Fue en 1981, cuando la Editorial Planeta, dentro de su colección Espejo de España, publicó el libro Franco visto por sus ministros, cuyo subtítulo ya nos dice de lo que se trata: la figura humana y política del Caudillo descrita por sus colaboradores más íntimos. La elaboración del libro consistió, básicamente, en lo que sigue: a los ministros que había tenido Francisco Franco desde 1938 hasta 1975 (a los que aún vivían, como es obvio), se les pasó un cuestionario con unas determinadas preguntas, las mismas a todos: sólo aceptaron contestar cuarenta y cinco personas.

Por ello, en la introducción del libro se dice lo siguiente: “A través del testimonio de cuarenta y cinco ex ministros, aparece en sus rasgos fundamentales la personalidad de Franco, tal como pudieron apreciarla sus más inmediatos colaboradores, tanto en situaciones de tensión como en momentos de plácida charla en la intimidad. El resultado final de su lectura proporcionará no pocos motivos de sorpresa, al referir con la calidad de lo vivido, muchas situaciones protagonizadas por Franco durante sus despachos y en los Consejos de Ministros, en las estancias del palacio de El Pardo”.

Yo leí el libro hace bastante tiempo; es por ello por lo que recomiendo vivamente su lectura, máxime si tenemos en cuenta que se puede adquirir a un módico precio (para los que aún nos gusta el papel), o incluso descargarse gratis a través de internet (para los que son amantes de las nuevas tecnologías). Cada uno podrá sacar sus propias conclusiones, como es lógico, pero me van a permitir que exprese la que a mí me ha venido a la mente ahora, cuando he contemplado, con estupor, la baja catadura moral de los políticos que nos mangonean actualmente y que, en estos tiempos de crisis sanitaria, nos están llevando a todos a la ruina.

Porque en los ministros de Franco, sobre todo en los de sus últimos gobiernos, una característica común era el importante currículum profesional que poseían los titulares de las carteras ministeriales: eran personas, por lo general, con un gran prestigio dentro de su profesión y con una contrastada capacidad de gestión. Se trataba, igualmente, de hombres que tenían su vida resuelta fuera de la política, es decir, que ninguno vino a ella, a la política, a ganar dinero, antes al contrario, algunos reconocen en el libro que estaban mejor pagados en el ejercicio privado de sus respectivas profesiones.

Además, todos ellos, sin excepción, se tomaron su nombramiento como ministros como un servicio a España y, no pocos, cuando tuvieron conocimiento de su cese en el cargo, además de la satisfacción del deber cumplido, se tomaron el fin de su etapa política como una liberación que les permitía volver a su trabajo y a su familia.

Y ahora, por favor, comparen ustedes ese tipo de políticos que acabo de describir, con los que tenemos en el panorama actual: no me refiero a Pablo Echenique, como es obvio, porque de ese señor no puedo hablar, pues si yo dijera con sinceridad lo que pienso del colega, me buscaría mi ruina. Pero sí puedo referirme a su amigo, Pablo Iglesias, que da asco verlo, pues es repugnante, por dentro y por fuera. O el otro diputado de Podemos, el de las rastas, que ni sé cómo se llama ni me interesa, pero del que sí puedo decir que si España fuera un país digno, ese individuo nunca entraría en el Congreso de los Diputados, por marrano. O recuerden a aquellas dos lumbreras de nuestra política nacional, Leire Pajín y Bibiana Aído, cuyo mérito para ser ministras era ese, sí, el mismo que están pensando ustedes ahora mismo. Y así podríamos seguir hasta hacer un artículo interminable.

Y ya termino: lean el libro Franco visto por sus ministros, por favor. Les deportará muchas agradables sorpresas, se lo aseguro. Pero también se llevarán, como yo, el disgusto de su vida, pues cuando comparen a aquellos políticos con los actuales, comprobarán con estupor, en manos de qué chusma está nuestro presente, porque el futuro ya nos lo han robado.