionarios.

La limpieza del poblado adelanta, los muertos son enterrados, pero es tanto lo que hay acumulado, que se necesita tiempo para higienizar este enorme cementerio.

La vida es tranquila; los legionarios descansan un poco de la actividad anterior y guarnecen de noche el sector de las huertas.

Hasta el 23 dura nuestro descanso. Este día se ha de efectuar una pequeña operación en que la altura de Tahuima, la Cuarta Caseta y el Aeródromo son los objetivos.

Tahuima, a cuatro kilómetros de Nador, es el lugar adonde se han de dirigir los legionarios; nuestros soldados llegaron en sus excursiones de estos días hasta su pie sin notar la presencia del enemigo.

Antes de amanecer ya está el Coronel Castro Girona a nuestro frente. Los Regulares de Ceuta efectuarán una marcha de flanco por la vía, y nosotros de frente abordaremos la posición. La caballería, por la izquierda, y desbordando este flanco, debe en el avance amenazar la retaguardia enemiga.

Cruzamos las huertas y salimos al extenso llano en que el montículo de Tahuima aparece coronado por pequeña torre que le da aspecto de antigua fortaleza. Sólo unos tiros suenan hacia la derecha; las guerrillas se han adelantado sin resistencia y rebasan la posición; el enemigo a lo lejos hostiliza débilmente y los montes de Benibu-Ifrur aparecen coronados de numerosos moros que dispersa nuestra artillería.

La caballería se ha echado tanto al costado izquierdo, que se encuentra cerca de Mar Chica; cuando se incorpora, le ordenan efectuar un raid por el llano.

En formación concentrada la vemos alejarse al galope. Varios jinetes enemigos caracolean a su frente huyendo en dirección al monte, como queriendo arrastrarlos a aquel terreno. El fuego aumenta, y cuando tememos que les ocasione importantes bajas, se alejan al galope hacia el medio del llano.

Pasados unos minutos, el Coronel Castro nos da la orden de avance; los escuadrones en el llano han empeñado combate y solicitan ayuda.

A paso ligero avanzan la primera y segunda compañía con una sección de ametralladoras en la dirección señalada por el núcleo de caballos Nos adelantamos al galope; un grupo de dos escuadrones permanece con su coronel en el centro del llano; delante está el escuadrón empeñado en fuego; seguimos hacia aquel lugar y próximo a la vía hallamos el grupo de caballos, delante de los cuales y pie a tierra se encuentran los soldados; a lo lejos aparecen las siluetas de unos fantasiosos jinetes moros, que caracoleando disparan sus armas. Silban algunas balas.

El capitán nos explica su situación frente al enemigo, que le hostiliza cada vez que intenta retirarse, y al poco rato llegan las guerrillas de nuestras unidades, que corriendo por el llano alejan a los jinetes enemigos. Se retiran los escuadrones, y con entera calma nos replegamos a nuestra  línea;  en toda la maniobra hemos tenido un herido leve.

A las dos de la tarde se ha empezado el repliegue, pero durante él nos vemos detenidos por la presencia frente al aeródromo de grupos enemigos que dificultan la retirada de algunas pequeñas fracciones de la otra columna, empeñadas en combate.

Allí se dirige la Segunda Bandera, y la Primera avanza de nuevo con el Batallón de Toledo, para rechazar a los grupos enemigos que empiezan a filtrarse por las grietas del llano. Mientras tanto, y a nuestra retaguardia, entra en Nador, procedente de los Pozos de Aograz, la columna Cabanellas.

De noche, al volver al campamento, nos enteramos de la grave herida del bravo capitán García Martínez, de los Regulares; lleva diez años sirviendo en estas fuerzas y su propuesta de ascenso se halla pendiente de la resolución de las Cortes.

Cuando se retiraba, después de cumplida su misión y al colocar sus máquinas para prestar auxilios a las fracciones de la otra columna, una bala, atravesando sus gemelos, le hace sufrir en la cabeza una herida gravísima.

Todos sentimos verdadero dolor por la grave herida de este oficial, a quien los médicos desconfían de salvar, y que desde hace dos años debía ser comandante.

 Continuará

Por la transcripción: Julio MERINO