harem

Tampoco al día siguiente quiso la “Señora” María Fernanda dejar su “paraíso”, como llamó a la casa y el entorno del Saler. Ni siquiera aceptó hacer el paseo en barca por la Albufera que le propuso Don Juan.

 

  • No, Juan, déjate de paseos. Esto es el paraíso... y estoy tan feliz.
  • Bueno, bueno, mi ángel, pues aquí nos quedamos.
  • No lo tomes a chirigota. ¿No hemos venido a descansar y a leer?
  • ¿A descansar?, pero si estoy molido.
  • Eso es que estás viejo.
  • No, eso es que estoy loco, me tienes loco.
  • No será para tanto.
  • Dios mío, ¡eres tan maravillosa en la cama!
  • Por favor, no hables de esas cosas, que me vas a poner colorada.
  • Pues, es la verdad... Nunca había disfrutado tanto como estoy disfrutando contigo.
  • ¿Ni con tu joven “Lupe”?
  • Por favor, “Mafe”, ni la menciones.
  • ¿Ah sí?, pues no olvides que lleva dentro un hijo tuyo.
  • Para mi desgracia.
  • No digas barbaridades, un hijo nunca es una desgracia.
  • En este caso sí. Yo no deseaba ese hijo.
  • Sí, pues debiste pensarlo antes. ¿También te volviste loco con ella? Claro, te lo puso tan fácil...
  • Por favor, “Mafe”, no seas cruel.
  • Anda, ven y déjate de crueldades. A mí me haces muy feliz.
  • Eso ya lo sé, ¿o quieres que te recuerde lo de anoche?
  • No, no me lo recuerdes... es cierto, me pasé de la raya.
  • ¡Y tanto! ¿Quieres que te recuerde lo que me decías?
  • ¡Ingrato! No hagas que me arrepienta. Tú sí que me estás volviendo loca. Jamás creí que me iba a gustar tanto hacer el amor.
  • ¡Vaya! Por fin... Tampoco yo creí nunca que toda una intelectual y grandísima investigadora se desmelenara como tú anoche. Si casi me comes...
  • Por favor, cállate... Si sigues, no vuelvo a hacer el amor contigo.
  • ¿Cómo que no? ¡Ahora mismo! Ven, que lo vamos a hacer en el mar –y Don Juan la cogió de la mano y casi la arrastró al agua.

 

  Fue algo que la “Doctora” no olvidaría en su vida, o al menos eso dijo en cuanto salió del mar, que, por cierto, esa mañana estaba más movidito que el día anterior.

 

  • Juan, por favor, no abuses de mí, me estás volviendo loca. ¡Oh, Dios, pero qué bien lo he pasado! El mar es divino.
  • Anda, no te relamas y vamos a comer... A ver qué nos ha preparado hoy la valenciana. Si quieres, esta noche más.
  • Pues, sí que quiero, te acepto la palabra.

 

Y abrazados y arrullándose se dirigieron en busca de la comida... que “eso”, hacer el amor, siempre despierta el hambre.

 

***

 

Y claro que comieron, se pusieron “moraos”, aunque antes se metieron juntos y sin bañador en las duchas sibaritas. Porque la señora Simoneta se había esmerado y les sirvió un menú que al final hasta aplaudieron: lomos de sardinas asados con fuego de leña, anguilas (la reina de la Albufera) a la vinagreta y una “fideuá” (plato similar a la paella, pero con fideos gruesos y huecos en vez de arroz). Tampoco faltó el “espencat” y el “esgarraet”, tan tradicionales en el Saler.

 

  • ¡Ah! El senyor Juan... i ara un riquíssim “arrop i tallaetes” que jo, personalment, is he preparat. La recepta me la va ensenyar la meua iaia.
  • Por favor, Simoneta, no más... ¡no podemos más!
  • Señorito, un poco, un poco nada más, les aseguro que se chupan los dedos.
  • ¡Delicioso! – exclamó María Fernanda - ¡Delicioso!

 

Al final, lo dicho, María Fernanda y Don Juan aplaudieron y felicitaron a la señora Simoneta y a sus hijas, Pilaret y Lurdeta, que habían estado sirviendo la mesa sin pronunciar palabra.

 

Y la pareja, los “novios”, se fueron a dar un paseo por entre los pinos centenarios de la Dehesa, para rebajar la comida.

 

  • Como sigamos comiendo así engordamos 20 kilos –dijo Don Juan entre risas.
  • Pues, yo no quiero engordar.
  • ¿Ah, no? ¿No te gustaría tener una “mafita”?
  • ¡¡No!!, por favor, niños no... ¿Qué quieres que yo sea otra Antonia u otra “Lupe”?
  • ¡Uh, eso me suena a celos!
  • Pues sí, son celos... me habría gustado ser tu primera mujer, tu única mujer.
  • Si tú eres ya mi única mujer.
  • Déjate de tonterías, que atrás tienes lo que tienes.
  • Eso es el pasado.
  • ¿El pasado? Ya me lo dirás cuando vuelvas a Madrid...
  • Eso, cuando vuelva a Madrid, pero ahora estamos aquí y esto es el paraíso, como tú dices. ¿Te das cuenta? Estamos totalmente solos, como Robinsón, y corre una brisa que refresca los sentidos. Ven.
  • ¡Uf, ni hablar, que ya veo tus intenciones!
  • Ven, que te vas a alegrar, recuerda lo de Lorca...
  • Sí, claro, y sus muslos se me escapaban como peces sorprendidos, la mitad llenos de lumbre, la mitad llenos de frío...
  • ¡Eso, eso! Ven, amor mío, te voy a llevar con Sherezade.

 

Así que solos, rodeados de pinos, una brisa acariciadora y un silencio roto por el canto de los ruiseñores y con los “tallaetes” todavía en el esófago, se tumbaron sobre el musgo e hicieron el amor, mientras la princesa de “Las mil y una noches” les contaba uno de sus cuentos.

 

Luego, recompusieron sus ropas y se fueron a dormir la siesta.

 

Aunque de manera diferente, porque Don Juan se quedó dormido en cuanto se tumbó en la cama y ella se puso a leer el manuscrito del seminarista, y algo después, y en silencio para que "su" hombre no se despertara, se puso el bañador y se bajó a la playa. Hacía mucho calor, a pesar de la brisa fresca.

 

         Y leyendo estaba cuando, ya casi caída la tarde, apareció Don Juan y sin sentarse siquiera soltó la toalla y se fue directo al agua. Ella siguió leyendo.

  • Pero, ¿todavía sigues? -le dijo Don Juan al salir del mar- ¡Qué barbaridad, ese seminarista te ha comido el coco!
  • Espera, ya estoy terminando, me quedan tres páginas. -Y en dos minutos más cerró de un golpe el manuscrito y exclamó- ¡Qué pena!
  • ¿Pena por qué?
  • Por cómo termina la novela.
  • ¿Y cómo termina?
  • Ahora espera tú... me voy a dar un baño -y ágil como una niña saltó de la hamaca y se fue corriendo hacia el agua.

 

Cuando volvió y tras secarse se sentó Don Juan estaba embebido con un libro que no era el del Doctor Arrowsmith, y eso le llamó la atención.

  • ¿Qué lees ahora? ¿Dónde está tu Doctor?
  • ¡Ah,"Mafe", he encontrado una joya!
  • ¿Una joya? ¿Cuál?
  • Verás, ¿te habías dado cuenta que en el salón antiguo hay un gran armario?, pues al pasar tuve curiosidad por saber qué se guardaba dentro y me encontré con una biblioteca, sí, sí, una biblioteca... seguro que fue cosa de mi madre... mi madre era una lectora empedernida, al menos yo siempre la vi con un libro en las manos, y eso que sólo había estudiado el bachillerato... Pues, allí he encontrado las novelas valencianas del valenciano Blasco Ibáñez: “Cañas y barro”, “La barraca”, “Entre naranjos” y “Arroz y tartana”. Pero como también he visto, así por encima, que tiene las obras de “Azorín” y Miró, más otros escritores valencianos de siglos anteriores.
  • ¿Y por cuál has comenzado?
  • Por “Cañas y barro”. Creo que toda la novela sucede aquí, en la Albufera.
  • Bueno, pues ya me contarás.
  • ¿Tienes mucha hambre ya?
  • No mucha, hoy comimos demasiado.
  • Espera –y Don Juan se levantó y llamó a la Señora Simoneta.
  • Buenas noches, Don Juan y Doña María Fernanda ¿deseaba usted algo?
  • Sí, Simoneta, queremos cenar, pero algo que sea ligerito, hoy comimos mucho.
  • Pues verá Don Juan, pensando en que hoy comieron muy bien les he preparado algo muy ligerito.
  • ¿Como qué?
  • Pues un caldo de verduras de la huerta, siempre productos de la huerta, con anguilas, ya sabe usted que la anguila es la reina del lago... y de segundo, aguacates rellenos de atún.
  • ¿Aguacates?, pero si los aguacates sólo se crían en Málaga y Granada, según tengo entendido.
  • ¡Ah!, no señor, según cuentan los viejos de por acá, los primeros aguacates que llegaron a España de América se plantaron aquí, en Callosa d´en Sarrià.
  • Pues, muy bien, ahora mismo pasamos al comedor.

 

Y el menú de la señora Simoneta cenaron, y una vez más felicitaron a la cocinera.

 

Después de la cena volvieron a la terraza, aunque esta vez tuvieron que abrigarse un poco porque casi de golpe había cambiado el tiempo y grandes nubarrones habían cubierto el cielo.

 

  • ¡Uf, Don Juan, no se preocupe, es el viento del Norte que cuando llega siempre trae tormentas y lluvia!

 

Y Simoneta tenía razón, ya que a los pocos minutos comenzaron a caer unas gotas gordísimas como granizos. Era un espectáculo increíblemente bello. Así que allí se quedaron durante un gran rato cogidos de la mano y contemplando los relámpagos que iluminaban las aguas que tenían enfrente.

 

Hasta que de pronto María Fernanda dijo:

 

  • Ya está bien por hoy, me voy a la cama, estoy rendida. ¿Te vienes?
  • Claro que sí, princesa, donde tú vayas allí iré yo.
  • Sí, pero a dormir ¿eh? Esta noche toca dormir.
  • Bueno, usted manda doctora.

 

Y ambos se despidieron de la señora Simoneta y de sus hijas, le dieron las buenas noches y se fueron al dormitorio.

 

Pero, la noche no había terminado, y menos cuando María Fernanda salió del baño con otro picardías, esta vez de color verde, porque entonces Don Juan se puso tan verde como lo que estaba viendo y exclamó:

 

  • ¡Eres una pícara! Pero ¿no te cansas?
  • Pues no, no me canso, estoy loca por hacer otra vez el amor contigo.
  • Bueno, pues tus deseos son órdenes, yo también estoy ardiendo. Ven aquí Sherezade.

 

Y otra vez, y era la quinta vez que hacían el amor ese día, se amaron hasta la extenuación. María Fernanda estaba gozosa y plena de satisfacción. Luego, cuando pasó la tormenta, aunque fuera seguían los truenos y los relámpagos, se quedaron los dos tumbados en la cama y mirando el techo, donde los grandes ventiladores seguían implacables su ritmo y su producción de aire fresco.

 

  • Juan, ¿por qué me has hecho lo que has hecho?
  • Sólo he besado tu cuerpo.
  • Anda, no seas bobo, que yo sé lo que me has hecho.
  • ¿Y qué te he hecho que tú no supieras?
  • Por favor nunca nadie, ni yo lo sabía, me había dicho que se pudieran hacer esas cosas.
  • ¿Y qué?, ¿no te ha gustado?
  • Eso es lo malo, que me ha gustado mucho, que quiero que lo repitas.
  • No, “Mafe”, por esta noche está bien.
  • Oye, amor mío ¿y si tú me has hecho lo que has hecho por qué no puedo yo hacerte a ti lo mismo?
  • Si tú lo deseas.
  • Lo deseo.

 

Y “Mafe”, ya “desatada y bravía”, se subió sobre él y metió su cabeza entre las piernas de su hombre… Y no tardó ni segundos en empezar a gritar de placer.

 

  • ¡”Mafe”, “Mafe”... Dios... No sigas, no sigas!

        

         Pero “Mafe” siguió hasta que ambos llegaron a un orgasmo supremo.

 

  • Ahora sí, ahora quiero dormir –y sin más se volvió de espaldas, se acurrucó y dio a entender que se dormía.

 

Don Juan hizo lo propio y también se volvió de espaldas, pero pronto oyó que María Fernanda se reía y eso le llamó la atención.

 

  • ¿Y ahora de qué te ríes, amor mío?
  • Me río –dijo sin volverse– porque se me ha venido a la cabeza algo curioso.
  • ¿Qué?
  • No sé, pero se me ha venido a la cabeza pensar si Madame Curie le haría esto, que yo te he hecho a ti a su marido, el serio Monsieur Curie.
  • Pues seguro que sí, ¿o es que crees tú que en la vida sólo hay libros, laboratorios y rayos X? Te recuerdo que mi admirado Don Miguel de Unamuno tuvo once hijos, y los niños no vienen de París… “Mafe”, eres maravillosa, eres divina, me has vuelto loco.

 

Pero María Fernanda ya no respondió, ya se había quedado dormida.

 

Sin embargo Don Juan todavía tuvo tiempo para recordar aquel domingo que pasó en Leverkusen con “Lupe”, cuando tuvieron que permanecer encerrados en el hotel por la gran nevada que había caído sobre la ciudad. Porque aquel día sí que había batido todos los records, ya que en veinticuatro horas habían hecho el amor ocho veces… Claro que “Lupe” sólo tenía dieciocho años y era una fuerza de la naturaleza.

 

 

Al cuarto día, por fin, Doña María Fernanda aceptó salir de “su” paraíso. Pero, eso fue bien entrada la mañana, porque cuando la claridad del día llenó el dormitorio de luz y colores, y Don Juan la vio tan dormida, se levantó y sin hacer ruido alguno salió y la dejó tan plácida como estaba hasta que se despertase. Momento que aprovechó para hablar con la señora Simoneta.

 

  • Simoneta, hoy queremos conocer la Albufera y dar un paseo, y si es posible en barca. ¿Cómo lo consigo?
  • Uy, senyoret, això està fet! L’ham amb el “Tío Paloma”.
  • ¿Y quién es el “tío Paloma”?
  • El meu home, el pare dels meus fills ¿sabe?, el meu “palomete” es pescador, el más veterano de todos, fíjese, es descendiente del “tío Paloma”, aquel que vivió más que nadie en estas tierras, si hasta dicen que fue él quien paseó por el lago a los Reyes de las Españas y al General Primo, murió con ciento diez años… Si ustedes quieren conocer, de verdad, la Albufera tienen que hacerlo en la barca de mi “Palomete”. ¿Quan volen anar vostés?
  • Mañana, si es posible. Hoy quiero llevar a Doña María Fernanda a dar un paseo en coche para conocer los pueblos más cercanos.
  • Pues, no se preocupe, yo esta tarde hablaré con mi hombre y le diré que mañana tenga la barca preparada para cuando ustedes digan.
  • Gracias Simoneta. Hoy queremos llegar hasta Cullera y tal vez nos quedemos a comer allí.
  • ¡Ah, Don Juan, si hoy pensaba prepararle una paella, pero una paella de las buenas, de las que se hacen por la Albufera, y no las de la capital, que esas ya no son como las antiguas.
  • Bueno, bueno, pues deje la paella para otro día, pero esta noche me confirma si el “tío Paloma” puede mañana.