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La Albufera es ese  “pequeño mar” (para los árabes un “Espejo del sol”) que cubre más de 20 hectáreas al sur de Valencia, sólo a unos diez kilómetros de la capital levantina, y en la que Blasco Ibáñez situó su famosa novela “Cañas y Barro”. Es una laguna costera de poca profundidad que siempre destacó al lado del nombre de Valencia, desde los tiempos del Cid Campeador, cuando se la regaló como premio por su ayuda al Emir de Zaragoza, Mostahim y que Jaime I se anexionó como Patrimonio del Príncipe. Está separado del mar por una estrecha barra litoral arenosa con dunas estabilizadas por un bosque de pinos y con entradas y salidas al mar Mediterráneo. Su valor ecológico es importantísimo, porque es una zona de paso para muchas especies de aves migratorias. La Albufera baña o da vida a pueblos como El Palmar, Albal, Masanasa, Aljemesí, Cullera, Marení de Barraquetes  y Sueca. Pero, sobre todo la Albufera es el alma de Valencia.

 

Pues, a la Albufera, llegaron María Fernanda y Don Juan, sobre las siete de la tarde de aquel día supercaluroso del mes de agosto.  Y venían cansados, a pesar de haber hecho el viaje en el Mercedes del “die spaniche” y haberse detenido en la capital del Turia a comer una paella, en un mesón que curiosamente se llamaba “Cañas y barro”, como la obra del escritor valenciano Blasco Ibáñez.

 

Por eso, y en cuanto saludaron a los guardeses, con Doña Remedios como anfitriona, y tomaron posesión de la casa-chalet que había heredado (y que como figuraba en la entrada se llamaba “Villa Leonor”) se cambiaron de ropa y sin más se tiraron al mar. Fue el primer baño de su “viaje de novios”.

 

La casa era, en realidad, una mezcla arquitectónica, porque constaba de dos partes bien diferenciadas, una más antigua, que fue la que se construyó su abuelo para las vacaciones estivales, de estilo neoclásico, con terrazas y columnatas de mármol blanco y paredes de piedra, y otra, posterior, unida pero superpuesta, de grandes salones y grandes cristaleras, en la que dominaban las terrazas cubiertas y abiertas al mar. Estaba situada en medio de un bosque de pinos, al que los lugareños llamaban “dehesa del Saler”. A sus espaldas estaba el “mar pequeño” de la Albufera y enfrente el mar Mediterráneo, que aquella tarde para satisfacción de los bañistas estaba tranquilo y con olas suaves que se cerraban en las arenas finas de la playa. Era un paraje de ensueño y un paisaje  que embobaba los sentidos.

 

  • Señor, perdone que no esté todo como seguramente usted y su acompañante se merecen, pero desde que Don Francisco nos llamó ayer tarde no hemos podido hacer más –dijo la señora Remedios con gran humildad-. Don Juan, tampoco hemos podido prepararles una cena apropiada, pero sí nos dio tiempo a prepararles una cena fría que espero que les satisfaga.
  • Remedios, no se preocupe por nada, todo lo que usted haga estará bien hecho, nosotros venimos a trabajar y los días que permanezcamos aquí lo dejaremos todo en sus manos. Usted se encargará de las compras y de las comidas, no queremos molestar a usted y a los suyos más de lo debido.
  • Señor, para nosotros no será ninguna molestia atenderles a ustedes, mi marido, y antes su padre, y antes su abuelo, ya atendieron a los suyos y esta, en realidad, es nuestra casa. Nosotros vivimos aquí al lado, mire, allí, en aquella casita que nos regaló su madre Doña Leonor, y como ve está a dos pasos, lo que quiere decir que estaremos a su disposición las 24 horas del día.
  • Bueno, Remedios, muchas gracias y mañana hablaremos más despacio de todo.
  • Don Juan, le recuerdo, por si Don Francisco no se lo ha dicho, que su madre acordó un sistema de comunicación que nunca fallaba. Usted enciende tres veces las luces de la terraza superior cuando nos necesite y aquí estaremos nosotros en dos minutos.
  • No se preocupe, Remedios, no se preocupe.

 

Y la señora Remedios se retiró con las dos hijas que le habían acompañado con muestras sinceras de gratitud.

 

Y María Fernanda y Don Juan se quedaron solos. Después del baño entraron en la casa y deshicieron sus maletas y se acomodaron en la parte moderna de la casa. El dormitorio principal era fastuoso y con una gran terraza, llena de hamacas, algunas mesas y grandes setos de plantas alrededor de las columnas de mármol. La verdad es que era un lugar paradisíaco.

  • Es precioso –dijo María Fernanda, todavía en bañador.
  • Precioso no, esto es una maravilla. No sabía yo que mi madre era tan exquisita y detallista en sus gustos –replicó Don Juan, que también estaba todavía en bañador.

 

Luego, y tras inspeccionar cada rincón de la casa, se sirvieron dos cubalibres y se sentaron en la terraza a contemplar el mar y el cielo estrellado  que iluminaba ese anochecer la playa del Saler.

 

  • Juan, te quiero. Hoy me siento feliz.
  • Amor mío, y yo te adoro.

 

Y como dos enamorados se cogieron de las manos y se besaron.

 

Después, se pasaron al comedor y allí se encontraron con la primera sorpresa de la noche. Porque la señora Remedios,  que les había dicho que no le había dado tiempo a preparar cena, les había preparado una gran mariscada, a base de gambas, langostinos, cigalas, percebes y almejas,  y sobre la mesa, dos botellas de vino, uno tinto, Monastrell, y otro blanco, Verdil... y un plato de turrones variados.

 

  Al terminar de cenar volvieron a sentarse en la terraza y un rato más se quedaron contemplando el mar y las estrellas. Pero, al poco Don Juan se levantó de su hamaca, cogió de la mano a María Fernanda, y tras besarla la fue arrastrando suavemente hacia el dormitorio. María Fernanda no hizo oposición alguna, le abrazó por la cintura y se dejó llevar. Fue una noche de amor intenso, de entrega total y de conocimiento mutuo.

 

***

 

A la mañana siguiente, cuando se despertaron, la claridad inundaba ya el dormitorio, que más parecía un poema de luz y colores, aunque una ligera brisa movía suavemente los blancos visillos y las turquesas cortinas... Pero, no se movieron. María Fernanda acercó más su cuerpo al de Don Juan y casi susurrando dijo:

 

  • Buenos días, amor mío.
  • Buenos días, princesa. Eres divina.
  • No, yo sólo soy una mujer enamorada. Tú me has enamorado.
  • Ahora, ya sé lo que es el amor.
  • Y yo. Y te agradezco lo cariñoso que te portaste conmigo anoche.
  • “Mafe”, contigo el sexo es otra cosa. ¿Lo pasaste bien?
  • No seas bobo, Juan, nunca había disfrutado tanto.
  • Me alegro, es un buen comienzo.
  • Sí, pero me gustaría que siempre fuese así. Anoche sentí todo lo que no había sentido en mi vida. Eres maravilloso.
  • La maravillosa eres tú –el farmacéutico se volvió hacia ella y le besó los hombros desnudos.
  • ¡Dios, que feliz soy ahora mismo!, me gustaría que se parasen los relojes y permanecer así contigo toda la vida.
  • “Mafe”, te quiero...

 

Y ya no pudieron evitar que sus cuerpos se estremecieran de nuevo, que sus bocas se unieran en un beso profundo y se enfrascaran en una nueva batalla de amor.

 

Después, satisfechos y contentos, se tiraron de la cama y se fueron directos a la cocina. Y en pijama se sentaron a desayunar en la terraza y contemplando el mar. Hacía un día espléndido y la playa estaba desértica. Parecía que el mundo se había retirado para dejarles a ellos que gozaran de una plena libertad.

 

Luego, se prepararon para pasar la mañana en la playa, bajo la gran sombrilla fija que cubría del sol y que estaba allí instalada desde los tiempos que su madre se iba a pasar algunos días del verano.

 

Consigo llevaban algunos de los libros que se habían traído de Madrid. Ella, “El collar de la paloma”, del poeta arábigo-cordobés Ibn Hazm y un manuscrito encuadernado que un pariente suyo le había dejado para leer. Él, la novela de sus amores, el “Doctor Arrowsmith”, del Nóbel Sinclair Lewis, una novela que habría leído ya más de diez veces.

 

  • ¿Y eso? ¿por qué tantas veces? ¿tan buena es? –le preguntó María Fernanda.
  • Pues sí, es muy buena, pero para mí es algo más que una novela buena. Verás, cuando mis padres decidieron que me fuera a Madrid, a casa de mis abuelos, para estudiar el bachillerato, recuerdo que lo primero que me regaló mi abuelo fue esta novela y me dijo: “Juan, me gustaría que leyeses está novela, se llama el “Doctor Arrowsmith” y la escribió Sinclair Lewis, uno de los grandes escritores de Estados Unidos, y quiero que la leas porque no se ha escrito nada mejor sobre la pasión de la investigación. Tú mismo lo comprobaras”... y yo me la “bebí” en pocos días.
  • Pero, ¿de qué trata?
  • Pues, es la vida de un médico, de origen muy humilde, que desde pequeño ya soñaba con descubrir remedios contra las enfermedades y a ello dedica su vida. Arranca cuando el muchacho sólo es un “ayudante extraoficial” de la tienda de ropa que tenía su padre y acaba siendo el genio que descubre una vacuna contra la peste, la enfermedad más terrible que conoció la humanidad.
  • O sea, que te sales de Málaga y te metes en Malagón ¿no habíamos quedado en que nada de nada de investigación?
  • Bueno, también es una novela, y como cualquier novela que se precie contiene una historia de amor, además una historia que te hace hasta llorar...
  • ¿Y eso?
  • Sí, porque al final Leora, que así llama el escritor a la protagonista, muere victima del propio descubrimiento de Martín, que es el protagonista.
  • Triste final, entonces.
  • No, porque la novela no termina con la muerte de Leora, ya que después en la vida del doctor Arrowsmith aparece otra mujer y es otra historia.
  • En resumen, que Juan Sarramayor es el doctor Arrowsmith.
  • ¡Eso quisiera yo!

 

También se había llevado a su “viaje de novios” las “Obras médicas” de Moisés Maimónides.

 

Pero, antes se metieron al mar y durante un buen rato estuvieron nadando, y “Mafe” le demostró, como ya le había dicho, que era una gran nadadora, incluso mejor que él. Estaban totalmente solos, aunque pronto vieron que se acercaban y les saludaban con las manos alzadas la señora Remedios y sus dos hijas, que venían cargadas de bolsas.

 

  • Está estupenda, ni fría ni caliente –dijo “Mafe” mientras sacudía su cabeza y se secaba con una toalla.
  • ¡Joder, “Mafe”, nadas como un pez!
  • Ya te lo dije, fui campeona universitaria hace unos años.
  • ¿Y qué me dices de tu “Barrera hematoencefálica”?
  • Por favor, ni la menciones. Me prometiste que no íbamos a hablar de nada de lo nuestro.
  • Ja, ja, ja, princesa, sólo te lo decía para probarte.
  • Pues ya me has probado...
  • ¡Y tanto!... Anoche me dieron ganas de comerte.
  • Y a mí, de devorarte... Anda, no seas malo y déjame que lea un rato.
  • Sí, sí, tú lee, que yo voy a ver a la señora Remedios para darle algunas instrucciones.

 

Y María Fernanda se tumbó en una hamaca, que puso a medio sol, pues no quería quemarse, y abrió el manuscrito que se había traído.

 

Era una novela que había escrito un sobrino de su cuñado Servando, y que quería mandar al premio “Nadal”. Se llamaba “Tomás, el Merinista”... y tan interesante le resultó desde la primera página que ya no levantó cabeza durante más de una hora. Tanto que ni se dio cuenta de que Juan había regresado y se había tumbado en otra hamaca a su lado.

 

Al cabo de un rato, el farmacéutico, que vio tan interesada en la lectura a María Fernanda no se pudo contener y dijo:

 

  • Coño, “Mafe” ¿qué lees que no levantas cabeza?
  • ¡Oh, Juan, es que está interesantísima!
  • ¿Dé que trata?
  • Es la historia de un joven que iba para cura y lo expulsaron del seminario... Es una historia curiosa que te absorbe.
  • Léeme algo.
  • No seas bobo, yo no sé leer en voz alta.
  • Anda, no seas mala, si aquí no te va a oír nadie.
  • Bueno, pero sólo el primer capítulo.

 

Y “Mafe” comenzó a leerle las primeras páginas de “Tomás, el Merinista”.