En 1934 la Editorial Estatal de la URSS, Mysl ("pensamiento") publicó un libro que pasará a los anales de la ignominia. Un texto sobre la faraónica construcción del Belomorkanal que ilustraba al mundo sobre los “logros” del socialismo en el “paraíso” soviético. Fruto del afán por engañar, hijo de la intelectualidad más canalla –la alumbrada por la revolución y al servicio de ésta–, la obra en cuestión supuso un hito de la propaganda política y de la abyección moral. En palabras del escritor Vitali Shentalinski:

“Si se hiciera un concurso para determinar el libro más vergonzoso y cargado de mentiras de la historia, el primer premio seguramente recaería en Belomorsko-Baltiiski kanal ímieni Stálina (El canal Stalin del mar Blanco al mar Báltico). Esta apología del trabajo esclavo es una obra de encargo que una cuadrilla de escritores soviéticos redactó, bajo la dirección de Gorki, con entusiasmo e ímpetu.”[1]

Como describió con detalle Alexander Solzhenitsin en Archipiélago Gulag, el papel de Máximo Gorki fue decisivo no sólo como responsable y catalizador de los treinta y seis escritores que elaboraron el libro, sino como guía espiritual; alineando la obra en la ortodoxia del partido y articulando, a través de ella, la construcción de un estado de ánimo “adecuado” al “nuevo espíritu” del “hombre nuevo”:

“Gorki explica de la siguiente manera la necesidad de este libro para los presidiarios que construían el canal: «los soldados del ejército del canal carecen del vocabulario suficiente» para expresar los complejos sentimiento de esta “reforja” de hombres; los escritores poseen este vocabulario y por ello les ayudarán. Esta misma necesidad para los escritores la explica así: «Muchos hombres de letras, después de haber conocido el canal […], han regresado cargados de una energía que influirá muy beneficiosamente en su trabajo […] Ahora, en la literatura, aparecerá un estado de ánimo que la hará avanzar y la pondrá al nivel de nuestras grandes empresas»”.[2]

Lástima que para avanzar hacia ese objetivo, “hubiese que” sacrificar la verdad de los hechos y la libertad para escribir sobre ellos, laminando a todos los escritores que se atreviesen a disentir o, simplemente, a recordar. No olvidemos que Solzhenitsin publicó su Archipiélago Gulag en París ¡en 1973! tras escribirlo clandestinamente –entre 1958 y 1968– por fragmentos suficientemente pequeños para ser escondidos:

“[…] Pero después de destruir todos los borradores, ¿dónde guardar la obra en limpio? Una feliz idea ajena y una feliz ayuda ajena me llevaron por un nuevo camino: resultó que había que aprender un nuevo oficio, y ponerme yo mismo a fabricar escondites […]”[3]

Lo cierto es que es casi un milagro que la verdad del socialismo relatado por Solzhenitsin llegase –aunque tarde– a nosotros. ¿Cuántos escritores –o, simplemente, testigos– perecieron sin poder contarnos nada? Porque, de hecho, la represión de toda disidencia se manifestó, desde el primer momento, como algo inherente al comunismo. No en vano, el célebre Ivan Bunin relataba de forma análoga a Solzhenitsin su miedo a ser purgado por sus escritos ya en 1919:

“Mis amigos de Capri, los Gorki y los Lunacharski, los guardianes del arte y la cultura rusa, que montaban en cólera ante la más mínima advertencia de los censores del zar, a, digamos, la revista Nueva Vida, ¿qué haríais conmigo ahora si me encontraseis redactando estas criminales notas bajo la luz de un apestoso candil, o si me vierais esconder estos folios tras la cornisa como si se tratara de un objeto robado?”[4]

Y he aquí la clave del asunto; no tanto la figura de Gorki como ejemplo luminoso de la más absoluta miseria moral, sino como modelo “exitoso”, ampliamente seguido desde entonces, de supresión sistemática de la verdad por parte de la intelligentsia. Según describe Solzhenitsin: “[…] todos ellos, tanto los novelistas sociales, como los dramaturgos patéticos, como los poetas urbanos, y, con más razón, los columnistas y los críticos, todos ellos aceptaban el acuerdo de no decir la gran verdad sobre su tema, la verdad que resulta evidente a todo el mundo, incluso sin literatura. A este juramento de abstención de la verdad se llamaba REALISMO SOCIALISTA.”[5]

Así, lo verdaderamente relevante no es que Gorki fuese un canalla –fue uno de tantos que se sometieron al nuevo orden soviético y contribuyeron a su imperio, si bien es cierto que uno de los más destacados–, sino que se convirtió en ejemplar en dos sentidos igualmente perversos:

- Por un lado, mostrando la estrechísima vinculación criminal de la autodefinida “intelectualidad” y el socialismo. Modelo para una legión de profetas de la utopía marxista en todo el mundo. Compañeros de viaje de la infamia, cómplices del terror soviético hasta la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 y más allá.[6]

- Por otro, en su contribución al silenciamiento de la verdad y de cualquier disidencia.

Según Solzhenitsin, un cuarto de millón de personas murieron por hambre, frío, agotamiento, accidentes y enfermedad en la construcción del canal Stalin del mar Blanco al mar Báltico en menos de dos años –21 meses, concretamente–, entre 1931 y 1933. Curiosamente, “sólo” 11.000, según Wikipedia, dando por válidas las cifras del historiador comunista Viktor Nikolaevich Zemskov, que reproduce las cifras oficiales soviéticas del OGPU-NKVD-KGB[7]. Por supuesto, ni una palabra sobre fallecidos aparece en el libro Belomorsko-Baltiiski kanal ímieni Stálina, sino loas al líder Stalin, a los “avances” de la Revolución y al poder edificante y reformador de los trabajos forzados.

¿Pero cuántos murieron por hambre en el Holodomor ucraniano entre 1932 y 1933? No lo sabemos con certeza. Sólo tenemos estimaciones que oscilan entre dos y cinco millones de muertos. Aunque sí sabemos que aquel horror fue silenciado por un premio Pullitzer, Walter Duranty. Y que todavía en 2003 la junta de estos galardones se negó a revocar el premio… Y ¡hasta 2019! no apareció una película polaca, Mr. Jones, que abordase la colectivización forzosa y la hambruna provocada por el socialismo real.

¿Cuántos fallecieron en Chernóbil en 1986 o a raíz del accidente? ¿Qué fue de los 600.000 “liquidadores” enviados a la zona en labores de descontaminación? Todo fue ocultado. Apenas contamos con información fragmentaria. Pero es que hasta que Svetlana Alexiévich no dio voz ¡en 1997! a las Voces del Chernóbil, este drama gigantesco estuvo tapado…

…Y llegamos hasta hoy…Muy lejos en el tiempo y en el espacio –no tanto en el espíritu– de aquella Unión Soviética… En una España dirigida de nuevo por comunistas y socialistas… ¿Y qué podemos decir del ocultamiento de 75.000 compatriotas muertos entre marzo y noviembre de 2020? Sólo un periodista, Fernando Lázaro, se atrevió a mostrar la verdad de centenares de ataúdes. Apenas unos pocos de su profesión se hicieron eco. La inmensa mayoría de la secta periodística se alineó con el Gobierno para sepultar la verdad bajo una montaña de mentiras. ¿Y qué pensar de esa casta, nuestra valiente “intelectualidad”, y de su complicidad activa en el silenciamiento de la verdad? ¿Cuántos académicos, cineastas, escritores, artistas plásticos, cantantes, maestros o profesores universitarios se han manifestado para romper el manto de silencio arrojado sobre nuestros muertos?

¡Cómo ruge el silencio!

[1] Shentalinski, Vitali. Esclavos de la libertad. Los archivos literarios del KGBarcelona, i, Vitali. Esclavos de la libertad, Galaxia Gutenberg, 2006, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2006, pp. 509- 510.

[2] Solzhenitsin, Alexander. Archipiélago Gulag, Tomo II, Tercera parte: Campos de trabajo y exterminio, capítulo 3, pp. 91-112, Editorial Tusquets, Barcelona, 2007, p.93.

[3] Solzhenitsin, A. Memorias (Coces al aguijón) (1967-1975), Editorial Argos S.A., Barcelona, 1977, Capítulo 1, El escritor clandestino, p.11. Nota: Solzhenitsin pasó 11 años recluido en un campo.

[4] Bunin, Ivan. Días Malditos, 19-04-1919, Editorial Acantilado, Barcelona, 2007, p. 72.

[5] Solzhenitsin, A. Memorias (Coces al aguijón), p.14.

[6] …y más allá, por supuesto; hasta hoy mismo, porque a ver quién deshace los nidos en que vienen atrincherándose desde hace décadas. Bien saben ellos que nadie les moverá de sus cargos mientras demuestren adhesión a esa reencarnación de la tiranía marxista llamada corrección política. Dígaseme una sola institución que no hayan colonizado. Pregúnteselo el lector. (N.A.)

[7] OGPU: Directorio Político Unificado del Estado o policía secreta de la RSFSR (República Socialista Federativa Soviética de Rusia) y de la URSS. Renombrado NKVD en 1934 y KGB en 1954. (N.A.)