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Me complace reproducir el prólogo que escribí para la obra de la cordobesa Pilar Redondo: “Relatos atormentados y “quejios” del alma”. Una verdadera joya literaria que ha conmovido a todos los que lo han leído desde su aparición en septiembre del año 2012. Es uno de los recuerdos que no puedo olvidar:

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"Abuelo, ¿por qué lloras?. Hijo mío, yo no lloro, llora mi alma. Abuelo, ¿pero el alma llora?. Sí, hijo mío, sí, las almas lloran, y se quejan, y sufren, y a veces, muy pocas veces, se ríen..."

 

Pues, eso son los "quejios" de esta inquieta, rebelde y misteriosa Pilar Redondo que usted, lector, tiene ahora en sus manos: lágrimas del alma, lamentos de un alma atormentada que busca, y a veces descubre, las verdades ocultas del ser humano.

 

Confieso que cuando leí los primeros 20 "quejios" de los ciento y pico que me entregó me quedé tan desconcertado que hasta tuve que frotarme los ojos para convencerme de que no soñaba. Allí estaban, allí estaba el juego de palabras, de conceptos, de metáforas cruzadas y entrecruzadas más curioso que había leído en mi vida.

 

Uno en concreto me rompió mis esquemas, decía, dice (nº 17):

 

Soy lo Prohibido

 

"Soy el caramelo prohibido que anhelas saborear,

 el azúcar en estado puro, el sueño con el que fantaseas.

Soy el pecado que quisieras cometer,

la fe en la que te gustaría creer.

Soy el juego al que ambicionabas jugar,

el Klinex que desearías usar.

Soy ese nombre que no puedes pronunciar.

 la primavera que procurarías vivir,

el jabón con el que te apetecería lavarte.

Soy el idioma que jamás aprenderás,

la guerra en la que nunca lucharás.

Soy el cáliz sagrado del que no puedes beber,

el momento que te gustaría vivir,

un misterio por descubrir.

Soy el ayuno con el que sueñas,

la tecla que quisiste tocar.

Soy la copa que con tus labios deseaste rozar,

el tabaco que siempre quisiste fumar,

Soy la droga que nunca probarás.

Soy la sangre que hubieras querido para tus venas,

el virus que anhelabas incubar,

esa flor que siempre deseaste deshojar,

la asignatura que te hubiera gustado estudiar.

Soy el fuego que no puedes encender, 

 el valor que desconoces, el corazón que no tendrás.

Soy la inspiración, la esencia,

la musa del escalofrió que estas sintiendo ahora mismo..."

 

 

Y eso sentí yo: un escalofrío de placer literario. Porque no se puede describir más bellamente el ansia del enamorado de un amor inalcanzable.

 

Pero seguí, y páginas más adelante me encontré con esta otra joya (29):

 

Amor es...

 

"El amor es intentarlo todo,

la almohada impregnada con las primeras lágrimas.

La intensidad de recorrer el mismo camino,

el vértigo que te hace perder el control sobre ti mismo.

el poderoso misterio de la endorfina.

Amor es... dulce momento de ternura,

un sueño compartido, insolente hechizo,

la apasionada fantasía de la poesía.

El elixir de un beso encantado,

la sensualidad de la luz de las velas.

El erotismo de la rosa silenciosa,

el complicado reto de la fidelidad,

sabroso cóctel de sensaciones,

delicioso mousse de emociones.

Amor es... el pasaporte a la vida,

la mano tendida, sólida armonía.

El aroma de lo inexistente, magnífico e inquietante

conjunto de momentos dulcificados o agridulces.

El insomnio y la confesión íntima de la orquídea extranjera.

Amor es... un diamante en bruto,

una ilusión perpetuada que vence a la caducidad de la existencia,

lanzarse sin red, dar lo mejor de ti sin pedir nada a cambio.

 Amor es... caricias desnudas en agua salada,

atrapar las formas calladas,

desafiar los límites del tiempo,

agitadas células de primavera.

Amor es... guardar los grandes secretos de un mundo perfecto,

la frase del arrepentimiento.

El adiós sangrante del olvido,

 llama ingrata y desbocada.

Amor es... cada vez que te miro a los ojos

y pienso que no hace falta morir para entrar en el cielo..."

 

***

Y así llegué hasta el 50. No podía creerlo. Aquello no era poesía, pero lo que leía me emocionaba, me alteraba, me impactaba y removía algo en mi interior.

 

Y entonces acudí al "disco duro" de mi memoria para ver si encontraba sensaciones parecidas pasadas. Y lo primero que se me vino al primer plano de la mente fue el famoso soneto que comenzaba con estos versos:

 

"No me mueve mi Dios para quererte

el cielo que me tienes prometido

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

 

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido,

muéveme ver tu cuerpo tan herido,

muévenme tus afrentas y tu muerte..."

 

Después me salieron sin proponérmelo los versos de Bécquer, los primeros que me aprendí de memoria

 

"Cuando me lo contaron sentí el frío
de una hoja de acero en las entrañas;
me apoyé contra el muro, y un instante
la conciencia perdí de dónde estaba.

Cayó sobre mi espíritu la noche;
en ira y en piedad se anegó el alma…
¡Y entonces comprendí por qué se llora,
y entonces comprendí por qué se mata!"

Y, !cómo no!, aquellos de Lorca que todavía recito cuando se queja mi alma:

 

"Que no quiero verla!

Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre 
 de Ignacio sobre la arena.

¡Que no quiero verla!" 

 

Pero, no, tampoco había comparación posible, eran como dos hermanos siameses alejados y cercanos, como dos gotas de agua iguales y distintas. Entonces en mi memoria surgió la escena que Irving cuenta en sus "Memorias":

 

" Ibamos caminando por el viejo sendero que lleva de Gibraltar a Ronda cuando casi de improviso nos cayó la noche encima. Así que consideré oportuno parar en una venta-posada que oportunamente salió a nuestro paso y hacer noche, pues también las cabalgaduras iban ya cansadas. Naturalmente el ventero nos recibió con los brazos abiertos y antes ni de sentarnos ya teníamos sobre la mesa una jarra de vino y dos buenas lonchas de jamón.

 Pero, lo que me llamó más la atención fue lo que vi sobre el pequeño "tablao" que se levantaba a un lado del local. Porque allí vi a un muchachuelo, de unos diez años, tocando una guitarra y a un señor mayor que cantaba con una voz ronca,profunda,como quebrada...

               --   Señor, si les molestan que canten  -dijo el ventero- los mando callar. Son el abuelo Tomasín de Montejaque y su nieto Tomás el Chico, que se entretienen así.

              --    No, por favor, que sigan, que sigan. Oiga, pero ¿qué es eso que cantan?.

              --    Uy, Señor, eso es puro cante jondo.

              --    ¿Cante hondo?.

              --     No,Señor, cante jondo ¡jondo¡, de ese que sale de muy adentro, muy adentro.

              --    ¿Y la canción? ¿Cómo se llama esa canción que están cantando?.

              --    ¡Ay,Señor¡, lo que canta el Tomasín no son canciones, son quejíos.

              --    ¿Quejíos? ¿Y eso qué es, mi buen hombre?.

              --     El dice que son las palabras del alma, que así es como habla su alma.

             --      Está bien ventero, pues que sigan cantando y con la guitarra. Ahora, pónganos de comer que venimos hambrientos.

 

                       ¿ Palabras del alma ?.

                      Y ahí me quedé, pues en esa definición es donde me ancajan los "quejíos" de Pilar Redondo. Porque Pilar no canta, ni escribe poesía, yo creo que ni conoce la métrica...  Pilar le hace hablar a su alma y con eso se conforma,sus "quejíos" le salen sin concierto de adentro, de muy adentro.

Pero, si nos paramos a pensar qué son el flamenco puro (no el que se canta para los turistas) y un fandango sino "quejíos" del cantaor?.  Un desgarro, un beso apasionado una navaja, un llanto, un misterio, un lamento.

   Fíjense en la letra de aquel "quejío" de Tomasín el de Montejaque que impactó a Irving:

 

" ¡ Ay, ay, ayarayai... ¡¡

Era mía,

mía, mía, mííííí aaa...

y yo la maté.

Ay,ay,ay,ayarayai,yai,yai,yaiiiiiiii

Con mis manos,

con mis manos

yo la maté...

Era mía,mía,míiiaaa

y la pillé con otro.

¡Ay,ay,ay,ayarayaiii ayarayaiiiiii

¡¡ Que yo la maté ¡¡"

              

¿Qué dice esta letra?, pues una idea simple: que un hombre encontró a su amor con otro y sin más la mató. Y,sin embargo, cuando aparece el "duende" hasta las piedras se ponen de pie y las palabras se transforman en palomas.  ¡ El duende ¡. He aquí otro de los milagros de Pilar Redondo, que consigue que el "duende" viva en cada uno de sus "quejíos". Ese duende que sólo se aposenta en los elegidos, los predestinados, en los Lorca, Caracol, Camarón, el "Chocolate", la Paquera o Rocío...

 

" Abuelo ¿y qué es el duende?. Ay,hijo mío, eso quisiéramos saber los mayores. Pero ¿tú qué crees que es?. Yo,hijo mío, yo creo que es un toque de Dios, un regalo del cielo".

 

El toque de Dios con el cantaba Camarón su famosa "Nana del caballo grande":

 

"Nana niño nana, del caballo grande

que no kiso el agua, que no kiso el agua

el agua era negra, dentro de la rama

cuando llega el puente se detiene y canta

quién dirá a mi niño,lo que tiene el agua

con su larga cola, con su verde sal

duérmete clavel,que el caballo no kiere beber

duérmete rosa,que el caballo se pone a llorar".

 

O el de Manolo Caracol cuando cantaba el fandango de "La pena mía":

 

" Te quiero y te estoy queriendo

te miro y te estoy mirando

y yo me estoy preguntando

si me estás aborreciendo

o si me estás adorando.

Tan solo y triste me hallo

a to las horas del día

que hasta el habla me se olvía

y si me hablas me callo

pensando en la pena mía".

 

  Bueno, pues aquí me bajo del tren. Ahora suban ustedes y disfruten con los Relatos y los "quejíos" de esta inquietante, misteriosa y apasionante cordobesa que se llama Pilar Redondo.