El orgullo engendra al tirano. El orgullo, cuando inútilmente ha llegado a acumular imprudencias y excesos, remontándose sobre el más alto pináculo, se precipita en un abismo de males, del que no hay posibilidad de salir”.

Estas palabras se atribuyen a Sócrates, el fundador de la filosofía moral o ética, el primer gran filósofo griego y padre del pensamiento occidental. Nacido en Atenas hacia el año 470 antes de Cristo, Sócrates no escribió nada ni tuvo un círculo cercano que sistematizara su pensamiento. Habló libremente con sus amigos y conciudadanos dialogando con sus discípulos. Platón fue uno de ellos y gracias a él conocemos su pensamiento.

Cicerón dijo que Sócrates fue “el primero en bajar la filosofía de los cielos” porque su preocupación fue acerca de lo cotidiano, se preocupó de las cuestiones del hombre común empleando la razón como instrumento del enriquecimiento humano. Se preguntó acerca de la justicia, el bien, el valor, lo correcto, la verdad, la belleza y los efectos que pueden llegar a producir en la vida de los hombres.

Como escribió Rafael GambraSócrates afirmó la razón como medio adecuado para penetrar la realidad. Y hubo de sostener esta afirmación frente a dos clases de contradictores. Primeramente, contra los sofistas: la razón bien dirigida sirve para alumbrar la realidad, no es una linterna mágica que forja visiones a capricho sin relación con lo que es. Después, contra los irracionalistas, contra los filisteos de la cultura. Mucha gente en Atenas, como en todas partes, pasaba por especialista o profesional en una materia sin que una verdadera comprensión de la misma cimentase aquel conjunto de conocimientos. Sabían cosas porque se las habían enseñado, pero a poco que se escarbase en su saber se descubría enseguida que estaba montado en el aire. En el fondo, todos estos como los pueblos orientales y los bárbaros, sabían de un modo irracional, basado en la revelación o el mito”.

Con Sócrates el pueblo griego descubrió la razón, sentando las bases del pensamiento occidental y entrando en la historia de la Filosofía universal. Mostró un total desinterés por el hecho de dejar algún testimonio de su nombre y su obra. Cuando el Oráculo de Delfos lo señaló como el más sabio de todos los hombres, afirmó que solo sabía que no sabía nada y por ello vagaba por las calles preguntando a todo aquel que quisiera escucharlo y que le respondiese una y otra vez. De esta manera, dejaba en evidencia que lo que en un principio sus interlocutores creían saber, al final eran incapaces de definirlo. Ese fue su método peculiar, basado en la formulación de preguntas sencillas, el método socrático, dividido en dos fases: la ironía y la mayéutica -nombre que proviene del oficio de su madre que era partera y que significa el “arte de dar a luz”-.

Sócrates adoptó como lema para su pensamiento el del frontispicio del Templo de Apolo: “Conócete a ti mismo”. Fue sincero y humilde pero incomodo para el poder, ya que enseñó a los jóvenes a que se cuestionaran todo y superasen la ignorancia buscando el conocimiento y la virtud.

Fue condenado a muerte y a ingerir cicuta, acusado de corromper a la juventud y de no creer en los dioses de la ciudad. Pudiendo defenderse o escapar y salvar su vida, no lo hizo, porque la integridad era una obligación personal negándose a contradecir las leyes y la autoridad.

Su frase: “Dios me puso en la ciudad como un tábano sobre el caballo, para que no se duerma ni amodorre” sintetiza sus convicciones. Para Sócrates el orgullo, la soberbia y la arrogancia llevan al exceso que culmina en la esclavitud y la tiranía, a la negación de la libertad que acaba en la ignorancia y en el mal sin salida.

Seamos como Sócrates, no dejemos de preguntar y preguntarnos, seamos fieles a nosotros mismos, busquemos mediante la razón el conocimiento verdadero, luchemos por la libertad contra la tiranía de la esclavitud de la ignorancia, no nos engañemos a nosotros mismos, seamos como el tábano sobre el caballo para mantenerlo despierto, seamos libres, pero de verdad.