Mi camarada Arturo -ya ustedes lo saben- es Arturo Robsy, que se nos fue a los luceros hace ya siete años.

Como tengo dicho y escrito, no conocí personalmente a Arturo Robsy, pero gocé -y creo que fue mutuo- de una amistad profunda, intensa y creativa, que a mi me enriqueció en fuerza, valor y espíritu, amén de elevar mi capacidad escritora hasta límites que nunca antes había alcanzado.

Entiéndase que no digo que me hiciera buen escritor, sólo que me hizo mejorar.

Los infinitos comentarios que intercambiamos en correos electrónicos trascendían -en mi modesta opinión- el simple intercambio epistolar, y muchas veces -por supuesto con su permiso- los publiqué en mi blog para que, quienes entonces acudían a mi diario, pudieran disfrutar con la genialidad de Arturo.

También, en muchas ocasiones, publiqué los artículos que escribía -incansable, inasequible al desaliento- y enviaba por correo electrónico a camaradas, amigos y, lo que es más importante, enemigos. A veces me permití comentar esos artículos en mi blog, y él me respondió, y establecimos un diálogo público sobre el tema de que se tratase, y me consta que bastantes amigos lo leyeron con gusto. Y me cabe la satisfacción de haber facilitado que mucha gente ajena a nuestro pensamiento conociera a Arturo.

Son innumerables las novelas, las poesías, los artículos, los comentarios en los varios blogs que llegó a atender. Desgraciadamente, creo que nadie podrá conservar ni siquiera una parte razonablemente grande de cuanto escribió, y por ahí -en hojas volanderas olvidadas, en discos duros, en cualquier tipo de dispositivo electrónico, en cientos de sitios de Internet- deben estar guardados, acaso sin localizar, buena parte de sus miles de artículos y comentarios. Pero quien lo desee puede encontrar, cuando menos una parte de cuanto escribió, y luchó, y enseñó en su interminable tarea de desasnar zopencos, en este enlace

Háganse el favor de leerlo.