Es cosa sabida que, en la España musulmana, en tiempos de Reconquista, había grandes médicos. Sus trabajos se divulgaron por toda Europa y se prolongaron hasta el Renacimiento. Fue muy conocido el médico cordobés Abulcasis, autor de un tratado de cirugía que utilizaron varias generaciones de médicos cristianos para estudiar instrumental quirúrgico, técnicas de cauterio, reducción de facturas y dislocaciones. Pero el conocimiento médico-quirúrgico de los españoles en el siglo XIII no procedía sólo de los galenos musulmanes. También los cristianos tenían grandes maestros como Pedro Hispano o Arnaldo de Vilanova.

En aquellos tiempos había que distinguir a los físicos o “mejes”, de los maestros de la llaga o “cilúrgicos”. Estos médicos, para ejercer su profesión, debían disponer de carta testimonial, de título, para entendernos, que demostraba que habían sido aprobados por maestros conocidos. Así era la doctrina: “el físico sabio non se atreve a melicinar al enfermo sino después que fabla con él e cata su pulso e su orina, e conoce su complisión e condición e la cabsa de su enfermedad”.

Los físicos o médicos examinaban la orina para diagnosticar enfermedades. Para observarla empleaban unas ampollas de vidrio, de cuello largo, que les permitía observar por transparencia y reflexión, el color, el brillo, la transparencia y los sedimentos, de igual manera que lo han hecho durante siglos.

El médico preparaba sus remedios y era frecuente que actuara el físico especiero, que en las miniaturas de la época aparece rodeado de tarros y de libros. Las medicinas se elaboraban con plantas y sales que aún se utilizan hoy, como los compuestos de cinc, para tratar enfermedades de los ojos, emulsiones de azufre, para combatir la sarna, o sales mercuriales, usadas como parasiticidas. En Londres se conserva todavía una anaquelería procedente de Toledo que guardan como una reliquia.

Para el Rey Sabio los médicos “non tan solamente han de puñar de toller las enfermedades a los homes, mas guardalles aún la salud de manera no enfermen”. Las heridas, fracturas, cauterizaciones, amputaciones, etc. eran cometido del cirujano, físico o maestro de llagas. La cirugía era una profesión laica. El Concilio de Tours, de 1163, prohibía a los monjes y clérigos practicar la cirugía. El precio por estas actuaciones estaba bien estipulado y equivalía, en plata, al maravedí de oro: “por la llaga que del colpe oviere hueso quebrado, tome 20 mencales, e por la llaga que pasare, que oviera menester 2 linos, 10 mercales, e por otra qualquier llaga que non pasare ni oviese hueso quebrado, non tome el çirujano más de 5 mencales”.

Una especialidad de la Medicina del siglo XIII fue la cirugía de las heridas de guerra, en particular la extracción de dardos y flechas, que se practicaba con unas tenazas, y si con esto no se obtenían buenos resultados se aplicaba una ballesta para extraer la pieza que dañaba los tejidos. Es sabido que los médicos, en ocasiones, tuvieron que dejar la flecha clavada y entonces sólo quedaba la solución de serrar el astil que sobresalía, para que el moribundo sufriera menos molestias.

El gran escritor satírico inglés, autor de los famosos Viajes de Gulliver, G. Swift, decía: “los mejores médicos del mundo son: el doctor Dieta, el doctor Reposo y el doctor Alegría”.