Dentro de la campaña de la ACdP denominada Cancelados, se ha publicado un libro titulado «Manual para comprender y resistir a la cultura de la cancelación», cuyo autor es Jorge Soley.

El libro se puede descargar gratuitamente en la propia web (en la pestaña «libro» https://cancelados.es/#libro) y también se puede pedir para que te envíen un ejemplar en papel gratuito. Entrevistamos a Jorge Soley, que hace una breve valoración del libro.

¿Qué supone para usted escribir un libro dentro de una campaña de tanta repercusión mediática como Cancelados?

Por un lado una gran responsabilidad, pues sé que el libro y lo que explico en él van a ser examinados con lupa, pues escribir sobre estos temas es presentar una candidatura para que lo “cancelen” a uno. Por otro lado, una enorme gratitud a quienes han lanzado la campaña por haberme dado la oportunidad de intentar explicar este amenazante fenómeno de cuyos peligros no todos son conscientes.

¿Qué entendemos por cultura de la cancelación y que repercusiones prácticas tiene?

La cultura de la cancelación es una visión de la vida social y cultural y unos mecanismos asociados a esta visión que justifican el silenciamiento, la muerte civil, la expulsión de la esfera de lo aceptable, de todos aquellos que no se pliegan a las directrices de lo políticamente correcto. Quienes osan expresarse de modo diferente son rápidamente denunciados y se organiza un linchamiento mediático que lo convierten a uno en alguien poco recomendable, alguien al que hay que expulsar de los medios y redes sociales y que, en ciertas ocasiones, puede llevarte a perder tu puesto de trabajo.

Es una táctica revolucionaria que quiere destruir nuestra sociedad para, a partir de sus ruinas, erigir una nueva utopía liberada de toda supuesta opresión. A veces actúa con mecanismos represores como los descritos antes, pero en la mayoría de los casos cuenta con que la autocensura será suficiente para acallar las voces disidentes. La gente tiende a escarmentar en espalda ajena y cuando se adueña de una sociedad este tipo de clima son muchos los que prefieren callar para no meterse en problemas. Además, a base de callar o, peor aún, de aceptar pequeñas dosis políticamente correctas, es muy probable que uno acabe, gradualmente, asumiendo que esos discursos delirantes son ciertos.

Es lo que Gramsci llama un “nuevo sentido común” y lo que Orwell denunciaba en 1984. Por cierto, que allí, el escritor inglés ya señalaba que se trata de prohibir ciertas palabras (por ejemplo, la administración Biden acaba de indicar en un documento de la agencia de cooperación internacional estadounidense USAID que las palabras “padre” y “madre” deben de evitarse pues pueden ser ofensivas). Surge así lo que el filósofo italiano Augusto del Noce calificaba como un nuevo conformismo que consiste en cancelar las preguntas incómodas, que son expulsadas del debate público como expresión de «tradicionalismo», de «espíritu conservador», «reaccionario», «antimoderno» o, el epíteto es inevitable, «fascista».

¿Qué relación hay entre la Escuela de Frankfurt y la Revolución cultural maoísta?

Más allá de su común inspiración marxista, creo que hay otros rasgos comunes que las emparentan con lo que hoy se llama ideología woke. Ambas parten de una mirada ideológica, para la que realidad y naturaleza son algo que se puede despreciar. La Teoría Crítica elaborada por la Escuela de Frankfurt apuesta por derruir para rehacer después la sociedad de acuerdo con sus presupuestos ideológicos, algo similar a lo que hará la Revolución cultural en China.

Otro aspecto común es considerar que todo es político, también, por ejemplo, el ámbito familiar, y que hay que desenmascarar las ocultas relaciones opresivas que persisten en nuestra sociedad. Se abre la veda así para la caza del opresor, del burgués camuflado, que habrá que detectar y reeducar para formatear su modo de pensar. El anhelo revolucionario de crear un “hombre nuevo” sin ningún residuo del pasado es el motor último de estas concepciones.

¿Cómo se instaura el reino de la corrección política y por qué hay tanto interés desde el poder de imponer los falsos «derechos?

Se instaura desde las universidades, las escuelas, los medios de comunicación, las redes sociales… todo ello bien engrasado por una ingente financiación pública. También se va imponiendo a través de leyes que, por ejemplo, conculcan la presunción de inocencia, crean “delitos de odio” de contornos borrosos (y por ello aplicables siempre que convengan) o imponen oficialmente una serie de mentiras históricas, por poner algunos ejemplos. Se instaura, también, por culpa de quienes perciben algunos de los peligros de estas dinámicas pero prefieren mirar hacia otro lado y actuar como si no fuera con ellos (hasta el día que les afecta directamente… pero para entonces ya es demasiado tarde).

En nuestra modernidad tardía los deseos se convierten en derechos y el poder político busca legitimarse a través de esta dinámica. Pero como el derecho es la otra cara de la moneda del deber, en buena lógica, a medida que vamos creando nuevos derechos basados en nuestros deseos, van apareciendo nuevos deberes que el Estado debe hacer cumplir. Y obviamente, no hay delito más grave que violar un derecho, de ahí que todo esté justificado cuando se trata de erradicar a quienes se muestran contrarios a esos “nuevos derechos”. Es una mecánica similar a la que denunciaba Taine que actuaba durante la Revolución francesa: «como el jacobino es la Virtud, no se le puede resistir sin cometer un crimen».

Especialmente es sangrante el crimen del aborto, que se considera un derecho y un delito tratar de evitarlo.

En efecto, es especialmente trágico y sangrante, en sentido literal. Pero aquí también vemos un nuevo y peligrosísimo desarrollo. Hasta ahora, para enmascarar la realidad del aborto se utilizaba el término «interrupción voluntaria del embarazo», algo falso y deshonesto (lo que se interrumpe se puede reanudar, algo que no sucede con la gestación del hijo abortado), pero que aún mantenía una referencia a algo real, el embarazo. Pero ahora pasan a referirse al aborto con los términos «salud reproductiva» o «derechos reproductivos»: no se trata ya de enmascarar con eufemismos, se trata de darle la vuelta al mismo sentido de las palabras, expresar exactamente lo contrario de lo que se describe. Con esta revolución de las palabras quieren configurar el modo en que pensamos y vemos la realidad, para que se ajuste a lo que ha dictaminado su ideología.

¿Hasta qué punto la campaña puede ser eficaz para que los grupos pro-vida puedan realizar con libertad su labor?

No me hago muchas ilusiones, pero creo que en la campaña se trata, entre otras cosas, de levantar la voz, de no aceptar pasivamente que nos impongan por ley la mentira. Creo que esto es muy positivo, pues hay mucha gente que, para resistir a estas presiones, necesita no saberse solo. La repercusión de la campaña ha sido grande y proclamar algo tan sencillo e inobjetable como que “rezar frente a una clínica abortista está genial” ha provocado reacciones propias de la niña del Exorcista. Señal inequívoca de que se ha acertado y de que en torno al aborto no existe aún el consenso unánime que los promotores de la cultura de la muerte nos quieren hacer creer.

¿Por qué afirma que el totalitarismo ha entrado por la puerta de atrás?

Porque se impone en nuestras sociedades de manera suave, paso a paso, casi sin darnos cuenta. No hay un golpe de estado, ni toma del palacio de invierno, ni incendio del Reichstag. Uno sigue viviendo como siempre y de pronto, un día, con ocasión de alguna situación concreta, descubre que está viviendo en un régimen con rasgos totalitarios.

Son rasgos que no se puede negar que campan ya a sus anchas entre nosotros: manipulación del lenguaje, transformación radical de la sociedad con la pretensión de crear un hombre nuevo, erradicación de la distinción entre lo privado y lo personal, prohibición de plantear ciertas cuestiones... Quizás no sea el totalitarismo de los libros de texto, pero es difícil negar que estamos asistiendo a la emergencia de un nuevo totalitarismo que algunos califican como “blando”.

¿Cuál es el código secreto de la clase dirigente y cómo se puede desenmascarar?

El código secreto es toda esa neolengua trufada de inclusividades, sostenibilidades, heteropatriarcados, sororidades y fobias de todo tipo. Es una lengua en la que no creen muchos de quienes la emplean, pero han aprendido a utilizarla con maestría porque son conscientes de que eso les abre la puerta a la élite política y empresarial. Los que seguimos hablando como siempre, aquellos a quienes nos entienden cuando entramos en un bar, quedamos marginados pues demostramos no estar al tanto de este código secreto.

Creo que tenemos que denunciar este mundo de mentiras y mostrar sus destructivos efectos. Y apoyar todas las iniciativas, instituciones y actores políticos y culturales que no entren en este juego.

¿En qué medida la agenda 2030 sirve para imponer de manera más explícita un Nuevo Orden Mundial?

No sé si más explícita, pero sí creo que de forma más eficaz. La agenda 2030 incorpora muchos aspectos que pueden ser asumidos por cualquiera: son el cebo para tragarse toda una serie de puntos que, en solitario, muchos rechazarían, pero que pasan más o menos desapercibidos en medio de tantas buenas intenciones. Y hay mucha gente que está cayendo en esta trampa. Me parece, pues, urgente, sacar a la luz este mecanismo y advertir a los ingenuos de buena fe.

¿Qué soluciones da en el libro para resistir a estas imposiciones?

No tengo una solución mágica y apuesto por todo tipo de acciones, incluso las que aún no se nos han ocurrido. No podemos callar, hay que resistirse a las presiones woke, negándonos siempre, en la estela de Solzhenitsyn, a poner mentiras en nuestra boca. Si tienes la mala suerte de estar en la diana de la turba canceladora, nunca te disculpes (de todas maneras no te van a perdonar y solo buscan tu humillación), al contrario, redobla tu apuesta (y precisa mejor, si puedes, tu discurso). Tenemos que crear o impulsar instituciones, asociaciones, medios de comunicación, redes que nos protejan de la ofensiva canceladora. También debemos actuar en política, impulsando cambios que frenen la ofensiva woke y promuevan el bien común y no la fragmentación identitaria. Y me atrevería a decir que no sería mala idea imitar de vez en cuando a san Eulogio y los mártires de Córdoba, provocando en ocasiones la ira de los poderosos para, de este modo, despertar del letargo a los buenos.